Capítulo 1
La vida de algunas personas es como un tren que avanza. Se ve con claridad por dónde pasaron, y la línea de las vías traza un curso certero indicando el destino. Así había sido Azul siempre: su idea del deber ser marcó un camino que no dejaba lugar para el desvío o el cambio. Ni siquiera a la imaginación.
La carrera de ingeniería había sido un mandato heredado que no admitió un espacio para su vocación por el arte. Los Paunero vieron aquel curso semestral de artes plásticas en París como un hobby algo extravagante y paquete, no más que un pasatiempo. Del arte no se podía vivir, y por eso lo más sensato era abrazar la carrera familiar.
Su noviazgo largo con el candidato ideal o, al menos, el que cualquier padre desearía para su hija le dio a Azul la satisfacción de sentir que tenía la vida que siempre había imaginado. Con vergüenza, ahora le tocaba admitir que aunque ella más de una vez se preguntó si en verdad estaba enamorada como para casarse, rápidamente silenció esas dudas; las mitigó para no arruinar los planes de su costado racional, ese mismo que tanto le gustaba exacerbar ante su padre: casarse con Santiago era el paso lógico en la relación. Y ella nunca había sido demasiado buena a la hora de contrariar los deseos paternos.
Así, el mandato familiar y la presión social terminaron siendo más fuertes en la vida de Azul. Los pasos seguros eran convivencia, casamiento, hijos. Y hasta que estos llegaran, continuar con su trabajo de nueve a siete. ¿No era eso lo que quería para su futuro? Su vida avanzaba según el plan que tenía en su cerebro y nada podía hacerla tambalear.
Excepto que la vida a menudo tiene otros planes. Y ella lo comprobó al poco tiempo de casarse con Santiago.
Azul tomaba ácido fólico desde hacía tres meses cuando se enteró de que él le era infiel. La escena fue tan trillada que le enojó que su marido ni siquiera tuviera la cortesía de meterle unos cuernos de calidad. Santiago estaba en el baño y había dejado su teléfono en la mesa de luz. Justo cuando le pidió a Azul que se lo acercara —en un gesto típico de parejas que están juntas desde hace tiempo, que ya no sienten pudor de entrar al baño cuando está el otro—, un mensaje de “Matías Contador” apareció en la pantalla, salvo que Matías Contador tenía una foto de perfil de WhatsApp con un escote llamativo y su mensaje decía: “Te extraño, bebé”.
Lo que siguió es fácil de imaginar. Llanto, gritos, recriminaciones, teléfono estrellado contra el piso. Interminables sesiones de terapia en las que Azul llegó a la conclusión de que si alguien no se esmera en esconder una infidelidad, es porque quiere ser descubierto, y a la verdad, aún más dolorosa, de que tampoco pretende ser perdonado.
A las horas de develado su amorío, Santiago ya se había ido del departamento comprado hacía pocos meses y Azul, a los treinta y tres años, después de casi una década, volvía a quedar soltera. Soltera y sin camino claro. El tren de su vida se había descarrilado y solo sentía incertidumbre y desolación.
No es que le importara estar soltera o no. ¿De qué servía una pareja si era todo una farsa? La separación ya había sucedido hacía seis meses, y su familia, que al comienzo de la crisis la había rodeado de apoyo y cariño, ya continuaba con su vida, mientras ella seguía con un enorme agujero donde antes había un centenar de planes y proyectos.
De las tres hermanas, ahora la única sin marido ni hijos era ella, y por eso sus padres asumieron (con cruel precisión) que tenía los fines de semana libres. Así, le fue asignada la tarea de desarmar la casa marplatense de su tía abuela, Susana, que acababa de morir.
Susana no había tenido hijos, y sus hermanos y sobrinos estaban ya muy mayores como para manejar hasta Mar del Plata y dedicar todo un fin de semana a guardar la ropa en cajones, clasificar objetos personales, recibir a la empresa de venta de muebles y desmantelar los vestigios de la pobre Susana, que en paz descanse.
La elegida, entonces, fue Azul, que sabía que su familia la ponía a vestir santos a lo siglo XXI, pero igual organizó todo para tomarse el viernes y salir temprano.
