Prólogo
San Isidro, 1997
—Cómo me gusta este vitral, es tan hermoso —dijo Vicky.
Con las manos en los bolsillos, Mateo se acercó también a observarlo. Parecía que lo estaba mirando por primera vez porque jamás le había dado importancia. Pero revolviendo en su memoria, recordó lo que una vez le había contado su madre.
—Hay una leyenda acerca de ese vitral.
—¡Contame ya! —exclamó Vicky con la energía que la caracterizaba.
Mateo relató lo que recordaba: una sola gota de sangre sobre el vitral, de alguien que amara en secreto haría posible un milagro de amor. Eso se lo había contado Mar, su mamá, cuando era pequeñito, a modo de leyenda familiar. Recordar a su madre, cuando no hacía ni un año que se había ido para siempre, casi lo hizo lagrimear. Pero ni siquiera ante Vicky, quien lo conocía de toda la vida, mostraría algún signo de debilidad.
—Mirá esos colores, son tan hermosos. Y esa figura de los ángeles con el corazón en sus manos me parece tan tierna —dijo la chica embelesada por el vitral.
Él asintió en silencio, aunque en realidad desde el fallecimiento de su mamá ya nada era tierno en su casa. Su padre se había vuelto muy callado y hasta autoritario. Se pasaba horas tocando el violín encerrado en su cuarto con la expresa orden de que nadie lo interrumpiera.
Perdido en sus reflexiones, Mateo apenas notó que Vicky se había pinchado un dedo con un alfiler para después posarlo sobre el vitral.
—Así que estás enamorada y no me lo habías contado, y por eso estás probando, para saber si es verdad lo que dice la leyenda. —Sonrió con picardía—. ¿Es por ese chico que va a la secundaria y que vive por acá cerca?
—Mmm, frío. —Le devolvió la sonrisa de manera misteriosa—. Algún día lo sabrás. Es más, si se cumple mi sueño de amor, serás el primero en enterarte.
No volvieron a hablar del tema y, meses más tarde, Vicky partió con sus padres a vivir a los Estados Unidos.
Capítulo 1
San Isidro, 2006
Llego el sábado, querido amigo. ¡Tengo tantas cosas para contarte! Te quiero. Vicky.
Mateo sonrió. Los mails de su amiga Vicky le alegraban la vida, donde le parecía que la cursada en la universidad y el trabajo se tragaban toda su existencia. Respondió el correo al instante.
Después de tanto tiempo, no veo la hora de que ya estés acá. También tengo algunas cosas para contarte, querida amiga. Teo.
Se escucharon unos discretos golpecitos en la puerta. Entró Mariana, una chica que trabajaba en el mismo sector.
—Te traje algunos documentos, te los envía tu papá. Manda a decir que los mires antes que se los lleve el cadete al contador.
—Dale, muchas gracias.
Ella lo miró y bajó la vista. A Mateo le pareció un gesto demasiado aniñado para alguien que debía tener unos treinta años.
—¿Tenés algo que hacer después de la oficina? —dijo, de repente, la chica sin poder sostenerle la mirada—. Te invito un trago.
Guido Sabatella, apodado el Tano, primo de Vicky y mejor amigo de Mateo, le había dicho que Mariana tenía otras intenciones con él. A Mateo, las sospechas del Tano, además de descabelladas, hasta le parecieron ridículas, porque qué podría encontrar de atractivo una mujer tan llamativa en un tipo como él, que a leguas se notaba que no tenía en claro qué hacer con su vida. Había un agravante: le daría lo mismo ir a tomar algo con ella o no. Por más hermosa y atractiva que fuera, no le provocaba ningún deseo, ni siquiera la curiosidad veinteañera de estar con alguien que le llevaba poco más de una década de diferencia de edad.
Además, tenía planes con el Tano. Si le cancelaba una cerveza un viernes por la tarde, seguro que no se lo perdonaría jamás. No le gustaba disfrazar las cosas, así que se lo dijo tal cual a la chica, quien hizo lo posible por disimular su decepción. Mateo la vio irse y pensó por qué no le enviaba un mensaje de texto al Tano y le contaba de inmediato, pero dejó el celular sobre el escritorio.
