A MARÍA RENÉE CURA
Buenos Aires, 10 de enero de 1955
Amiga María Renée:
Gracias por su carta. Al llegar a Buenos Aires hace un mes, me enteré de otra suya, y me avergüenza no haberle escrito antes. Pero he tenido todas las complicaciones que se derivan de una ausencia de tres años, y he sido muy poco dueño de mí mismo. Tuve que dejar (y con cuánto placer!) que mis amigos dispusieran de mí continuamente; sólo ahora empiezo a tener un poco de tiempo libre.
Me alegro de saberla dueña de una librería, porque me imagino el bien que podrá hacerle eso a Chivilcoy. Y me alegra también la idea de que venga a Buenos Aires y que podamos vernos. A mi mujer le gustaría mucho conocerla. Nos quedaremos hasta el 11 de marzo, es decir que desde ahora hasta fines de febrero, bastará que usted me avise de su llegada para que combinemos algún encuentro. De todas maneras le pediría que ese aviso me lo mande con la mayor antelación posible. Podríamos reunirnos una tarde en algún café tranquilo (?) del centro, o después de cenar. Lo importante es tener bastante tiempo para charlar de todo.
Mi teléfono es 50-4765. Tal vez yo no esté viviendo en casa cuando usted escriba o telefonee, pero me avisarán inmediatamente; en ese sentido pienso que sería mejor que usted me proponga un encuentro por escrito, pues eso significaría tres o cuatro días de antelación. (Perdóneme por asumir este aire de ministro ocupado: ya sabe que no lo haría si dependiera de mí.)
Espero sus noticias, y hasta bien pronto, con todo el afecto de su amigo,
Julio Cortázar
A MARTA LLOVET Y JEAN BARNABÉ
B.A., enero de 1955
Queridos Marta y Jean:
Por paquete postal recibirán –espero– tres libros, dos míos y uno de Felisberto Hernández. A Jean le pido disculpas por haber tenido que dedicarle el libro de Felisberto, pero es una imposición del correo argentino, que no permite salir los libros si no están firmados. En cuanto a los dos míos, las dedicatorias apenas expresan todo mi afecto hacia ustedes;1 pero me fastidian las frases pomposas, y sé que ustedes comprenderán muy bien.
Bueno, el verano va pasando y no falta ya mucho para el día en que emprenderemos el regreso a París. Todavía no puedo señalarles la fecha exacta, pero probablemente viajaremos en el Charles Tellier, que saldrá de B.A. el 11 de marzo. Por supuesto, volveré a escribirles a fin de confirmar la fecha, pues quisiera verlos aunque sólo sea un momento. Ojalá ustedes estén libres ese día y podamos encontrarnos.
Vivo aquí un verano bastante irreal, rodeados de gentes a quienes quiero mucho y por las cuales he vuelto, pero que sin embargo no alcanzo a sentir plenamente corporizadas. El problema de la presencia y la ausencia es el verdadero drama del hombre; no es posible sentirse plenamente identificado con alguien, cuando se sabe que dentro de muy poco sobrevendrá una separación, quizá definitiva. Pero de todos modos es tan grato volver a oír esas voces, reconocer el color de los ojos, la manera de mover una mano o de girar la cabeza… A ustedes los he extrañado y los extraño. No es un cumplido ni una exageración. Creo que la vida enseña a no equivocarse en materia de amistad. Los únicos errores son los geográficos, el absurdo de que unos tengamos que irnos a Francia mientras otros viven en el Uruguay o la Argentina. Y ni las cartas, ni el recuerdo, ni los viajes, ayudan a vencer el espacio, ese aliado del diablo.
Hasta pronto, en que les daré noticias de nuestro viaje. Aurora les envía sus afectos, y yo los abrazo con mucho cariño,
Julio
A DAMIÁN BAYÓN
Buenos Aires, 15 de enero de 1955
Mi querido Damián:
Recibimos tus dos cartas, que nos dieron un alegrón de esos que duran largo. Teníamos noticias tuyas por Elva, pero yo estaba de todos modos inquieto, pues desde mi última desde París, no supe nada de ti. Y en realidad todavía ignoro si recibiste los libros, si recibiste el Adam, y si todo estaba a tu gusto. No dejes de decírmelo en otra carta. Bueno, tengo varias cosas que contarte. La primera se refiere a Eduardo, por el cual estamos bastante inquietos. La cosa no es seria en sí, y supongo que unos meses de tratamiento lo dejarán perfectamente, pero de todos modos quisiera saberlo ya completamente repuesto. Supongo que sabes que se trata de una lesión en un pulmón, y que necesitará unos cuantos meses de reposo y calma. Lo malo es que dado su carácter, su descanso es muy relativo. Tiene licencia en la Embajada, pero su casa está siempre llena de amigos y parientes, todas gentes encantadoras pero no siempre lo bastante discretas como para darse cuenta de que deben dosificar mejor sus visitas. Para mí el asunto es un problema, pues como nos vamos en marzo, y Eduardo se marcha a fin de este mes a Córdoba donde se quedará hasta abril, tanto él como María insisten en vernos diariamente, y nos crean un problema de conciencia bastante jodido. Por un lado no ir lo disgusta a Eduardo (y a mí, por supuesto); por otro, tengo miedo de que la charla lo fatigue y le haga daño. Hemos encontrado un sistema intermedio, que consiste en hacerle unas visitas de una hora y media, y creo que está bastante conforme y contento. Pinta, trabaja y lee como siempre, y el no ir a ese prostíbulo disfrazado de embajada francesa le hace un gran bien. De ti hablamos mucho, y sé muy bien cuánto te extrañan y te quieren.
Al llegar a B.A. (después de un mes en Montevideo, donde me aburrí con la Unesco y sus delegados) me encontré con tu libro, que leí en seguida y aplicando una técnica muy adecuada: quiero decir que lo leí en trolebús, a fin de mantener el clima de viaje pero al cubo, pues que viajando leí tu viaje dentro del viaje. No me negarás que como delicuescencia es bastante memorable. Y no te ofendas por lo del trolebús, puesto que no me alcanzaba la plata para alquilar un taxi y leer el libro dando vueltas por Palermo. Bueno, creo que el libro, enterito, mantiene y confirma las promesas de los muchos fragmentos que me habías dado a leer en París. Has encontrado el estilo que hace de una crónica de viaje (de sus momentos elegidos) una construcción con vida propia, independiente de la anécdota que narra. Como la buena pintura, como la poesía. Cada capítulo tiene su luz, su temperatura y su efecto propios; nunca se advierte el fácil truco de prolongar un episodio en el siguiente, aprovechando que el relato está en marcha. Al contrario, se ve que te detienes y arrancas à neuf. Y sin embargo encuentro que el libro tiene unidad, la que le das con tu persona y tu estilo. Has tirado por la borda montones de convenciones idiomáticas, y eso solo bastaría para entusiasmarme; pero además has hecho poesía con esa libertad, y el entusiasmo se me vuelve emoción y gozo. Yo creo que has escrito un libro muy hermoso, y sé ya de muchos que lo piensan conmigo.
