Las mejores técnicas para hablar en público

Carlos Brassel

Fragmento

Las mejores técnicas para hablar en público

CAPÍTULO I
El encuentro

«¡Cuidado!», fue el grito de advertencia del sirviente. Demasiado tarde, la víbora había erguido su cabeza en señal de reto, y el caballo, asustado, levantó sus patas delanteras.

Lidias, ensimismado en sus pensamientos, no tuvo tiempo de reaccionar con prontitud y fue arrojado de su cabalgadura al suelo.

Al ver al viejo tirado en el camino, la serpiente dirigió contra él su mortal instinto de ataque.

«Sssshhh…»

La flecha penetró en el centro de la cabeza de la víbora, que se desplomó muerta.

El arquero, que se hallaba como a diez pasos de la escena, se encaminó, con cara de satisfacción por el tiro logrado, en ayuda del anciano Lidias.

El sirviente, que se había alejado asustado, regresó también en auxilio de su amo y sacudió las vestiduras de éste.

—¿No se hizo daño? —preguntó el joven arquero.

—No, fue mayor el susto que el golpe. Muchas gracias. Y dígame: ¿a quién debo este providencial salvamento?

—Mi nombre es Juan bar Zacarías, y no suelo ser tan acertado con el arco, pero el Señor puso en mis manos, para este tiro en particular, habilidad adicional, como si señalara con ello la importancia de nuestro encuentro.

—Los caminos de la divinidad no son construidos para entenderse, sino para seguirlos. Permite que me presente: soy el rhetor Lidias, quien nuevamente agradece a tus manos, y a quien las dirigió, la oportuna destrucción de este animal maligno.

—¿Eres griego, buen hombre?

—Originario de Atenas, patria de hombres pensantes.

—¿Te encaminas a Jerusalén?

—Así es, Juan bar Zacarías.

—Yo también. Si gustas viajaremos juntos.

—Será un placer y un honor.

Lidias ordenó a su sirviente que recuperara el caballo que había huido y los siguiera e inició la marcha al lado de Juan.

—Entiendo que el título de rhetor se confiere a quien enseña la oratoria —comentó Juan.

—Justamente, es una profesión muy antigua en mi tierra, ya que los griegos siempre hemos conferido vital importancia a la adecuada conversión de pensamientos en palabras.

—La oratoria debe ser una disciplina reservada a quienes han sido dotados por el Creador de facultades apropiadas…

—Te equivocas, Juan bar Zacarías, los romanos dicen, con razón, que el poeta nace y el orador se hace.

—¿Cualquiera puede ser orador? —preguntó Juan entusiasmado.

—Desde luego, si pone el empeño suficiente. Como en la generalidad del quehacer humano, si hay constancia y determinación por aprender a comunicarse con los demás, se puede lograr.

—Pero la oratoria no es comunicarse con otra persona, es dirigirse a un grupo, y eso le da miedo a cualquiera.

—Después de la muerte, el mayor temor de los seres humanos es hacer el ridículo. El orador, al darse cuenta que es el punto de convergencia de las miradas, se siente a sí mismo altamente expuesto a caer en el temido ridículo. El conocimiento de las reglas del arte de hablar en público no sólo nos da la confianza suficiente para saber que no caeremos en él sino que, al seguir recomendaciones muy sencillas, podremos transmitir mensajes que conquisten a nuestro auditorio.

—Pero, los nervios, rhetor Lidias, ¿qué se hace con ellos?

—Son compañeros inseparables del orador. Ya decía Cicerón que ningún mensaje público de valía se pronuncia sin nerviosismo. Con el aprendizaje de la técnica se consigue convertir la tensión nerviosa en aliada y no en enemiga; ten presente que los nervios son manifestación de vitalidad, de que estamos sintiendo profundamente lo que estamos viviendo, y eso debe aprovecharse, no suprimirse.

—Yo desearía aprender esa técnica, pero no creo tener la capacidad.

—No es capacidad, Juan, es deseo lo que cuenta. Los seres humanos tenemos posibilidades insospechadas de realizar, de materializar sueños y esperanzas; pero debemos transitar del pensar al hacer, y esto requiere esfuerzo, decisión. Muchas veces preferimos esperar a que las circunstancias sean propicias, casi a que se realice un milagro que nos lleve a la obtención de nuestro anhelo sin tener que trabajar, sin darnos cuenta que sepultamos el deseo en la tumba de la indolencia.

—Es cierto, rhetor Lidias, el primer paso suele ser el más difícil de todo el camino; una vez que nos decidimos, que iniciamos una acción, la ruptura de la inactividad nos impulsa a continuar hasta completar la tarea.

—Estoy en deuda contigo, Juan, y si tu deseo de aprender a comunicarte adecuadamente ante grupos es lo suficientemente fuerte como para apegarte a una disciplina de aprendizaje y práctica, estaría en disposición de enseñarte.

El rostro de Juan se iluminó de alegría y respondió con prontitud:

—¡Sería maravilloso!

—Antes tenemos que aclarar algunos aspectos. En primer lugar, dime, Juan bar Zacarías: ¿por qué deseas aprender oratoria?

—Soy hijo de un importante rabí, maestro de la ley de Yavé, y deseo emular a mi padre en la transmisión de la palabra de nuestro Dios, aunque siento una rebeldía hacia los ritos y las fórmulas actuales. Pienso que el Señor quiere de mí la propagación de un nuevo camino, que aún no conozco y que ansío descubrir, pero este quehacer requiere de una palabra ágil, de la cual carezco.

—Cuando la causa es noble, los medios para alcanzarla florecen. Hasta aquí vamos por buen camino; pero debo advertirte que nada lograrás, y nada podré hacer por ti, mientras no exista un compromiso serio, honesto, para apegarte a una disciplina, que, en primer término, exige asistencia puntual y permanente a una reunión semanal conmigo, durante doce semanas ininterrumpidas.

—Desde luego, maestro Lidias…, ¿puedo llamarte mi maestro?

—Por supuesto, Juan, estamos sellando un trato que te convierte en mi alumno, aunque también debo aclararte mi posición: yo practico una retórica que busca la comunicación entre mi espíritu y el de mis oyentes, que no tuerce los caminos, que no embrolla las palabras para persuadir con abuso intelectual, con soberbia cultural, con elocuencia gramatical.

—Estoy de acuerdo, maestro.

—Ten presente que si tus palabras no tienden un puente con sogas de amistad y comprensión, de sinceridad y honestidad, nunca será tuya la fidelidad de tus oyentes. Podrás dominar su atención con tu voz, aturdir sus mentes al apedrear sus oídos con tus palabras, pero una vez repuestos, te repudiarán.

—Coincido con tus observaciones, maestro Lidias, no es mi interés propagar mentiras, no deseo influencia política comprada con engaños; quiero únicamente llevar al pueblo la palabra del Señor, interpretada a través del cristal de mi verdad.

—Quien vive su verdad encuentra libertad, Juan, me da gusto descubrir en ti valores que merecen apoyo.

—¿Me puedo considerar ya tu discípulo?

—Bajo las condiciones citadas, lo eres desde este momento.

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