Querido Caín

Ignacio García-Valiño

Fragmento

1. Matar al paso

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Matar al paso

La mosca se había posado en la pantalla luminosa y, tras recorrerla en alocado zigzag, se quedó quieta en el escaque c8, precisamente donde él se disponía a situar su caballo blanco. ¿Le habría leído el pensamiento? Allí comenzó a frotarse a conciencia las patas traseras. Extraño insecto, pensó, con esa trompa de ventosa y esos pies que son capaces de trepar por el cristal. Si tan rápida eres, líbrate de ésta. La mano de Nicolás Albert se cernió sobre ella y en un rápido barrido lateral la atrapó. Sentía la fina vibración cosquilleándole el hueco de la mano. La agitó junto a su oído, como si pudiera escuchar sus golpes en la oscura cavidad, la arrojó contra la pantalla del ordenador y cayó en la mesa. El insecto quedó boca abajo, mareado, girando sobre sí mismo. Imaginó una mirada suplicando clemencia. «Oh, pobrecita», murmuró. Entre las uñas de su índice y su pulgar la asió delicadamente por las patas y con escrúpulo de entomólogo le arrancó las alas. Aturdido y desesperado, el insecto áptero cruzó correteando la mesa y al llegar al borde se lanzó al vacío.

Oía la voz de su madre, desde lo alto de la escalera, llamándolo. No contestó. Buscaba en el suelo la mosca, un punto negro revolviéndose tal vez como peonza enloquecida. El toc-toc de los tacones de Coral Arce se desplazaba hacia el dormitorio de Diana, contiguo al de Nico. Su caballo se había apostado en c8 y mientras la máquina pensaba cómo salir de la encerrona, la vio junto a la pata del sillón. Estaba ahí, muy quieta, inerte. Dejó caer sobre ella un suave escupitajo y no se movió. Muerta, entonces.

Vio de reojo la cabeza de Araceli deslizándose por el rectángulo de la ventana. El reloj del salón marcaba las siete y media. Imaginó la cabeza de Araceli paseándose como un globo flotante por el jardín, con la boca abierta, sin dejar de sonreír mientras buscaba el resto de su cuerpo. Su madre había regresado por el pasillo de arriba y él adivinó que se detenía a mirarse en el espejo. Su padre canturreaba en el dormitorio, como siempre que ensayaba nudos en la corbata. Mientras el programa escaneaba una réplica a su ofensiva, el muchacho hizo rotar el tablero y lo cambió a perspectiva en tres dimensiones. Carlos Albert nunca se quedaba con el primer nudo y siempre tarareaba el mismo sonsonete bobo. Araceli, en el jardín, había recuperado el resto de su cuerpo y la vio inclinada, las manos sobre las rodillas, ordenando a Argos que le diera algo que llevaba entre los dientes, la pistola láser, que emitía un débil gorigori, de pilas medio gastadas.

—¿Ya has estado revolviendo en la caseta? —le reprendía ella, en ese tono infantil con que hablaba siempre al chucho.

Alfil cinco reina era un buen movimiento que cortaba la huida del caballo negro por el flanco de rey; el ordenador se defendía bien, pero la partida había perdido brillo sin la presencia intrusa de la mosca con dotes telepáticas. Tal vez no debiera haberla matado, sino dejarle una oportunidad de jugar. Podía incluso ser más lista que el programa. Intentó imaginarse una partida contra una mosca. Peso pluma contra peso mosca, ¡gong! Cambió las piezas de diseño metal a toy y su caballo amenazante pasó a ser un simpático dragón rojo. Su madre se paseaba, descorazonada e inestable en sus nuevos zapatos de tacón de aguja, el tacón que más odiaba, pero era alta, esbelta, para qué los necesitaba. Por su desplazamiento errático, parecía que estuviera probando si eran fiables. La había visto antes, un instante, al cruzar el porche. Lucía una falda de tubo, muy ceñida. Estaba guapa, y odiaba los cócteles de ejecutivos, pero nunca se lo decía a Carlos. Normalmente, los cócteles coincidían con uno de sus súbitos dolores de cabeza, pero esta vez se había ahorrado la excusa para no agotarla. De nuevo lo llamaba, ¿Nico? Él sabía cuánto la afligía no saber nunca en qué parte de la casa se encontraba. Pero no tardaría en dar con él. Se dirigía hacia el salón, caliente, caliente. Se detuvo en la puerta. Vería su nuca asomando por el respaldo del sillón. Se acercó a él y se sentó a su lado. La miró con el rabillo del ojo. Olía a perfume.

—¿Ganas?

El muchacho no contestó ni giró la cabeza. Coral Arce se sentó delicadamente a su lado y le puso una mano en el hombro. Sabía que con ello se exponía de nuevo al cuchillo helado de su indiferencia, pero no podía evitarlo. Fijos en el rectángulo luminoso, sus ojos no tenían acomodo para el resto del mundo.

—Tu padre y yo vamos a pasar la tarde fuera. Araceli os preparará la cena. Tenéis macarrones en la nevera. Poneos vosotros el queso a vuestro gusto. Vigila que tu hermana se lo coma todo, incluido el postre. Ya sabes que es muy remolona. Espero que estéis acostados para cuando volvamos.

Coral Arce se levantó y fue bajando las persianas con el interruptor. No valía la pena enfadarse con él por su silencio, pensó, por ignorarla tan injustamente. Recordó una vez más la promesa que se había hecho a sí misma de no presionarlo, de respetar su espacio.

Ahora era Carlos Albert quien bajaba las escaleras. Elogiaba los servicios de la nueva tintorería que habían abierto en el barrio, junto al centro comercial. Ya no volvería a la que se hallaba frente a la parroquia.

—¿Estás lista, mi reina? —se asomó Carlos.

Chaqueta gris marengo, corbata jaspeada, cuarenta años bien trajeados. Se había engominado el pelo estirado hacia atrás. Fuera ya estaba ladrando Argos, excitado por la proximidad de algún acontecimiento novedoso.

—Voy sacando el coche —dijo Carlos.

Argos ladró de alegría en cuanto vio salir a su dueño y corrió a su encuentro. Carlos evitó con un gesto que le pusiera las patas sobre el traje y lo obligó a sentarse. Obediente, acezante, el pastor alemán siguió con ansiedad el viaje de las manos acariciadoras, que bajaron del aire donde residía su autoridad hasta posarse cálidamente bajo sus orejas. Él recogió las caricias ladeando la cabeza para envolverla más entre sus manos, gruñendo de placer. Carlos retiró los belfos húmedos que cubrían sus enormes colmillos e introdujo la mano. Argos la mordisqueó con una atormentada delicadeza.

—Mmmm, buen chico.

Por el jardín avanzaba Diana, tirando de un carrito donde se bamboleaba su muñeca rubia. Dejó atrás el rosal, el columpio y el cobertizo canadiense y se detuvo ante la mesa bajo la pérgola por la que se enroscaba la exuberante glicina. Ahora Coral hablaba con Araceli y le daba algunas instrucciones precisas para la colada. Diana dirigió a su padre una sonrisa y un saludo. Éste respondió por la ventanilla del Mercedes 600 metalizado. Había detenido el coche frente a la cancela. Argos daba saltos al lado, estribándose contra el guardabarros y jugando a esquivarlo. Ya había rayado varias veces la parte delantera del capó con ese juego. A Coral le disgustaba su alegría ruid

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