El sueño de Perséfone

Marta Isabel Rodríguez

Fragmento

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Autoprólogo

Me gustaría mostrar en esta breve introducción las razones que me han llevado a escribir esta historia de fantasía, mitología y romántica en la que rescato un mito clásico: el de Hades y Perséfone. Una historia simbólica representada en muchas culturas antiguas, cuyo tema principal es el descenso de la diosa al Inframundo, o lo que es lo mismo, el ciclo de muerte y renacimiento de la naturaleza y la danza simbiótica que mantienen la vida y la muerte.

¿Por qué fantasía?

La fantasía es para mí la lengua materna de mi imaginación; es el océano azul donde puedo navegar libre, sin límites ni fronteras, sin temer que algún día se agote. Es por ello que casi todas las historias que creo están impregnadas de esa libertad expresiva que nos ofrece el campo de lo fantástico, de hacernos creer que otro mundo es posible, de esa magia para crear belleza de la nada.

¿Por qué mitología?

Los mitos, al igual que las leyendas y los cuentos populares, son textos vivos, narraciones que han ido reinterpretándose, transformándose, ampliándose, dando lugar a otras historias y versiones adaptadas a la sociedad y a la cultura en la que se incluían.

El mito de Hades y Perséfone no ha escapado a esos cambios. Si indagamos en sus diferentes versiones, podemos encontrar unas raíces que se remontan a una época agrícola donde la presencia de la Madre Tierra y lo femenino eran habituales. Con el paso del tiempo, se fue transformando para adaptarse a una sociedad patriarcal, como muestra la inclusión de un rapto en el mito original.

Sin embargo, lo que ha permanecido invariable en el tiempo es su esencia: la explicación de los ciclos de renacimiento y muerte de la naturaleza.

¿Por qué romántica?

Esta danza simbiótica que mantienen la vida y la muerte es lo que me ha llevado a reinterpretar el mito desde una perspectiva romántica.

Cuando tratamos conceptos opuestos como la vida y la muerte, la luz y la oscuridad, el bien y el mal (incluso lo femenino y lo masculino), casi siempre lo hacemos desde la oposición, desde una lucha más o menos violenta.

No se trata de un juego de opuestos, sino de una unión, una sinergia, una danza, como me gusta definirlo, donde lo uno no se da sin lo otro.

Vida y muerte se unen, se complementan y, aunque nos parezca extraño, se aman.

Marta Isabel Rodríguez

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1. Un dios olvidado

Perséfone paseó sus dedos por las espigas de lavanda. Le gustaba sentir el cosquilleo de las diminutas flores sobre la palma de su mano. Se inclinó para recoger un manojo. «La lavanda alivia los dolores musculares» repitió mentalmente las lecciones de su madre mientras ataba la gavilla. «Facilita el sueño y ayuda a relajarse». Durante una hora había recolectado romero, tomillo, manzanilla y caléndula, plantas con las que preparaba bálsamos, tónicos o jarabes. Acercó el ramillete violeta pálido a su rostro para aspirar su intenso aroma.

Se acercaba la festividad de la cosecha de otoño y le gustaba celebrarla adornando la casa con ramas y guirnaldas. Toda la aldea se engalanaba para recibir la llegada de la cosecha. Se celebraba un banquete en la plaza del pueblo donde los aldeanos compartían el fruto de su trabajo, y la música y el baile no cesaban hasta el amanecer.

Pensó en recoger algunas flores más para componer una corona y colocarla en su habitación. Un pequeño manojo sería suficiente. Cuando fue a depositar la gavilla en la cesta, unos ladridos llamaron su atención. Tin correteaba tras una libélula verde.

—¡Ven aquí! —lo llamó—. ¿Adónde vas?

Se puso en pie para seguir a Tin, que se había internado en el bosque cercano. Corrió tras él intentando no perderlo de vista. A veces se ocultaba tras unos arbustos y después lo encontraba brincando entre otros. Sin darse cuenta se encontró en una parte del bosque donde nunca antes había estado. Se detuvo para observar mejor el lugar. Los tupidos árboles amortiguaban el canto de los pájaros. Algunos de ellos le eran desconocidos, y la mayoría tenía el tronco cubierto de musgo y líquenes.

Escuchó un leve susurro de hojas y, al girar la cabeza, vio a Tin adentrarse en lo que parecían ser unas ruinas antiguas. Perséfone se apresuró hasta allí y se detuvo a la entrada del recinto. «Parece un templo antiguo —se dijo—. Un altar olvidado en medio del bosque». Se alzó ligeramente el vestido y, al avanzar, sus sandalias despertaron un suave eco cuando pisaron el deteriorado suelo de mosaicos donde la hierba había crecido agreste.

El recinto aún conservaba un pequeño atrio con columnas, todas ellas cubiertas por la hiedra. A su izquierda había un banco de piedra apoyado en la pared y resaltaba un medallón de mármol con un rostro medio oculto por las hojas. La muchacha dejó la gavilla sobre el banco y, con las manos libres, apartó las hojas de hiedra que ocultaban el relieve. La imagen reveló unos rasgos desgastados por el tiempo, con el pelo y la barba ondulados, los rizos enroscados alrededor de la cabeza. Supuso que sería el dios al que estaba consagrado el templo.

—No es muy guapo —dijo torciendo los labios.

Un ligero viento tocó su cara y meció sus cabellos castaños. Perséfone se llevó la mano a la mejilla, donde había sentido el roce de aquella brisa. Le pareció la caricia de una mano invisible que quisiera saludarla. Miró a su alrededor con el corazón agitado, conmovida por una sensación nueva y extraña.

La luz del sol se filtraba por los arcos de piedra y proyectaba destellos tanto en el suelo como en las paredes. Reparó en una segunda sala tras el atrio, más umbría, desde donde se escuchaba el murmullo de una fuente. La joven entró en la estancia. Un hilo de agua brotaba de la pared izquierda y caía en un abrevadero que servía de altar para dejar ofrendas y dedicar oraciones. Ya nadie frecuentaba el lugar, reflejaba el abandono de muchos años.

Mientras tanto, Tin se dedicaba a olisquear por todos los rincones. Perséfone lo llamó para marcharse a casa y ambos abandonaron el templo con los últimos rayos de la tarde. El ramo de lavanda quedó olvidado allí.

Cuando regresó a su casa, su madre, Deméter, preparaba la cena y el olor del guiso le hizo sentir hambre. La joven depositó la cesta en la mesa central y el perrito entró moviendo la cola. Decidió no hablarle a su madre sobre el altar descubierto en el bosque. Sería su refugio secreto. Cada tarde volvería a aquel templo tras recoger hierbas o raíces en el campo; se sentaría entre las columnas del atrio y observaría al atardecer pintar de dorado el cielo. El aire se llenaría del olor de las hojas del bosque y de la tierra húmeda; solo la paz inundaría esas horas.

Unos golpes resonaron urgentes en la puerta, que le hicieron dar un respingo, saliendo de su ensoñación. «¿Quién será a estas horas?». Su madre dejó lo que hacía y fue a abrir, algo inquieta. Al otro lado apareció una niña pequeña con el rostr

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