En estos días empiezo a traducir para Sudamericana las Mémoires d’Hadrien. Te lo digo porque sé que te gustará saber que está en mis manos. Lo leí en Italia, el año pasado, y me entusiasmó (más que a Aurora, que lo encuentra retórico). La traducción plantea problemas pavorosos, pero no creo que ninguno sea insuperable; hay que andar despacio, repitiendo un poco la actitud de la autora, que debió escribirlo pesando y paladeando cada frase.
Lo que nos dices sobre nuestros planes, y una posible visita a Puerto Rico, nos remueve muchos deseos y me llena de esa vaga ansiedad que siempre tiene uno cuando hay que meter las manos en el tiempo y tratar de darle forma al futuro. Por lo pronto, nuestros planes son embarcarnos en marzo y llegar a comienzos de abril a París. Allí veremos. Supongo que habrá algo de trabajo en la Unesco. Le he escrito a Ayala (cuya amistad contigo me alegra tanto por los dos) diciéndole que estoy libre –pues lo de Yourcenar es tarea de verano– y preguntándole si no habrá posibilidad de prepararle alguna edición a largo plazo, dos años o cosa así. De su respuesta dependen muchas cosas, por ejemplo la posibilidad de irnos un tiempo a Inglaterra y trabajar allí (en esa posible traducción) mientras de paso conocemos el país y yo le doy los toques finales a mi Keats –que me gustaría tanto que leyeras alguna vez–. Hablando de Keats, me alegro de que te parezca bien mi ensayo para La Torre.2 La opinión de Schajowicz3 merecería amplios diálogos, pues es muy posible que él y yo tengamos razón a medias, o que estemos más de acuerdo de lo que parece (y distanciados por razones semánticas, como ocurre tantas veces). Dile que le mando un saludo muy cordial, y que soy muy buen amigo de aquellos que discrepan conmigo en el orden intelectual. Tener razón, en el fondo, es menos útil que suscitar problemas y ayudar a que la razón la tengan otros más capaces y lúcidos.
De acuerdo con lo de Rodríguez Feo.4 Le mandaré un cuento, pues aquí no tengo ensayos: todo quedó en París. En cuanto a Mrs. Porter,5 irá para ella un ejemplar de Bestiario (cuya última liquidación semestral arrojó la suma de doce pesos) y veré si se puede hacer algo para traducir al inglés mis axolotl. También le mando el libro a Harriet de Onís.
Damián, me abrumas con tu gentileza, y me estás creando un complejo tremebundo; mi única esperanza de curación es que te decidas a ir a París durante este año, para poder liberarme por vía de un gran abrazo. ¿Escribes mucho, tienes tiempo para tus cosas? Yo no hago nada serio, ahora, pues después de tres años de ausencia ya te puedes imaginar la de visitas, copas y charlas que estoy alegremente aguantando. De todas maneras en Montevideo escribí dos cuentos, que me gustan y que te mandaré con otros que no conoces. El problema es que no tenemos tiempo para hacer copias a máquina, pues Aurora anda también con unas traducciones, y además nos pasamos días y noches viendo gente. Pero ya veré de copiarte y mandarte algunas cosas. Terminé un acto, que se llama Nada a Pehuajó. Reconocerás que el título no es como para entusiasmar a ningún director teatral. Yo me divertí mucho escribiendo la pieza, que es una mezcla de pesadilla y partida de ajedrez, pero sin la influencia de Lewis Carroll que podrías sospechar dada la mixtura.
Bueno, Damián, me vuelvo a Adriano que me espera con sus pausadas y melancólicas reflexiones sobre la vida humana y los destinos imperiales. Abraza a Ayala de mi parte, si aún está en Nueva York. Aurora les manda sus afectos a los dos. Y yo un abrazo muy fuerte para ti,
Julio
A EDUARDO JONQUIÈRES
8 de febrero / 55
Mi querido Eduardo:
El domingo que te fuiste, Glop y yo nos tomamos el trolebús, volvimos a casa, y mientras tomábamos mate hablamos largo de vos, de María, de los chicos. Yo te imaginaba sentado en el aire (pues haciendo abstracción de la cáscara del aeroplano, uno viaja sentado en el aire), prendido de la trama más o menos ingeniosa de la novela de Nicholas Blake –que Baudi, días después, afirmó con orgullo emocionante haberte prestado–, y después llegando a Córdoba, subiendo al auto entre el alegre desorden de tus cachorros que te recobraban. Todo esto lo sentía más que lo pensaba. Pasaron días, yo me enredé en tantas visitas, tantas páginas de traducción, tantas palabras y lecturas, y demoré esta carta hasta hoy, no por falta de ganas de escribírtela sino porque me parecía injuriar toda nuestra reciente cercanía cotidiana con la reanudación de estos ersartz siempre lamentables y siempre insuficientes. De todas manera alguna vez había de ser, y ahí va.
Estamos bien, en Buenos Aires llueve mucho, hay un aire otoñal muy raro en febrero, y los días corren, acercándonos cada vez más a un pedazo de muelle y a un pedazo de barco. Hace tres días me llegó una carta estimulante: la oficina de Ginebra de las Naciones Unidas me pregunta si quiero trabajar con ellos todo el mes de julio, y también le piden a Aurora que mande sus antecedentes para incluirla en las listes d’attente. Pienso, pues, que pasaremos julio en Suiza. Pienso que a sesenta kilómetros de Ginebra está Berna, y que en Berna hay docenas de Paul Klee. Y pienso que con lo que ganemos en ese mes viviremos cuatro, lo cual se parece siempre un poco a la multiplicación de los panes y los peces, y ayuda a sentirse más animado.
Todavía no puedo confirmarte que saldremos en el Charles Tellier. Le entregué tu carta a Raoust, quien la leyó con un teléfono en cada mano, dando saltos, gritos y órdenes en dos idiomas, y en un estado de actividad realmente inquietante. Me dijo que aquí no había cabinas, pero que iba a cablegrafiar a Brasil para ver si alguna de las reservadas allá estaba disponible. Creo que mañana sabré a qué atenerme. Pienso que si falla esto, Raoust nos acomodará en el Bretagne, pero sería una lástima pues entonces no me encontraré con Jorge en París. Pero todavía creo que tendremos el Tellier; espero poder darte la buena noticia en pocos días más.
