Billy Summers

Stephen King

Fragmento

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Billy Summers, sentado en el vestíbulo del hotel, espera el coche que viene a recogerlo. Es viernes al mediodía. Aunque está leyendo un cómic titulado Archie y sus amigos y amigas, está pensando en Émile Zola, y en la tercera novela de este, su primer éxito, Thérèse Raquin. Piensa que es en gran medida el libro de un autor joven. Piensa que Zola apenas empezaba a excavar lo que acabaría siendo un profundo y fabuloso filón. Piensa que Zola era —es— la versión angustiosa de Charles Dickens. Piensa que eso sería una buena tesis para un ensayo. Aunque tampoco es que haya escrito alguno.

A las doce y dos minutos se abre la puerta y entran dos hombres en el vestíbulo. Uno es alto, de cabello negro, y luce un tupé de los años cincuenta. El otro es bajo y usa anteojos. Los dos van trajeados. Todos los hombres de Nick visten traje. Billy conoce al alto de sus visitas al oeste. Trabaja para Nick desde hace mucho tiempo. Se llama Frank Macintosh. Por el tupé, algunos de los hombres de Nick lo llaman Frankie Elvis, o —ahora que tiene una pequeña calva en la coronilla— Elvis Calvo. Pero no delante de él. Billy no conoce al otro. Debe de ser de la ciudad.

Macintosh le ofrece una mano. Billy se pone en pie y se la estrecha.

—Ey, Billy, cuánto tiempo. Me alegro de verte.

—Lo mismo digo, Frank.

—Te presento a Paulie Logan.

—Hola, Paulie. —Billy da un apretón de manos al más bajo.

—Encantado de conocerte, Billy.

Macintosh toma de sus manos el cómic de Archie.

—Ya veo que sigues leyendo cómics.

—Sí —contesta Billy—. Sí. Me gustan bastante. Los divertidos. A veces leo los de superhéroes, pero no me gustan tanto.

Macintosh hojea el cómic y enseña algo a Paulie Logan.

—Fíjate qué chicas. Amigo, con estas hasta podría tocarme.

—Betty y Veronica —informa Billy al tiempo que recupera el cómic—. Veronica es la novia de Archie, y Betty quiere serlo.

—¿También lees libros? —pregunta Logan.

—Alguno que otro, en los viajes largos. Y revistas. Pero sobre todo cómics.

—Bien, bien —dice Logan, y guiña un ojo a Macintosh. No es muy sutil, y Macintosh frunce el ceño, pero a Billy no le molesta.

—¿Listo para acompañarnos? —pregunta Macintosh.

—Claro. —Billy se guarda el cómic en el bolsillo trasero. Archie y sus exuberantes amigas. También eso podría ser tema de un ensayo por escribir. El solaz que el lector encuentra en unos cortes de cabello y unas actitudes inmutables. Riverdale, y el hecho de que ahí el tiempo se haya detenido.

—Vamos, pues —dice Macintosh—. Nick nos espera.

2

Conduce Macintosh. Logan anuncia que él viajará detrás porque es bajo. Billy prevé que se dirijan hacia el oeste, porque es donde se encuentra la parte elegante de esta ciudad, y a Nick Majarian le gusta vivir a lo grande tanto en casa como fuera. Y no se aloja en hoteles. Sin embargo, ponen rumbo al noreste.

A unos tres kilómetros del centro, acceden a una zona que, por lo que Billy ve, es de clase media baja. Tres o cuatro peldaños por encima del parque de remolques donde él se crio, pero no elegante ni de cerca. Sin grandes casas con cerca, de eso aquí no hay. Es un vecindario de cabañas con franjas de hierba regadas por aspersores giratorios. La mayoría son de un piso. La mayoría están bien cuidadas, aunque unas cuantas necesitan una mano de pintura y la maleza invade el césped de algunos jardines. En una casa ve una ventana rota cubierta con un cartón. Delante de otra, un gordo en bermudas y camiseta de tirantes, instalado en una silla reclinable de Costco o Sam’s Club, bebe cerveza y los observa pasar. En Estados Unidos corren buenos tiempos desde hace unos años, pero quizá eso cambie pronto. Billy conoce esta clase de vecindarios. Son un barómetro, y este ha empezado a decaer. La gente que vive aquí trabaja en sitios en los que hay que registrar entrada y salida.

