Imperio de tormentas (Trono de Cristal 5)

Sarah J. Maas

Fragmento

 Imperio de Tormentas

OCASO

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Los tambores de hueso resonaban en las laderas escarpadas de las Montañas Negras desde la puesta de sol.

En una saliente rocosa, la carpa de guerra de la princesa Elena Galathynius crujía ante el embate del viento seco. Desde su posición, Elena estuvo toda la tarde observando al ejército del Señor del Terror arrasar esas montañas en oleadas color ébano. Ya entrada la noche, las fogatas de los campamentos enemigos se extendían por las montañas y el valle debajo como una manta de estrellas.

Tantas fogatas… demasiadas comparadas con las que ardían de su lado del valle.

No necesitaba valerse del don de sus oídos de hada para escuchar las oraciones de su ejército humano, tanto las pronunciadas como las silenciosas. Ella había rezado varias veces en las últimas horas, aunque sabía que sus plegarias quedarían sin respuesta.

Elena nunca había considerado dónde moriría, nunca había considerado que pudiera ser tan lejos del verdor rocoso de Terrasen. Ni que su cuerpo se quedara sin ser incinerado, sino que lo devoraran las bestias del Señor del Terror.

No quedaría ninguna señal que le indicara al mundo dónde había caído una princesa de Terrasen. No quedaría una señal de ninguno de ellos.

—Necesitas descansar —dijo una voz masculina y áspera proveniente de la entrada de la carpa detrás de ella.

Elena volteó por encima del hombro y su cabello largo y plateado se enganchó en las escamas elaboradas de su armadura de cuero. Pero la mirada oscura de Gavin ya se había posado en los dos ejércitos que se extendían a la distancia debajo de ellos. En esa franja de demarcación estrecha y negra que pronto sería traspasada.

A pesar de insistirle en descansar, Gavin tampoco se había quitado la armadura desde que entró a la carpa unas horas antes. Los líderes de su ejército acababan de salir unos minutos antes, con mapas en las manos y desesperanza en sus corazones. Elena podía oler en ellos el miedo y el desaliento.

Gracias a todos los años que pasó recorriendo las zonas agrestes del sur, Gavin se acercó casi en silencio al sitio donde ella montaba guardia a solas; sus pasos apenas hacían crujir la tierra seca y rocosa. Elena nuevamente enfrentaba esos incontables fuegos enemigos.

Gavin dijo con voz ronca:

—Las fuerzas de tu padre todavía podrían sobrevivir.

Era una esperanza torpe. El oído inmortal de Elena escuchó todas las palabras que se pronunciaron durante las horas de debate en la carpa contigua.

—Este valle ahora es una trampa mortal —dijo Elena.

Y ella los había llevado ahí a todos.

Gavin no respondió.

—Cuando amanezca —continuó Elena— estará cubierto de sangre.

El líder militar a su lado permaneció en silencio. Era poco común que Gavin estuviera callado. No brilló ni un destello de esa ferocidad indomable en sus ojos ligeramente rasgados y su cabello castaño colgaba opaco. Elena no podía recordar la última vez que se habían dado un baño.

Gavin volteó a verla con esa mirada de franca valoración que la había despojado de todo disfraz desde el momento en que lo conoció en el salón de su padre casi un año antes. Hacía una vida.

Era un momento muy distinto, un mundo distinto, cuando las tierras aún estaban llenas de canto y de luz, cuando la magia no había empezado a apagarse en la sombra creciente de Erawan y sus soldados demonios. Se preguntó cuánto tiempo resistiría Orynth después de que la matanza terminara aquí en el sur. Se preguntó si Erawan destruiría primero el palacio resplandeciente de su padre en la cima de la montaña o si quemaría la biblioteca real, haciendo arder el corazón y el conocimiento de toda una era. Para después quemar a su gente.

—Todavía faltan varias horas para el alba —dijo Gavin con un nudo en la garganta—. Tienes tiempo suficiente para huir.

—Nos harían pedazos antes de que pudiéramos salir del paso entre las montañas...

—No me refiero a nosotros. Sólo tú —la luz de la fogata se reflejaba en el rostro bronceado de Gavin creando un relieve parpadeante—. Tú sola.

—No voy a abandonar a esta gente —respondió ella y le acarició los dedos—. Ni a ti.

La expresión de él permaneció inmutable.

—No hay manera de evadir el día de mañana. Ni el derramamiento de sangre. Sé que escuchaste lo que dijo el mensajero. Anielle es un matadero. Nuestros aliados del norte se han ido. El ejército de tu padre está demasiado lejos. Moriremos antes de que el sol haya terminado de salir.

—Todos moriremos algún día de todas maneras.

—No —dijo Gavin y le apretó la mano—. Yo voy a morir. Esa gente que está allá abajo, ellos van a morir. Por la espada o con el paso del tiempo. Pero tú... —su mirada se posó en las orejas delicadamente puntiagudas de Elena, la herencia de su padre—. Tú podrías vivir por siglos. Milenios. No eches eso a la basura por una batalla que está condenada a fracasar.

—Preferiría morir mañana que vivir mil años con la vergüenza de una cobarde.

Pero Gavin miró al otro lado del valle nuevamente. A su gente, la última línea de defensa contra la horda de Erawan.

—Quédate detrás de las líneas de tu padre —dijo con sequedad— y continúa la lucha desde allá.

Ella tragó saliva.

—No tendría caso.

Lentamente, Gavin volteó a verla. Después de todos estos meses, todo este tiempo, ella confesó:

—El poder de mi padre está fallando. Está cerca, a unas décadas, de desvanecerse. Cada día que pasa, la luz de Mala se apaga en su interior. No puede pelear contra Erawan y ganar.

Las últimas palabras de su padre antes de que ella saliera en esta misión maldita varios meses antes fueron: “Mi sol se está poniendo, Elena. Tienes que encontrar una manera de que el tuyo pueda salir”.

El rostro de Gavin se drenó de color.

—¿Escogiste este momento para decírmelo?

—Esperé hasta ahora, Gavin, porque tampoco hay esperanza para mí, aunque huya esta noche o luche mañana. El continente caerá.

Gavin se movió hacia la docena de carpas que estaban en la saliente. Sus amigos.

Los amigos de ella.

—Ninguno de nosotros saldrá de aquí caminando mañana —dijo.

Y la manera en que se le quebró la voz, la manera como brillaron sus ojos, hizo que ella buscara su mano nuevamente. Nunca, ni una sola vez en todas sus aventuras, en todos los horrores que habían soportado juntos, lo había visto llorar.

—Erawan ganará y gobernará esta tierra y todas las demás por toda la eternidad —susurró Gavin.

Los soldados estaban inquietos en el campamento abajo. Hombres y mujeres, murmurando, maldiciendo, llorando. Elena buscó la fuente de su terror, hasta el otro lado del valle.

Una por una, como si una gran mano de oscuridad las hubiera aplastado, las fogatas del campamento del Señor del Terror se apagaron. Los tambores de hueso empezaron a sonar con más fuerza.

Por fin él había llegado.

Erawan en persona había venido a supervisar la batall

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