Esta mañana estuve almorzando con David Almirón. Hablamos de vos. Él te quiere mucho, así a distancia, sobre todo porque sabe que somos amigos, y tiene por mí un cariño donde se mezclan sus recuerdos de alumno y su gratitud de porteño salvado de las basuras chivilcoyanas gracias al empujón que le di en el año cuarenta y dos. Pinta, un poco piloteado por Batlle Planas, pero comprende que la pintura abstracta es un camino inevitable para él; creo que hace bien en no apurarse. Me dijo que había visto tu exposición en Krayd, y que le había impresionado tu sentido del color (no encontraba las palabras justas, pero le brillaban los ojos) y el equilibrio de tus telas. Cree que aquí nadie te pisa el poncho en ese terreno. Por cierto que acaba de escribir un hermoso relato, con recuerdos de infancia. Quizá lo editen en Emecé, pero cuando vuelvas, si tienes ganas de leerlo, llamalo a la Cámara del Libro un día y él estará más que contento de conocerte y darte sus cosas.
La otra noche estuvimos bebiendo con Andrés Vázquez, que me contó una cosa deliciosa sobre “Torito”. Parece que cuando salió el cuento en BAL, llegó una carta de un juez catamarqueño, quejándose amargamente de que al director se le hubiera pasado una colaboración tan mal escrita, tan arrabalera, y que hacía tan poco honor a la revista. Tras lo cual el ínclito magistrado se negó a renovar su suscripción.
Sigo traduciendo las memorias de Adriano. Sigo descubriendo las secretas diferencias que hay entre los idiomas, y que trascienden el plano formal. Traducir no es buscar equivalencias. O, mejor dicho, la traducción traiciona cuanto más leal es, oh paradoja. Me explico: si yo leo en francés que Adriano se enamoró de un joven soldado y tuvo dificultades porque a Trajano también le gustaba el soldado, todo eso suena sin el menor escándalo. Apenas lo pongo en español (en un perfecto juego de equivalencias), el pasaje adquiere una grosería, una rudeza, un tono marcadamente escandaloso. Es que en realidad no se trata de la misma cosa. Una mentalidad francesa piensa un Adriano, y una mentalidad española piensa otro. No se trata ya de la resonancia especial de las palabras en cada idioma, sino de la resonancia de los sentimientos. El amor para un francés no es lo mismo que para un hispanoparlante. ¿Cómo hay que traducir, entonces? Casi se está tentado de volver a las técnicas de “adaptación” del siglo XVIII, cuando los Moratín, por ejemplo, traducían a Molière despanzurrándolo al gusto madrileño. En el fondo eran más fieles que nosotros, si conseguían recrear sentimientos análogos –no ya iguales– a los del lector francés de Molière.
Leo El sueño de los héroes, novela de Bioy Casares. Es buena, a ratos excelente. A ratos, en cambio, es puro camelo. Se ve que el mozo no se le anima del todo a la cosa nuestra, y siempre está en una actitud un poco supercilious6 disfrazada de gran sencillez y com-pasión. Por ejemplo (p. 116): “No me parece atinada la observación”, dijo el doctor...... omitiendo, en la última palabra, la letra b. (.....) “¿Tienen algo que objetar?”. Por cierto que ninguna b entorpeció el verbo. Etc.
Todo esto es gracioso y estaría bien en un estudio sobre hablas y modales, pero no en una novela que se supone porteña. Es como si un escritor francés, al usar el argot para el habla de un personaje, se pusiera a explicar a renglón seguido cómo el tipo pronuncia las palabras. Va de suyo que un compadrito dice “oservación” y “ojetar”. Una de dos: o Bioy lo escribe como acabo de hacerlo, lo cual es aconsejable en muchos casos, o lo escribe bien y se calla la boca sobre la mala pronunciación, pues es casi ofensivo para nosotros, lectores tan porteños como él, recordarnos que un malevo se come las b, máxime cuando hasta los ministros suelen hacerlo. ¿Qué pensás de esto? Yo creo que tengo razón.
Hace un momento me telefoneó Baudi, que está muy bien y se dispone a escribirte. Iremos a tomar café con él y Elena una de estas noches. No he visto a mucha gente desde que se fueron ustedes. Ahora comprendo que tres meses eran muy poco tiempo para estar aquí. No he hecho nada de lo que quería. Mirar Buenos Aires, por ejemplo: siempre que la veo es de paso, yendo a o viniendo de. Hubiera querido vagar días enteros por algunos barrios, mirando la ciudad, preparándome a recordarla mejor. Hacedor de momias, bah.
Aurora soñó la otra noche una estupenda novela policial, que yo en malhadado momento corté al despertarla para que bebiera un remedio que tenía que tomar de madrugada. Todavía me guarda rencor por haberle impedido descubrir el criminal. Lo lindo del caso es que en el momento en que la desperté, iba en un auto, conmigo, rumbo a Ocampo 3.005, donde todo hacía prever que se iba a armar un despelote padre, con estrangulados, niñas rubias que corrían a prevenir a los vigilantes, chóferes con cordones de seda en el cuello, y una mujer que le besaba la mano a Aurora. Yo propuse que miráramos bien los diarios de la tarde para ver si en tu casa no habían descubierto un bello crimen, con lo cual hubiéramos pisado un terreno de maravilloso desconcierto, pero debo agregar con sorda tristeza que no ha habido ningún fait-divers en dicho domicilio. Para colmo de irrisión, la única noticia policial digna de mención en esa fecha consiste en que un chancho acometió a dos polacos y les dio sendos mordiscos en los muslos. El balance es deprimente.
Glop, alzando sus hermosos ojos bizantinos de una página de Antonina Vallentin, me pide que les mande abrazos a todos. Su sobrenombre Autota disfruta de general popularidad en Villa del Parque. Como Henry V, tu Sandra es the maker of manners.7 Dile a Clo que espero que se divierta mucho en Córdoba. Descuento que Alberto ha matado ya a su primer indio sioux, que como es sabido pululan en Río Ceballos. Un gran abrazo a María, a quien le escribiré la vez que viene. Y para vos, todo lo que sabés de sobra, y que descanses como un león, animal soñoliento y de fábula.
Julio
STOP THE PRESS! Raoust acaba de darme la cabina en el Tellier. Gracias, Eduardo, una vez más. Ya te daré detalles.