El viaje en auto pasó relativamente bien. Escuchó dos capítulos de un podcast sobre neurociencias, cantó a los gritos al son de Laura Pausini y Tina Turner, y a eso del kilómetro trescientos pensó en comer. Quiso frenar en la parrilla Ama Gozúa, pero la encontró cerrada y lo atribuyó a la pandemia.
Cuando decidió parar en la siguiente estación de servicio a comprar un sándwich de miga, sintió nostalgia por aquellos veraneos familiares en la costa atlántica: durante años habían gozado de eternos veranos bajo el sol de Mar del Plata. La temporada arrancaba en diciembre y hasta marzo no volvían a la ciudad. Su padre hacía algún que otro viaje en febrero a Buenos Aires, pero eso era todo. Era aquel el verdadero lujo, porque la casa era modesta, el menú del almuerzo durante esos tres meses no pasaba de los pebetes o el arroz con atún, y no gastaban en más extravagancias que la de un licuado —solo algunas tardes— y la eventual escapada a Pibelandia, en Miramar.
Mientras terminaba su sándwich de miga pensó en escribirle a Rafael, un exnovio de la pubertad devenido en amigo años después. Rafa siempre había sido espléndido y algo cancherito, pero cuando ella empezó a salir con Santiago ya no tuvo ojos para otro hombre. Además, con los años ella a Rafa le habría dejado de gustar, y de seguro saldría con otras surfers con colas Reef que vendían en la playa pareos traídos de la India, y no con ingenieras insulsas, como ella.
Santiago siempre le había tenido celos a Rafa, y tal vez por eso a Azul ahora le divertía escribirle. “Mientras mi ex se acuesta con otra mina, mi locura ya separada es mandarle un mensajito a un novio de los quince”, se dijo, y se sintió patética.
Rafa no tardó en responder: “Qué bueno saber de vos, nena. Tanto tiempo. ¿En cuánto llegás? Paso a saludarte, pasame la dir”.
Una hora después, al poner un pie en la casa de piedra y techos de teja, en medio del frío del silencio, Azul no aguantó más y se puso a llorar. Lloraba y no sabía por qué, o tal vez por eso: por no saber cómo seguir. Por no tener la más remota idea de qué hacer con una vida que, llegados los treinta años, estaba igual o más desorientada que a los veinte. Azul se había equivocado en todas sus decisiones. Y ahora estaba aquí, en esta casa con olor a naftalina y pesadas persianas de madera, la única candidata con una vida tan poco importante como para ocuparse de rematarla. “La que está de remate soy yo”, se dijo,y volvió a sentirse patética. Ni siquiera recordaba bien cuál de sus tías abuelas era Susana.
Mientras Azul se sonaba la nariz y se limpiaba las lágrimas, sonó el timbre.
—Hola, nena. ¿Cómo estás? —le dijo Rafa apenas ella abrió la puerta, aunque al ver el rostro de Azul el de él se desfiguró—. Bueno, veo que no tan bien. ¿Qué pasó?
Rafa la abrazó y Azul se hundió en su sweater con capucha, pelotitas y olor a sal. Temió estar llenándolo de mocos, pero tampoco podía contenerse. Algo había en esa casa, era como si se hubiese abierto una canilla en ella y las lágrimas fluían y fluían.
Después de unos minutos de llanto, aún sin darle explicaciones a Rafael, Azul fue a la cocina y buscó dos cervezas que había comprado en el camino y dejado en el freezer.
Rafa la siguió, en un silencio expectante, y se acomodaron en el pequeño jardín que la casa tenía detrás.
—¿Por dónde querés que empiece? —le preguntó Azul, y de pronto se largó a reír. Le resultaba tan inesperado que su vida hubiera dado un giro semejante como para traerla hasta acá; justo a ella, que siempre había sido la alumna perfecta y a la que le habían hecho creer que, de seguir las reglas, todo estaría siempre bajo control. Y de pronto, aquí estaba otra vez, con su noviecito de los quince, el que sus padres habían consentido como un amor de verano pero no mucho más, porque cómo apostar a un futuro con un surfer wannabe.
Rafa no dejaba de observarla en silencio, casi con miedo, habilitándola a llevar el hilo de la conversación.