Macintosh se detiene en el camino de acceso a una casa de dos pisos con agujeros en el césped. Es de un amarillo apagado. No está mal, pero nadie diría que es la clase de residencia que Nick Majarian elegiría para vivir, ni siquiera durante unos días. Parece más la vivienda de un empleado de aeropuerto de bajo nivel, casado con una mujer aficionada a recortar cupones y padre de dos hijos, que paga la hipoteca cada mes y va a los bolos los jueves por la noche para jugar en la liga patrocinada por el bar del vecindario.

Logan baja del vehículo y abre la puerta a Billy. Este deja su Archie en el tablero y sale.

Precedidos por Macintosh, suben al porche. Fuera hace calor, pero dentro hay aire acondicionado. Nick Majarian está de pie en el corto pasillo que conduce a la cocina. Viste un traje que probablemente cueste casi tanto como una mensualidad de la hipoteca de esa casa. Lleva el cabello ralo aplanado contra el cráneo, nada de tupés. Tiene la cara redonda y un bronceado de Las Vegas. Es robusto, pero cuando estrecha a Billy entre sus brazos, este se da cuenta de que ese vientre prominente está duro como una piedra.

—¡Billy! —exclama Nick, y le besa las dos mejillas. Besos sonoros y efusivos. Luce la mejor de sus sonrisas—. ¡Billy, Billy, amigo, cuánto me alegro de verte!

—Yo también me alegro, Nick. —Mira alrededor—. Por lo general, te alojas en sitios más elegantes que este. —Guarda silencio por un momento—. Si no te importa que te lo diga.

Nick ríe. Tiene una carcajada encantadora y contagiosa a la altura de su sonrisa. Macintosh se suma a las risas y Logan sonríe.

—Tengo otro sitio en el lado oeste. Por poco tiempo. Podríamos decir que estoy cuidándoles la casa. Hay una fuente en el jardín, con un niño desnudo en el centro, uno de esos… ¿cómo se llaman?

Querubines, piensa Billy, pero se lo calla, limitándose a mantener la sonrisa.

—Da igual, un niño pequeño que orina agua. Ya lo verás, ya lo verás. No, Billy, esta no es mi casa. Es la tuya. Si decides aceptar el trabajo, claro.

3

Nick le enseña la casa.

—Totalmente amueblada —dice, como si la estuviera vendiendo. Quizá en cierto modo así es.

Esta casa en particular tiene dos pisos. Arriba hay tres dormitorios y dos cuartos de baño, el segundo pequeño, probablemente para los niños; abajo, cocina, sala y comedor, este último tan exiguo que en realidad es un rincón para comer. La mayor parte del sótano se ha convertido en una larga sala alfombrada con un televisor grande en una punta y una mesa de ping-pong en la otra. Sistema de iluminación con rieles. Nick la llama «zona de recreo», y es ahí donde se sientan.

Macintosh pregunta si les apetece tomar algo. Añade que hay refresco, cerveza, limonada y té helado.

—Yo quiero un Arnold Palmer —responde Nick—. Mitad y mitad. Con mucho hielo.

Billy dice que eso mismo le parece bien. Charlan de trivialidades hasta que llegan las bebidas. El tiempo, qué calor hace aquí en la frontera sur. Nick se interesa por cómo le ha ido en el viaje a Billy. Billy dice que bien, pero no añade dónde ha tomado el avión, y Nick no lo pregunta. Nick comenta qué me dices del puto Trump, y Billy responde qué me dices. Ahí empiezan a agotárseles los temas de conversació

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