A EDUARDO JONQUIÈRES
19 de febrero / 55
Querido Eduardo:
Nuestras cartas se cruzaron. Cosa rara, ¿verdad? Nos alegró recibir la tuya, y enterarnos de la instalación rioceballense. A pesar de que no es el paraíso, y que la lluvia los tendrá a todos tumefactos, creo que no está mal como solución momentánea del problema del reposo. A propósito de esto, Baudi me dio a leer esta mañana una tarjeta postal tuya, donde me entero de que proyectas venir a B.A. el 10 de marzo para despedirnos. La verdad es, Eduardo, que tu decisión me entristece y no vacilo en decírtelo. Sabés de sobra lo grato que sería para nosotros tenerte a nuestro lado en esas últimas horas en la Argentina; pero todo ese placer se va a enturbiar y estropear por la rabia que sentiremos al comprender que has interrumpido tu descanso, y que has hecho un viaje enorme para venir a estar con nosotros un rato. Mirá, seamos realistas aunque dé un poco de asco: Sabés de sobra lo que son las despedidas, el último día del que se embarca. ¿Te parece que realmente vamos a estar juntos los tres, que vamos a poder hablar, sentirnos cerca? No, no va a ser así. Y no va a ser así porque estará el señor del camión que se lleva las valijas, los parientes que lloran o hacen encargos, los otros amigos que también requieren su parte de abrazo y de miradas y de frases finales. Nosotros estaremos en mi casa, o en casa de Aurora, continuamente rodeados de gente. Y vos vas a hablar mucho más con esa gente que con nosotros mismos. Decime entonces si es justo que te vengas desde Córdoba para eso. ¿No crees que tengo un poco de razón? Nos despedimos de vos como Aurora y yo –y vos– queríamos. Estuvimos los tres juntos, largas horas, hasta último momento. Yo entendí y entiendo que nos despedimos bien, todo lo bien posible. Te lo dije, creo, y te pedí que no vinieras. Ya te imaginás que no me resulta fácil pedirte de nuevo eso, pero creo que es mejor. Vos sabés de sobra que cuanto más te quedes en Córdoba más pronto estarás curado. No me hagas cómplice, aunque sea involuntario, de un retardo en tu salud. (Advertí la satánica habilidad de la última frase. Vos tenés la culpa, de manera que aguantá estas tiradas convincentes.)
Bueno, de acuerdo con todo lo que dices de Joyce Cary. Me alegra mucho que te haya gustado Gulley, sin duda el personaje más extraordinario de toda la galería, aunque Sara se las trae, y en El peregrino hay algunos excelentes. También coincido contigo en que los cuadros de Gulley debían ser un bodrio padre; pero no por culpa de Blake (el poeta, no el grabador bastante aburrido). Lo maravilloso en Gulley es su manera de llevarse todo por delante y seguir siendo al mismo tiempo un ser profundamente humano, y no un monstruo sagrado. Muchas veces lo he comparado mentalmente con la conducta de otros artistas, por ejemplo Sergio, de quien me has oído decir ya algunas cosas en ese sentido. El problema de los artistas del tipo de Sergio es que so pretexto de una entrega total a su arte, terminan perdiendo contacto real con el mundo; creen estar hondamente metidos en la cosa, y en realidad se vuelven bizantinos y discuten sobre el Paracleto. Sergio, como Gulley, es de un egoísmo feroz, arrasa con todo, no le importan ni amistades, ni amores, ni convenciones; pero Gulley acaba siempre riéndose, y por la risa recobra el contacto con lo que estaba a punto de perder, y además se olvida por largos períodos de su pintura y se mete en diversos líos personales, con lo cual se salva de la tiranía exclusiva de la pintura. Gulley sacrifica a las mujeres, pero a la vez las salva, porque las exalta y las mete en una dimensión que no se imaginaban siquiera. Sergio –para seguir con el ejemplo– sacrifica sin dar nada, se encoge temeroso ante todo peligro de convivencia en que él tenga que compartir algo, aflojar una parcela de su tiempo. No, decididamente prefiero a Gulley.
Vimos la otra noche a los Baudi, y cenamos con ellos. Estaban muy bien. El jueves que viene iremos los cuatro en el auto para visitar al bueno de José Luis Romero en su casona de Adrogué. He visto a poca gente; mejor dicho, he vuelto a ver a los mismos: Salas, Almirón, unos pocos más. Lo vi a Pérez Zelaschi, que me pidió tu dirección; está más gordo, y decidido a no seguir escribiendo cuentos para revistas y dedicarse a la novela en serio. La verdad es que es muy capaz. Me gustó El sueño de los héroes de Bioy, pero ahora me acuerdo que ya te lo dije. Sorry! Bueno, dentro de unos días te sigo contando cosas. Un abrazo a María y a los chicos. Me estoy cayendo del papel. No sé si alcanza para un abrazo de
Julio
A EDUARDO JONQUIÈRES Y MARÍA ROCCHI
26 de febrero / 55
Querido cordobés:
Claro, yo te escribí iracundo, y poseído por una santa indignación, y entre tanto vos me rajabas desde allá la confirmación de tu venida. Loado sea el Cordero, como decían las benjamitas de El Peregrino. Recordarás que era una manera elegante de no putear. Sos realmente un gusano aborrecible, pero ¿quién le para los ímpetus al bicho taladro, quién detiene a la oruga que avanza invicta hacia el corazón del gruyere, aleluya? (Lo último es también benjamita.) Bueno, perfectamente: vení, y te recibiremos con los brazos abiertos, ahora más abiertos que nunca sabiendo que nada puede atajarte. Salvados los escrúpulos, estamos contentos como dos perinolas, y trataremos de tenerte con nosotros todo el tiempo posible hasta la salida del Tellier. La macana es que llegás prácticamente el8
11 a la mañana (fíjate el salto espasmódico que me ha dado esta jodida Corona; debe ser contagio del temperamento de Bouquet, su amo y señor). Ahora bien, el 11 a la mañana habrá que pasar la aduana, como sucede siempre, pero si ello fuera posible el 10, yo me las arreglaría para despachar el equipaje el 10 y quedar libre para estar con vos desde tempranito el once. De todos modos, en el peor de los casos nos acompañás al puerto y entre tanto charlamos. Si querés te venís a comer a casa, y después vamos juntos al barco, o nos citamos para encontrarnos a bordo muy temprano; yo te tendré reservada una tarjeta, aunque vos, funcionario privilegiado –como tu colega el difuntito, cuyas necrologías deshonran los cotidianos de esta fecha– te podrás colar carnet en mano. Qué macana que María venga el 13, hubiera sido estupendo verla también a ella; lo sentimos mucho.
Me he quedado turulato al leer tu última carta y descubrir con asombro que es un logogrifo tan horrendo como las que me mandás a París. Yo creía que tu letra microscópica, loado sea el Cordero, se debía a razones de franqueo, pero he aquí, aleluya, que en una carta con veinte guitas de San Martín en el ángulo superior derecho lo mismo te teladearañás millones de palabras en veinte centímetros cuadrados, que como diría César Bruto debe ser la cosa de la correspondencia astrata. Aurora y yo te hemos propinado gloriosos insultos orales, que no reproduzco por no violar diversos edictos públicos. Ma foi, en tus cartas locales muy bien podrías desenrollarte un poco, especie de calígrafo, y suspender esos palimpsestos que hay que leer a) con una hoja en blanco atrás, b) con una lámpara de 300 bujías, c) con una paciencia infinita, y sólo sostenido por el alto interés del tema (ricane pas!).9 Lo mejor fue la inscripción china que revista en la parte superior central, y que supongo de puño y letra de María, o tuya pero por encargo. Realmente entre los dos son capaces de pergeñar unas epístolas que reíte de los Pisones.