En ese momento, entró su padre a la oficina.
—¿Ya revisaste lo que te mandé con Mariana? —preguntó ni bien cerró la puerta.
—Papá, recién me lo trajeron.
Ángel lo miró cruzándose de brazos. A sus casi cincuenta años, se conservaba en un excelente estado físico. Alto y grandote, observó a su hijo con decepción.
—Si dejaras de soñar un poquito para enfocarte en el trabajo, tu día sería mucho más productivo. Como por ejemplo hace tu hermano.
—No podés estar cinco minutos sin nombrar a tu preferido —interrumpió Mateo cortante.
Harto, harto estaba de la constante comparación que hacía su padre con su hermano. Máximo era responsable, trabajador y expeditivo. A Máximo le iba excelente en la universidad y era probable que se recibiera con honores en su carrera de arquitecto. Máximo, siempre Máximo. Lo quería desde que tuvo uso de razón, cuando le explicaron que era su hermano del corazón, que había sido adoptado por su familia porque se había quedado sin mamá y el papá no podía cuidarlo. Mateo y Máximo tenían la misma edad, pero eran muy diferentes físicamente: Mateo tenía el cabello rubio y la mirada color miel, y Máximo denotaba los rasgos orientales de su padre biológico: ojos rasgados y la piel blanquísima. El cabello castaño oscuro era herencia de su madre argentina.
Mateo notaba que Ángel, su padre, los separaba, creando diferencias entre ellos y abriendo así el abismo de la comparación. Lo peor era que se odiaba a sí mismo cuando los elogios de Ángel hacia Máximo le producían un sentimiento similar a la envidia. Máximo tampoco la pasaba bien, porque siempre trataba de minimizar sus logros. Eso, a Mateo, le molestaba aún más.
—No metas a tu hermano en esto, que no tiene nada que ver.
—Es inevitable, porque siempre te sale un elogio hacia él y una cagada a pedos hacia mí. Todo lo querés al instante y para vos siempre soy lento o poco productivo —protestó Mateo sin poder contenerse.
—Por fin la captaste, porque pensé que estaba siendo poco claro. Así que comenzá a despabilarte porque esto es la vida real. —Ángel, además de hablar, comenzó a chasquear los dedos—. Ya tenés casi veintiún años y pareciera que nada te importa. Ni tu trabajo ni la universidad.
—¡Hago lo que puedo! ¿Podés tener un poquito de paciencia?
—Esto es un trabajo y para eso se te paga. Acá no existe la paciencia para nadie —remarcó su padre de muy mal talante. En realidad, había contado hasta tres para no agregar nada más. A veces, se preguntaba si Mar no había mimado demasiado a su hijo y por eso resultó así, tan blandengue y soñador. Él había sido quien insistió en que trabajara, además de estudiar Administración de empresas. Ángel no estaba dispuesto a mantener vagos, y se los dejó a sus dos hijos bien clarito. Así era él, siempre directo.
—De acuerdo, en cinco minutos tendrás tus dichosos documentos listos para ser enviados. —Mateo quería que su padre se fuera de una buena vez.
—Así lo espero.
Ángel se fue dando un portazo. Cuando por fin volvió a quedarse solo, Mateo se tiró de los pelos, exasperado. Quedaba solo una hora para irse de la oficina y no soportaba más estar en ese lugar que lo asfixiaba. Quería tocar la guitarra eléctrica, pero ni tiempo tenía ya para eso. Además, su padre le decía que eso era un hobby y no una ocupación, dando a entender que no servía para nada. Siempre desmereciendo lo que a él más le gustaba.
Horas más tardes, Mariana vio a lo lejos como Mateo salía de la empresa con paso presuroso para ir al encuentro de su amigo. Se mordió el labio inferior deseando no recibir el llamado telefónico que tanto temía. Como si se hubiera tratado de un mal presagio, su teléfono móvil comenzó a sonar. Atendió sin decir «hola» y desde el otro lado resonó una voz áspera y amargada con tono de reproche.
