El discreto encanto de la madurez

Sergio Sinay

Fragmento

Introducción:
Contra la corriente

Más que una introducción, esta es una advertencia. Este libro es anacrónico y subversivo. Va contra la corriente. La corriente lleva a la glorificación de lo joven por el sólo hecho de ser joven. Algún cantante de repetida y obstinada pobreza poética y gran repercusión propone no agregar años a la vida sino vida a los años. Los “planes jóvenes” se reproducen como estrategia de marketing para captar presas imberbes. Los quirófanos están atestados de gente que quiere borrar su identi-edad (identidad y edad, que van siempre juntas) y remplazarla por una máscara obvia y patética de congelada juventud. A menos que se los quiera insultar, a los viejos se les llama “ancianos”, “adultos mayores”, “personas de la tercera edad” o, en el último de los casos, “abuelos”. Pero a ningún joven se lo llama “pimpollo”, “retoño”, “adulto menor”, “persona de la primera o segunda edad” o “principiante existencial”. No hay temor de nombrar a la juventud, pero sí a la vejez.

Se dice que los jóvenes están llenos de vida. Pues los adultos y los viejos también. Con una gran ventaja. La de los adultos maduros y la de los viejos es vida vivida, comprobada, experimentada, documentada. La de los jóvenes es vida a vivir, a comprobar, a verificar. Unos tienen título de propiedad y lo pueden poner como garantía, los otros no. De un lado certeza, del otro incertidumbre. De un lado camino y huellas, del otro territorio virgen y ningún rastro que dé cuenta de una trayectoria. Todos los viejos y los adultos maduros han sido jóvenes. Ningún joven ha sido adulto ni viejo. Si de improviso llegara el fin del mundo, unos podrían agradecer el haber experimentado los agridulces y variados sabores de la existencia, y si hubiera otra vida llegarían a ella con algo para contar. Los otros no. Tanto juvenismo cansa. E idiotiza, pone trabas a la evolución emocional, intelectual y espiritual. Empobrece todos los idiomas y vocabularios (el de las palabras y el de las actitudes), desbarata los naturales y necesarios ciclos de la existencia, pone a la vida en un limbo de vacuidad, banalidad, carencia de propósito y sinsentido.

Hay cientos de terapias (todas estériles pero no todas carentes de efectos secundarios, todas de corta vida) que prometen rejuvenecimiento. Ninguna que traiga madurez. Decenas de libros anuncian que en sus páginas están las recetas de la eterna juventud. Son tan fugaces como la misma juventud, caducan sin pena ni gloria, sus lectores envejecen sin remedio mientras van de fórmula en fórmula sin dar con la mágica. Mientras tanto, sabemos que al empezar este siglo había en el mundo 600 millones de personas mayores de 65 años, y que en el año 2050 (cuando los demógrafos anuncian que la población mundial será de 9.200 millones de personas), aquella franja etaria habrá alcanzado los 2 mil millones. Más del 20% del total, contra el 10% del año 2000. Las pirámides poblacionales se irán haciendo paralelepípedos, los jóvenes reales (por edad verdadera, sin disimulos ni artilugios) no serán mayoría.

Para los cultores del juvenismo (y para los que lucran con él) esto puede ser sinónimo del Apocalipsis. Pero no lo es. La prolongación del promedio de vida de las personas no significa el alargamiento sine die de la adolescencia, como se trata de forzar. Lo que trae es la incorporación de tramos de la vida que antes se truncaban o reducían: la segunda adultez y la vejez. Cuanto más tiempo vivamos, más tiempo seremos adultos. Infancia y adolescencia, como etapas de tránsito para completar desarrollos físicos y cognitivos, durarán siempre lo mismo mientras la conformación de los seres humanos siga siendo la que es desde hace decenas de miles de años (y seguramente lo seguirá siendo). Se nos ofrece, en cambio, la posibilidad de madurar y poder disfrutar de esa maduración durante un largo tiempo de vida.

Dejemos a los jóvenes ser jóvenes. Lo suyo no es un mérito, es sólo una etapa breve de la vida. En lugar de obstruirles la marcha natural de la evolución infiltrándonos en sus espacios o usurpándolos, dediquémonos a lo nuestro, a vivir como adultos y a madurar como tales. No seamos desagradecidos con la vida que se nos da despreciando la posibilidad de explorarla en extensión y en profundidad para dedicarnos, en cambio, a una eterna y caricaturesca reproducción de la juventud que ya pasamos. La adultez no es el tiempo de saldar cuentas con la juventud idealizada que no vivimos. Es, en todo caso, el tiempo de hacer fecundo el presente para llegar al futuro habiendo comprendido el sentido de nuestra vida. Y ese futuro es la vejez. Así se escribe, así se dice, así se llama.

La madurez es el punto del camino existencial en el cual se integra y articula lo que hemos vivido y lo que nos queda por vivir. Es esa meseta desde la cual se contempla el horizonte, se advierte cuál fue el camino que hicimos para llegar a ella, y también desde donde, al elevar la mirada, se ve lo que queda por subir y se examinan las posibilidades y obstáculos que se abren e imponen para ese segundo tramo de la ascensión vital. Leo Buscaglia (1924-1998), un autor que, más allá de su gran divulgación en el tercio final del siglo XX, no ha sido lo suficientemente valorado, decía: “Tardamos cincuenta años en comprender, finalmente, que nuestra vida y nuestra felicidad no dependen de una situación aislada o de una persona. Aprendemos que no es necesario que todas las cosas sean como nosotros queremos, que no es necesario que todas las personas nos amen, y que el mundo no termina cuando alguien nos rechaza. (…) Con la imagen perfecta que nos da una visión en retrospectiva, no comprendemos por qué no lo aprendimos antes (…) Después de los cincuenta años parecería que ser nosotros mismos resulta más fácil”1.

El juvenismo nos abruma y nos propone todo lo contrario: huir de nosotros mismos, no ser lo que somos, rechazarnos, repudiar nuestro tiempo y nuestra edad, despreciarnos. No ser lo que somos en el tiempo en que lo somos a cambio de no ser lo que no podemos ser en un tiempo que ya no nos pertenece. Una fórmula perfecta para vivir sumido en la angustia existencial. Acaso sea esa una explicación para tanta ansiedad, tanta obsesión, tanta compulsión, tanta queja, tanta disconformidad, tanto consumo voraz, tanta desesperada apelación a anestésicos, analgésicos, antidepresivos, ansiolíticos, somníferos, energizantes y demás prótesis y parches hasta llegar al nivel de una adicción endémica.

Este libro no es para juvenistas. No tiene fórmulas, recetas, ni promesas. En estas páginas no hay envidia por la juventud ni lamento por el tiempo pasado. Por eso es anacrónico. Y es subversivo porque intenta desbaratar creencias extendidas y tóxicas que se toman y viven como dogmas y a las cuales no se puede cuestionar so pena de exclusión. Estas páginas son un manifiesto en favor de la madurez, una celebración de la segunda mitad de la vida, un agradecimiento a la posibilidad de transitarla y explorarla. Es un l

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