Ya habrás advertido el tono eufórico, pese a las puteadas implícitas. Es que estoy muy contento pensando que te voy a ver de nuevo, aunque por momentos me dan todavía ganas de sacudirte un telegrama colacionado con mi VERBOTEN!! más teutónico. Hoy pagamos los pasajes del Tellier. Tenemos una cabina en el puente más alto de tercera (cosa buena) y en la punta de la proa (cosa mala). En Montevideo conseguiré Dramamina para Glop, que tiende a marearse aunque muy poco. Yo soy un viejo lobo de mar, y la idea de viajar cómodo en una cabina de cuatro para nosotros dos me regocija desde ahora. Aparte de eso nuestras cosas andan bien, las gestiones han sido hechas, las compras compradas, y sólo queda pasar por la modista y el sastre para aguantarse algunos alfilerazos y salir con ropa nueva. Otra buena noticia es que además de ir a Ginebra en julio, ahora recibo una carta preguntándome si les puedo dar el mes de abril para ellos. Observá la elegancia de la redacción. Acabo de contestarles que sí, pero a partir del lunes 11, pues la primera semana de abril la pasaremos en París con Jorge, y no hay UN que valga, así nos cueste un dineral perder ese trabajo. Creo que aceptarán, pues están enamorados de la forma en que les traduzco los tiempos compuestos y las figuras retóricas, que como te imaginás abundan en esos documentos.
Sí, supercilious tiene que ver con arquear las cejas. Una actitud así es la del tipo que va al box para mirar la forma en que miran los otros, y que en general es testigo antes que partícipe, todo ello con un dejo de te-perdono-la-vida, o sos-simpático-aunque-no-tenés-nada-que-ver-conmigo.
Precioso el título de tu libro. Pruebas al canto no sólo suena bien sino que me parece responder desde muy adentro a mucho de lo que te he leído en París y en Ocampo. Sí, señor, más lo pienso y más me gusta. Sacá el libro sin falta, Babino o no Babino (al revés suena onibab ononibab, es increíble). ¿Sabés algo de los 4 vientos?10 Esperemos que Céfiro se imponga a Bóreas, rey del marzo en París. Ya recogeré allá los ecos cuando llegue. Me gustará ver la reacción de algunos pintores que conozco, Sergio a la cabeza. Te contaré todo en su día. Yo ya lo he ahogado a Antinoo en las aguas del Nilo, Adriano está viejo y reumático, y se me va a morir dentro de unas ocho páginas. Lo termino, mon vieux, lo termino. Y me llevaré el tocco para revisarlo a bordo. El Tellier se convertirá en trirreme, el vinacho de la tercera será Falerno, y las olas del Atlántico las de veré de color vino como veía Homero (que no debía ser tan ciego, che) las del Mediterráneo.
Chau, ahora le sigo unas líneas a María. Autota se ha reído mucho con el sobre de tu carta, y los abraza con todo lo que le dan sus bracitos. Hasta el 10 o el 11, con un abrazo.
Julio
P. D. A qué hora llegás el 10? Si no es demasiado tarde podría esperarte en algún lado y charlar. El Tellier sale el 11 a las 18.30 o a las 20, todavía no se sabe. Escribí pronto.
..................................FRONTERA................................
Querida María:
Ya habrás visto por lo que hay del otro lado de la frontera que todo va bien por nuestro lado. Y sin embargo ahora me duele de veras irme tan pronto, y comprendo que hubiera necesitado otros tres meses, o por lo menos dos, para quedar realmente contento. Los primeros tiempos son de acomodo, de reajuste, y de mil compromisos a veces asombrosamente idiotas y aburridos, pero inevitables si no se es cruel o egoísta. Por fin, un día, se acaban esas obligaciones adventicias, y uno puede dedicarse solamente a sus seres queridos. Yo había llegado a ese punto exactamente hace un mes. Ustedes ya no estaban aquí, y es entonces que hubiera querido tenerlos de nuevo cerca, más tranquilo, con más tiempo, y quizá con mayor capacidad para escuchar y hablar. Lástima que el tiempo nos recorte en esa forma. Ahora tengo que empezar a escribirles otra vez, y esperar el día en que volveremos a vernos, aquí o allá.
Esta mañana me llegó una carta de Damián, que se acuerda de ustedes con tanto cariño. Está otra vez en Puerto Rico, y promete ir a Europa a mediados de año: va a ser lindo tenerlo unas semanas con nosotros.
Hace quince días estuvimos en casa de los Rotzai, y se armó una discusión feroz sobre pintura abstracta, en la cual yo llevé la peor parte pues Perla me arrolló a la manera argentina, es decir desplegando todas sus condiciones vocales que son fabulosas, y hundiéndome bajo una catarata de sentimientos entre los cuales, aquí y allá, trataba de flotar alguna idea. (Todo esto dicho sin maldad, pues Perla fue luego la primera en quedar muy afligida por su solo vocal.) Huelga decirte que yo era pro y ella contra. Lipa también contra, pero discreta e inteligentemente. Rotzai contra. Aurora y yo pro, humildemente, como aficionados a mirar y gracias. Nos hubieran hecho falta ustedes, loado sea el Cordero.
Supongo que tus tres ositos estarán hechos unos montañeses, y hablando con tonada. ¿Por qué se vuelven tan pronto? Yo los imaginaba allá hasta fines de marzo. Pero por otra parte te gustará abrir otra vez la casa de Ocampo y juntarte con todas tus cosas. Nosotros tenemos unas ganas inmensas de dar por fin con un sitio donde vivir en París, quiero decir vivir establemente, con los libros y las lámparas, y sabiendo que el Aspro está en el segundo cajón a la izquierda. Ojalá lo consigamos este año. Me estoy cayendo del papel, de modo que me salgo antes de darme un golpe. Cariños a todos. El 27 tirale de las orejas a Eduardo de mi parte, y que lo pasen muy bien.
Un abrazo de
Julio
A EDUARDO JONQUIÈRES
Delante de las Puertas de Hércules, 27 de marzo / 55
Querido Eduardo:
Ayer salimos de Las Palmas; y por eso presumo que a esta hora estamos pasando a la altura de Gibraltar, desdeñándolo para seguir rumbo a Lisboa. Este viaje ha sido excelente en todo sentido: cómodo, tranquilo, descansado. La cabina resultó perfecta. Nos instalamos a lo ancho y a lo largo, con lugar de sobra para los equipajes; en cuanto al resto de la tercera es también irreprochable. Calcula: 80 pasajeros en total apenas se notan, y además es gente tranquila y discreta. Las escalas han sido estupendas hasta ahora. En Montevideo pasamos un día entero. Vinieron a buscarnos unos amigos franco-uruguayos11 y nos llevaron a su casa de Carrasco donde pasamos todo el día. Nos mostraron los alrededores, en auto, oímos música y charlamos largo. Me están traduciendo Bestiario al francés, y hablan de aprovechar su amistad con Supervielle y Caillois para meterlo en la NRF.12 La versión de uno de los cuentos, ya terminada, me pareció de primera.
