El cielo visible

Diego Recoba

Fragmento

El cielo visible

Todos muertos.

Pensé que iba a ser fácil. El tema me interesaba y quería ser yo quien escribiera la historia de Nuevo París. Como el militar en el cuento de Walsh con el cadáver de Evita, yo podía decir que «ese tema, ese tema es mío».

La Intendencia firmó un convenio con una institución europea de las que todavía quedan que están interesadas en los pobres latinoamericanos. Otra cosa a la que llegué tarde. Cuando era más chico veía la cantidad de plata que ponían los gringos en Latinoamérica, que había desbancado a África como objeto de expiación de culpa colonialista del primer mundo. Financiaban proyectos, becaban artistas, nos invitaban a todo, todo pago, escritores latinoamericanos como estrellas en Europa y Estados Unidos. Es verdad, en plan exótico, pero, bueno, por lo menos comías y tomabas bien, dormías en buenos hoteles, conocías lugares, te publicaban, y eso además hacía que, al volver, en tu lugar de origen te respetaran un poco más. Pero, primero por la crisis de la que hablan (qué gracioso es que los europeos crean que sus crisis son como las nuestras) y luego porque encontraron otros pobres más interesantes y exóticos, nos abandonaron. Encima, por culpa del progresismo, ahora en todo el mundo creían que Uruguay ya no era tercer mundo y no nos dan ni el premio consuelo. Pero la Intendencia enganchó a los últimos gringos compañeros y consiguió dinero para publicar una especie de enciclopedia sobre los barrios de Montevideo, y, como soy de Nuevo París y escribo, me ofrecieron hacer ese capítulo. Ya me imaginaba haciendo la clásica historia de Nuevo París como barrio de curtiembres, que, a medida que se instalaban esas industrias, se iba poblando de trabajadores y, como algunas eran de procedencia francesa y los franceses añoraban su tierra, le pusieron ese nombre al nuevo barrio. Desde la escuela escuché esa historia y siempre me pareció una estupidez. La fundación de un barrio, la colonización de un lugar, no es tan sencilla y reducida. Esa historia sin tensiones ni complejidades, sin enfrentamiento, sin lucha de clases, sin influencia del contexto local e internacional, sin hambre, sin explotación, sin sexo, sin deseo, sin muerte. Además, siempre pasaba lo mismo, contaban esa historia de las curtiembres desde fines del siglo XIX y, después, fin. Como si el barrio fuese el mismo que en 1901, que no hubiese crecido ni se hubiese destruido, como si lo viejo no hubiera muerto para darle paso a lo nuevo y como si un barrio no fuese en realidad algo en el medio de un flujo de personas, de familias, de poder, permanente, rabioso. Mezclas, vecindades, tránsito. No. La historia se seguía contando como si Nuevo París fuera un pueblo de Age of Empires en la edad feudal, unas casitas, una milicia, aldeanos cosechando y una comunidad pujante que trabaja para juntar plata y desarrollar tecnologías.

Empiezo a buscar. A llamar. A contactar gente. Todos muertos. Los de antes y los de ahora. Todos muertos. Porque los de antes, por razones biológicas, ya no están. Y los de ahora, por cuestiones misteriosas, destruyeron todo rastro del pasado. Ocupa lugar, se humedece si llueve o se inunda. Se llena de ratones. Lo mean los gatos. Lo cagan las gallinas. Donalo a Emaús. Prendelo fuego. Tiralo en la volqueta. Para qué queremos esas fotos de gente que ni siquiera sabemos quiénes son. Y estos objetos intentá venderlos y, si nadie los quiere, los tirás a la mierda. Y la ropa. Y estas hojas, estas cartas, estos libros. Todo al tacho. Nuevo París es un barrio con su historia enterrada. Primero me enojo, me indigno. Luego me inspira mucho respeto. Seguir para adelante sin equipaje. Una cosa de exploradores. Con el mismo sentimiento que los colonos de otrora. Para adelante. Las historias en nuestro recuerdo y nada más. Que sea el destino quien decida lo que debe permanecer. El ser humano como la imposibilidad de ir contra la naturaleza. Asumir la insignificancia de la humanidad en la historia del cosmos. Para qué empeñarnos en conservar documentos que certifiquen que vivimos y que fuimos importantes.

*

—Qué cosa que me molesta la gente que cree que en otros países del primer mundo todo es maravilloso y fácil.

No sé qué decirle al TZ. Estamos en un bar de Pueblo Victoria, decorado con temática tanguera, fotos de Troilo, Julio Sosa y Juan D’Arienzo mezcladas con las de otras glorias locales. Lunes de Clavel surgió como un día de encuentro porque nos gustaba tomar tranquilos y hablar de cualquier cosa. Las reuniones de la barra de amigos en general nunca posibilitaban esas charlas más sinceras y profundas, así que inventamos esa instancia con GT y MC. Nos juntábamos a las siete de la tarde. Tomábamos grapa con limón. Cuando nos emborrachábamos y el Bar Clavel cerraba, nos íbamos a la cantina del Uruguay Montevideo, a una cuadra, donde seguíamos la charla. Yo no estaba feliz siendo escritor en Uruguay, estar siempre sin plata y sin respeto. No te odian, pero tampoco te respeta nadie. Y no me daba cuenta de si valía la pena seguir dedicándome a eso. MC no sabía mucho lo que quería de la vida, probaba, cambiaba de rumbo, tomaba decisiones arriesgadas, pero seguía insatisfecho. GT permanecía encadenado a un pasado mejor. O a la idealización de ese pasado. No habría que haber llegado al 2000, repetía siempre; cuando la enfermera gringa se llevó a Maradona de la mano en el 94, tendríamos que habernos dado cuenta de que lo que venía en el mundo iba a ser cada vez peor. Un día el Clavel se incendió, así que empezamos a ir a un bar que quedaba cerca, el Bar del Darwin, donde un tiempo después, en esa noche, éramos más que tres. Además de los de siempre, estaban FT, que estudiaba percusión cerca de ahí y se había empezado a sumar a las reuniones; BP, que vivía en el Cerro y ensayaba esas noches, pero cuando volvía del ensayo a su casa se bajaba en el bar a tomar una; PF y TZ, que eran hermanos y venían juntos, porque TZ tenía auto, pero no sabía manejar, entonces le pedía a PF, que era el que realmente estaba interesado en sumarse a la juntada de los lunes, que lo trajera.

No sabía qué contestarle al TZ, aunque tenía mucho para decir. Me quedé callado, mirando la tele, que pasaba un partido de básquetbol. Nos juntábamos a hablar, pero podíamos quedarnos callados y evadirnos si así lo necesitábamos.

Qué es un buen trabajo en Uruguay. Quizás cobrar un buen sueldo y ser apreciado socialmente. Ser escritor o dedicarse a la literatura a través de otras tareas, como ser editor, crítico, docente o librero, significaba no percibir nunca un dinero digno por tu trabajo, y además socialmente eras casi que un vago.

Yo me quiero ir, no tengo opción. O me dedico a escribir o abandono por completo y me consigo otro trabajo. Si decido lo primero, no puedo hacerlo acá. Y necesito hacerlo, porque no quiero seguir la tradición familiar de ceder a lo que el entorno manda y abandonar lo que me gusta y me da placer.

—Tengo una amiga que te puede ayudar —me dijo FT luego de preguntarme si tenía ciudadanía europea o chance de sacarla y le respondiera que creía que no—. Investiga y les saca jugo a las piedras. Vas a ver que sí o sí encuentr

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