Meteoro

Julián López

Fragmento

Que no vas a lamentarte

por el tiempo perdido

que no vas a apurar nada

decís en medio de la conversación

cuando el cuchillo se mete

después de una presión suave

que parece a punto de zozobrar

por la resistencia de la cáscara

pero empieza a deslizarse

adentro del melón

y de esa herida sale

un aire fragante que de a poco nos envuelve

un aire cargado de azúcar

que va a estamparse inmaterial

como tus palabras en esta muralla

con nubes bajas, insonoras y apacibles

que es la tarde.

Que no vas a lamentarte por el tiempo

mientras saco el primer gajo de esta urbe

que sostengo en la mano, la parto meridiana

y te ofrezco la primera cuña que logro

de este mundo vegetal.

Yo también hablo, te contesto

también suelto oraciones distraído

mientras dentro, como en una cueva,

empujado por el olor de este melón

un poco crudo —es temprano para melones

parece decir la escena—

me quedo resonando entre palabras

que no se disuelven, que no terminan

de evadirse por la distracción

con que las soltamos,

que no vas a apurar nada y que no

te lamentás, el primer bocado de fruta

que renueva el espíritu de la sangre

llamada desde la punta de la lengua

sucede en tu boca que acaba de pronunciar

y sigue pronunciando mientras todavía

es el mismo sitio de donde salen las palabras

la carne del melón ahora

es material entre tus dientes

y sale de su esfera

un gajo de la Tierra se va a ir a tu cuerpo,

otro, el segundo, va a entrar en mí

a romper definitivamente el eje

de rotación por el que estaba suspendido

en la era de la floración dispersa

y después,

en esa contundencia que atrapó el perfume

y lo guardó en el vientre de carne fresca

y verde claro hasta que nosotros

nos sentamos a merendar

a sacar palabras distraídas de las bocas distraídas

y puede que el melón esté un poco crudo

quiero decirte, puede que lamentemos

que sea temprano en la temporada,

quiero decirte.

Pero mientras las palabras se sueltan de nosotros

entran bocados de fruta que llaman

al espíritu de la sangre

que sin querer, sin darnos cuenta, estamos

comiendo el perfume que despilfarró la flor

de esa rastrera común —Cucumis melo

y se hizo esfera por una voluntad orgánica

que se mete inadvertida en la dimensión

y marca, pertinaz, secreta pero contundente

una medida temporal,

una medida de la encarnación que compartimos

una medida que las palabras no comprenden

que las palabras ni siquiera pueden percibir

a menos de que salgan de un lugar anterior

a la boca y lleguen sin prisa y sin demora

al sitio de lo que se sabe a sí

de lo que se dice.

Que puede que el melón esté

un poco crudo todavía

pero ya hay dos gajos de cáscara sin carne

sobre los platos blancos

sembrados de semillas y de jugo

y puede que uno haya decidido

para dejar de lamentar lo que fue

no apurar lo que está siendo

pero tus manos y mis manos chorrean

el perfume material de esa flor rastrera

y tenemos la sangre en la punta de la lengua

y nos miramos a los ojos embebidos

y hacemos el silencio de las esferas desgajadas

porque ahora sobrevino la calma

en el tic tac de esta mesa

ahora que en la cocina termina la merienda

hay una quietud fragante

porque masticamos las flores como bestias

hay lo que se sabe

lo que se dice:

ahora es todo temporada.

Puede que al fin ahora podamos

vivir vos sin mí

yo sin vos, para que nadie salga

demasiado lastimado de estar vivo.

Puede que amanezca en Buenos Aires

y empiece a llorar sobre la calle Piedras

mientras la tarde hermosa,

puede que anochezca ahora en Berlín

y siga llorando en Skalitzer Straße

pero estos ojos que existen

(porque el mundo existe

aunque la idea te parezca demasiado liberal

el mundo existe, la Humanidad existe

así de narcótica, existe),

estos ojos vieron

la invención de la danza,

el momento en que un cuerpo

—fuera o dentro de la cueva—

levantó un pie del suelo para nada

para ningún fin

para ningún destino.

Estos ojos, dije

estos ojos que existen,

en una tarde del remoto país,

vieron bailar

a Iris Scaccheri.

Es la nada que no existe

la nada en la que preguntamos

no existe

la existencia la pregunta

la maraña de edificios

sobre la existencia.

No existe

son tus ojos me descubren

ciervo asustado en el bosque

en la profundidad del bosque

mis ojos de ciervo

asustado

en la hebra verde en el aire denso

en la voluntad de una estampida

que no cesa de quebrarse

se queda, no existe

se ofrece a la flecha

por seguridad, la flecha existe

no existe

la herida es la existencia

no existe

tus besos incontables

sobre la nada de besos

tu sensualidad de bosque

mi sensualidad de bosque,

la vitalidad, el freno

el impulso, la nada

existen

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