—Te la hago corta, Rafa: Santiago me cagó. Resulta que se acostaba con otra, y quién sabe con cuántas más, desde antes de casarnos, el muy cobarde, y yo vine a enterarme por un puto mensaje de texto.
—Bueno, vos lo dijiste, Azul; es un cagón y no se merece que llores por él —respondió Rafa, a quien lo había desorientado el mensaje de Azul pero ahora empezaba a entender. Desde hacía años no pensaba en ella, no solo por saberla en pareja con ese Santiago con cara de gil, sino porque Azul ya no era su tipo. La seguía en redes sociales y la encontraba un poco… apelmazada. Aunque ahora, en persona, debía admitir que eso no era tan así; no es que estuviese lo que se dice atractiva, y menos con la cara roja del llanto, pero él siempre tenía debilidad por la gente que se animaba a mostrarse vulnerable. En especial, si eran morochas.
—Vamos, Rafa. Seguro tenés algún consejo un poco mejor, ya sé que es un cagón, sé que no merece mis lágrimas y el cuentito de autoayuda motivacional, pero igual lo que pasó es una mierda. A vos tampoco te gustaría que después de diez años te dejen por otro y ser objeto de burla de toda la gente que te mandó su regalo de casamiento de Flox y hasta hizo pogo con vos en la puta Rural. Perdón por decir tantas malas palabras.
—¿Qué es lo que te jode, Azul? ¿Que ya no esté enamorado de vos? ¿Que sea un mentiroso? ¿Que haya otra mina que le gustó más o lo que piense la gente? —Rafa la miraba fijo y luego dio un sorbo a su cerveza.
—Eh… ¿todas las anteriores? —dijo Azul y agregó—: Lo que más me duele es la vergüenza. Yo pensando en tener hijos y el flaco en cualquiera. Me siento ridícula… una estúpida. No solo porque no supe mirar a quien era mi pareja desde hacía diez años y con quien compartía la cama, sino también por el qué dirán. Listo, lo admito. Me importa el qué dirán y eso me hace la boluda mayor. Dale, decilo.
—Bueno… ya lo dijiste vos, ¿no?
—Sí, pero yo sé que vos también lo pensás. Que estás más allá de la opinión pública, que sos feliz con tus olas y tu bar en la playa en temporada y con tu aire cool. Pero yo no estoy más allá, sino más acá, del lado de los que necesitamos agradar para sobrevivir. Mirá todo lo que tengo que trabajar en terapia.
—Si tanto te importara agradar, no estarías diciéndome esto a mí, que sabés que voy a pensar que sos bastante hueca por darle tanta bola a la opinión de los otros. Tenete un poco más de crédito, Azul. A nadie le gusta fracasar en la vida, y que tu marido te cague a los pocos meses de estar casada puede sentirse como un fracaso. Porque ustedes vivían juntos pero se casaron hace poco, ¿no?
—Gracias, ahora que me decís fracasada, sí que me siento mejor —dijo Azul entre risas mientras daba un buen sorbo a la cerveza.
—Vos sabés a lo que me refiero. Esto puede sentirse un fracaso ante la mirada de la gente, pero obvio que no lo es. El fracasado, el mentiroso, hipócrita y cagón es él. Vos, en cambio, estás de suerte: te lo sacaste de encima. Y dijiste algo de los hijos… menos mal que no llegaste a tenerlos, nena, porque entonces sí sería todo más difícil. Ahora ya está: brindemos porque este flaco ya no está en tu vida y porque pronto vas a encontrar tu verdad.
—Gracias, Rafa, pero igual te digo que estoy cagada hasta las patas. Me da pánico tener que recalcular tantas decisiones, cuando se suponía que a esta edad debería tener todo resuelto y empezar a disfrutar.
—Nadie tiene nada resuelto, Azul, no te engañes. Ni a los veinte, ni a los treinta ni a los ochenta.
Azul se levantó a buscar otras dos cervezas y Rafa debió reconocer que, más allá de los mocos y cara roja, estaba tan buena como siempre. Tenía el mismo cuerpo atlético que en su adolescencia, gracias a la genética, porque no era deportista. Esa noche llevaba un jean apretado que le marcaba la cola y de pronto él sintió ganas de llevarla a la cama. No sabía qué esperaba ella de la noche, por qué lo había llamado, si al compartirle lo de su ex lo mandaba a la friendzone o si, despechada, ella también quería sexo, al menos como una suerte de venganza.
