Cell

Stephen King

Fragmento

1

En el puente sobre el río Mystic, miles de personas contemplaban el espectacular incendio que lo devoraba todo entre Comm Avenue y el puerto de Boston. El viento del oeste seguía soplando cálido y con fuerza pese a que el sol ya se había puesto, y las llamas rugían como un horno infernal, borrando las estrellas. En el cielo se elevaba una luna llena y sobrecogedora. En ocasiones, el humo la tapaba, pero con demasiada frecuencia aquel ojo desorbitado de dragón surgía para contemplarlo todo y emitir su cansina luz anaranjada, que a Clay le recordó las lunas de los cómics de terror, aunque no lo comentó a los demás.

Nadie decía gran cosa. La muchedumbre del puente se limitaba a contemplar la ciudad que acababan de abandonar, viendo cómo las llamas lamían los carísimos pisos de primera línea de mar para luego devorarlos. Del otro lado del puerto les llegaba la música estridente de las alarmas, en su mayoría de incendios y de coches, puntuada por el ocasional ulular de alguna sirena. Por un instante, una voz amplificada recomendó a los ciudadanos NO SALGAN A LAS CALLES, pero al poco otra empezó a aconsejarles ABANDONEN LA CIUDAD A PIE POR LAS ARTERIAS PRINCIPALES HACIA EL NORTE Y HACIA EL OESTE. Aquellos dos mensajes contradictorios habían competido entre sí durante varios minutos, tras los cuales NO SALGAN A LAS CALLES enmudeció, seguido al cabo de cinco minutos por ABANDONEN LA CIUDAD A PIE. Ahora tan solo se oía el rugido hambriento de las llamas avivadas por el viento, las alarmas y una sucesión de golpes sordos que, en opinión de Clay, se debían a la implosión de las ventanas a causa del intensísimo calor.

Se preguntó cuánta gente habría quedado atrapada entre el fuego y el agua.

—¿Recuerdas que me preguntaste si una ciudad moderna podía arder? —señaló Tom McCourt.

A la luz de las llamas, su rostro menudo e inteligente aparecía cansado y enfermizo. Tenía una mejilla manchada de hollín.

—¿Lo recuerdas?
—Cállate y vámonos —espetó Alice, a todas luces trastornada, aunque hablaba en voz tan baja como Tom.

Es como estar en una biblioteca, pensó Clay, y a renglón seguido, No, como en un velatorio.

—¿Podemos irnos, por favor? —suplicó la chica—. Porque esto me está dejando hecha polvo.

—Por supuesto —repuso Clay—. ¿Está muy lejos tu casa, Tom? —Desde aquí, a menos de dos millas . Pero siento deciros que no vamos a dejar todo esto atrás.

Habían echado a andar hacia el norte, y Clay señaló hacia delante y a su derecha. El brillo que teñía el cielo en aquella zona recordaba al de las farolas de sodio en una noche nublada, pero aquella noche era clara, y las farolas se habían apagado de nuevo. En cualquier caso, las farolas no despedían columnas de humo.

Alice emitió un gemido y de inmediato se cubrió la boca, como si esperara que alguien de aquella multitud silenciosa la regañara por hacer demasiado ruido.

—No os preocupéis —aseguró Tom con una calma sobrecogedora—. Nosotros vamos a Malden, y creo que aquello es Revere. Tal como sopla el viento, Malden debería ser un lugar seguro.

No sigas, le suplicó Clay mentalmente, pero Tom no le hizo caso.

—Al menos de momento —añadió.

2

Había varias docenas de vehículos abandonados en la plataforma inferior del puente, y una hormigonera había empujado a un lado un camión de bomberos con las palabras boston este estampadas en el costado color verde aguacate; ambos camiones estaban también abandonados. Sin embargo, aquel nivel del puente se había convertido en el dominio casi exclusivo de los peatones. Aunque ahora habrá que llamarlos refugiados, se dijo Clay antes de reparar en que ya no podía hablar en tercera persona. A nosotros. Llamarnos refugiados.

