Viaje sin destino

Mariana De Smet

Fragmento

Título

¿Y esa silla en la autopista?

Esos éramos nosotros.

Yo le había avisado que no estaba bien sujeta, pero Tabby soltó un chasquido y se subió al auto.

«Lo que uno encuentra, se lo puede guardar», había dicho.

La cajuela ya no se pudo cerrar. Ajusté un poco más el nudo de l soga, que estaba enredada alrededor de las patas de la silla, y me senté a su lado.

—¿Para qué la queremos?

—Nunca se sabe.

Regresó al camino con dificultad. El motor rugía mientras ella trataba de encender un cigarro y al mismo tiempo pisaba cada vez más el acelerador.

—¡Cambia de velocidad! —le grité.

—¡Mmmmm! —protestó. Con los ojos muy abiertos, ofendida, y el cigarrillo entre los labios, pasó con rapidez de la segunda a la tercera y a la cuarta velocidad.

—Eppo, chico, para alguien que no tiene licencia de conducir eres muy arrogante. —Sostenía ahora el cigarrillo entre sus dedos y exhalaba el humo.

Me callé, abrí la ventanilla para mostrar mi desacuerdo y me abroché el cinturón de seguridad.

Diez kilómetros más adelante la soga se rompió y la silla salió despedida de la cajuela dando tumbos.

—Mierda —dijo Tabby, riéndose; se aferró al volante para llegar a ver en el espejo sus ojos y el camino detrás de nosotros. Vi cómo una furgoneta apenas podía esquivar la silla. El siguiente auto tocó fuerte la bocina y un camión prendió sus cuatro luces intermitentes.

La tapa de la cajuela se abrió un poco más con un crujido y el viento entró ululando al auto. El pelo se me alborotó sobre la cabeza hasta taparme los ojos, y Tabby se echó a reír. Seguía riéndose.

—¡Ya detente! —le grité, pero no se detenía. Sólo bastante más adelante se desvió hacia un pequeño estacionamiento y frenó con brusquedad. Como siempre.

Me quedé sentado, hosco, mientras ella se bajaba para cerrar de un empujón la cajuela.

Lo intentó con un golpe fuerte. Lo intentó con un golpe aún más fuerte y una maldición.

Con un suave rechinar la tapa se levantó otra vez. Sabía que ella estaba poniendo los ojos en blanco. Al final lo logró, dejó caer la tapa y le dio un empujón con el trasero.

—Ya está —dijo cuando volvió a subir, limpiándose las manos en el pantalón.

De repente se escucharon por la radio informaciones del servicio de tránsito francés:

«Cerca de la salida 23 hay una silla en el carril derecho. Sea prudente y disminuya la velocidad, por favor».

—¡Ja! —dijo riéndose—. ¡Ja! ¡Ésos somos nosotros!

Partimos otra vez, a trompicones. Yo iba callado.

—¿Estás enojado o algo semejante? —me preguntó al rato.

Miré en el espejo lateral los destellos de paisajes que se sucedían: rollos de heno en un campo, una iglesita a lo lejos, un halcón en un poste de luz. Si miraba de otra forma, me veía a mí mismo, y no tenía ganas de verme.

—¡Vamos, Eppo!

A menudo decía: «Vamos». Quería decir algo así como: «Ándale». Aunque tampoco lo era exactamente. No como ella lo decía.

—¡Total, ni pasó nada!

—Pero podría haber pasado. Fue estúpido, te lo dije de inmediato. No piensas, Tabby.

—¡Pero si les avisaron a todos! ¡Que escuchen la radio!

Y con eso se acababa la historia para ella. Tomé el diario del tablero y me puse a resolver el sudoku.

—¿Otra vez vas a ponerte a hacer crucigramas? Vaya… qué buena compañía, ¿eh? —En la segunda frase imitó mi acento holandés. Exageradamente. Yo no hablaba así para nada. Al menos, eso me parecía. No recuerdo en qué momento decidí quedarme con ella. ¿Fue enseguida? Total, ella no iba a ningún lado…

O quizá surgió naturalmente y no tuvo nada que ver con tomar una decisión. Ella me había dado mi cuarto aventón ese día. El tercer día en que yo salía a descubrir el mundo.

El auto anterior me había llevado apenas unos diez kilómetros más adelante del lugar donde me había dejado un viejo muy pulcro.

Acababa de pararme ahí cuando ella se detuvo. Ni siquiera tenía a la vista mi cartelito que decía «parís».

—¿A dónde quieres ir? —me preguntó, inclinándose por completo sobre el asiento del pasajero para poder ver mi rostro.

—¿A dónde vas? —Me agaché metiéndome a través de la ventanilla, abierta a medias.

Tenía el cabello verdoso. Era muy corto y del color del pasto sobre el que ha permanecido una carpa demasiado tiempo.

—¡Súbete! —gritó por sobre el estrépito de un camión que retumbaba al pasar—. ¡Aquí es demasiado peligroso!

Arrojé mi mochila en el asiento trasero y me senté a su lado. Su viejo Volkswagen Golf se paró tres veces antes de que consiguiera arrancar.

Tan sólo cuando hubo alcanzado una velocidad razonable, me hizo una mueca burlona.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿A dónde tienes que ir?

—¿En qué dirección vas tú?

Se encogió de hombros y aspiró con fuerza por la nariz.

—No importa, en realidad. Todavía no lo pienso. A donde tú digas.

Yo no sabía cómo reaccionar. ¿Qué quería decir ella?

—¿También estás de vacaciones?

—¿De vacaciones?

—De viaje.

Me miró un instante.

—Algo así, sí.

Manipuló los botones de la calefacción, y de pronto me llegó un viento frío que me picó los ojos. Giraba las salidas de aire e intentaba colocar en su lugar una plaquita de plástico quebrada.

—Me gustaría llegar esta noche a la frontera con Francia —dije.

—Okey.

—¿Tienes que ir en esa dirección?

—Voy en esa dirección.

Sonó decidida. Con una expresión tensa en la boca, pisó más el acelerador y adelantó a un camión que nos tocó bocina mientras lo pasábamos.

Le miré las piernas desnudas bajo su minifalda de mezclilla. Se dio cuenta.

—Soy Tabita. Pero todos me llaman Tabby.

—Eppo —dije.

Me miró con curiosidad.

—Eppo, nada más. —Sonó como una disculpa.

—Okey, Eppo, nada más. Allá vamos entonces.

—Pensé que sólo los viejos se distraían con esos rompecabezas.

Sentía que me estaba mirando. Ella quería que lo sintiera.

Clavé los ojos en los números y los casilleros, taché un error y traté de concentrarme.

—Eres antisocial.

Mis ojos se posaron una vez más sobre el pasatiempo.

—¡Eppo!

Levanté la vista con un suspiro.

Esa sonrisa burlona que tenía…

—Cuéntame algo.

—¿Algo como qué? —Intenté resistirme.

—Cualquier cosa.

Bajó el parasol, entrecerró los ojos.

—No me gusta el silencio.

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