En la cocina, Azul también pensaba que Rafa seguía igual de lindo, si hasta le quedaban bien las patas de gallo marcadas por el sol; sus dientes seguían tan blancos como los recordaba y, junto con el bronceado y el pelo desteñido por el mar, formaban una paleta perfecta.
Para Azul, Rafa estaba muy bueno y siempre lo había estado, pero a la vez reconocía no tener la capacidad para sentir una verdadera atracción. Por nadie. Al menos no hasta nuevo aviso. No sabía qué esperaba él de esta noche, qué había sentido al recibir su mensaje después de tantos años, si aún la encontraba atractiva o qué; en todo caso, ella estaba en otro canal, en otra frecuencia. “Van a pasar años hasta que alguien vuelva a gustarme, si es que alguna vez puedo volver a sentir atracción”, se dijo con tristeza.
Azul hubiera jurado que ver a Rafa le levantaría el ánimo, pero esta conclusión la deprimía aún más.
Después de otra hora de charla, en la que dejaron de hablar de Santiago y pasaron a ponerse al día sobre amigos en común, Azul largó dos o tres bostezos. Con eso, Rafa se levantó y ella pensó en pedirle que se quedara un rato más, pero… no era ingenua. Y por más espléndido que fuera Rafa, al menos por el momento ella no estaba lista para tener ningún rollo con nadie. Lo acompañó a la puerta y le dio un abrazo corto y algo seco, como para no dejar dudas de su falta de otras intenciones. Rafa le sonrió, le dio un golpecito en la espalda que dejaba claro que había recibido el mensaje y así, se dijeron adiós.
Capítulo 2
El sábado Azul se despertó a las ocho y caminó a la Boston para desayunar, en honor a una tradición compartida con sus padres. Al llegar vio que la confitería ahora se llamaba La Fonte D’Oro, algo que también atribuyó, aunque sin estar del todo segura, a la pandemia. “Debería de empezar a googlear antes de mandarme a los lugares de mi infancia, parece que todos cambian menos yo”, se dijo con una pequeña sonrisa, aunque sabía que la conclusión no tenía nada de cómico.
Para encarar la tarea que tenía por delante necesitaría unos mates e hidratos potentes. Se pidió media docena de medialunas para llevar; era un poco mucho para ella, pero tal vez podría invitar a Rafa a tomar el té, aunque después del saludo incómodo de la noche anterior estaba claro que tenían intenciones diferentes respecto a su vínculo. “Mejor que sobren a que falten… las medialunas”, se dijo, y al pensar en cómo ese refrán se contradecía con el célebre “menos es más”, sintió un nudo en el estómago. Pucha, cómo extrañaba a Santiago de a ratos. Con él sí podía debatir sobre ese tipo de cuestiones; amaban entrar en disquisiciones eternas a ver si los refranes que a Azul tanto le gustaba repetir eran ciertos o un puñado de mentiras. Azul era del equipo prorrefrán, claro está, mientras que Santiago disfrutaba marcándole de qué manera eran estafas de la vida. Sintió un llanto incipiente al saber que nunca más compartirían estas discusiones. ¿Encontraría, alguna vez, otro compañero que comprendiera lo entretenidas que eran las charlas inútiles?
Emprendió la vuelta a la casa por la costa, bordeando Playa Grande, con nostalgia ante los veranos de su infancia. Jugar al truco bajo los toldos por la tarde, los bocaditos Chimbote que a su viejo le encantaba comprar, los nervios de las primeras juntadas mixtas a la noche, los Havanna que en esas épocas tenían el gusto casero de la empresa familiar que los fabricaba. “Al final, mis recuerdos siempre están repletos de comida”, se dijo y sonrió.
Al divisar la Torre de Agua se supo ya cerca de la casa de su tía abuela y apuró el paso: tenía una ardua tarea por delante. La empresa mudadora llegaría a las tres, así que solo contaba con unas pocas horas para clasificar ropa y objetos personales.
