La fiesta de la liberación

Hania Czajkowski

Fragmento

CAPÍTULO 1

NIKSHA.
LA FIESTA DE LA LIBERACIÓN

Tal vez fue la luna llena, las velas encendidas en la penumbra, el hipnótico aroma del incienso de mirra. No lo sé. ¡Estaba tan perdida! Desparramada en el sofá de mi living, tomaba una copa de champagne tras otra. El sofá de terciopelo rojo era mullido y suave, me hundí lentamente en sus almohadones de plumas y en mi inmensa tristeza.

La luz de la luna entró por la ventana iluminando un sobre blanco en la mesa ratona de madera antigua, justo frente a mí. No recordaba haberlo puesto allí; además, hacía mucho tiempo que no veía un sobre en mi casa.

Leonard Cohen susurraba “Lullaby”, una canción de cuna para su amor. Eran las tres de la mañana. ¿Cómo salir de esta melancolía que me destrozaba el alma? Cerré los ojos. Y comencé a volar, sin rumbo, hacia las estrellas. Mejor vuelvo a Grecia, me dije, a las aldeas blancas, a las aguas transparentes del mar de Libia y a los brazos de mi amado ¡que ya no me abraza! Lo que hasta hacía poco era una vibrante y apasionada historia de amor se había transformado en “el pasado”. Y no había vuelta atrás. Una línea feroz y total me dividía en un antes y un después. Era difícil aceptarlo cuando yo había logrado vivir como quería. Y, además, se me había cruzado en el camino un amor gitano, que amaba lo mismo que yo y no se asustaba de la vida nómade. No lo podía entender. ¿Cómo había podido acabar todo en un segundo? Nos amábamos locamente, pero nos separamos. ¿Por qué?, me pregunté acongojada.

En el primer año me anestesié con una actividad frenética: más viajes, más seminarios, más de todo con tal de no registrar lo que había pasado. Pero después colapsó el mundo y ya no hubo adónde escapar. La pandemia se expandió e hizo estragos en el planeta entero. Y todos nos enfrentamos al visceral interrogante de quién viviría y quién moriría.

Tuvimos que entregarnos a la trascendencia, a lo incontrolable. La plaga existió, pero tuvo un freno. Sin embargo, nadie sabe si alguna otra criatura microscópica puede volver a jaquearnos o si se desencadenarán los cambios climáticos: una tremenda prueba de humildad colectiva.

El planeta estaba renaciendo. Y yo sentí que tenía que renacer también, con más fuerza. Pero ¿cómo? ¡No podía seguir eternamente desparramada en este sofá de terciopelo rojo, tomando champagne y rememorando mi vida!

El sobre blanco brillaba en la penumbra, no tenía idea de cómo había aparecido allí. Intenté estirar la mano para abrirlo, pero cerré los ojos y volví a mi mundo feliz, a mi vida habitual, una aventura continua. Siempre buscando caminos alternativos para escapar del mundo convencional. Rebelándome contra la mediocridad, la rutina, escribiendo, estudiando. Viviendo al máximo la adrenalina y el vértigo de haber borrado las fronteras. Amigos mexicanos, alemanes, guatemaltecos, franceses, españoles, polacos, hindúes, israelíes. ¿Cómo explicas la vida de una nómade digital? ¡Imposible! Es lo más parecido a vivir en una película. Nunca estamos solos: hacemos amistades entrañables, nos vamos pasando los datos y sabemos dónde están las comunidades temporarias de nómades en el mundo entero. Solo necesitaba dinero para los vuelos, para alquilar una habitación simple y para la comida. La vida se hacía sencilla. Aprendí a ser una resiliente financiera, sin deudas ni cuotas. Y siempre estaba cerca el mar, o la montaña, o una ciudad medieval. Y estaban los amigos, con quienes compartía el tiempo en el que trabajaba y exploraba el mundo a la vez. En medio de esta vida loca para quienes llevan una rutina más fija, seguí las huellas espirituales de grandes maestros: viví en monasterios, en ashrams, en comunidades ecológicas, en hostels; publiqué mis novelas. Armé obras de teatro basadas en sus personajes, fiestas de Hadas, viajes con mis lectores a los lugares de mayor poder. Organicé Encuentros de Comandos de Conciencia en secretos subsuelos de cafés anónimos en Madrid, en Buenos Aires, en Bogotá. Todo esto sin un domicilio fijo.

Podría ser una coach perfecta para quienes se atrevan a soltar amarras y dejarse llevar por las corrientes mágicas que circulan por la vida. Una vida libre, creativa, gitana y aventurera, sin una sola gota de banalidad ¡es siempre un triunfo! Con los costos correspondientes que hay que pagar por salirse del común denominador. Siempre hay que pagar costos por sostener una vida consciente y distinta, pero es la única alternativa para vivir con sentido. Yo seguía mi estrella e iba venciendo las pruebas. La nostalgia, que a veces me acechaba por no pertenecer a ningún lugar. La desaprobación de casi todo el mundo, salvo de quienes eran nómades como yo y a quienes encontraba en el camino siguiendo la misma estrella. El desamparo que a veces nos asaltaba a quienes no teníamos una red fija que nos sostuviera. Pero ¿será que realmente alguien la tenía? ¿O era una fantasía? Era lindo vivir como una niña, jugar a romper las reglas del “no se puede” y lograrlo. Había que atreverse a seguir los vientos del misterio. ¡Porque los misterios me iban siendo develados!

—Cualquier vida, aun la que parece común, se hace extraordinaria si la transformas en una aventura, aun sin hacer una vida nómade como la mía. La aventura está en todas partes, Fénix —dije acariciando a mi gato anaranjado. Él me escuchaba con mucha atención, ronroneando.

Sí, hay que sortear las fuerzas de la domesticación, de la comodidad y de la inercia, me dije. No son inocuas. Están alertas para no dejar escapar a sus presas. Me hablaban al oído: “No puedes, no debes, no eres capaz, no te arriesgues”. Pero yo no les hacía caso. Y avanzaba como una Heroína, enarbolando a los vientos la bandera de la libertad.

—Fénix, sé que soy una Aventurera. Una mochila, una laptop, un teléfono y un amor. Eso es todo lo que necesito. Y si una no tiene un amor, lo encuentra en el camino, como dicen mis amigas, gitanas como yo.

Me miró fijo. Me escuchaba atentamente.

—¡Éramos tan parecidas! Todas huíamos de la vida “normal”. Mis amigas de aventuras eran dos: una francesa, Amelie, y una española, Silvia. Ambas nómadas digitales como yo. Antes de conocer a Georg viajé muchas veces con ellas. Amelie era psicóloga, había vivido varios años en Bali, integrando una comunidad de nómades místicos. Silvia tenía una pequeña empresa virtual y armaba oportunidades de trabajo para jóvenes que querían vivir un tiempo en Inglaterra, conocer su cultura y aprender a hablar inglés. Y también era coach. Todas habíamos huido del estilo de vida fijo de las grandes ciudades pobladas de solitarios y solitarias. Allí, cada uno defendía furiosamente su vida narcisista, centrada en sí mismo, en el gimnasio, en la frenética carrera de hacer dinero, cada uno el suyo. Compartir estaba mal visto. Porque era incómodo, y la comodidad era sagrada. Y ni hablar de las parejas; la convivencia era una especie de fruto prohibido. Hab

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