Nadie como ellos (serie NADIE 3)

Martina D'Antiochia

Fragmento

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ZOE

Sentimientos encontrados se peleaban dentro de mí. Era como una lucha interna entre no solo dos, sino un millón de Zoes, y cada una pensaba una cosa distinta. O peor: cada una sentía una cosa distinta. Pero me era imposible distinguirlas, era como si mi cuerpo no me dejara sentir una única emoción solamente. Estaba hecha un lío.

Era tan difícil para mí asimilar todo lo que había pasado tan de repente... Era tanto todo lo que me desgastaba por dentro... Los pensamientos melancólicos se apoderaban de mis silenciosas noches y me carcomían la cabeza, se colaban en mis sueños hasta terminar rompiendo en lágrimas. Eran lágrimas de tristeza, pero también de impotencia por no ser capaz de volver al pasado, o al menos arreglarlo en el presente.

En realidad, daba igual. Daba igual si pensaba en el pasado o en el presente, porque en los dos lugares siempre sufría por el mismo..., por él, por Cody. Era el dueño de mis sentimientos y sabía que al enamorarme de él le entregaría la llave de mi frágil corazón. ¿Cómo se le llama a una persona que se deja llevar por el corazón sin tener en cuenta las posibles consecuencias que conlleva? Estúpida, supongo. Soy una estúpida y no precisamente por haberlo hecho sin protección. Eso fue estúpido, por supuesto, pero eso fue culpa de ambos. Fui estúpida por creer que Cody sería capaz de entenderme y, sobre todo, apoyarme, de implicarse conmigo en el problema, ya que era de los dos. Fui estúpida por pensar que si me quería sería capaz de tirarse al vacío conmigo en esto. Las personas que te quieren no se largan cuando un problema se presenta, eso me han enseñado a mí siempre. Pero quizás soy demasiado ingenua por pensarlo. ¿Pero no debería ser así? ¿Acaso no deberíamos estar al lado de aquellos que queremos cuando están en problemas? Y más si el problema es de los dos. Las personas que te quieren sufren contigo hasta arreglar las dificultades que se interponen entre vosotros, en vez de largarse porque necesitan «aclararse las ideas».

Quiero decir que entiendo que es mucho, entiendo que te sobrepase, pero... ¿y qué pasa conmigo, que también soy la que tiene el problema? Yo también quiero largarme una temporada para olvidar, pero, por desgracia, no puedo. Cada vez que pienso en ello, cada día que pasa y veo que no me llega la regla, soy yo la que vive el martirio.

Aunque quisiera, no podría hacer lo mismo, ya que estoy atrapada en este bucle de ansiedad y sin nadie que me rescate de él. Ya han pasado dos semanas y me siento como si hubieran pasado tres meses arrastrando el secreto. Ando ocultándolo día y noche, necesitando con urgencia gritar a los cuatro vientos y que todos lo oigan y al menos ya estará dicho. Pero todavía no lo sé. El problema es que me da demasiado miedo saberlo, no puedo dar el paso. Intento pensar que en realidad puede que todo esté en mi cabeza. ¿Y si no estoy realmente embarazada y simplemente mi regla es irregular?

Pero luego me doy cuenta de que es poco habitual en mí la irregularidad... y vuelvo a tener miedo de hacerme la prueba y que se confirmen mis miedos. Ojalá pudiera evadirme de este agujero negro que me consume desde que me despierto por la mañana. Ojalá pudiera traspasarle los susurros masoquistas que escucho en mi cabeza a alguien ajeno y poder respirar tranquilamente como si el mundo no se acabara mañana.

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ZOE

—Bueno, ¿qué? ¿Piensas quedarte aquí todo el día? ¿Para eso has convencido tanto a tu padre de que te trajera de vuelta a casa? —preguntó Margaret irrumpiendo en mi habitación. Estaba apoyada en el marco de la puerta con una mano en la cintura, como esperando alguna reacción por mi parte. Yo estaba todavía tumbada en la cama y la observaba con impasibilidad. Llevaba el pelo repeinado en un moño alto y un chándal de deporte. O se iba a ir al gimnasio o fingía que iba.

No se me escapaba que no tenía que cabrear a Margaret. No había sido fácil estar de nuevo en esta cama de la que ahora no tenía ningunas ganas de moverme. Había sido complicado, una negociación dura, poder volver a estar en casa. Después de convencer día y noche a mi padre para dejarme volver, no sé cómo, pero, milagrosamente, me dio otra oportunidad.

Y ahora no podía decepcionarle. De eso nada, pensaba aprovecharla para demostrarle que no me metería en más líos y sería responsable.

—Vaya, pareces mi canguro. ¿Vienes a vigilarme desde que me despierto? —me quejé mientras me levantaba con parsimonia.

—No vengo a vigilarte desde que te despiertas porque ya llevas un rato despierta, Zoe —me soltó.

Por lo visto, analizaba cada movimiento que hacía, juzgándome con la mirada. Solté un pequeño bufido, lo cierto era que le tenía tanto asco que ya ni intentaba disimularlo.

—Entonces es verdad que me llevas vigilando un buen rato. ¿Soy la única a la que espías o también entras en el cuarto de Max para ver si ya se ha vestido para el cole? —protesté con sarcasmo y repulsión.

Pero mis sarcasmos no parecían impactarle. No dijo nada, se dio media vuelta y se largó, no sin antes mirarme de arriba abajo con aires de superioridad.

Me vestí rápido con lo primero que pillé y bajé a desayunar antes de que pudiera ponerme como un trapo con mi padre.

—No te veo muy contenta de estar de vuelta, hermanita —me dijo Max mientras se preparaba un bol con cereales y se sentaba frente a mí.

«Lo estaría si me llegara la regla», pensé para mis adentros.

Como estaba tardando en responder, me di cuenta de que mi padre estaba empezando a prestar atención a nuestra conversación, metiendo la oreja sin querer que se notara. Se estaba preparando su café y tomando sus vitaminas de la mañana, disimulando que seguía sus rituales matutinos, pero yo notaba cómo me miraba de reojo, extrañado, para ver si me pasaba algo. Así que decidí adelantarme a sus sospechas y responder con un simple:

—Estoy bien. —Y seguí mirando para abajo a mis tostadas con huevo.

—Max, es lunes, ¿qué esperas? —se rio Margaret falsamente. Me sorprendió que estuviera defendiéndome frente a mi padre y mi hermano, pero luego recordé que era su costumbre. Solo lo hacía estratégicamente para causar buena impresión, para que pareciera que nos llevábamos bien.

Por mucho que odiara que hiciera eso, tengo que admitir que, cuando habla por mí, evito tener que fingir y eso me relaja, porque, a diferencia de ella, yo odio tener que fingir las emociones, me causan dolor de cabeza por no saber qué responder. Es como meter un montón de ropa a presión en el armario, al final no cierra y se te cae

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