En Santos paramos también todo el día, por lo cual nos fuimos en autocar a Sao Paulo que no conocíamos. La ruta es prodigiosa, y Sao Paulo lo aplasta a uno con una especie de violencia de rascacielos. La vuelta resultó dramática pues nos pescó una niebla tipo puré de arvejas en lo alto de la montaña, y todo el mundo tenía un buen julepe, salvo el chofer que manejaba con la misma soltura que si hubiera tenido un radar en el panel de dirección. En Río tuvimos tiempo de ir a conocer el Ministerio de Educación y los murales de Portinari (que nos gustaron mucho), andar por callecitas encantadoras y pasar toda la tarde en la fabulosa Copacabana, con ese mar en tecnicolor casi demasiado verde. Hablando de Brasil, a bordo nos encontramos con una chica bahiana que conocíamos de París, y que se ha casado con un muchacho francés cineasta (hijo de Descaves, el patrón de la Comédie Française). Vuelven a Europa después de 8 meses en Río y Sao Paulo. Nos contaron esto: el 31 de diciembre lo pasaron en las calles de Río viendo las macumbas, las danzas y cantos populares. A eso de la una de la madrugada decidieron irse en auto a una playa bastante alejada de Río, donde es fama que los bahianos residentes en Río celebran ritos de Año Nuevo. La playa estaba desierta, pero al rato llegó un camión de donde bajó un grupo increíble. Las mujeres vestidas de blanco con bordados de plata, y los hombres con grandes capas blancas. Al ritmo de una batuca empezaron a bailar y a entrar en trance. El “sacerdote” invocaba a la Sirena del mar, y toda la ceremonia era en su homenaje. Varias veces alguna de las mujeres, totalmente hipnotizadas, pretendía llegar bailando hasta el agua; entonces el sacerdote daba una orden y los hombres formaban una ronda, encerraban a la mujer y, siempre bailando, la traían de vuelta a la playa. Esto duró largo tiempo. En un momento dado un muchacho muy joven entró en trance, gritó como si respondiera a un llamado del mar, y corrió sin que nadie lo atajara hasta perderse en el oleaje. Alguien del grupo de nuestros amigos, excelente nadador, quería tirarse a sacarlo, pero los danzarines no lo dejaron. La simple explicación fue: “Lo ha llamado la Sirena”. Los del auto se fueron entonces a pedir ayuda a un puesto de la Prefectura, bastante alejado. El oficial, una vez enterado de las circunstancias, se limitó a decir que ya era tarde, que en esa playa morían así muchos bahianos, y que ni siquiera recobrarían el cuerpo del ahogado. Supongo que a su manera también acataba la voz de la Sirena. ¿Qué te parece? Todo esto a media hora de Río, de la civilización, etc.
Ayer hicimos escala en Las Palmas, que me pareció encantadora. Caminamos hasta no poder más, y tomamos café en una plaza donde lo español y lo africano se mezclan curiosamente. Por cierto que ocurrió algo bastante curioso. A bordo viaja un médico español, encargado de los inmigrantes de su país en el viaje de vuelta. Este buen señor no ha encontrado nada mejor que volverse loco durante el viaje. Su locura es más bien chochera, pero acarrea complicaciones inesperadas. Empezó por exhibirse desnudo en su cabina para ilustración de las doncellas que viajan en primera clase. Luego se peleó a muerte con el capitán y los oficiales, a quienes les saca la lengua cuando entran en el comedor. Todo esto puede pasar, así como puede pasar su manera de comer manteca que consiste en untarse un enorme pedazo en un lado de la boca, usando el cuchillo con gran destreza... Pero ayer en Las Palmas se fue a decirle a la sanidad española que a bordo traíamos poliomielitis... Gran revuelo, exasperación del médico francés, etc. Al final resultó que en 1ª viaja un inglés inválido, que tuvo la parálisis hace siete años... No conforme con eso, el buen señor afirmó que los de 3ª teníamos viruela. Nuevo lío, atraso en la partida, visita de inspección... Moralité: el pobre tipo será internado al llegar. Por el momento desahoga su ira viniendo a comer a la 3ª, lo cual en mi opinión es la prueba concluyente de que está pazzo da catena,13 pues si bien comemos maravillosamente no me cuesta mucho deducir lo que será la prima...
Quisiéramos tener pronto noticias de ustedes. Para eso, lo mejor será que me escribas c/o Daniel, 5 rue Bertholet (Hôtel de Lutèce). Ya te daré nuestra dirección apenas la tengamos.
Acabé las Mémoires d’Hadrien, que sigo creyendo un bello libro, y me di un atracón de lecturas bastante revueltas pero estupendas: poesía inglesa de hoy, Faulkner, y ahora Huizinga, cuyo Otoño jamás había leído y que es mucho más atractivo que cualquier novela, empezando por el mismo Faulkner. Tengo que conseguir un libro donde se estudie a fondo a Luis XI. Este tipo siempre me fascinó, y las cosas que dice Huizinga son increíbles. Cuando se estaba por morir se las arregló para tener a su lado las reliquias más famosas, entre otras la Santa Ampolla que le trajeron de Reims. Parece que entonces el tipo abrió la ampolla y se untó con el aceite que había adentro para ver de tirar un poco más... Pero lo increíble es cuando lo hace venir a San Francisco de Paula y lo tiene meses en su castillo. El santo era un ermitaño a la manera calabresa: jamás se ha cortado el pelo, huye apenas ve una mujer, come raíces y duerme parado contra una pared... Luis XI lo somete a diversas tentaciones, todas las cuales rehúye virtuosamente... La verdad es que el ambiente en que vivía ese rey es digno de ser conocido.
Apenas esté en París veré de conseguir noticias sobre tu exposición. Glop que me ve escribir manda cariños a todos. El licor de cacao es excelente, pero a pesar de mis heroicos esfuerzos no logro tomarme la botella, de modo que Daniel tendrá que ayudar. Ayer comimos ensaimadas en Las Palmas, y compramos crackers ingleses. ¡Europa a la vista! Pero no me creas vagamente epicúreo. Epicúreo a secas es mejor.
