Bajo la luz del faro

Andrea D. Morales

Fragmento

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Capítulo 1

La muerte. Algunos la definirían como un ente malicioso que, según el conocido dicho, está tan seguro de su victoria que nos concede toda una vida de ventaja. Aura no la concebía como un esqueleto adornado por una capucha negra y una enorme guadaña. Esa imagen le parecía tan tétrica como irreal. Nunca se había parado a pensar en cuál sería su forma y si la tendría, o, al menos, hasta aquel preciso momento.

Conducía a una velocidad nada excesiva, pero su concepción parecía haber cambiado, tenía la ligera sensación de que el paisaje que se movía a través de las ventanillas de su coche lo hacía de forma vertiginosa. Los árboles se fusionaban unos con otros en diferentes tonalidades de verdes y marrones hasta crear una especie de cortina en movimiento; junto a ellos, la carretera grisácea y sinuosa había sido reparada hacía poco. Ya nada quedaba de los baches y socavones que de normal provocaban pequeños saltos en sus neumáticos, que hacían que su cuello se lastimase y que ella farfullara diferentes maldiciones. «Por fin se han tomado algo en serio en este pueblo, aunque solo sea arreglar el camino», pensó la joven, que acababa de colocarse uno de sus mechones rubios tras la oreja.

Las curvas, en su defecto, seguían siendo tan cerradas como de costumbre, y si, a su derecha, la sucesión era de robles y abedules, a su izquierda, su vista se perdía en un precipicio que la hacía temblar al imaginarse cayendo por él. El quitamiedos nunca le había parecido lo suficientemente seguro como para evitar que sucediera un trágico accidente, aunque, a decir verdad, no tenía constancia de que se hubiera producido alguno.

Estaba resoplando, no podía negar lo cansada que se encontraba tras un viaje de casi siete horas y lo deseosa que estaba por tirarse en una cama mullida a dormir. Si solo esos dos estados hubieran ocupado su cuerpo, al menos habría gozado de algo más de tranquilidad, pero no, Aura era una coctelera de emociones burbujeantes y revueltas. Solo faltaba que la sirvieran en una copa y le pusieran un par de aceitunas y una sombrillita.

Tuvo que pisar el freno al percatarse de que empezaba a acercarse a Luar y que todos sus pensamientos se estaban concentrando en el acelerador. No podía apartar de su mente la razón por la que estaba volviendo a aquel pequeño pueblecito costero de A Coruña, que había sido su hogar. Nana. Aún recordaba la voz monótona y vacía de su madre a través del auricular de su teléfono. Sabía que algo malo había ocurrido porque ella nunca la llamaba a una hora tan temprana como las ocho de la mañana. No estaba equivocaba. «Nana ha muerto, Aura, necesitamos que vuelvas a casa cuanto antes». Se le había paralizado el corazón en aquel mismo instante. El dolor que sentía en el pecho había mutado al remordimiento por pensar que Nana había sido muy poco oportuna. «Vuelve a casa cuanto antes», algo muy fácil de decir cuando su madre no tenía que hacerse un trayecto de siete horas en coche, pedir días libres en el trabajo y abandonar su vida.

Frustrada y odiándose a sí misma, Aura dio un volantazo. Un cérvido había aparecido de entre la espesura del bosque y, sin importarle que estuviera en juego su vida, se había precipitado a la carretera asfaltada. Gritó y giró el volante, intentando no atropellar al animal. Con las manos aferradas al mando circular del vehículo, Aura vio cómo sus veintiocho años pasaban por delante de sus narices. La criatura oyó el rechinar de los neumáticos contra la calzada, abrió sus grandes ojos y se esfumó lo más velozmente que pudo. Para cuando el coche terminó de frenar, se le había quebrado la voz, su corazón tamborileaba a un ritmo cardiaco y el aliento estaba retenido en sus pulmones hinchados.

«La muerte», pensó, «He estado muy cerca de no contarlo, exactamente igual que Nana». Aquella aparición se le antojaba un mal augurio. No quería ser paranoica, pero cualquiera diría que la Parca iba detrás de la familia Riveiro. No estaba dispuesta a dejarse arrastrar al mundo del Más Allá, tenía muchas cuentas pendientes, tanto en Luar como en Madrid.

Una vez serenada, Aura continuó su camino y no tardó más que un par de minutos en entrar en la esfera de cristal llena de recuerdos que era aquel pueblo.

¿Qué clase de hechizo habían lanzado a Luar para que siguiera siendo tan bonito e inalterable con el paso de los años? Ni aunque lo hubiera intentado se habría contenido, Aura miraba a través de las ventanillas aminorando la velocidad, embelesada por una belleza que ya no recordaba y siguiendo un camino que conocía demasiado bien.

Luar se había construido sobre una orografía complicada, las cuestas eran empinadas y las bajadas enormes pendientes. Las callejuelas más pequeñas, largas y serpenteantes, solo permitían el paso a dos personas, por lo que entrar con vehículo era una apuesta imposible. El asfalto no parecía haber llegado al pueblo, que seguía vistiéndose con los adoquines mal puestos de los que emergían briznas de hierba. Podría haber sido un paisaje de película, pero era un pueblecito de Galicia cuyas casas más antiguas se autoproclamaban como tal mediante sus ladrillos vistos, y las más nuevas, pintadas de blanco griego. Entre tantas callejuelas que subían y bajaban, los escalones desgastados que conducían monte arriba por un sendero casi interminable pero salpicado por el verdor de la primavera y el colorado de las amapolas, las plazuelas, el ayuntamiento y el templete que se había construido años atrás como espacio de celebraciones para la orquesta, Aura oyó el rugido del mar. Rememoró el chocar de las olas contra los acantilados, la espuma blanca impregnando las rocas, dejando entre los rescoldos toda una fauna marina, especialmente cangrejos.

Aquel pueblecito costero olía a salitre, a limón y a pescado fresco, se teñía con los colores del atardecer cuando el sol caía, y su arena era tan suave como la piel de un recién nacido. La brisa era benigna, el gemido de las gaviotas nada estridente, y la vida discurría como de costumbre, sin prisa pero sin pausa.

El aparcamiento estaba tan repleto que le costó encontrar sitio. Supuso que se debía a que el fallecimiento era el negocio que nunca estaba en crisis, al fin y al cabo, a todo el mundo le llegaba su hora, incluida a Nana. Bajar del vehículo y estirar las piernas le resultó reconfortante, aunque un aguijonazo en las rodillas casi le hizo perder el equilibrio. Se incorporó enseguida y enfiló hacia la entrada del edificio color teja.

«Tanatorio» rezaba el cartel. No se detuvo a mirar los nombres de la pantalla informática que anunciaba las salas en las que descansaban los fallecidos, al igual que tampoco la del responso. Se dirigió directamente a la parte trasera, donde sabía que la aguardaría su familia. Tras un par de pasillos, allí estaban, en efecto, su madre y su padre. Ella con su impresionante melena veteada de mechas de color miel, su nariz respingona y la cabeza gacha. Vestía de negro y sostenía contra su pecho una urna del mismo color tenebroso, decorada por unas franjas cobres que la dotaban de un aire muy elegante. «Nada propio de Nana», pensó Aura al recordar el estilo sencillo de su abuela, que para casaba con la caja que contenía sus cenizas. Su padre mantenía la camisa de cuadros arremangada y sus usuales pantalones negros, perfectos para la ocasión.

—Llego tarde —fue lo único que se le ocurrió decir al toparse

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