La maternidad y el encuentro con la propia sombra

Laura Gutman

Fragmento

Prólogo a esta nueva edición

Quiero compartir con los lectores la historia de amor y de desencuentro que mantengo con La maternidad y el encuentro con la propia sombra desde hace muchos años. Como todo vínculo afectivo establecido, esta “relación” no ha sido fácil y aún hoy me genera contradicciones, disgustos y alguna que otra alegría de vez en cuando. ¿Es posible mantener un amorío con un libro escrito por mí? Y, en ese caso, ¿sería factible divorciarme de “él”? Fuera de broma, más de una vez he querido deshacerlo, anhelando que nadie nunca jamás entrara en contacto con este texto. ¿Qué pasó? Tomó vuelo propio. Dejó de pertenecerme. Como un niño crecido que se convirtió en un joven adulto e independiente que empezó a tomar sus propios riesgos y decisiones, comunicándose con los lectores como le dio la gana. E inversamente, con los lectores interpretando lo que a cada uno le encajaba.

También sucedió que durante todos estos años he madurado profesionalmente (en mi vida privada también, claro). Cada día encuentro nuevas palabras, afino la puntería, intento ser más directa, clara y concisa. Busco mejores sistemas para nombrar las realidades emocionales de los individuos y sigo inventando mecanismos cada vez más simples para abordar los universos emocionales. Propongo que los adultos asumamos con madurez los compromisos respecto a nuestras vidas, para que nuestras decisiones sean conscientes. Todo eso mientras el libro seguía “siendo” exactamente el mismo, es decir, cristalizado tal como fue escrito en el pasado. Entonces se produjo un franco desencuentro: entre los pensamientos y las palabras que empleaba “antes” y las que utilizo “ahora”.

Sin embargo, apareció un fenómeno más complejo. Muchísimas mujeres —y algunos varones— de diferentes países, culturas y modelos de vida, me han confesado entre lágrimas que este libro “les cambió la vida”, que tiene magia, que los “salvó”, que fue un antes y un después, que se convirtió en su guía espiritual, que lo conservan como el mayor tesoro y un montón de frases preciosas que siempre agradecí con amabilidad, pero nunca creí.

Al mismo tiempo, desde hace años recibo cotidianamente (no exagero, esto significa que recibo todos los días, absolutamente todos los días) un sinnúmero de mensajes de mujeres que han usado este libro desde el refugio más infantil posible: el de creer que “alguien” (en este caso yo, en calidad de autora) tiene las respuestas para cada pequeña dificultad cotidiana. Que soy “experta” en temas de crianza de los niños. Que defiendo el colecho, la lactancia prolongada o los partos en casa. Que tengo las respuestas justas para “aconsejar” a cada quien. Que estoy a favor de no sé qué y en contra de no sé cuánto. Sin embargo, nada de eso encontrarán en el presente libro.

Con inusitada frecuencia, estos textos han sido usados para librar batallas personales. Aquella mujer que “está a favor” porque se sintió identificada con alguna frase utiliza el libro como “aliado” para pelear contra una cuñada, una suegra o una vecina que está “en contra” de no sé muy bien qué.

Misteriosamente, esta obra ha sido manipulada hasta el hartazgo en guerras emocionales absurdas, fruto de interpretaciones infantiles que nada tienen que ver con la propuesta —presente en cada una de estas páginas— de indagarse más, para comprendernos mejor y para comprender al niño que tenemos a cargo. Han sido y siguen siendo tantos los pedidos de alianza disfrazados de ayuda, desde los rincones más infantiles e irresponsables, que pensé muchas veces en hacer desaparecer todo rastro de este libro.

Podría relatarles múltiples anécdotas y luchas ridículas que me han dejado atónita, supuestamente surgidas a partir de la “lectura” de estas páginas. Pero no voy a aburrirlos. Solo pretendo explicar que las “interpretaciones” a favor o en contra de mis pensamientos son construcciones que pertenecen a cada individuo. Por mi parte, solo propongo mirar más y mejor nuestros propios escenarios infantiles, entrar en contacto con nuestra realidad interior, compadecernos del niño o la niña que hemos sido y tomar decisiones conscientes. Las que sean.

Es verdad que he tomado la experiencia de convertirnos en madres como una de las crisis más profundas por las que atravesamos las mujeres. También sé que soy capaz de nombrar con palabras sencillas situaciones similares que compartimos en este dificilísimo ejercicio de “maternar” a los niños. Entiendo que contar con esas palabras nos puede facilitar la vida. Y celebro que muchas mujeres podamos utilizar algunas palabras escritas para hacerlas propias y generar así una mirada amplia y trascendental de nuestros escenarios, con el propósito de amar mejor a nuestros hijos. Pero eso es todo.

Después de más de veinte años de encuentros y desencuentros con mis lectores —sobre todo con las mujeres que se han convertido en madres— he decidido revisar el texto y modificar algunos párrafos para dejar en claro que, nos duela o nos asombre, nos identifiquemos o nos enojemos, encontraremos las respuestas que necesitamos solo si asumimos un doloroso y valiente recorrido de indagación personal. Repetiré esto en cada párrafo si es necesario. También recomendaré a las lectoras y a los lectores que lean todos mis libros publicados desde entonces, especialmente La biografía humana, El poder del discurso materno, Amor o dominación. Los estragos del patriarcado, Qué nos pasó cuando fuimos niños y qué hicimos con eso y Una civilización niñocéntrica, ya que son hojas de ruta al servicio de nuestras búsquedas espirituales.

Quiero aclarar también que los “casos” relatados aquí corresponden a una época en la que yo tenía un consultorio y atendía personalmente a quienes llegaban en busca de comprenderse más. Hoy no atiendo personalmente a nadie. Sin embargo, me dedico a entrenar profesionales —que egresan de mi escuela online y que luego (algunos) conforman mi equipo de trabajo— quienes cada día trabajan mejor y conservan una ternura y una disponibilidad emocional que yo he perdido.

También me di cuenta de que cuando escribí este libro yo misma tenía un bebé: mi hija menor nació en 1996 y este texto lo escribí al año siguiente. Espero que mis correcciones actuales no hagan desaparecer la sensibilidad y la suavidad que convirtieron a esta obra en una compañía indispensable para miles de madres jóvenes.

En fin, reconocernos en palabras que nombran sentimientos compartidos, desgarros emocionales y soledades siempre es un alivio. Pero insisto en que las mujeres convertidas en madres tenemos la obligación de emprender un camino de interrogación profunda. Es verdad que es difícil ejercer la maternidad. Es verdad que representa una crisis poco reconocida socialmente. Pero también es verdad que somos adultas y que las verdaderas víctimas de las cadenas transgeneracionales de desamparo son los niños pequeños. Por eso, después de reconocernos en estas páginas, nos aguarda un recorrido indisp

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