10.000 millas para encontrarte (Bali 2)

Mercedes Ron

Fragmento

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1

NIKKI

En mis ojos se reflejaba el fuego de las llamas que ardían frente a mí.

Observé, quieta, cómo el cuerpo de mi tío Kadek era engullido por el fuego y sentí a mi lado que mi abuela temblaba sacudida por el llanto. En el hinduismo, los cuerpos de los muertos se creman para ayudar a las almas a reencarnarse en una nueva vida; se supone que el fuego es sinónimo de purificación y liberación… y, por un instante, quise creer en ello con todas mis fuerzas.

A mi lado, mis amigos contenían el aliento ante lo que sin duda era un ritual al que no estaban acostumbrados. Se suponía que la muerte no debía ser algo triste…, al menos no en aquel rincón del mundo. En Bali creemos en la reencarnación, celebramos la muerte y recordamos a los fallecidos en grandes banquetes con comida…

Nunca en toda mi vida odié tanto la religión como en ese instante.

Estaba totalmente destrozada… Mi corazón solo podía albergar tristeza y un odio infinito hacia quien fuera que había decidido que se me debía volver a arrebatar al que sin lugar a duda había sido como un padre para mí.

Los médicos que lo encontraron dijeron que había sido un infarto… Un «infarto»… ¿Habría sido culpa mía? ¿Mi rebeldía al marcharme con Alex habría provocado que mi tío muriese de un ataque al corazón?

No podía pensar así. No podía ponerme esa cruz sobre mi espalda, no si quería conseguir superar esa pérdida, no si no quería que la culpabilidad me absorbiese por completo. Pero algo en mi interior no podía parar de pensar en qué hubiese pasado si yo hubiese estado a su lado, cerca de él…

Y no era solo yo: la isla entera también estaba sumida en la tristeza. Su líder había muerto y solo me bastaba con mirar hacia ambos lados para comprobar lo querido y respetado que había sido mi tío durante todos aquellos años. Prácticamente todos los habitantes de la isla estábamos allí para decirle adiós.

Siguiendo las tradiciones del hinduismo, los siguientes diez días después del funeral, debíamos rendir luto. Los hombres no podían ni cortarse el cabello ni afeitarse, y las mujeres tampoco podíamos lavarnos el pelo ni acudir a templos o lugares sagrados.

Yo opté por encerrarme en casa.

Decidí dejarme consumir por el miedo y la tristeza y alejé de mí a todo aquel que intentase impedírmelo. Por la única razón por la que me levantaba de la cama era para visitar a mi abuela, que a la edad de ochenta años acababa de vivir lo que era perder a sus dos únicos hijos.

Nos arrodillábamos y rezábamos juntas… Bueno, ella rezaba y yo… Yo intentaba entender que en cuestión de horas mi vida hubiera cambiado de una forma tan drástica.

Con todo lo de mi tío, apenas había podido detenerme a pensar en que habían sido mis últimas horas con aquel hombre irresistible que se había llevado consigo una parte de mi corazón. Intenté con todas mis fuerzas guardar a Alex y sus verdades en un cajón bajo llave, un compartimento de mi mente que ya abriría cuando estuviese preparada. Pero a pesar de guardarlo muy hondo, los recuerdos, sus palabras, sus caricias y sus besos acudían a mi subconsciente día sí y día también, consolándome como sabía o creía que él haría de haber estado allí conmigo.

Sin embargo, eso solo eran imaginaciones mías. No habíamos vuelto a hablar.

¿Para qué?

Él se había marchado y yo debía afrontar la segunda mayor desgracia que acababa de caer sobre mi familia. No había nada de lo que hablar.

Me escribió al principio, pero, con todo lo que ocurrió nada más volver a la isla, cuando leí sus mensajes ya era tarde para intentar sostener algo que claramente había terminado. No me sentía con fuerzas para recorrer mentalmente la distancia, no solo física, que nos separaba. Él pertenecía a otro mundo y no iba a dejarlo todo por esta isla, por mí. Y yo sentía lo mismo. La conexión que habíamos sentido era salvaje, pero yo sabía que debía ser capaz de mantenerla en ese rincón bajo llave; hay que saber renunciar a lo que es imposible. Londres no era mi lugar, no podía imaginarme nada más alejado de lo que yo era que aquella ciudad. Eso sí, sus últimas palabras antes de marcharse seguían resonando en mi cabeza como un mantra que parecía no tener fin.

«Hace veinte años, un avión privado Gulfstream V cayó cuando sobrevolaba el mar del Norte con destino Londres desde Ámsterdam». «En ese avión viajaban Jacob Leighton, su hijo Adam de siete años y la supuesta niñera del niño…». «Creo que no estamos ante un simple accidente de avión, Nicole. Estoy convencido de que hay muchísimo más».

Por mucho que hubiese querido seguir con mi vida, ignorando lo que él me había dicho…, era imposible. Cuando me relajaba, cuando bajaba las defensas, sobre todo cuando estaba a punto de dormirme, las palabras de Alex regresaban para atormentarme y no dejarme descansar.

«Supongo que tu tío teme por tu vida. Intuirá o sabrá que el accidente fue provocado. Al igual que muchos británicos, debe de ser consciente de que alguien quería librarse de tu padre y su heredero. Puede que ese alguien sea la persona que dirige ahora la farmacéutica».

«Si lo que he descubierto es cierto, y apostaría cualquier cosa a que lo es…, Nicole, tú serías la legítima heredera del imperio Leighton, ¿lo entiendes? Todo sería tuyo».

Cerré los ojos con fuerza, intentando ahuyentar de mi cabeza sus palabras.

«Todo sería tuyo».

Todo… ¿Qué era todo? Yo no quería nada, yo solo quería de vuelta a mi tío, a mis padres, quería vivir tranquila, no deseaba reclamar nada, no quería nada…

El último mensaje que me había enviado Alex decía lo siguiente:

Me hubiese encantado volver a oír tu voz, aunque fuese por teléfono, Nikki. Entiendo que los descubrimientos hallados te hayan herido profundamente y que en parte eso te haya llevado a no querer saber nada más de mí. No volveré a molestarte, respeto tu decisión de seguir viviendo como hasta ahora… No todos estamos hechos para afrontar la verdad y tu lugar está allí, en Bali.

Echaré de menos tu compañía, tu sonrisa y tu boca sobre la mía.

Te deseo lo mejor.

No le contesté.

No podía.

Ni siquiera le había dicho lo de mi tío, no quise alimentar el monstruo que empezaba a crecer y crecer en mi entorno, amenazando con acabar con todo.

Leer que echaba de menos mi boca sobre la suya despertó el deseo que tan dormido había estado desde que mi tío murió. Ni siquiera había podido fantasear con mis últimos recuerdos de Alex, de los dos paseando de la mano entre los arrozales, de sus besos robados siempre que había tenido ocasión, sin perder el tiempo porque tiempo era justo lo que no teníamos.

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