Luces de cristal (Serie Croquembouche 5)

M. M Ondicol

Fragmento

luces_de_cristal-2

Capítulo 1

12 de octubre del año 21 de la Era azul.

Diego y Mae se encontraban en la parte trasera del palacio enfrascados en una improvisada competición de tiro con arco. Solían invertir parte de su jornada en actividades juntos que les permitían dedicarse un tiempo que, de no estar agendado, acabaría siendo absorbido por las múltiples responsabilidades que les suponía su cargo. A la tarea de reina, Mae sumaba su dedicación al estudio de la investigación y desarrollo de prototipos como investigadora, inventora e ingeniera consolidada que era. Diego, por su parte, gracias a sus dotes de liderazgo y el respeto que supo ganarse a pulso, era reclamado con asiduidad para intervenir como mediador en todo tipo de conflictos y negociaciones.

Su juego se vio interrumpido por la intervención de un lacayo con el pelo perfectamente fijado con una mezcla de goma arábiga, tragacanto de Persia y diferentes esencias, que apareció con postura regia portando una pequeña bandeja de plata sobre la que descansaba un sobre de color siena. Diego se acercó al lacayo tras dedicar una sonrisa a su mujer, que acababa de puntuar y le pisaba los talones.

―¿Te importaría dejar que fuese mejor que tú en alguna disciplina?

―Admite que adoras ver cómo supero al maestro en todo lo que su majestad tiene a bien enseñarme ―respondió ella acercándose a él coqueta.

―Te adoro a ti, hagas lo que hagas ―Le sonrió como llevaba haciendo desde hacía más de veinte años mientras cogía el sobre de la bandeja, pero su expresión tornó hacia la preocupación tras sentir un escalofrío como respuesta al sello del sobre. No era necesario leer quién era el remitente―. Es el escudo real de Tamar.

El ambiente se tensó y Mae le cogió de la mano.

―Era mucho esperar que lo hubiesen olvidado.

―No obligaré a nuestro hijo a… ―Y la rabia no le dejó continuar.

―Diego, Tomas lo sabe, lo hemos hablado.

―Fui un cobarde.

―Fuiste un rey, Diego. La guerra acababa prácticamente de finalizar oficialmente. Ya sabes todo lo que viene después, todo a lo que Alexander y tú os tuvisteis que enfrentar. A lo que se enfrentaron Dafne y Sebastian, lo que tuvo que pasar Olivia hace un par de años. El cargo que ostentamos, Diego, supone responsabilidades, y hemos educado a nuestros hijos para que lo entiendan.

―Luché tanto contra eso cuando era príncipe, que me siento como un hipócrita habiendo accedido a aquel chantaje… ―El rey apretó los dientes y sonrió amargamente―. Al final resulta que soy igual que él.

―Diego, la responsabilidad del cargo no es algo que puedas evitar. La toma de decisiones no siempre es fácil y para cada cosa que hagamos habrá puntos de vista diferentes. Eso, lo que supone ser un rey, es algo que puede enseñarse desde la disciplina férrea, al margen de la razón, o desde el corazón, la lógica y el entendimiento. No eres igual que él, Diego, tú no ignoras los sentimientos de tus hijos. Tomas es un chico maduro, cariñoso y responsable, no nos guarda rencor, lo entiende, y buscaremos la forma de que los dos tengan oportunidad de elegir.

―No creo que Jacob tenga problemas con eso ―dijo Diego poniendo los ojos en blanco, sabiendo que su otro hijo era una versión suya aún más escandalosa―. Tenemos suerte de que Tomas saliese a ti.

―No digas bobadas, a Jacob solo le está costando un poco encontrar su sitio. Como te ocurrió a ti ―respondió dedicándole una mueca de complicidad a la vez que le acariciaba el antebrazo―. De todos modos, yo me refería a la princesa de Tamar, la joven también tendrá algo que decir, supongo.

―¿Crees que el rey aceptará que no quieran hacerlo? Este acuerdo impidió que atacasen las penínsulas de Syko y Avvia para anexionarlas a su territorio, habían quedado tan vulnerables tras la guerra, que sabían que no podríamos defenderlas.

―Lo sé, pero no podemos dejar de intentar negociar las condiciones, son muy jóvenes los dos. ¿Cómo se sentirá ella ante la expectativa de tener que dejarlo todo atrás y empezar una nueva vida en Mediterran?

—No lo sé, supongo que no será fácil, para ellos nuestras costumbres y cultura deben ser todo un misterio. Sin embargo, esta alianza se forjó antes de su nacimiento, supongo que la habrán preparado para ello, tal y como nosotros hicimos con Tomas.

Mae miró a Diego, a pesar de los años aún se mordía el labio al mirarle cuando él estaba concentrado en algo. Su amor se había cocinado tan a fuego lento que se profesaban una admiración y una devoción mutua que completaban un perfecto tándem de respeto, apoyo, amor y pasión que servían de combustible a una llama que ninguno de los dos quería que se apagase, por eso trabajaban cada día en ello. Con el paso del tiempo, Mae había aprendido a descifrar cada una de sus expresiones, y ahora, además de tremendamente atractivo, estaba preocupado por algo. Ella pasó sus manos tras su espalda y hundió su cabeza en su pecho, fundiéndose en un cálido abrazo.

—Todo va a ir bien, siempre va bien.

—¿Y si no?

—Nos enfrentaremos a lo que venga. Preocupémonos por las cosas una a una. Según vayan llegando, iremos tomando decisiones. Por el momento, recibiremos a la princesa y seremos buenos anfitriones.

***

Las pisadas de unos pies descalzos dejaban marcada la tierra tras la polvareda que iban levantando a su paso. La ausencia de nubes en el cielo dejaba a la vista un gran manto de estrellas y una hermosa luna creciente que se dibujaba como una blanca sonrisa de dientes relucientes. Algún arbusto crecía en aquella tierra baldía y las hojas de las palmeras brillaban tímidamente en sus copas, pero ella no tenía tiempo de detenerse a admirar el paisaje. Quería escapar, necesitaba escapar. Tropezó, cayó al suelo y volvió a levantarse sin tiempo de sacudirse la túnica beige con la que había salido huyendo, nada glamuroso, nada que indicase su cuna o pudiera dar pie a bandidos a intentar robarle. Lo había dejado todo atrás: sus joyas, sus hermosos vestidos, pero especialmente a su familia; y sin mirar atrás seguía aumentando la distancia entre ella y su hogar. Un gran muro de ladrillo le cortó el paso y se dispuso a sortearlo.

Colocó un pie en un pequeño hueco a la altura de la cadera, sus dedos intentaban rasgar el poco espacio que el mortero dejaba libre entre ladrillo y ladrillo mientras impulsaba su cuerpo hacia la escalada. Escuchó unos pasos a su espalda, un caballo había detenido su galope y se acercaba a ella al paso.

―Baje de ahí, alteza. Va a hacerse daño y sabe que no tiene escapatoria.

―No lo haré, así que márchese.

―Sabe que no puedo hacer eso, alteza. ¿Hasta cuándo va a seguir intentándolo?

―Hasta que lo logre ―respondió expulsando torpemente el aire por la boca a causa del sobreesfuerzo.

―¿Cuántas veces lo ha intentado hasta la fecha?

―¿Incluyendo esta?

―Incluyendo esta. ―El jinete puso los ojos en blanco.

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos