Stink y el gran expreso cobaya

Megan McDonald

Fragmento

Stink y el Gran Expreso Cobaya

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¡Golpe!

¡Roce!

¡Chillido!

Stink casi no podía ver nada mientras acarreaba una enorme torre de cajas de cereales hasta la puerta de la casa de Webster.

—¡Ding-dong! —llamó.

—¡Guau! —exclamó Webster—. Vamos. Entra. Sofía ya está aquí. Esto va a ser lo más divertido del mundo mundial.

—¿Cuántas cajas de cereal has recopilado? —preguntó Sofía.

—Más de diez.

—Yo no traje más que una de Cheerful O's —dijo Sofía de los Elfos—. Mi padre dice que son buenos para el corazón.

—Pues cargar con todas estas cajas no ha sido nada bueno para mi corazón —dijo Stink jadeando—. ¿No podíamos haber usado terrones de azúcar?

—Stink, vamos a construir la Gran Muralla China. ¿Sabes cuánto tiempo nos costaría hacerlo con terroncitos?

—Bueno a los chinos les costó cientos de años levantar la de verdad.

—La nuestra sólo nos llevará un día —dijo Webster.

Justo en aquel momento, la torre gigante de cajas de cereales se derrumbó.

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—¡A alguien le gustan mucho los Copos Mood! —exclamó Webster.

—A mi hermana Judy —dijo Stink—. Cambian de color cuando les echas la leche encima.

—¡Qué locura! —dijo Webster.

—¡Interesante! —dijo Sofía.

Stink sacó de su bolsillo trasero dos rollos de cinta adhesiva de color gris plata.

—Traje cinta súper adhesiva.

—En mi familia la llamamos cinta súper pegajosa —dijo Sofía.

Stink y Webster se doblaron de risa. Luego, los tres amigos alinearon las cajas de cereales en la parte de atrás del jardín y las súper pegaron unas con otras.

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—La Gran Muralla Súper Pegada —dijo Stink—. ¿Sabían que la Gran Muralla China se ve desde el espacio? —y se pusieron a hablar sobre la posibilidad de que algún marciano o alienígena pudiera ver su Gran Muralla de Cajas de Cereales cuando estuviera terminada.

—La “verdadera” Gran Muralla mide más de dos mil kilómetros —dijo Webster.

—Nos quedan todavía dos mil kilómetros por terminar —dijo Sofía.

Webster se levantó. Su brazo estaba pegado al de Sofía. El zapato de Sofía a la hierba. Y la camiseta de Stink a la manga de Webster.

—¡Uy! —exclamó Sofía—. Estamos pegados unos a otros.

—Naturalmente —dijo Stink—. Los amigos deben mantenerse unidos.

Cuando por fin consiguieron despegarse, Stink miró la Gran Muralla. No podía creer lo que veía. La Gran Muralla se movía. La Gran Muralla temblaba. La Gran Muralla se estremecía.

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—¡Miren! —dijo señalándola.

—¿Por qué se mueve? —preguntó Webster.

—Quizá por el viento —sugirió Sofía.

—¿Acaso el viento hace “cuy, cuy, cuy, cuy, cuy”? —preguntó Stink.

Entonces los tres oyeron el chillido: “Cuy, cuy, cuy, cuy, cuy…”.

—¡Ya suena otra vez! —dijo Stink—. ¡Hay algo dentro de la Gran Muralla!

—Suena como un pajarito —dijo Sofía.

—O como una asquerosa rata —añadió Webster.

Stink y sus amigos se pusieron a cuatro patas y empezaron a gatear por la hierba. Stink miró dentro de una caja de Copos Mood que estaba al final. Una bola peluda con ojos de color café oscuro, una húmeda nariz rosa y tiesos bigotes, le devolvió la mirada.

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—Lo único que hay aquí es… un cobaya —dijo Stink.

—¡Aquí hay otro conejillo de Indias! —precisó Sofía.

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—Se llaman de las dos maneras —intervino Webster—. Yo encontré otro, así que ya tenemos tres.

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