El ciclo del eterno emperador

Laura Gallego

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La noche en que el Eterno Emperador de Akidavia nació por decimoséptima vez, el cielo estaba claro y las dos lunas brillaban con fuerza, aunque ninguna lucía llena. Era una de aquellas raras noches en las que la constelación de las Hilanderas era completamente visible desde todos los confines del imperio, pero esta circunstancia no tenía ningún significado especial.

El Emperador podía renacer en cualquier lugar de Akidavia, siempre treinta y tres días después de su última muerte. Durante el período intermedio entre una encarnación y la siguiente, conocido como la Larga Noche, todo el imperio estaba de luto. Sus súbditos ayunaban, se cubrían la cabeza y tenían prohibido reír y cantar. El tiempo de las celebraciones solo comenzaba cuando el Consejo proclamaba oficialmente el renacimiento de aquel que habría de gobernarlos durante cientos de años antes de morir de nuevo y reiniciar el ciclo.

Durante la Larga Noche, el imperio akidavo era especialmente vulnerable, de modo que los zaldrim, los guerreros enmascarados del ejército, patrullaban sus fronteras sin descanso para protegerlas de cualquier amenaza exterior. No obstante, Akidavia era cada vez más extensa. Durante el reinado del decimosexto Emperador había sumado dos provincias más, expandiendo sus límites y dilatando el tiempo que se tardaba en alcanzarlos desde la Ciudad Imperial de Armonía, el corazón de la nación.

Por otro lado, dado que Su Divinidad podía renacer en cualquier rincón del imperio y este continuaba ampliándose, podría darse la circunstancia de que aquellos que debían recibirlo no llegasen a tiempo de asistir a su retorno. Las crónicas relataban que esto había sucedido dos veces desde que se tenían registros. La primera, cuando el Augur cometió un error al señalar el lugar en el mapa y, como consecuencia, la novena Emperatriz nació sin protocolo hasta que el Consejo logró localizarla por fin, dos semanas después. La segunda, cuando una tormenta hizo naufragar el barco en el que viajaba la comitiva, incluyendo al Augur, que era el único que sabía con certeza a dónde se dirigían; por esta razón, el decimocuarto Emperador nació y creció ignorado por el mundo en alguna provincia remota, mientras en el corazón del imperio estallaba una revuelta que el ejército tardó varios meses en sofocar. Aquel Emperador no llegó a reinar, porque nunca lo encontraron; solo se tuvo noticia de su muerte prematura catorce años después de su nacimiento, pues fue entonces cuando el siguiente Augur anunció el advenimiento de una nueva encarnación.

En esta ocasión, el nuevo Augur había señalado en el mapa un punto en la provincia de Gratitud, en el continente meridional del imperio. No era la más alejada de la Ciudad Imperial, pero aun así requería una travesía en barco, y las aguas eran traicioneras en aquella época del año.

Por todo ello, y tal como habían previsto, el viaje resultó largo y complicado, hasta el punto de que, cuando la comitiva llegó por fin a su destino, sus integrantes no estaban seguros de haberlo alcanzado a tiempo. Según sus cálculos, aquel era el día en que debía renacer Su Divinidad, pero ya hacía rato que se había puesto el sol.

Se detuvieron en lo alto de una loma a contemplar la pequeña aldea que se extendía a sus pies. A pesar de lo tardío de la hora, desde lejos podía verse una casa que tenía la lumbre encendida.

—Es posible que hayamos llegado a tiempo, después de todo —murmuró el Consejero Kunavamastedal, esperanzado.

—También es posible que nos hayamos perdido —rezongó la Consejera Kalinamanteni, lanzando una mirada irritada hacia el Augur.

Este bajó la vista, abochornado. Sunodavindu era muy joven para ser Augur, pero su predecesor había fallecido apenas un par de años atrás, y él había resultado ser el más aventajado de entre sus discípulos. La mayoría de los Augures se preparaban durante toda la vida para un reto que nunca llegarían a afrontar, pues solo nacía un nuevo Emperador cada mil años aproximadamente. El decimosexto Emperador había llegado a cumplir ochocientos cuarenta y siete. El pobre Sunodavindu había dado por sentado que podría contar con varias décadas para prepararse antes de tener que predecir su renacimiento, y, además, existía la nada remota posibilidad de que ni siquiera le tocase a él, sino a alguno de los discípulos a los que adiestraría cuando llegase el momento.

—Las... las señales parecían claras, excelencia —farfulló.

—Pero este sitio es tan... pequeño y provinciano —se quejó la Consejera.

—El Eterno Emperador no hace distinciones —le recordó Kunavamastedal con severidad—. Para él, cualquier hogar del imperio es digno de acogerlo.

Ella arrugó la nariz y se envolvió aún más en su capa. La ligera túnica que vestía debajo no la protegía bien del frío y la humedad que eran habituales en aquella región.

—Acabemos, pues —murmuró—. Si Su Divinidad ha renacido en una de esas... de esas... sucias chabolas, cuanto antes lo devolvamos al palacio, mejor.

El Consejero optó por no responder a eso. Se volvió hacia el zaldrim, que se alzaba serio y circunspecto sobre su caballo, y le hizo una seña de asentimiento con la cabeza.

Los cuatro descendieron por la senda que conducía hasta la aldea. Guiaron a sus monturas a lo largo de la calle principal, pero no hallaron a nadie. Todas las contraventanas estaban firmemente cerradas, como correspondía al duelo debido a la Larga Noche, que se observaba incluso en rincones remotos como aquel.

La Consejera detuvo su caballo, sin embargo, al localizar a un niño de unos siete años que los espiaba tras una esquina, con los ojos muy abiertos.

—¿Qué haces ahí, muchacho?

Él dio un respingo y se echó a temblar.

—Nada..., no estoy haciendo nada, señora... Ya me iba... Solo había salido a... a...

Enrojeció. Había salido a aliviar la vejiga, y lo había hecho a aquellas horas porque el hambre causada por el ayuno no lo dejaba dormir, pero no sabía cómo decirlo con palabras que no resultasen demasiado groseras.

—¿Cómo te llamas, chico? —preguntó entonces el Consejero, tratando de tranquilizarlo.

—Reku, señor.

—¿Sabes si alguna de las mujeres de la aldea ha dado hoy a luz?

—¿Cómo?

—Que si ha tenido un bebé.

—Yo... no sé, creo que..., creo que Noli estaba a punto, pero...

Los Consejeros cruzaron una mirada radiante.

—Excelente —aprobó Kunavamastedal, satisfecho—. ¿Podrías indicarnos dónde vive Noli?

Reku inspiró hondo, aún impresionado. No entendía qué era lo que estaba pasando, ni había visto jamás a personajes tan elegantes y distinguidos como aquellos visitantes, con sus ropajes coloridos y sus singulares peinados. Sin duda debía de estar soñando. Eso, o los forasteros estaban muy perdidos y habían llegado a su pueblo por error.

Pero les señaló cuál era el camino hasta la casa de Noli, que vivía a las afueras de la aldea. Antes de volver grupas, el hombre que parecía ser el líder le ordenó:

—Avisa al alcalde de que estamos aquí.

Reku parpadeó.

—¿El... alcalde? Pero ahora... estará durmiendo..., señor —se apresuró a añadir.

No obstante, ellos no se habían detenido a escuchar sus objeciones. Seguros, al parecer

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