Mujercitas (edición conmemorativa)

Louisa May Alcott

Fragmento

cap

INTRODUCCIÓN

«Hubo un libro en el que me pareció atisbar mi futuro yo: Mujercitas de Louisa May Alcott. […] Me identifiqué apasionadamente con Jo, la intelectual. Brusca, huesuda, Jo trepaba a los árboles para leer; era más varonil y más osada que yo, pero yo compartía su horror por la costura y el cuidado de la casa, su amor por los libros. Escribía; para imitarla mejor compuse dos o tres relatos breves.»

Algunos lectores pueden sorprenderse al descubrir que este homenaje literario a la influencia de Mujercitas en su carrera no corresponde a una escritora de libros infantiles, sino a la filósofa Simone de Beauvoir, que escribió sobre Alcott en su autobiografía, Memorias de una joven formal (1958). No obstante, la deuda de Beauvoir para con Alcott está muy lejos de ser única; podría citar homenajes igual de ardientes de otras muchas mujeres escritoras e intelectuales, de Gertrude Stein a Joyce Carol Oates. Lo que sí supone una sorpresa es que esta novela famosa, influyente y popular, que ha sido traducida a docenas de idiomas y ha vendido millones de ejemplares en todo el mundo, solo recientemente haya sido aceptada como un clásico literario americano o haya recibido la atención seria de los críticos literarios. Si bien ha influido en la obra de muchas escritoras americanas, en la literatura escrita por hombres, como las historias de Hemingway y Fitzgerald, Mujercitas ejemplifica el sentimentalismo y la piedad femenina, aunque resulta muy improbable que ni Hemingway ni Fitzgerald la leyesen. En un clásico juicio crítico y desdeñoso de la década de los cincuenta del siglo XX, Edward Wagenknecht declaraba que Mujercitas «necesita y es susceptible de poco análisis». Desde luego, no puede haber muchos más libros en la historia literaria americana que hayan influido tantísimo en la imaginación de la mitad de la población lectora y hayan sido tan ignorados por la otra mitad.

En la pasada década, la reputación crítica de Louisa May Alcott, junto con la de otras populares novelistas del siglo XIX, como Harriet Beecher Stowe, ha sido cuestionada con contundencia por algunas críticas feministas, como Nina Baym y Jane Tompkins, que han puesto en tela de juicio las suposiciones patriarcales de la historia literaria americana, mientras que ediciones eruditas de la obra de Alcott publicada con seudónimo, ficción sensacionalista, escritura satírica, novelas feministas y cartas, han demostrado que su trabajo merece un atento estudio. Mujercitas ha sido objeto de muchas reevaluaciones y numerosos debates críticos. Madelon Bedell, especialista en Alcott, ha descrito Mujercitas como «el mito femenino americano», una historia paradigmática de la maduración femenina. Varias americanistas, entre ellas Ann Douglas, Sarah Elbert y Anne Rose, han analizado la novela como una importante crítica feminista del movimiento trascendentalista. Nina Auerbach interpreta Mujercitas como una novela sobre las comunidades femeninas autosuficientes, mientras que Judith Fetterley la considera la «Guerra Civil» personal de Alcott, una novela escindida por impulsos opuestos sobre la feminidad y la creatividad.

Así, leer Mujercitas en nuestra época es indagar en ideas contemporáneas sobre la autoridad femenina, las instituciones críticas y el canon literario americano, así como en las ideas decimonónicas de la relación entre la cultura patriarcal y la cultura de las mujeres. Como Simone de Beauvoir, aunque sin la misma ironía reflexiva, Louisa May Alcott se consideró siempre una joven formal. Su padre la alabó en un soneto como «niña fiel al deber», y la propia Alcott declaraba que su máxima ambición era ser «una buena hija» y no «una gran escritora». No obstante, de acuerdo con los criterios modernos, esa capitulación creativa ante la imagen cultural dominante del decoro femenino supone una grave deficiencia. En palabras de la poetisa feminista Adrienne Rich, la artista seria debe esforzarse por escapar de esas obligaciones tradicionales e interiorizadas, pues «la hija obediente de los padres solo puede ser una escritora mercenaria».

Para algunas críticas feministas, los esfuerzos que Alcott hizo durante toda su vida para adecuar su imaginación turbulenta al moralismo de su padre, el mercantilismo de sus editores y el puritanismo del «Concord gris» le impidieron responder a su promesa literaria. Para otras, la propia Mujercitas constituye uno de los mejores estudios de que disponemos sobre el dilema de la hija literata: la tensión entre la obligación femenina y la libertad artística.

Louisa May Alcott estaba muy comprometida y vinculada con su linaje, tanto materno como paterno. Louisa, la segunda de cuatro hijas (sus hermanas, Anna, Elizabeth y May, inspiraron a los personajes de Mujercitas Meg, Beth y Amy), nació el 29 de noviembre de 1832, fecha en que su padre cumplía treinta y tres años, y siempre albergó hacia él un sentimiento acusado de rivalidad y afinidad al mismo tiempo. Amos Bronson Alcott era uno de los excéntricos profetas del trascendentalismo americano, un visionario social, filósofo especulativo y reformista educativo que fue admirado y a menudo mantenido por contemporáneos con más éxito, como Emerson y Hawthorne. Bronson, de creencias antimaterialistas e incapaz de ganar dinero, estaba descaradamente dispuesto a aceptar la ayuda económica de sus amigos, parientes políticos, hijas y esposa. Incluso Emerson le consideraba un «arcángel pesado», cuyo «genio» parásito y poco realista dejaba en mal lugar al genio. Para Louisa fue siempre «el Platón moderno», un intelectual admirado que ocupaba el lugar que le correspondía en «esta famosa tierra de Emerson, Hawthorne, Thoreau, Alcott y compañía», pero también un filósofo tan poco práctico que resultaba cómico, necesitado de cuidados constantes y gran cantidad de enérgico apoyo femenino. «Recuerdos a Platón», escribió Louisa al final de una carta a su familia. «¿No necesita calcetines nuevos? ¿Empieza a tener brillos su ropa?»

Sus dos progenitores pensaban que la impetuosa y voluble Louisa, que parecía «alocada» casi desde la infancia, había heredado su carácter de su imaginativa e irritable madre, Abba May Alcott, la entrañable «Marmee» de Mujercitas. «Madre e hija forman parte una de otra y no pueden pasar mucho tiempo separadas», observaba Bronson. Louisa dedicó muchos de sus libros a su madre, cuidó de ella durante la enfermedad que acabó matándola y le contó por carta a un amigo que lo mejor que había hecho había sido hacer de los últimos años de su madre unos años felices. Su apego e interdependencia durante toda la vida sugiere los fluidos límites emocionales que recientes psicólogas feministas como Nancy Chodorow y Carol Gilligan juzgan típicos de los lazos madre-hija; además, en la América del siglo XIX, los lazos psíquicos formados por madres e hijas se veían reforzados por una cultura femenina que la historiadora Carrol Smith-Rosenberg ha llamado «el mundo femenino del amor y el ritual». Ocupaba el centro de este mundo femenino «una relación íntima madre-hija»; madres e hijas expresaban «cercanía y mutua dependencia emocional». No obstante, la mutua devoción que se profesaban Abba y Louisa mantenía a Louisa atada a una ética femenina de la abnegación: nunca fue capaz de alejarse de su madre para forjarse una vida independiente.

Aunque Abba ofrec

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