La gente seguía hablando poco; casi todos se limitaban a contemplar en silencio la ciudad devorada por las llamas. Los que se movían avanzaban con lentitud, mirando a menudo por encima del hombro, y al acercarse al otro extremo del puente (Clay vio el Old Ironsides, o al menos creía que se trataba del Old Ironsides, anclado en el puerto, aún a salvo de las llamas) se fijó en un detalle extraño. Muchos de ellos miraban a Alice. Al principio, a Clay se le ocurrió la idea paranoica de que la gente debía de creer que él y Tom habían raptado a la chica con Dios sabe qué propósitos inmorales, pero enseguida tuvo que recordarse que todas las almas del puente sobre el río Mystic se encontraban en estado de shock, arrancadas de su vida normal en mayor medida aún que los damnificados por el huracán Katrina (porque aquellos desgraciados al menos habían estado sobre aviso), y por tanto era poco probable que fueran capaces de albergar ideas tan sofisticadas. Casi todos ellos estaban demasiado ensimismados para pensar en cuestiones morales. Al poco, la luna se elevó un poco más, y cuando empezó a brillar con más intensidad, Clay lo comprendió: Alice era la única adolescente a la vista. Incluso Clay era joven en comparación con la mayoría de los demás refugiados. Casi todas las personas que contemplaban boquiabiertas la bola de fuego en que se había convertido Boston o avanzaban despacio hacia Malden y Danvers tenían más de cuarenta años, y muchos de ellos aparentaban edad suficiente para recibir los descuentos reservados a la tercera edad. Vio a algunas personas con niños pequeños e incluso un par de cochecitos, pero lo cierto era que el sector joven era muy reducido.

Al cabo de unos instantes reparó en otra cosa. Había numerosos teléfonos móviles tirados por el suelo. Pasaban junto a uno cada pocos metros, y ninguno de ellos estaba intacto. O bien los habían atropellado o bien pisoteado hasta reducirlos a amasijos de plástico y cables, una suerte de serpientes peligrosas destruidas antes de que pudieran seguir propagando su veneno.

3

—¿Cómo te llamas, querida? —preguntó una mujer rolliza que había cruzado la calzada hasta ellos.

Habían dejado atrás el puente hacía unos cinco minutos, y Tom acababa de decirles que tardarían un cuarto de hora en llegar a la salida de Salem Street, desde donde solo distaban cuatro manzanas hasta su casa. Comentó que su gato se alegraría de verlo, lo cual había arrancado una tenue sonrisa a Alice. Clay se dijo que mejor tenue que nada.

Alice se quedó mirando con una especie de suspicacia pensativa a la mujer rolliza que se había separado de los grupos silenciosos y de las cortas filas de hombres y mujeres, apenas más que sombras en realidad, algunos de ellos cargados con maletas, otros llevando bolsas de plástico o mochilas, que habían cruzado el puente y se dirigían hacia el norte por la Carretera Uno para alejarse de la gran conflagración y conscientes de la que empezaba a formarse en Revere, hacia el nordeste

La mujer rolliza le sostuvo la mirada con una expresión de cariñoso interés. Llevaba el cabello canoso peinado en pulcros bucles de peluquería, gafas con montura con forma de ojos de gato y lo que la madre de Clay habría llamado un «abrigo de coche». En una mano tenía una bolsa de plástico y en la otra, un libro. Parecía una persona normal; desde luego, no era uno de esos locos telefónicos, de hecho no habían visto a ninguno desde que salieran del Atlantic Avenue Inn con sus bolsas de comida, pero pese a ello Clay sintió que se ponía en guardia. No le parecía normal que alguien los abordara como si estuvieran en una fiesta en lugar de huyendo de una ciudad en llamas. Aunque por otro lado, dadas las circunstancias, ¿qué era normal? Con toda probabilidad empezaba a perder el juicio, pero en ese caso, Tom también, porque observaba a la mujer rolliza de aire maternal con una hostilidad idéntica a

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