Las luces de febrero (Meses a tu lado 4)

Joana Marcús

Fragmento

luces_de_febrero-2

1

El baño de la discordia

Ellie

No me gusta llegar tarde. Es algo que deberías saber antes de empezar con todo esto.

Por eso, cuando me desperté y miré el móvil, experimenté el pequeño momento de pánico que sientes cuando sabes que estás a punto de cagarla a lo grande. O, mejor dicho…, cuando estás a punto de llegar tarde al único día de pruebas del equipo de baloncesto de tu ciudad.

Me levanté de golpe, presa del pánico, y busqué frenéticamente la agenda del día en el móvil. De mientras, iba corriendo hacia la puerta, donde recogí el uniforme de pruebas que había tenido que comprar al club. Era tan feo como poco útil.

Empezamos positivas, como de costumbre.

Y, justo cuando pensaba que la mañana no podía empeorar, me di de bruces contra la puerta cerrada de mi cuarto de baño.

—No me lo puedo creer —mascullé—. ¡Jay! ¡JAY!

—¿Quééé…?

—¡Que abras la puerta!

Solté la ropa para aporrear la madera, furiosa. Por lo poco que oía, mi hermano mayor estaba bajo el chorro de agua, con la música puesta.

—¡JAAAY! —insistí, cada vez más furiosa.

—Pero ¡déjame cinco minutos!

—¡Necesito ducharme ahora mismo, no dentro de cinco minutos!

—Ellie, te juro que llegar tarde no supone el fin del mundo.

—¡Que abras! ¡AHORA MISMO!

No me hizo caso y, presa del pánico, miré a mi alrededor. Necesitaba apoyo y, aunque mi primera idea fue mamá, la opción más rápida era mi padre: estaba saliendo de su habitación. Por su bostezo, deduje que acababa de despertarse. Oh, mierda. Mi padre por las mañanas no funcionaba a la misma frecuencia que el resto del mundo.

—¡Papi! —salté con mi mejor voz de niña buena—. ¡Necesito ayuda!

Pese a mis diecisiete años, el tema pucheros a veces seguía funcionando. Sin embargo, como he mencionado, mi padre no era una persona muy mañanera. Lo único que conseguí fue una ceja enarcada.

—A ver… —murmuró, todavía con la legaña colgando del ojo—, ¿qué pasa ahora?

—¡Dile a tu hijo que salga del cuarto de baño!

—¿A cuál de ambos?

—¡Al que está dentro!

—Ah, claro.

Se frotó los ojos con un puño y, con los pasitos más cortos y desesperantes que había visto en la vida, se plantó ante la puerta que yo acababa de asaltar.

—¡Dile que salga! —insistí, desesperada.

Él suspiró, como siempre que le tocaba la ardua tarea de encargarse de nuestros conflictos.

—¿Jay? —preguntó al tiempo que daba un golpecito a la puerta, a lo que dejó de oírse el agua repiqueteando contra mi plato de ducha—. ¿Estás molestando a tu hermana?

—Se molesta ella sola.

—¡Mentira! —salté.

—Es una infeliz.

—¡MENTIRA! ¡Soy muy feliz!

—¡Solo me estoy duchando!

—¡En mi baño! ¡Tiene el suyo propio, papá!

—¡Era el que me pillaba más cerca!

—A ver, en esta casa hay baños de sobra —expuso nuestro padre, impaciente. Apenas había llegado y ya estaba harto de nosotros—. Ellie, ¿por qué no te vas a otro y lo dejamos estar?

—¡Porque mis cosas están aquí! ¿Sabes cómo se me pone el pelo si no uso el…?

—¿Qué más da? Sudarás y tendrás que ducharte otra vez.

—¡Pero no es justo! ¡Él es quien…!

—Piensa en tooodo el tiempo que estás perdiendo en esta discusión. ¿No es mejor ducharte más tarde, cuando vuelvas?

Y, así de fácil, papá había zanjado la discusión. Me dio una palmadita en el hombro y se marchó felizmente a desayunar.

Lo que él no entendía era que cambiarme de cuarto de baño no entraba en el horario planeado y que, por lo tanto, era incapaz de hacerlo. Daba igual el ansia que tuviera de ducharme; solo podía hacerlo en mi baño. Nada me sacaba más de quicio que un cambio de planes.

Frustrada, golpeé la puerta y volví a mi habitación, donde no me quedó más remedio que vestirme a toda velocidad.

Ojalá Jay se resbalara y se cayera de culo.

Exclamó la dulce hermana.

El salón olía a comida recién hecha, pero ya sabía que no era obra de papá. Cuando olía bien, significaba que mamá se encontraba en casa. Estaba apoyada en la encimera con la cadera y hablaba por teléfono. Por su atuendo —que consistía en una camisa blanca y unos pantalones azul oscuro— deduje que estaba lista para marcharse a trabajar. Me pregunté si nos traería algún regalo de dondequiera que fuera esa vez.

Mamá siempre se las arreglaba para estar divina mientras hacía mil cosas, algo que yo siempre había querido hacer; sin embargo, era totalmente incapaz.

Había preparado, por cierto, desayuno para todos. En cuanto vi un plato de huevos revueltos, me hice con él y me lo llevé a un rincón de la barra, donde mi hermano pequeño ya estaba desayunando, ignorándonos a todos.

—Buenos días, enano —murmuré.

Tyler —«Ty» para los amigos, aunque lo odiara— pasó de mí y siguió mirando su tablet. El flequillo castaño le caía por debajo de las cejas, y todavía llevaba la parte de la nuca aplastada por la almohada. Su pijama tenía un patrón de cuadritos escoceses, como el de un señor mayor. Estaba tan ocupado mirando la pantalla y engullendo cucharadas de cereales que ni me miró.

Mamá sí que sonrió nada más verme, incluso lanzó un beso de buenos días. Dijo algo incomprensible al teléfono y, entonces, su sonrisa se evaporó. Más que nada, porque vio que yo comía a toda velocidad para marcharme cuanto antes.

—Un momento —le dijo al móvil sin despegar la mirada de mí—. ¿Adónde vas con tanta prisa?

—Tengo laf puebaf —expliqué con la boca medio llena.

—Ya sé adónde vas. Lo que quiero decir es que de aquí no sales sin desayunar.

—¡Ma-á! —protesté, y por fin me tragué el bocado de huevos revueltos—, ¡ya llego tarde por culpa de Jay!

—Nada es tan importante como para dejar de comer. Siéntate y desayuna algo decente.

—¡No tengo tiemp…!

Gesticuló con seriedad para que me sentara y, acto seguido, volvió al móvil. Le puse mala cara y como respuesta me metió un bollo de crema en la mano; luego, otro gesto, esta vez para que comiera. Lo hice tan rápido como pude.

Esperaba no ahogarme, porque ya era lo que me faltaba para llegar tarde.

Grandes prioridades.

Papá llegó en ese momento a la cocina y, aunque se acerc

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