Empezó por el cuarto de servicio, donde solo encontró tres ambos con olor rancio y manchas de lavandina. Los metió en una bolsa a la que rotuló “Para descartar”.
De descarte. Como ella.
En la cocina había platos, vasos, fuentes y mil doscientos juegos de tuppers. “Ojo con la cocina que tal vez encontrás cosas de valor”, le había dicho su madre, así que le tomó cerca de una hora distinguir los objetos de calidad y separarlos de las baratijas.
En el living había marcos de fotos con retratos familiares, y al ver a Susana recordó cuál de sus tías abuelas era. Habían compartido alguna que otra Navidad, esta Susana era la que vivía en Belgrano y odiaba moverse de ahí.
Sintió pena al notar que la pobre tenía fotos de Azul con sus hermanas y sus padres. “Yo no la registré, pero está claro que ella sí nos tenía cariño”, pensó al ver que Susana conservaba un álbum con fotos de parientes, más algunas postales enviadas por la mamá de Azul desde los viajes. Decidió guardar las fotos en una de las valijas, bajo el nombre: “Recuerdos familiares”.
A eso de la una de la tarde Azul se sintió orgullosa de su progreso. Ya había terminado con la cocina, el living comedor, el cuarto de servicio y los dos de huéspedes. “¿Quién tiene dos cuartos de huéspedes?”, se preguntó, y le deprimió la respuesta: alguien que vive solo y espera que lo visiten, que lo consideren, que lo vean. Se sintió reflejada en Susana y temió que ese fuera su futuro.
Para dar por concluida la misión, era hora de pasar al cuarto principal. “Tal vez, si llego a recibir a la mudadora y despachar todo a tiempo, puedo volver a Capital hoy mismo”. El solo pensar en dormir en su cama y no en la camita de retiro espiritual de la noche anterior la motivó para avanzar con la tarea.
A diferencia de la planta baja, de baldosas de cerámica inglesas, la escalera era de madera, y también el piso de arriba. La habitación de Susana se hallaba en un entrepiso y el suelo crujía con cada paso. Las cortinas eran verdes y pesadas, como las de toda la casa, y aunque los muebles eran antiguos y el estilo, austero, todo se veía bien conservado.
En el ropero encontró varios conjuntos de Susana: aunque esta era su casa de verano, estaba claro que el guardarropas estival quedaba aquí y no en la casa de Belgrano. Le llevó un rato clasificar ropa que valía la pena conservar, otra que serviría para donar y algunos ítems que era mejor separar para el descarte. Ja, de nuevo esa palabra infeliz.
En la esquina derecha del cuarto había un pesado baúl con candado. “Espero encontrar la llave, porque si no, voy a tener que cargarlo hasta Buenos Aires, forcejear para romperlo o llamar a Rafa para que me ayude, y no sé qué es peor”. Azul removió los cajones del escritorio para ver si encontraba alguna llave que pareciera coincidir. “Qué suerte la mía. Acá está”.
Al abrir el baúl la abrumó el olor a naftalina. Encontró tres vestidos muy antiguos y delicados. También una cajita con un broche que parecía valioso. Decidió tomarse un recreo de la tarea y se probó uno de los atuendos. Al verse en el espejo se detuvo unos minutos a pensar, enfundada en aquel vestido lavanda de encaje, qué le depararía la vida. ¿Estaría a tiempo de volver a empezar? Todas sus amigas ya estaban casadas o en vías de. La mayoría ya iba por su segundo hijo. “A mí, en cambio, me espera volver a la noche porteña o bajarme esa app del demonio para conocer gente. Iupi”.
Azul se demoró unos segundos en estudiar la imagen que le devolvía el espejo. Recorrió sus patas de gallo suavemente, con el dedo anular. Notó un lunar en la mejilla izquierda que no había visto aún y una arruga incipiente en el entrecejo. Estaba cansada, y era evidente que los últimos meses no habían sido gratis, ni para su rostro ni para su alma.
La deprimió estudiarse de cerca y en cambio prefirió volver al baúl. Entre los vestidos halló un sobre que decía “Para Susana Dupont, de Silvina Beláustegui”.Como estaba abierto, Azul no sintió tanta culpa de revisar el interior, donde una carta dirigida a su tía abuela decía:
