Casa de tierra y sangre (Ciudad Medialuna 1)

Sarah J. Maas

Fragmento

Casa de tierra y sangre

Había una loba en la puerta de la galería.

Eso significaba que debía ser jueves, lo que a su vez implicaba que Bryce debía estar verdaderamente pinche cansada si dependía de los movimientos de Danika para saber qué día era.

La pesada puerta de metal de Antigüedades Griffin sonó con el impacto del puño de la loba: un puño que Bryce sabía estaba rematado por uñas pintadas de color morado metálico a las cuales les hacía buena falta una manicura. Un instante después se escuchó el grito de una voz femenina, medio amortiguado a través del acero:

—¡Abre con un demonio, B! ¡Hace un calor de mierda acá afuera!

Sentada frente al escritorio en la modesta sala de exhibición de la galería, Bryce esbozó una sonrisa burlona y retiró el video de la cámara instalada en la puerta principal. Se pasó un mechón de cabello color rojo vino detrás de la oreja puntiaguda y preguntó por el interfono:

—¿Por qué estás cubierta de tierra? Parece como si hubieras estado hozando en un basurero.

—¿Qué carajos quiere decir hozando? —contestó Danika con la cara brillante de sudor mientras posaba su peso en un pie y luego en el otro. Usó una mano mugrienta para limpiar el sudor de su frente y se embarró el líquido negro que tenía salpicado.

—Lo sabrías si alguna vez abrieras un libro, Danika.

Agradecida por el respiro en esta mañana de trabajo tedioso, Bryce sonrió y se levantó del escritorio. No había ventanas en la galería, por lo cual el extenso equipo de vigilancia era su única advertencia de lo que sucedía detrás de los gruesos muros. Incluso con su agudo oído por ser mitad hada, no lograba distinguir mucho más allá de la puerta de hierro salvo por los ocasionales golpes de un puño. Los muros sencillos de arenisca del edificio ocultaban la tecnología avanzada y los hechizos de primer grado que lo mantenían en funcionamiento y también preservaban muchos de los libros resguardados en el archivo del piso de abajo.

Como si tan sólo pensar en el nivel situado debajo de los tacones altos de Bryce la hubiera invocado, una vocecita, proveniente de la puerta del archivo de quince centímetros de grosor ubicada a su lado izquierdo, preguntó:

—¿Es Danika?

—Sí, Lehabah.

Bryce puso la mano en el picaporte de la puerta principal. Los hechizos que tenía zumbaron contra la palma de su mano y se deslizaron como humo sobre su piel dorada llena de pecas. Apretó los dientes para soportar la sensación, aún no se acostumbraba a pesar de que ya tenía un año trabajando en la galería.

Desde el otro lado de la puerta de metal aparentemente sencilla que daba a los archivos, Lehabah advirtió:

—A Jesiba no le gusta que esté aquí.

—A ti no te gusta que esté aquí —corrigió Bryce, y entrecerró sus ojos color ámbar en dirección a la puerta de los archivos y a la diminuta duendecilla de fuego que sabía flotaba justo al otro lado, escuchando como siempre hacía cuando alguien estaba frente a la galería.

—Vuelve a tu trabajo.

Lehabah no respondió, tal vez porque había regresado al piso de abajo para vigilar los libros. Bryce puso los ojos en blanco, abrió la puerta principal de un tirón y la azotó un golpe de calor tan seco en la cara que sintió como si fuera a succionarle la vida. Y el verano apenas comenzaba.

Danika no sólo parecía haber estado hozando en la basura. También olía como si lo hubiera hecho.

Algunos mechones delgados de su cabello rubio platinado, habitualmente una cascada sedosa y lacia, se habían salido de la trenza apretada y larga; las mechas de amatista, zafiro y rosado estaban salpicadas de una sustancia oscura y aceitosa que apestaba a metal y amoniaco.

—Te tardaste —se quejó Danika, y entró con su andar fanfarrón a la galería. La espada que tenía a la espalda subía y bajaba con cada paso. Su trenza se había enredado en la empuñadura de piel desgastada y al detenerse frente al escritorio Bryce se tomó la libertad de desenredarla.

Apenas había terminado de hacerlo cuando los dedos delgados de Danika ya estaban desabrochando las correas que mantenían la espada envainada cruzada contra la piel desgastada de su chamarra de motociclista.

—Necesito dejar esto aquí unas cuantas horas —dijo, quitándose la espada de la espalda y se dirigió al pequeño armario escondido detrás de un panel de madera al otro lado de la sala de exhibición.

Bryce se recargó en el borde del escritorio y se cruzó de brazos. Sus dedos rozaban contra la tela negra y elástica de su vestido entallado.

—Tu bolso del gimnasio ya está apestando el lugar. Jesiba regresará esta tarde y va a tirar tu mierda en el basurero otra vez si sigue aquí.

Eso era el Averno más amigable que Jesiba Roga podía desatar si alguien la provocaba.

Jesiba, una hechicera de cuatrocientos años de edad que había nacido bruja y posteriormente desertado a su gente, se había unido a la Casa de Flama y Sombra y ahora solamente le rendía cuentas al mismo Rey del Inframundo. La Flama y Sombra le iba bien; Jesiba poseía un arsenal de hechizos que rivalizaban con los de cualquier hechicero o nigromante de la más oscura de las Casas. Circulaban rumores de que había transformado gente en animales cuando se irritaba lo suficiente. Bryce nunca se había atrevido a preguntar si los pequeños animales que vivían en docenas de tanques y terrarios en la biblioteca siempre habían sido animales.

Y Bryce intentaba no irritarla nunca. No es que existieran garantías cuando se trataba de los vanir, un grupo que abarcaba a todos los seres de Midgard salvo a los humanos y animales comunes. Incluso el vanir menos peligroso podría ser mortífero.

—La recogeré luego —prometió Danika, y presionó el panel oculto para que se abriera el armario. Bryce le había advertido ya en tres ocasiones que la bodega de la sala de exhibición no era su casillero personal. Sin embargo, Danika siempre alegaba que la galería, localizada en el corazón de la Vieja Plaza, tenía una ubicación más céntrica que la Madriguera de los lobos en Moonwood. Y eso fue todo.

La puerta del armario se abrió y Danika agitó la mano frente a su cara.

—¿Mi bolsa del gimnasio está apestando el lugar? —preguntó, y con la punta de su bota negra movió el costal arrugado que contenía el equipo de baile de Bryce y que ahora estaba entre el trapeador y la cubeta.

—¿Cuándo fue la última vez que lavaste esa maldita ropa?

Bryce frunció el ceño al percibir el hedor de zapatos viejos y ropa sudada que salió de la habitación. Cierto, hace dos días había olvidado llevarse a casa el leotardo y las mallas para lavarlos después de su clase a la hora del almuerzo. En gran parte fue gracias a que Danika le había enviado un video de un montón de risarizoma sobre el mueble de la cocina, con música a todo volumen saliendo de la vieja grabadora junto a la ventana, y la orden de apresurarse para volver a casa. Bryce obedeció. Fumaron tanto que era muy

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