—Veo que se te escapó el nene. Te pido una sola cosa y ni eso sabés hacer bien… ¡Inútil!
Capítulo 2
Para Mateo fue un alivio encontrarse con el Tano a la salida del trabajo. De carácter despreocupado y siempre alegre, Guido Sabatella era su amigo de más confianza.
—Mmm, me gustaría que dejes tu cara de culo fuera de mi auto cuando te subas. ¿Te parece? —dijo apenas lo vio.
Una vez que se abrochó el cinturón de seguridad, Mateo acotó:
—Tano, tuve un día de mierda, así que no me jodas.
Se escuchaba a todo volumen Rompe de Daddy Yankee.
—Bajá un poco la música, ¿puede ser?
—Vinimos mañosos hoy —se quejó el Tano, pero le hizo caso.
Abandonaron por fin el edificio de la tabacalera, para el inmenso alivio de Mateo, y llegaron a una conocida birrería cerca de la costa de San Isidro, pegada al río. Era una tarde ideal para unas cervezas bien frías. A Mateo se le fue disipando de a poco el malhumor. Le comentó a su amigo las agarradas que tenía con su padre y se sintió aliviado al poder compartirlo con alguien. Con su característica despreocupación de siempre, el Tano dijo que todos los padres eran densos, que le respondiera a Ángel a todo que sí y se evitaría muchos problemas.
—Yo hago así con el Gordo para que no me rompa las pelotas.
Guido le decía el Gordo a su padrino, a quien consideraba su segundo padre. El Tano había perdido a su papá cuando tenía apenas seis años de edad y su mamá apenas podía mantenerlo económicamente, entonces Gerardo, tío materno, se encargó de ayudarlo y contenerlo. Siempre, de parte de su padrino, encontraría un consejo, una recomendación y hasta una reprimenda si se la merecía. Aunque lo último no abundó porque Gerardo era un bonachón de risa fácil siempre dispuesto a los chistes, y su mujer Luisa también era un amor. Amigos de la familia de Mateo de toda la vida, lo mismo que Vicky, prima del Tano.
Mateo no veía la hora de ver de nuevo a Victoria porque la extrañaba, y se alegró al recordar que faltaba poco para que volviera de viaje. Nueve años separados por miles de kilómetros era demasiado tiempo. Durante años y tras la partida de su mejor amiga a los Estados Unidos, Mateo siempre tuvo la ilusión de ir a visitarla, pero jamás pudo hacer realidad aquel anhelo. Parecía que Ángel renegaba de todo lo que le recordara a su esposa fallecida, por eso siempre se negó de manera rotunda cuando Mateo le había pedido permiso para ir a visitar a Vicky y familia. Hasta en eso había sido egoísta con él. ¿Qué le costaba? No podía acusar falta de dinero porque nunca la hubo. Años más tarde, cuando Gerardo y Luisa retornaron al país —Vicky se había quedado estudiando gastronomía en un prestigioso colegio de Nueva York—, Ángel ni siquiera fue a visitarlos. Siempre parco y concentrado en sus negocios, le rehuyó a cualquier encuentro que significara un nexo con el pasado. Hasta se había distanciado de los Conti con los que se llevaba mejor, porque con Esteban, su padre, nunca había tenido una buena relación. Rara vez iba a visitar a su madre, Clara, quién se aparecía de improviso por la mansión a visitar a sus nietos y trataba de brindarle a él un poco de cariño.
—Pero tu padrino es rebuenazo, nada que ver con mi viejo —dijo Mateo. Se le hacía inconcebible comparar a Ángel con Gerardo. Eran muy diferentes.
Una camarera les llevó los chopp de cerveza y una porción de rabas. La birrería estaba muy concurrida: el after office se encontraba en su apogeo. Fines de verano, una ligera brisa venía del río y alejaba el calor y los mosquitos. Era un viernes perfecto.
—Dejemos de hablar de esos dos que me aburro, boludo —acotó el Tano, bostezando, y acercó el chopp para tomar un sorbo—. Mejor contame de tu compañerita de trabajo, la tal Mariana.
Mateo le relató la invitación que ella le había hecho