Un gran abrazo de
Julio
P. D. Donde dice Puertas de Hércules léase Columnas.
A EDUARDO JONQUIÈRES
París, 13 de abril / 55, en la jaula de la Unesco hélas
Mi querido Eduardo:
Hace doce días que estamos aquí, pero ya verás las razones por las cuales no te escribí antes. Al llegar, después de un viaje realmente magnífico y muy cómodo, Daniel nos llevó a un hotel donde nos había reservado pieza. Pero nos habíamos olvidado que se venía la Semana Santa y nos encontramos con que sólo podíamos quedarnos 3 días en el hotel, aparte de que nos cobraban 900 francos diarios, lo cual era una barbaridad. Pero tuvimos suerte. Esa misma tarde fuimos a la rue Mazarine a saludar a Angelina Valasek y a mirar nostálgicamente nuestras habitaciones du temps jadis, cuando he aquí que a la mitad de una cena principalmente constituida por vino y paté, se abre la puerta y entra un amigo de Angelina a preguntarle si no quería un departamento de 2 piezas. Angelina sí quería, pero como a lo mejor no le resultaba, nos citamos al otro día a las 9 y fuimos juntos a verlo. Y cinco minutos después era nuestro. Bueno, te lo explicaré: está en el 13è, al 91 de la rue Broca, entre los bulevares Arago y Port-Royal, y a 200 metros del métro Gobelins. Como ves queda antes de Place d’Italie, y tiene magníficos medios de comunicación, métro y autobús. Es un tercer piso, y consta de dos piezas con sendas ventanas sobre la calle y un sol fabuloso toda la tarde. Tiene un pasillo bastante ancho que lleva a la cocina, que es grandísima. Naturalmente no tiene ducha, y el W.C. hay que compartirlo con la vecina de enfrente. Este último detalle horroriza a Glop, que es muy argentina en materias de higiene, y por ese motivo consideramos que el departamento no pasará de una instalación provisoria, a la espera de dar por fin con la definitiva. Pero está muy bien, ya tenemos ahí todos los libros, las máquinas, tu cuadro que cuelga sobre la chimenea y ha merecido los elogios de Daniel, la radio, el quillango que adorna la cama, y yo me siento muy en casa y me alegro enormemente de haber dado con ella. Pagamos quince mil francos mensuales, lo cual es mucha plata, pero en cambio sólo tuvimos que dar cincuenta mil de llave. Ya ves que el día que nos vayamos de ahí recobraremos ampliamente ese dinero.
Bueno, apenas decidimos meternos en el departamento, hubo que pensar en limpiarlo, pues estaba en unas condiciones que tenían literalmente enferma a Aurora. Moralité: comprar soda cáustica, trapos, cepillos, detergentes, y armarse de coraje. A los diez minutos yo me pesqué un resfrío padre a causa del polvo, pero en tres días de trabajo dejamos la casa presentable. Lavar los veintiséis vidrios de las cuatro ventanas me costó una inflamación de muñeca: en fin, son los precios que hay que pagar aquí para vivir. El hecho es que la casa está ahora muy bonita: tiene dos chimeneas, una a leña y otra a carbón. Encendí la de leña, pues hizo frío hasta ayer, y lo pasamos muy bien. Me prestaron un tocadiscos con una serie de discos de la Anthologie Sonore, y ya ves que la cosa se va encarrilando. Es decir que el 15 de mayo, cuando nos vayamos a Ginebra, dejaremos el departamento a algún amigo que lo quiera y nos pague el alquiler, o nos aguantaremos los quince mil por mes y lo dejaremos cerrado; lo importante es que al volver de Suiza tengamos una casa y todas nuestras cosas (que ya son muchas) en ella.
Pensábamos aprovechar este mes de libertad a fondo, pero la Unesco me llamó en seguida y hoy empecé a trabajar. Por desgracia las cosas no están como para que uno pueda darse el lujo de rechazar un ofrecimiento de contrato, pues recientemente han entrado nuevos supernumerarios, y la competencia es cada día más dura. De modo que paciencia; me desquitaré los fines de semana, y además hemos hecho una impresionante lista de teatros y cines para ir de noche.
Al llegar yo, supe que Jorge se había ido a Londres, pero volvió a mediados de la semana, y nos vimos todo lo posible. Está muy feliz con su viaje, que ha sido excelente. Vagamos los tres por París, que está tan hermoso con los primeros verdes asomando en los árboles, bebimos vino en diversos rincones y comimos endives y camembert hasta no poder más. Jorge tiene una cualidad que creo tener yo también, y que consiste en saborear a fondo las especialidades locales, de todo orden –incluso gastronómico. Me aterran los argentinos que llegan a París y encuentran repugnantes los quesos, o sacrifican el paté, los hongos, la blanquette de veau y otras maravillas parecidas, a la triste nostalgia de pedir un mal churrasco o una ensalada de lechuga. Gentes así no deberían salir nunca de Quilmes, donde supongo viven.
El domingo nos fuimos con Jorge, Toño Salazar y su mujer, a los bosques de Fontainebleau donde nos esperaba Andrée que tiene allá una casita encantadora en sociedad con una amiga. Vimos castillos, comimos en una auberge (qué Borgoña!) y naturalmente nos cansamos horriblemente como siempre que va uno a descansar al campo. Ayer hicimos el último paseo con Jorge, y a la noche lo despedimos melancólicamente. A esta hora debe andar paseando por la Via della Maddalena en Génova...
Vimos tu exposición, que se inauguró justamente el día de nuestra llegada (aunque eso no lo supimos hasta después). Dos cosas no me gustaron, pues prueban la técnica típica de estos clubes de “intercambios” que tienen que andar haciendo toda clase de concesiones. La tarjeta de invitación te presenta como más o menos auspiciado por el señor embajador argentino, lo cual no creo que agrade a la mayoría de nuestros compatriotas en París et ailleurs. La segunda cosa es que el club no es una galería, y por lo tanto la exposición tiene manifiestos defectos técnicos. La culpa no es de ellos, claro está, pero la impresión del visitante se resiente. Los cuadros están en dos salones, que se abren sólo de tarde. Como la luz natural no existe, hay que encender la eléctrica, pero ocurre que cuando Aurora y yo llegamos no estaba encendida. Luego alguien nos dijo que no teníamos más que ir dando vuelta a las llaves a medida que llegábamos ante los cuadros. Reconocerás que el sistema no es demasiado feliz. En la sala más grande hay sillas, mesas, actores estudiando (pues es un club, no te olvides), con lo cual la exposición sigue resintiéndose. Una empleada nos mostró muy amablemente todas las firmas de los visitantes, entre las cuales descubrimos a varios conocidos, y naturalmente a Dorival.14 Creo que me daré otra vuelta el sábado para ver si la parte técnica ha mejorado. En cuanto a las reacciones, ya me las dirás tú, que sin duda recibirás ecos directos. Todo lo que yo recoja por mi lado te lo diré en otra carta. Ni qué hablar del gusto que nos dio ver todos los cuadros juntos; créeme que me hubiera sentido realmente feliz si la exposición se hubiera hecho en otras condiciones. Pero es muy posible que ésta sea la base para una próxima; por lo menos lo deseamos y lo esperamos.
