El medallón de la luna

Alba G. Callejas

Fragmento

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Prólogo

El chirrido del metal desgarró el silencio de la noche cuando una figura encapuchada abrió la puerta y cruzó el umbral. No salió enseguida, casi como si algo la retuviera allí, inmóvil, en aquel lugar que todavía no era la calle, pero tampoco pertenecía ya al hogar. Sabía que en el instante en que pusiera un pie fuera de la casa ya no habría marcha atrás, pero era consciente también de que no había alternativa posible.

Alzó la cabeza hacia el cielo sin luna que se adivinaba entre los tejados de la aldea y la capucha resbaló de su cabeza, mostrando los rasgos de una mujer de mediana edad, piel tersa e indomables rizos canos. Su semblante sereno contrastaba con lo que sentía y tan solo sus ojos reflejaban una pizca de las emociones que desbordaban su ser. Debía hacerlo, aunque no fuera fácil y no desease abandonar todo lo que conocía. Porque si no lo hacía, estaría poniéndolos a todos en peligro.

Dejó que la calma de la noche la acunase unos instantes, tranquilizándola. Inspiró hondo y volvió a ceñirse la capucha sobre la cabeza, decidida. Agarró la aldaba para cerrar la puerta tras ella y dio un paso hacia afuera; entonces se dio cuenta de que algo tiraba de su larga capa de viaje. Al mirar hacia abajo se encontró un pequeño rostro, pálido y redondito, enmarcado en rizos castaños. La niña la miraba confundida, y al ver aquellos brillantes ojos azules, sintió que su corazón se rompía en mil pedazos.

—¿Qué haces aquí, corazón? —preguntó con dulzura—. Te vas a quedar helada.

Se agachó para recoger a la pequeña y juntas entraron de nuevo en la casa. Tan solo la mortecina luz de la chimenea, prácticamente extinta, iluminaba un poco la estancia, y la mujer acudió allí, con la niña en camisón sujeta entre sus brazos, para sentarse unos minutos más en aquella mecedora junto a la lumbre.

Sabía que cada momento que pasase con ella y que aquellos ojillos brillantes la miraran como si no hubiera nada más en el mundo, le haría más duro seguir adelante con su decisión. Pero también sabía que jamás se perdonaría no despedirse de ella. Así que la acunó y le cantó aquellas canciones que hablaban de bosques y praderas, de hadas y ninfas. Aquellas canciones que tanto le gustaban a su nieta y que la mujer adoraba entonar para ella.

Y así se quedó dormida en sus brazos, gracias al calor de la chimenea y del corazón de su abuela. La mujer no pudo evitar que un par de lágrimas rodasen por sus mejillas cuando volvió a meterla en su cama, arropándola suavemente con las mantas de lana. Tan solo esperaba que algún día la perdonasen por tomar aquella decisión.

Antes de marcharse, se arrodilló al lado de la mesita de noche que había junto a la cama y encendió la vela que se encontraba sobre ella. Entonces buscó algo en el interior del morral que llevaba cruzado sobre el pecho y extrajo un libro de tapas de cuero. En su cubierta había una luna, repujada con esmero, entre algunos símbolos ondulantes que solo tenían significado para ella. Acarició los dibujos con mimo antes de extraer de su bolsa un tintero y una larga pluma. Comenzó a escribir algo en la primera página de aquel tomo y, para cuando terminó el último trazo, se secó las lágrimas que bañaban su rostro. Lo colocó en la cama, junto a la niña, y puso una de sus manitas sobre el libro.

—Así tendrás algo mío, pequeña —le dijo, en un murmullo cargado de cariño—. Cuando crezcas podrás entender por qué me marcho hoy, pero por el momento espero que esto sea suficiente.

Depositó un beso sobre la frente de la niña y apagó la vela, haciendo que un profundo olor a cera lo envolviera todo. Cuando se puso en pie de nuevo, se dio cuenta de que su corazón entero se agitaba de amor y tristeza. No reprimió el impulso de abrir la puerta en la que dormían los padres de la pequeña y se despidió de su hijo en silencio, dedicándole unos últimos pensamientos repletos de buenos deseos.

Abandonó la casa, y tan solo el chirriar de la puerta de entrada al cerrarse a sus espaldas la delató. Nada se movió en esta ocasión y la mujer, con el corazón encogido, se alejó de aquel modesto hogar, sabiendo que dejaba parte de su alma entre aquellas personas.

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Capítulo 1. Revandar

Belania se dirigía hacia la aldea como hacía cada día, corriendo por el camino de tierra que unía la granja de su familia con Revandar. Le llevaba un rato salvar aquella distancia, pasando frente a las propiedades de los demás vecinos y los verdes prados hasta encontrarse las primeras casas de la aldea. Corría lo más rápido que le permitían sus piernas, ya que quedaban pocas horas de luz y quería aprovechar el poco tiempo libre que tenía. De hecho, ni siquiera se había cambiado de ropa y todavía vestía el gastado peto marrón que utilizaba para trabajar en la granja, colocado sobre una camisa de color crema demasiado grande para ella. No le importaba lo más mínimo su aspecto, tan solo quería reunirse con su amiga cuanto antes.

Llegó a la plaza principal en pocos minutos y frenó el paso, mirando a su alrededor con la respiración agitada, pero sin detenerse por completo. Si Aleanna no estaba en la plaza significaba que seguía trabajando con su familia. Sin embargo, no pudo evitar acercarse hasta su casa para verla. Además, las puertas estaban abiertas de par en par como las del resto de talleres de la aldea, disponibles para cualquier cliente.

Cuando cruzó el umbral el ambiente repentinamente oscuro la cegó hasta que su vista se acostumbró al cambio. Allí estaba Aleanna, su mejor amiga. La chica estaba inclinada sobre su banco de trabajo, tan concentrada en la tarea que estaba llevando a cabo que pareció no escucharla. Belania se detuvo en la puerta, esforzándose por recuperar el aliento antes de interrumpirla. Miró alrededor, maravillada como cada vez que entraba allí. Siempre le había fascinado el taller de orfebrería y había envidiado a su amiga por poder trabajar en algo tan bonito como aquello. Todo a su alrededor brillaba. Gemas de colores inimaginables aparecían engarzadas en maravillas de metal: colgantes y pendientes, pero también espejos y candelabros. A la granjera le parecían pequeñas obras de arte y admiraba a su amiga y a su familia por ser capaces de darles vida, de manejar el metal con tanta soltura que parecía magia. Ella disfrutaba del aire libre y del cuidado de los animales, pero tenía que admitir que aquella ocupación le parecía mucho más atrayente, bonita, tan diferente a todo lo que ella conocía.

—¡Hola, Bel! —saludó entonces la madre de su amiga.

Belania se giró hacia ella tomada por sorpresa y la saludó con un gesto. La mujer bajaba las escaleras que separaban el taller de la vivienda familiar con su bebé en brazos. Aleanna alzó entonces la cabeza.

—No me he dado cuenta de que estabas aquí —se disculpó la muchacha.

—Tranquila, acabo de llegar. Estabas tan concentrada que no quería molestarte.

Las dos chicas intercambiaron una sonrisa y Belania se acercó al banc

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