El camino es la recompensa

Fragmento

Índice
  • Cubierta
  • Portada
  • Índice
  • Prólogo
  • Dedicatoria
  • Palabras del Maestro
  • PRIMERA PARTE EL NIÑO, EL ADOLESCENTE, EL HOMBRE
    • Doña Chicha y don Oscar
      • Williams con s, el del medio
    • Mi ídolo Miguel Ángel
      • www.tabarez.com
    • ¡Gol de Uruguay! ¡Gritá que fue gol de Uruguay!
      • El deporte se entiende así
    • El éxito es una situación límite
    • Y la niña sonrió
    • El agujero negro
    • Este guachito de mierda
      • Tabaré Vázquez
    • Eran gigantes
      • Alcides Ghiggia
    • Un carrito de juguete
      • El vestido rojo
    • La caja con los zapatos
      • Laura
      • Tania
      • Valeria
      • Melissa
    • 100 años de fútbol
    • Los niños nunca se equivocan
  • Álbum familiar
  • SEGUNDA PARTE EL ENTRENADOR
    • Quinientos chiquilines
      • El profesor José Herrera
    • Saber ganar y saber perder
    • La Cachila
      • Celso Otero
      • Diego Aguirre
      • Eduardo Pereira
      • Ruben Sosa
      • Diego Latorre
    • El camino continúa
      • Un mecenas intelectual
      • Conferencia en el Museo del Fútbol
    • Los sueños que tuviste
      • Diego Forlán
      • Diego Lugano
      • Sebastián Abreu
      • Luis Suárez
    • Los líderes
    • La cultura del bajón
    • La carreta delante de los bueyes
    • Las posibilidades son incalculables
    • Capacidad para tomar decisiones
    • Ni aunque fueran cien
    • Tener suerte es estar preparado
    • La semilla
    • El presidente José Mujica
  • Biografía
  • Otros títulos del autor
  • Legales
  • Grupo Santillana

Era una tarde de invierno del 2011, unos días después de que Uruguay había ganado su décima quinta Copa América de fútbol. Manejaba despreocupado cuando sonó el celular. Detuve el coche. Querían saber si me interesaría escribir la biografía del Maestro Tabárez. Propuse tomar un café. Apenas retomé la marcha la luz roja del semáforo me volvió a detener. Dos botijas, uno con la camiseta tricolor de Nacional y otro con la aurinegra de Peñarol, se acercaron y…

—Señor, ¿tiene una monedita?

—Sí, tengo —respondí mientras buscaba—, pero miren que yo soy hincha de la Celeste —haciendo referencia a la camiseta de la selección uruguaya—. ¿Ustedes no?

—¡¿Cómo que no?! —saltaron a una voz.

—Díganme una cosa, ¿hoy fueron a la escuela? —La mueca de bandidos quedó envuelta en un cuestionamiento interior—. ¿Ustedes saben lo que dijo el Maestro Tabárez? ¡Hasta para jugar al fóbal hay que estudiar! En fin, espero que sepan lo que hacen. Tomá, esta moneda es para vos y esta es para vos.

Los miré con cara de vecino vigilante y arranqué. Por el retrovisor vi que se acomodaban en el cordón de la vereda y, sentaditos en silencio con la vista en el horizonte, quise creer que repensaban cómo alcanzar sus sueños.

Al otro día me junté con los responsables de llevar adelante el proyecto en la editorial. Entre las tantas cosas que hablamos, me explicaron que yo no había sido la primera opción —se lo habían ofrecido a un periodista que finalmente desistió—, los tiempos editoriales y otras generalidades. En una siguiente reunión acordamos la forma de trabajo. Les dije que sí, que lo haría, pero que recién podría empezar en dos meses, tiempo en el que pensaba terminar Lo no dicho, un libro sobre la negada pandemia que es la adicción, que tenía muy avanzado. Me dijeron que lo resolviera yo, que con ellos no había ningún problema.

Todo era perfecto. Pero al otro día, cuando me senté frente a los papeles de Lo no dicho, en lugar de leer hacía anotaciones sobre la biografía del Maestro: El camino es la recompensa es un buen título… Lo importante es descubrir al hombre por sobre el entrenador… Su familia tiene que estar involucrada… Sus amigos de la infancia, cuando trabajaba de maestro, los héroes secretos que lo rodearon, cómo se dio la construcción de un hombre público tan valioso… No paraba de anotar y anotar. Al día siguiente me pasó lo mismo, y al siguiente también. Así un día tras otro. Una semana me llevó aceptar la realidad de que ya no iba a poder seguir en lo que estaba. De ella salí con los dos objetivos principales que me orientarían para forjar El camino es la recompensa: que una parte de la historia oral intergeneracional de la familia Tabárez fuera escrita, y que las futuras generaciones celestes, cuando quisieran saber cómo fue que se construyó el retorno del Uruguay futbolístico a los primeros planos, tuvieran la oportunidad de nutrirse de quien ideó, planificó y ejecutó el sueño convertido en realidad.

La idea original era mostrar al hombre a través de testimonios de gente con la que compartió el camino y cerrar con una entrevista. Escuché más de cien conferencias de prensa de Washington. Perdí la cuenta de cuántas personas entrevisté. Llamé a Argentina, Brasil, Italia, Catar, etcétera, para hablar con gente que había trabajado con él. Pero una mañana, somnoliento frente a la computadora mientras tomaba el café con leche, vi en la desordenada biblioteca el libro El poder del mito, que había leído en diferentes momentos de mi vida y siempre me había atrapado. El esquema del libro es un diálogo-entrevista entre un profesor y un per

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