La esposa secreta del duque (Nobles al desnudo 4)

S. F. Tale

Fragmento

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Capítulo 1

Tres años después

Meriel Woodrow dejó la taza de té vacía sobre el piano y respiró la tranquilidad que la rodeaba. Hacía horas que la consulta de su hermano Robbie, a las afueras de Mayfair, había cerrado. Ese día había sido muy tranquilo, a Dios gracias, ya que él estaría ausente toda la semana debido a unas conferencias de medicina en Cambridge a las que había acudido, y ella, a pesar de haber aprendido mucho a su lado, no era médico. Su decisión de irse con Robbie no había sido bien recibida por sus padres, que intentaron todo para hacerla cambiar de opinión, mas Meriel era una mujer con una gran fuerza de voluntad y arrojo, por lo que no les había quedado más remedio que aceptar que su única hija se alejara de la vida social. Era lo que ella había precisado en aquellos instantes para salvarse de sí misma. Aprendió a convivir con su soledad, generó una gran empatía por las personas y cuidó de su hermano como de todos los que acudían a ellos por un poco de ayuda, siempre con la compañía de su inseparable doncella, Sophie, que esa noche había salido a visitar a sus padres.

Separó la vista de la larga fila de teclas y miró a su perro, Caliente, regalo de su hermano mayor, Daniel, que dormía a gusto en su cesta sobre una manta de ganchillo que le había hecho y que era su favorita. Daba igual la época del año, el animal no podía dormir sin ella. Como si percibiera su mirada sobre el pelaje, levantó la cabeza y entreabrió los ojos marrones, para luego hundir el hocico de nuevo en la tela. El piano estaba en las estancias privadas de su hermano, separadas de la enfermería por una puerta que durante el día permanecía cerrada. En ese salón mantenían largas charlas sobre múltiples temas y, mientras él vivía en esa parte baja, ella lo hacía en el piso de arriba.

¿Qué podía tocar aquella noche? Había llenado la casa con las notas de dos sonatas de Mozart. Los dedos aún le picaban por continuar, pues la música era una de sus grandes pasiones junto a la lectura. Cuando lo tuvo decidido, puso los dedos en posición, mas el aporreo de la puerta la interrumpió. Aquello no sucedía en la mansión de sus padres, donde las visitas se anunciaban con antelación, sino en una consulta que, tanto de día como de noche, a cualquier hora o en cualquier momento, la gente podía requerir de los servicios. Se levantó a toda prisa por la insistencia, pues el principio de Robbie era no rechazar a nadie, fuesen ricos o pobres. —Él, varios días a la semana, se ocupaba de aquellos que no tenían una posición tan privilegiada y en muchas ocasiones los atendía gratis—. Por cuestiones de decoro, se recogió la melena castaña en una trenza media desecha, no sin antes entornar los ojos al perro que seguía echo una bolita en la cesta. ¡Un gran perro guardián era el suyo! Al abrir, los hermanos Portter sostenían a un tercero en malísimas condiciones: la cabeza le colgaba hacia delante, el pelo húmedo le tapaba el rostro, y la camisa que le salía por fuera del pantalón tenía salpicaduras de sangre.

—Lo sentimos mucho, señorita Woodrow —se disculpó el mayor, que era más bajo que su hermano—. No pretendíamos molestarla a estas horas, pero hemos visto a este pobre hombre apaleado en una calle.

—Y lo hemos traído para que lo cure, si es que está vivo —terminó el pequeño.

—Son muy buenos samaritanos. Pasen hasta la enfermería. —Retrocedió para permitirles el paso. Ellos, que no era la primera vez que habían traído algún herido, sabían el camino, pero lo que no esperaba era que lo tumbaran boca abajo sobre la camilla.

La enfermería era muy amplia y, a pesar de ser noche cerrada, siempre contaba con muy buena iluminación, ya que un amigo inventor de Robbie había fabricado especialmente para él una lámpara que con carbón y aceite irradiaba claridad, como si fuesen las doce del mediodía. La camilla era una mesa amplia que se había acolchado, en las estanterías y los armarios empotrados se guardaban todos los paños, las sábanas limpias, todos los utensilios o medicinas naturales que Meriel había aprendido. Se arremangó y se acercó al paciente, que tenía el pelo húmedo.

—¿Está lloviendo?

—Sí, señora, ha comenzado hace un rato —aclaró el alto, que estrujaba su boina entre las manos.

—Es esta lluvia menuda tan molesta —dijo el bajo.

Meriel asintió en silencio y volvió la vista al hombre que yacía en la consulta.

—Ayúdenme a darle la vuelta y márchense, que es muy tarde.

—¿Está segura? —inquirió el mayor de los Portter.

—Sí, sí.

Entre los tres giraron al malherido y el mundo de Meriel se derrumbó a sus pies. El hombre que yacía delante de ella era el mismo que un día fue el sol de su mañana o la luna en sus noches ardientes, tras lo cual se convirtió en su verdugo. Delante de él, aun a sabiendas de las condiciones en las que estaba, el suelo se abrió y Meriel se precipitó en el abismo al que la había arrojado.

—¿Jake? —Se llevó una mano a la boca nada más pronunciar aquel nombre. De la impresión, contuvo el aliento y, de repente, un escalofrío helado la recorrió entera provocándole tal debilidad que con la otra mano se obligó a apoyarse en una pequeña mesa donde su hermano, a veces, escribía. La vida de Meriel se paralizó

—¿Lo conoce? —inquirió el pequeño de los Portter.

—¿Ha venido por aquí? —le siguió el mayor.

—Es el duque de Wroxham. —Se sorprendió a sí misma, pues, a pesar de estar bajo el impacto de verlo y tenerlo tan cerca después de tres largos años, su voz daba muestras de una tranquilidad que no era tal.

—¿El duque? —La sorpresa del mayor de los hermanos le pasó desapercibida a ella.

—Si es él, habrá alguien que lo estará buscando, entonces —razonó el otro.

—Puede ser. —Seguro que su inseparable Wicker lo podría hacer. Miró a los dos hombres con cierta compostura—. Ya lo atiendo yo, gracias por haberlo traído.

—¿Quiere que la ayudemos? —le repitieron el ofrecimiento.

—No, ya puedo yo.

Los llevó a la puerta. Ellos, con una inclinación de cabeza, salieron. Echó el cerrojo y se tomó unos instantes para controlar las palpitaciones. Apoyada en la puerta respiró hondo. «¿Será él? ¿Habré visto mal y será otro?», se cuestionó a sí misma y a su propia cordura.

Llevaba un tiempo sin coincidir con él. La última vez había sido en la fiesta de Harper y Adela, aunque los destellos de ese hombre, que la había encumbrado a la máxima felicidad para luego lanzarla a la mayor de las oscuridades del averno, la perseguían en todos los hombres en los que reparaba. Mas, si algo tenía claro, era que lo reconocería incluso en una noche tintada con carbón. El hombre inconsciente de la otra habitación era él: Jacob Alexander Townend-Kenworthy, duque de Wroxham. Volvió a la enfermería y lo que vio le rompió el corazón en mil pedazos: el formidable joven de encanto enigmático, ahí tumbado parecía extrañamente vulnerable. A solas con él, se quitó la capa de lana que le había hecho la señora Herbert y se puso manos a la obra. Primero, cogió de los armarios todo lo que podría necesitar; segundo, le examinó. Tenía un gran golpe en la cabeza, que era el responsable de que estuviera lleno de sangre. Le limpió la cara re

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