La sangre del Olimpo (Los héroes del Olimpo 5)

Rick Riordan

Fragmento

I

Jason

Jason odiaba ser viejo.

Le dolían las articulaciones. Le temblaban las piernas. Mientras intentaba subir la colina, los pulmones le sonaban como una caja llena de piedras.

Afortunadamente, no podía verse la cara, pero tenía los dedos retorcidos y huesudos. Unas abultadas venas azules se extendían como una red por el dorso de sus manos.

Incluso desprendía olor a viejo: bolas de naftalina y sopa de pollo. ¿Cómo era posible? Había pasado de los dieciséis a los setenta y cinco años en cosa de segundos, pero el olor a viejo había sido instantáneo. En plan: «Zas. ¡Enhorabuena! ¡Apestas!».

—Ya casi hemos llegado. —Piper le sonrió—. Lo estás haciendo muy bien.

Para ella era muy fácil decirlo. Piper y Annabeth iban disfrazadas de preciosas doncellas griegas. Incluso con sus túnicas blancas sin mangas y sus sandalias con tiras, no tenían problemas para andar por el sendero rocoso.

Piper llevaba su cabello color caoba recogido en una trenza en espiral. Unas pulseras de plata decoraban sus brazos. Parecía una estatua antigua de su madre, Afrodita, cosa que a Jason le intimidaba un poco.

Salir con una chica preciosa ya era estresante. Salir con una chica cuya madre era la diosa del amor… Jason siempre tenía miedo de hacer algo que fuera poco romántico y que la madre de Piper lo mirase ceñuda desde el Monte Olimpo y lo convirtiese en un cerdo salvaje.

Jason miró cuesta arriba. La cima estaba todavía cien metros por encima.

—Ha sido la peor idea de la historia. —Se apoyó en un cedro y se secó la frente—. La magia de Hazel es demasiado potente. Si tengo que luchar, no serviré de nada.

—No se dará el caso —prometió Annabeth.

Parecía incómoda con su disfraz de doncella. Mantenía sus hombros encorvados para evitar que el vestido se le deslizara. Su moño rubio recogido con horquillas se había deshecho, y el pelo le colgaba como unas largas patas de araña. Sabiendo el odio que les tenía a las arañas, Jason decidió no mencionar ese detalle.

—Nos infiltramos en el palacio —dijo ella—, conseguimos la información que necesitamos y nos largamos.

Piper dejó el ánfora, la alta vasija de cerámica en la que estaba escondida su espada.

—Podemos descansar un momento. Recobra el aliento, Jason. Del cordón de su cintura colgaba su cornucopia: el cuerno de la abundancia mágico. Metida entre los pliegues del vestido estaba su daga, Katoptris. Piper no tenía aspecto peligroso, pero si la ocasión lo requería podía blandir sendas hojas de bronce celestial o dispararles a sus enemigos mangos maduros a la cara.

Annabeth descolgó el ánfora de su hombro. Ella también tenía una espada escondida, pero, incluso sin armas visibles, poseía un aspecto letal. Sus turbulentos ojos grises escudriñaban el entorno, atentos a cualquier peligro. Jason se imaginaba que si un chico invitase a Annabeth a una copa, lo más probable era que ella le diera una patada en el bifi rcum.

Trató de respirar de forma regular.

Debajo de ellos relucía la bahía de Afales; el agua era tan azul que bien podrían haberla teñido con colorante. A unos pocos cientos de metros de la costa estaba anclado el Argo II. Sus velas blancas no parecían más grandes que sellos de correos, y sus noventa remos asemejaban mondadientes. Jason se imaginó a sus amigos en la cubierta siguiendo su progreso, turnándose para mirar con el catalejo de Leo, procurando no reírse mientras observaban como el abuelete Jason ascendía cojeando.

—Estúpida Ítaca —murmuró.

