Sueños de dioses y monstruos (Hija de humo y hueso 3)

Laini Taylor

Fragmento

1. HELADO DE PESADILLA

1
HELADO DE PESADILLA

Nervios atenazados y pulso desbocado, salvaje y agitándose, cazando, devorando y terrible, terrible, terrible…

—Eliza. ¡Eliza!

Una voz. Una luz intensa, y Eliza despertó. La sensación fue como caer y aterrizar de golpe.

—Estaba soñando —se oyó decir a sí misma—. Sólo era un sueño. Estoy bien.

¿Cuántas veces en su vida había dicho aquellas palabras? Más de las que podía contar. Sin embargo, aquélla era la primera vez que iban dirigidas a un hombre que hubiera irrumpido heroicamente en su habitación, martillo en mano, para impedir que la asesinaran.

—Estabas… estabas gritando —balbuceó su compañero de departamento, Gabriel, mientras lanzaba miradas a los rincones sin encontrar ni rastro de asesinos. Tenía el aspecto desaliñado de cuando uno se acaba de levantar y permaneció alerta como un loco, sujetando el martillo en alto y dispuesto a descargarlo—. Me refiero a… gritando de verdad, de verdad.

—Lo sé —respondió Eliza con la garganta dolorida—. Lo hago a veces —se incorporó en la cama. Los latidos de su corazón parecían cañonazos (aciagos, intensos, reverberando por todo su cuerpo), y, aunque tenía la boca seca y respiraba de forma agitada, trató de que sus palabras sonaran calmadas—. Siento haberte despertado.

Gabriel parpadeó y bajó el martillo.

—No me refería a eso, Eliza. Jamás había oído a nadie gritar de ese modo en la vida real. Era un alarido de película de terror.

Parecía algo impresionado. Márchate, quiso decirle Eliza. Por favor. Estaban empezando a temblarle las manos. No tardaría en ser incapaz de controlarlas, y no deseaba un testigo. El descenso de adrenalina podía producir estragos después del sueño.

—Te prometo que estoy bien. ¿Okey? Solamente…

Maldición.

Temblores. Cada vez más presión, el ardor tras los párpados, y todo fuera de control.

Maldición, maldición, maldición.

Eliza dobló el cuerpo y ocultó la cara en la colcha mientras los sollozos brotaban y la dominaban. Por terrible que fuera el sueño —y había sido terrible—, lo peor venía después, porque estaba consciente pero aún indefensa. El terror —terror, terror— persistía, y había algo más. Siempre llegaba con el sueño, pero no se desvanecía con él, sino que permanecía como algo empujado por la marea. Algo horrible: un repugnante cadáver de leviatán abandonado en la orilla de su mente para que se descompusiera. Era remordimiento. Aunque aquella palabra parecía demasiado anodina para definirlo. La sensación con la que el sueño la dejaba era como cuchillos de pánico y horror descansando brillantes sobre una herida roja, en carne viva y supurante de culpa.

¿Culpa por qué? Aquélla era la peor parte. Era…, Dios mío, era atroz, y era inmenso. Demasiado inmenso. Jamás se había hecho nada más horrible en toda la historia y en todo el espacio, y la culpa era suya. Resultaba imposible, y al tomar cierta distancia del sueño, Eliza conseguía descartarlo como algo ridículo.

Ella no había hecho y tampoco haría jamás… aquello.

Pero cuando el sueño la arrastraba, nada importaba: ni la razón, ni el juicio, ni siquiera las leyes de la física. El terror y la culpa ahogaban todo.

Era un asco.

Cuando finalmente se calmaron los sollozos y Eliza levantó la cabeza, Gabriel estaba sentado al borde de la cama, con expresión compasiva y preocupada. Gabriel Edinger mostraba una delicada cortesía que auguraba la presencia más que probable de corbatas de moño en su futuro. Tal vez incluso de un monóculo. Era neurocientífico, posiblemente la persona más inteligente que Eliza conocía, y una de las más amables. Ambos eran becarios de investigación en el Smithsonian’s National Museum of Natural History —el NMNH— y se habían llevado bien, aunque sin llegar a ser amigos, durante el año pasado, hasta que la novia de Gabriel se mudó a Nueva York para hacer su posdoctorado y él necesitó un compañero de departamento para cubrir el alquiler. Eliza había sido consciente de que corría un riesgo al polinizar de manera cruzada las horas libres con las de trabajo, por aquella razón en concreto. Aquélla.

Gritos. Sollozos.

Una persona con curiosidad no tendría que cavar mucho para confirmar la… profunda anormalidad… sobre la que había construido aquella vida. En ocasiones, eran como tablones colocados sobre arenas movedizas. Sin embargo, el sueño llevaba algún tiempo sin molestarla, por lo que había sucumbido a la tentación de fingir que era alguien normal, sin más preocupaciones que las habituales de una estudiante de doctorado de veinticuatro años con un presupuesto reducido. La presión de la tesis, un malvado compañero de laboratorio, ofertas de becas, la renta.

Monstruos.

—Lo siento —le dijo a Gabriel—. Creo que ahora estoy bien.

—Estupendo —tras una incómoda pausa, él preguntó animadamente —: ¿Una taza de té?

Té. Un agradable destello de normalidad.

—Sí —respondió Eliza—. Gracias.

Y cuando Gabriel se marchó sin prisa para poner a calentar la tetera, Eliza se serenó. Se puso la bata, se lavó la cara, se sonó la nariz, se miró en el espejo. Tenía el rostro hinchado y los ojos enrojecidos. Impresionante. Sus ojos eran bonitos, y estaba acostumbrada a recibir cumplidos de desconocidos. Eran grandes, con largas pestañas, brillantes —al menos cuando no tenía las escleróticas rosadas de llorar— y de un color castaño varios tonos más claro que su piel, de modo que parecían resplandecer. En aquel momento, sintió un escalofrío al darse cuenta de que tenían un aspecto un tanto… enloquecido.

—No estás loca —le aseguró a su reflejo, y aquella frase sonó como una afirmación pronunciada a menudo, un consuelo necesario y habitualmente ofrecido. No estás loca, y no lo vas a estar.

Por debajo de aquél se deslizó otro pensamiento más desesperado.

A mí no me va a pasar. Soy más fuerte que los otros.

Normalmente, lograba creérselo.

Cuando Eliza se reunió con Gabriel en la cocina, el reloj del horno marcaba las cuatro de la madrugada. El té estaba sobre la mesa, junto a un bote de helado de medio litro, abierto y con una cuchara clavada. Gabriel lo señaló.

—Helado de pesadilla. Es una tradición familiar.

—¿De verdad?

—Sí.

Por un instante, Eliza trató de imaginar el helado como la respuesta de su propia familia al sueño, pero fue incapaz. El contraste era simplemente demasiado fuerte. Aceptó el bote.

—Gracias —dijo.

Comió un par de cucharadas en silencio y tomó un sorbo de té, preocupada durante todo el tiempo que transcurrió de que llegaran las preguntas, como seguramente ocurriría.

¿Con qué sueñas, Eliza?

¿Cómo voy a ayudarte si no me lo cuentas, Eliza?

¿Qué te sucede, Eliza?

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