Cuando me muera quiero que me toquen cumbia

Cristian Alarcón

Fragmento

Cuando me muera quiero que me toquen cumbia

Prólogo

Cuando llegué a la villa, solo sabía que en ese punto del conurbano norte, a unas quince cuadras de la estación de San Fernando, tras un crimen, nacía un nuevo ídolo pagano. Víctor Manuel el “Frente” Vital, diecisiete años, un ladrón acribillado por un cabo de la Bonaerense cuando gritaba refugiado bajo la mesa de un rancho que no tiraran, que se entregaba, se convirtió entre los sobrevivientes de su generación en un particular tipo de santo: lo consideraban tan poderoso como para torcer el destino de las balas y salvar a los pibes chorros de la metralla. Entre los trece y los diecisiete años, el Frente robaba al tiempo que ganaba fama por su precocidad, por la generosidad con los botines conseguidos a punta de revólveres calibre 32, por preservar los viejos códigos de la delincuencia sepultados por la traición, y por ir siempre al frente. La vida de Víctor Vital, su muerte, y las de los sobrevivientes de las villas de esa porción del tercer cordón suburbano —la San Francisco, la 25 de Mayo y La Esperanza— son una incursión a un territorio al comienzo hostil, desconfiado como una criatura golpeada a la que se le acerca un desconocido. La invocación de su nombre fue casi el único pasaporte para acceder a los estrechos caminos, a los pequeños territorios internos, a los secretos y las verdades veladas, a la intensidad que se agita y bulle con ritmo de cumbia en esa zona que de lejos parece un barrio y de cerca es puro pasillo.

Quizás hubiera sido mejor revelar la identidad de un asesino, la mecánica de un fusilamiento, un mensaje de la mafia, la red de poder de un policía corrupto, un crimen pasional cometido con una faca bien afilada. Detrás de cada uno de los personajes se podría ejercer la denuncia, seguir el rastro de la verdad jurídica, lo que los abogados llaman “autor del delito” y el periodismo, “pruebas de los hechos”. Pero me vi un día intentando torpemente respetar el ritmo bascular de los chicos ladrones de San Fernando, sentado durante horas en la misma esquina observando cómo jugaban al fútbol y sancionaban a las patadas al mal zaguero central. Me sumergí en otro tipo de lenguaje y de tiempo, en otra manera de sobrevivir y de vivir hasta la propia muerte. Conocí la villa hasta llegar a sufrirla.

Con el tiempo y el progreso del asfalto y la urbanización impuesta por el municipio, la villa San Francisco, y a sus costados norte, la 25, y sur, La Esperanza, se fueron convirtiendo en un barrio. Sobre el natural caos de la edificación no planificada se trazaron algunas calles y algunos ranchos desaparecieron bajo las topadoras para dar lugar al cemento y al orden. Pero la traza colonial solo logra dar la impresión de un barrio con esas fachadas en las que a pesar de la pobreza se ha puesto esmero. Es una delantera amable de la villa: entre casa y casa, entre frente y frente, se abren los pasillos que llevan a los caseríos de los fondos. Detrás de cada zaguán se esconden las casillas de chapa mejoradas con improvisadas paredes de bloques o ladrillos. Justo entre la 25 y La Esperanza, ha quedado intacta una porción de la vieja villa de ranchos encimados con cuatro pasillos internos. En uno de ellos, al que se entra por la calle General Pinto, a una cuadra de su casa, fue asesinado el Frente Vital la mañana del 6 de febrero de 1999.

Muy de a poco el campo de acción en el lugar se fue ampliando para mí, abriéndose hasta dejarme entrar a los expendios de droga, a las casas de los ladrones más viejos y retirados, a los aguantaderos. Al principio solo podía circular por la cuadra del Frente, solo ver cómo, al llegar la hora de comer, las mujeres comenzaban a hacer una recolección sistematizada de préstamos entre los vecinos de siempre. Media taza de aceite de un rancho, un poco de arroz de otro, una cebolla, un precioso pedazo de carne más allá. Las madrazas en busca del faltante para resolver el hambre se cruzaban de vereda a vereda rescatando porciones para reciclar con una pericia que evidenciaba el entrenamiento en la faena de llenar la olla del día, la inmediata necesidad de saciar los estómagos de cada familia.

Al Frente lo enterraron en una tumba del sector más pobre del cementerio de San Fernando, donde conviven los mausoleos señoriales de la entrada y las pedestres sepulturas bajo tierra. Adornados por flores de plástico, los muertos quedan como sembrados a lo largo de una planicie en la que resalta hoy la tumba de Víctor Vital. Resplandece entre las demás por las ofrendas. Grupos de chicos enfundados en sofisticados equipos de gimnasia y zapatillas galácticas se reúnen para compartir con el Frente la marihuana y la cerveza. Las ofrecen para pedirle protección.

San Fernando es ese partido del conurbano bonaerense cuya estación del ferrocarril Mitre es casi la última antes de llegar a Tigre, a poco del Río de la Plata, entre Beccar y Carupá: es la zona del país donde la brecha entre pobres y ricos es abismal. La fortuna ajena parece al alcance de la mano: allí se da la maldita vecindad entre el hambre y la opulencia.

A dos años de mi llegada al barrio, los chicos de la generación que creció sin el particular y cuestionable orden que defendía el Frente Vital les roban a las ancianas y a los niños del lugar. Buscan diez pesos para una próxima dosis de mentirosa altivez. Se conforman ya no con la reivindicación del propio ser al tomar por asalto el estatus prohibido de las marcas famosas, sino con un paraíso artificial que da una bolsa de Poxi-ran o intoxicados con las pastillas diseñadas para calmar la angustia del perfecto pequeñoburgués diluidas en el peor vino ofertado por el almacenero, al que tarde o temprano asaltarán, simplemente porque los tiempos han cambiado en contra nuestra y ya no hay ley, no hay iguales, no existe el milagro de la salvación.

Como si él y su poderío místico incluyeran la condena y la salvación, el mito del Frente Vital me abrió la puerta a la obscena comprobación de que su muerte incluye su santificación y al mismo tiempo el final de una época. Esta historia intenta marcar, contar ese final y el comienzo de una era en la que ya no habrá un pibe chorro al que poder acudir cuando se busque protección ante el escarmiento del aparato policial, o de los traidores que asuelan, como el hambre, la vida cotidiana de la villa.

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