Caín

Javiera Paz

Fragmento

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PRÓLOGO

15 DE JULIO DE 2001

CAÍN, 7 AÑOS DE EDAD

—¡Dispárale! —gritó enfadado.

La vena de su cuello estaba marcada junto a la de su frente. Sus ojos estaban casi negros de odio, pero parecía tener más odio hacia mí que hacia el hombre que estaba frente a mí.

—¡No seas cobarde, maldita sea! —Su voz era áspera, me atormentaba.

Una niña quizá un año menor que yo lloraba junto a su madre. Ella no entendía nada, pero sabía que su padre estaba en problemas. Había dos tipos también, no los conocía, tampoco entendía qué hacían ahí. Miraban al padre, luego sus ojos se quedaban fijos en mí, pero sus rostros eran rígidos, sin ninguna expresión. De todas formas, no me ayudaban, no me sacaban de ahí, no se entrometían.

—No, papá, no lo haré —dije nervioso. Mis manos temblaban junto a la pistola que tenía. Mis rodillas temblaban, todo mi cuerpo temblaba. No podía matar a un hombre.

—¡Vamos, maldita sea! ¡Hazte hombre! —Su voz negra me partía por la mitad. Mis ojos iban a explotar en llanto, pero no... No podía defraudar a mi padre. Era un hombre. Sí, soy un hombre.

—¡Aprieta el puto gatillo o te mataré a ti! —gritó. Lo miré de inmediato con mis manos sudorosas, pero él no estaba mirándome directamente.

Miré a mi padre, luego a la familia y luego al tipo directamente a los ojos. Él gritaba pidiéndonos por favor que sacáramos a su familia de ahí, pero mi padre solo lo observaba con odio.

Me dio un apretón en el hombro y apunté al hombre. Puse mi dedo índice en el gatillo y lo siguiente fue apretarlo. El sonido sordo de la pistola formó un silbido en mis oídos. La sangre cayó por la cabeza del sujeto, estaba muerto. La mujer gritaba y su hija no entendía nada.

—Vámonos de aquí —dijo mi padre quitándome la pistola. Me tomó en sus brazos despegándome del suelo de golpe, su respiración se mantenía agitada y mis manos aún temblaban. Los tipos de negro nos siguieron, pero antes de salir escuché otro disparo estruendoso, ambos nos sobresaltamos y sobre el hombro de mi padre pude ver a la mujer muerta en el pavimento.

—¡Papá! —exclamé. Él me ignoró y continuó su camino hasta el coche.

—Andaban con problemas desde hace tiempo —comentó en un tono tranquilo arrancando el coche con rapidez.

—¿Y su hija? —Miré por la ventana polarizada, y vi que la niña estaba sola, sin protección. Lloraba mirando a sus padres en el suelo y las calles se encontraban completamente vacías.

—Vendrá la policía en diez minutos y la llevarán con su familia —resopló él.

Lo contemplé en silencio, su mirada era fría. No se inquietaba por absolutamente nada, y si tenía que hacer algo lo hacía decidido.

No debes preocuparte por personas que no aportan nada en tu vida —dijo mientras solo se escuchaba la velocidad del coche—. Naces solo, mueres solo. No tiene que importarte nadie más que tú mismo y las personas que te quieren ver en la cima. La vida es así, Caín, cuando seas mayor lo entenderás. Si tienes que tomar decisiones frías, hazlo. Debes ser valiente, Caín. Lucha por lo que quieres, no dejes que nadie ponga un pie sobre ti porque siempre debes mantener en tu cabeza que nadie en este puto mundo es mejor que tú. En tu vida solo debes existir tú y quizá una o dos personas que jamás te defraudarán. Obedéceme y todo saldrá bien.

***

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