Nadie como él (Martina)

Martina D' Antiochia

Fragmento

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PRÓLOGO

Dicen que el mayor enemigo del ser humano es el fuego, lo destruye todo a su paso... Pero lo que no saben es que, en realidad, su mayor enemigo es el miedo.

Si el miedo no existiera, no le temerías al fuego.

El miedo es el rival más peligroso al que tendrás que enfrentarte en tu vida. No solo te impide tomar decisiones, sino que, cuando te propones conseguir algo que será crucial en tu vida, te pone trabas y obstáculos para que llegues tropezando a esa meta... Si es que llegas.

Al menos, eso ocurre cuando eres afortunado y te toca solo una pequeña dosis de miedo. Hay, sin embargo, personas que nacen malditas y se ahogan lentamente mientras el terror las engulle en un rincón, donde nadie puede escuchar sus alaridos de desesperación.

El miedo invade tu vida desde que tienes uso de razón. Poco a poco, esa malicia endemoniada va creciendo dentro de tu mente y se apodera de ella hasta que, sin que te percates de lo que ocurre, acaba por consumirla.

Algunas personas son poco miedosas. Otras lo son más... Y después estoy yo, que llevo luchando desde pequeña para deshacerme del miedo que tengo retenido dentro de mí. Me ha castigado toda mi vida, acompañándome a todos lados, protagonizando mis pesadillas diurnas... Yo no tengo miedo, no: el miedo me tiene a mí.

Siempre me atrapa.

Por más que me escape de él y haga todo lo posible por salir corriendo, me vuelve a alcanzar. Es como una bestia: cuanto más huyes, más lo provocas, más se enfurece y más te atormenta. Sobre todo, regalándote errores del pasado sin ticket de devolución. Y por eso nunca avanzas, porque siempre vuelves a repetirlos una y otra vez... hasta que nacen los errores nuevos.

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CAPITULO 1

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ZOE

Un mes después...

—¿Adónde la llevo, señorita?

Escuché la voz del taxista cruzar el aire como si me estuviera hablando desde el extremo de un túnel y yo estuviera en el otro lado.

Al ver que no respondía de inmediato, el conductor chasqueó la lengua, impaciente. Eso no hizo que le diera una respuesta más rápida, sino más bien al contrario.

Le miré, avergonzada. Me sorprendía que la gente que no me conocía de nada no se diese cuenta de que me costaba hablar. O quizá sí lo hacían. Que me resultaba difícil era más que obvio, pero tal vez no sabían el esfuerzo mental y físico que requiere hacerlo cuando has estado librando una guerra durante semanas —cuatro semanas, para ser más exactos— y te encuentras en un estado de agotamiento espiritual.

Porque así era como me sentía yo. Ya no me quedaba espíritu, se había esfumado tan rápido que me dejó sorprendida la facilidad con la que podía perderlo.

Aun así, no estaba dispuesta a dejar que eso volviera a ocurrir nunca más. No pensaba recuperar mi espíritu. Eso hubiera sido como tratar de enchufar la batería de un dispositivo viejo con la esperanza de que funcione, y yo no iba a cometer ese error tan común y tonto. De hecho, ya había cometido bastantes. Lo que iba a hacer era intentar formarme yo misma un espíritu nuevo, porque estaba claro que me hacía falta uno. Me sentía como una muerta viviente vagando por ahí, transmitiéndole mi mala energía a cualquiera que pasase por mi lado.

Ni siquiera les prestaba atención a las cosas... ¿Cómo iba a prestarle atención a la gente?

El taxista suspiró para llamar mi atención. Me había olvidado completamente de él.

—¿Ya sabe adónde quiere ir?

—Me da igual. Lléveme a donde quiera —respondí con la boca pequeña y sin entusiasmo mientras me acomodaba en el taxi. Fuera hacía frío y estaba lloviendo. Lo que me faltaba.

La voz ronca del conductor me sacó de mi ensimismamiento.

—Eso es imposible, necesito que me dé una dirección o un lugar.

Dejé escapar un gruñido. Me sentía mal por ponerle las cosas difíciles al pobre hombre, porque estaba claro que él no había tenido un día fácil. De hecho, por la cara con la que me miraba, puede que estuviera hasta los huevos de clientes indecisos, pero si alguien allí había tenido un día de perros había sido yo —«de perros» era poco: en realidad, el día había sido una catástrofe total—. Así pues, decidí no sentirme tan mal por el hombre, que seguía mirándome con cara de malas pulgas.

—Ya le he dicho que me da igual —repuse, esta vez elevando un poco más el tono de voz, tal como se eleva al inicio de una discusión. Tuve que apoyar la mano en el asiento del taxi para intentar controlar mi enfado. Volví a recordarme que el pobre hombre no tenía por qué aguantar mis pataletas, que era un conductor, no un psicólogo. Pero allí estaba él, la única cuerda de la que podía tirar para liberar mi ira, ¡qué mala pata!

—Y yo le digo que eso es imposible, señorita, lo siento.

Aunque segundos antes había estado dispuesta a comenzar una pelea, en ese momento me quedé callada. Quizá reaccioné de ese modo porque el taxista me había hablado con voz calmada y educada o quizá fue porque, después, apoyó los codos suavemente en el volante y enterró la cara entre las manos, acompañando el gesto con un suspiro de cansancio.

Sí, creo que eso es lo que me hizo abrir los ojos y pensar. Había sido una egoísta al creer que era la única que tenía problemas.

—Mire. —Cogí aire mientras él alzaba la cabeza para mirarme a través del retrovisor—. Yo le entiendo mejor que nadie. Aunque no lo crea, seguro que tenemos cosas en común —le comenté incorporándome en el asiento para acercarme a él. El hombre hizo una mueca de disgusto sin creerse nada de lo que le decía—. Vamos a ver... Voy a intentar adivinarlo —insistí haciéndome la interesante—. Usted ha tenido un día de mierda, ¿verdad?

Se lo solté sin ninguna vergüenza y, al instante, el taxista se volvió hacia mí, pasmado.

—Bueno... —comenzó a decir, para seguirme el rollo—, aunque parezca que sí, tampoco ha sido para tanto.

—A mí no me engaña. No, porque lo reconozco en su mirada. Sé mucho de días malos y le prometo que yo he tenido un día peor que el suyo. Usted se ha ido cansando durante el transcurso de la jornada, lo que significa que ha ido perdiendo la energía a medida que pasaban las horas. Yo no. Yo he estado relativamente normal hoy y, de repente, en la última hora, todas mis defensas se han esfumado, dejándome más lacia que una acelga. Básicamente agotada. ¡Como usted! —Sonreí con ironía al final.

—Bueno, la verdad es que no ha sido uno de mis mejores días, no —

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