La mente bien ajardinada

Sue Stuart-Smith

Fragmento

1. El principio

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El principio

... acércate a la luz de las cosas,

deja que la naturaleza sea quien te enseñe.

WILLIAM WORDSWORTH (1770-1850)[1]

Mucho antes de que quisiera ser psiquiatra, mucho antes de que tuviera la menor idea de que la jardinería pudiera desempeñar un papel importante en mi vida, recuerdo haber oído la historia de cómo mi abuelo se rehízo después de la Primera Guerra Mundial.

Lo bautizaron Alfred Edward May, pero todo el mundo le llamaba Ted. Era poco más que un adolescente cuando se enroló en la Marina Real, donde se formó como operador de radio Marconi y luego como tripulante de submarino. En la primavera de 1915, durante la campaña de Galípoli, el submarino en el que servía encalló en los Dardanelos. La mayor parte de la tripulación sobrevivió, pero los marineros fueron capturados. Ted tenía una libretita en la que anotó sus vivencias de los primeros meses de cautiverio en Turquía, pero no dejó constancia del tiempo posterior que pasó en una serie de brutales campos de trabajo, el último de los cuales fue una fábrica de cemento situada a orillas del mar de Mármara, de la que finalmente se fugó en una embarcación en 1918.

Ted fue rescatado y atendido en un barco-hospital británico, donde recuperó las fuerzas suficientes para emprender el largo viaje de vuelta a casa por tierra. Ansioso por reunirse con su prometida, Fanny, a quien había dejado en Inglaterra cuando era un joven sano y en forma, apareció un buen día en la puerta de su casa vestido con un viejo impermeable y un fez turco en la cabeza. A Fanny le costó reconocerlo porque Ted pesaba apenas cuarenta kilos y se le había caído todo el pelo. El viaje de seis mil kilómetros había sido, según le contó a Fanny, «horrendo». Cuando le hicieron un reconocimiento médico en la Marina, concluyeron que estaba tan desnutrido que solo le quedaban unos meses de vida.

Pero ella lo cuidó fielmente, alimentándolo a base de pequeñas cantidades de sopa y de otros alimentos cada hora, para que poco a poco pudiera volver a digerir la comida. Ted comenzó el lento proceso de recuperación, y no mucho tiempo después él y Fanny se casaron. Durante su primer año de matrimonio, él se pasaba horas sentado frotándose la cabeza calva con dos cepillos suaves, con el propósito de que volviera a crecerle el pelo. Y cuando por fin le creció, fue abundante, pero cano.

El amor, la paciencia y la determinación permitieron a Ted desafiar el sombrío pronóstico que le habían dado, pero se guardó sus experiencias en el campo de prisioneros, que lo atormentaban con terrores nocturnos. Temía especialmente a las arañas y a los piojos porque se paseaban sobre los prisioneros cuando estos intentaban dormir. Durante años, no pudo soportar estar a solas en la oscuridad.

La siguiente fase de la recuperación de Ted comenzó en 1920, cuando se inscribió en un curso de un año sobre horticultura, una de las muchas iniciativas que surgieron en los años de posguerra con el objeto de rehabilitar a los exmilitares traumatizados. Después de esto, se marchó a Canadá y dejó a Fanny en Inglaterra. Fue en busca de nuevas oportunidades, con la esperanza de que el cultivo de la tierra pudiera mejorar su fuerza física y mental. En aquella época, el Gobierno canadiense había puesto en marcha programas para atraer a los exmilitares, y miles de hombres que habían vuelto de la guerra hicieron la larga travesía del Atlántico.

Ted trabajó recogiendo trigo en Winnipeg y después encontró un empleo más estable como hortelano en un rancho ganadero de Alberta. Fanny estuvo a su lado durante una parte de los dos años que pasó allí, pero por el motivo que fuera, su sueño de empezar una nueva vida en Canadá no se hizo realidad. Sin embargo, cuando Ted regresó a Inglaterra era un hombre más fuerte y en forma.

Al cabo de unos años, él y Fanny compraron una pequeña finca en Hampshire, donde Ted criaba cerdos, abejas y gallinas, y cultivaba flores, frutas y verduras. Durante cinco años, en la Segunda Guerra Mundial, trabajó en la emisora de radio del almirantazgo en Londres; mi madre recuerda la maleta de piel de cerdo que Ted llevaba consigo en el tren, llena hasta los topes de carne de animales sacrificados en casa y de verduras de la granja. Él y la maleta volvían con suministros de azúcar, mantequilla y té. Mi madre cuenta, no sin orgullo, que la familia nunca tuvo que comer margarina durante la guerra y que Ted incluso cultivaba su propio tabaco.

Recuerdo su buen humor y su carácter afectuoso, un afecto que emanaba de un hombre que, a mis ojos de niña, me parecía robusto y feliz. No resultaba imponente ni hacía ostentación de sus traumas. Dedicaba horas al cuidado del huerto y del invernadero, y casi siempre tenía la pipa pegada a la boca y una bolsa de tabaco a mano. En nuestra mitología familiar, su larga y saludable vida —vivió hasta muy avanzados los setenta años—, así como la superación de algunos de los terribles abusos que experimentó, se atribuyen a las propiedades reparadoras de la horticultura y del cultivo de la tierra.

Ted murió repentinamente cuando yo tenía doce años, por la rotura de un aneurisma mientras estaba paseando a su queridísimo perro pastor de Shetland. El periódico local publicó un obituario titulado: «Ha muerto el que fuera el tripulante de submarino más joven del país», en el que contaban que le habían dado por muerto en dos ocasiones durante la Primera Guerra Mundial y que, cuando él y un grupo de otros prisioneros escaparon de la fábrica de cemento, habían aguantado durante veintitrés días a base de agua. Las últimas palabras del obituario daban fe de su amor por la jardinería: «Dedicaba gran parte de su tiempo libre a trabajar en su extenso jardín y se hizo famoso en su pueblo por el cultivo de varias orquídeas poco comunes».

En su fuero interno, mi madre debió de inspirarse en su ejemplo cuando la muerte de mi padre, que aún no había cumplido los cincuenta, la dejó viuda a una edad relativamente joven. En la primavera del año siguiente, encontró un nuevo hogar y emprendió la tarea de restaurar el jardín de la casita de campo abandonada. Yo, que por aquel entonces era la típica joven egocéntrica, me di cuenta de que, en paralelo con los trabajos de cavar y arrancar las malas hierbas, se estaba produciendo un proceso de asimilación de la pérdida.

En esa época, no creía que la jardinería fuera algo de lo que me ocuparía durante mucho tiempo. Me interesaba el mundo de la literatura y quería llevar una vida orientada a lo intelectual. Para mí, la jardinería era una forma de tarea doméstica al aire libre, y mi disposición para arrancar hierbas era la misma que para hornear bollos o lavar cortinas.

Mi padre había ingresado de forma intermitente en el hospital durante mis años en la universidad y murió justo cuando yo empezaba el último curso. La noticia nos llegó a altas horas de la madrugada por teléfono, y en cuanto amaneció salí a caminar por las calles vacías de Cambri

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