Se figuraba que la isla era bastante bonita. Un espinazo de colinas cubiertas de bosques serpenteaba por el centro. Blancas pendientes calcáreas descendían hasta el mar. Las ensenadas formaban playas rocosas y puertos donde las casas de tejado rojo y las iglesias blancas de estuco se arrimaban a la línea de la costa.

Las colinas estaban salpicadas de amapolas, azafranes y cerezos silvestres. La brisa olía a arrayanes en flor. Todo muy bonito…, exceptuando que la temperatura era de unos cuarenta grados. El aire era húmedo y caluroso como unos baños romanos.

Jason habría podido controlar los vientos y volar hasta la cima de la colina sin ningún problema, pero «nooo». Para ser más sigiloso, tenía que avanzar a trancas y barrancas como un vejestorio con las rodillas delicadas y olor a sopa de pollo.

Pensó en su última ascensión, hacía dos semanas, cuando Hazel y él se habían enfrentado al bandido Escirón en los acantilados de Croacia. Al menos entonces Jason estaba a pleno rendimiento. Lo que les esperaba sería mucho peor que un bandido.

—¿Seguro que no nos equivocamos de colina? —preguntó—. Parece un poco…, no sé…, tranquila.

Piper examinó la cordillera. Llevaba una pluma de arpía de vivo color azul trenzada en el pelo: un recuerdo del ataque de la noche anterior. La pluma no combinaba precisamente con su disfraz, pero Piper se la había ganado venciendo ella solita a toda una bandada de diabólicas mujeres gallina mientras estaba de guardia. Ella le había quitado importancia, pero Jason notaba que se sentía orgullosa. La pluma era un recordatorio de que ya no era la misma chica del invierno pasado, cuando había llegado al Campamento Mestizo.

—Las ruinas están allí arriba —aseguró—. Las he visto en la hoja de Katoptris. Y ya oíste lo que Hazel dijo. «La mayor…» —«La mayor concentración de espíritus malignos que he percibido en mi vida» —recordó Jason—. Sí, suena fenomenal.

Después de abrirse paso luchando en el templo subterráneo de Hades, lo que menos quería Jason era tratar con más espíritus malignos. Pero el destino de la misión estaba en juego. La tripulación del Argo II tenía una importante decisión que tomar. Si elegían mal, fracasarían, y el mundo entero sería destruido.

La hoja de Piper, los sentidos mágicos de Hazel y el instinto de Annabeth habían coincidido: la respuesta se encontraba en Ítaca, en el antiguo palacio de Odiseo, donde una horda de espíritus malignos se había reunido para esperar órdenes de Gaia. El plan consistía en infiltrarse entre ellos, enterarse de lo que pasaba y decidir la mejor medida que debían tomar. Y luego marcharse, a ser posible vivos.

Annabeth se reajustó el cinturón dorado.
—Espero que nuestros disfraces den el pego. Los pretendientes eran muy desagradables cuando estaban vivos. Si descubren que somos semidioses…

—La magia de Hazel funcionará —dijo Piper.

Jason trató de creérselo.

Los pretendientes: cien de los canallas más codiciosos y malvados que habían pisado la faz de la Tierra. Cuando Odiseo, el rey griego de Ítaca, desapareció después de la guerra de Troya, esa caterva de príncipes de segunda invadió su palacio y se negó a marcharse, con la esperanza de casarse con la reina Penélope y tomar el reino. Odiseo logró volver en secreto y los mató a todos: el clásico regreso a casa con final feliz. Pero si las visiones de Piper no iban descaminadas, los pretendientes habían vuelto y moraban el lugar donde habían muerto.

Jason no podía creer que estuviera a punto de visitar el auténtico palacio de Odiseo: uno de los héroes griegos más famosos de todos los tiempos. Aunque, por otra parte, esa misión había sido una sucesión de episodios increíbles. Annabeth incluso había vuelto del abismo eterno del Tártaro. Teniendo eso en cuenta, Jason decidió que tal vez no debería quejarse de ser un viejo.

—Bueno… —Se apoyó en su bastón—. Si parezco tan viejo como m

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