Tuve una carta de mamá donde me decía que estabas bien (supongo que repetía lo que le habrías dicho tú por teléfono). Recibimos tu carta a bordo, y nos diste una gran sorpresa, pues no esperábamos noticias hasta llegar a París. ¿Cómo te sientes en Ocampo? En otoño Palermo se pone tan hermoso, que ha de ser muy agradable sentarse de tarde en el pastito y mirar jugar a los chicos. Yo hubiera querido salir un poco de París, para andar por sitios agrestes (dentro de lo que la Île de France puede ser agreste) pero me temo que deberé esperar a estar en Suiza y asomarme los fines de semana a las montañas. En el barco devoré el libro de Huizinga sobre la edad media, que me fascinó, y leí a Faulkner, que me fascinó mucho menos con gran enfurruñamiento de Glop que es su fan incondicional. Me dispongo a escribir un cuento inspirado en una escultura de Henry Moore. Te lo mandaré.
Sigo traduciendo. Esto no es más que un primer boletín con noticias. Un gran abrazo a María y a los chicos. Sigue bien, no hagas macanas, obedece a Pileu como un niño bueno que eres (ricane pas). Un gran abrazo fuerte de
Julio
Vivimos en 91, rue Broca, Paris 13.
A EDUARDO JONQUIÈRES
París, 29 de abril de 1955
Mi querido Eduardo:
Recibo una carta de mamá, fechada el 20, por la cual deduzco que aún no te llegó una mía escrita hace por lo menos quince días. Aquí en la Unesco se pierde la cuenta de los días, tan iguales son unos a otros, pero pienso que te escribí hace por lo menos dos semanas. Por lo demás vos le mandaste una carta a Daniel para mí, pero el muy couillon15 no la encuentra, y lo único que sabe decirme es que según lo que le cuentas a él estás bien. No ignoro, porque conozco las pequeñas malicias de los dioses, que ésta se cruzará con una tuya, pero te la escribo lo mismo por si la mía se hubiera perdido de veras. En ella te hablaba de tu exposición y de mis impresiones. Ayer, charlando con Théo Verbrugghe, me dijo que según noticias que tenía, la muestra había tenido mucho éxito. Ni qué decirte si me alegro de saberlo; lo único que puedo agregar es que si se hubiera hecho en una galería como la gente, y no en ese bric-à-brac de los cuatro vientos, la gente hubiera podido meterse mucho más hondo en tus cuadros. (Por lo demás ésta es quizá una reflexión de simple amateur; pienso que un entendido, o un profesional, son capaces de ver un cuadro aunque sea en La Fragata16 a las siete de la tarde.)
Mamá me pasa nota de tu encargo sobre los pinceles: así se hará, oh Apeles!
Hablando de pintura, mis altas funciones, loado sea el Cordero, me impiden ir a los museos como quisiera. Glop y yo hicimos una larguísima visita al Louvre, y pasamos otra vez revista a la colección egipcia. Fuimos luego a ver una muestra de 50 años de pintura y grabado de los Estados Unidos. Los pintores no me entusiasmaron mucho, aunque el famoso cuadro de Jackson Pollock es realmente extraordinario. Supongo que sabes a cuál me refiero: una enorme tela, sobre la cual Pollock fue tirando la pintura a chorros (pero a chorros muy bien dirigidos, eso se ve en seguida) hasta conseguir una especie de jungla de colores, en la cual los ojos se van de paseo y tardan horas en volver. Tras el desorden y el azar aparentes, hay un artista administrando las casualidades. ¿Qué otra cosa hizo el Pajarito Mandón cuando creó este mundo? Bueno, lo que me gustó de veras fue la sección de grabado, donde por cierto había uno excelente de Lasansky. A María le hubiese encantado poder ver esa sala, donde algunas xilografías me trajeron su recuerdo.
Más noticias de París. Vimos Intermezzo por la compañía de Barrault (supongo que lo viste en B.A.), y nos gustó mucho. Pero la gran sacudida nos la ha dado La Strada, una película italiana de Fellini, que tiene patas arriba a París y con razón. ¿No sabés si la darán allá? Es un producto casi indefinible, donde la pantomima está siempre presente a través de su extraña y asombrosa protagonista. Si va allá, no dejes de verla en seguida. Cediendo a una debilidad que nos costó 500 francos, fuimos a ver On the Waterfront, la tan alabada película de Elia Kazan, con Marlo Blando de héroe (creo que me equivoqué en el nombre). Nos encontramos con la repetición de todas las recetas yanquis, y con un gran actor. ¿Pero qué puede hacerle a uno un gran actor si no está al servicio de algo que tenga sentido? Me sentí tan culpable como si hubiera condescendido a escuchar un concierto de Tchaikovsky por el hecho de que lo tocaba Heifetz. No volverá a ocurrir.
Ya que estamos tan cultos, te informaré que Glop ha terminado de copiar mis nueve cuentos, y que se los mando a Arreola a México, pues los va a publicar en volumen.17 Ojalá salga bonito. Puse a punto Manual de instrucciones, que no ha quedado mal. Consta de diez o doce instrucciones para hacer diversas cosas, tales como subir una escalera, disecar una lechuza, llorar, matar hormigas en Roma, etc. Ya te lo mandaré.
El 14 a la noche me voy a Ginebra, donde empiezo a trabajar el 16. Glop se va a quedar quince o veinte días en París (ah, la muy calavera!) pues la Unesco le ha ofrecido reemplazarme y en modo alguno podemos rechazar tan loable ofrecimiento. Pero dos semanas pasan rápido, y se me reunirá en Suiza, donde espero que también habrá trabajo para ella. Ya te imaginas que todo el mundo tiene los ojos fijos en la conferencia de la Unesco en Nueva Delhi. Yo estoy seguro de ir, pues allá no hay hispanoparlantes y me van a necesitar, pero el caso de Glop es difícil, por razones reglamentarias sobre todo. Me parecería horrible ir solo, pues en ese caso me volvería con los aviones de la Unesco en vez de cumplir, estando los dos en la India, nuestro glorioso plan de regresar despacito vía Egipto, Israel y Grecia. En fin, todavía falta un año y medio, pero las líneas ya están tendidas aquí adentro y nadie habla de otra cosa.
¿Cómo andás, ermitaño de la calle Ocampo? (Con ermitas así la profesión se simplifica.) No estaría mal que al escribirme me dieras noticias frescas sobre cómo te sentís y qué clasificaciones te pone el médico. Nosotros estamos muy bien; el departamento quedó macanudo, bien lustrado y cepillado por Glop. ¿Sabés que Damián llega en junio? Nos vamos a desencontrar con él, pero se quedará hasta fin de año, de modo que nos veremos a la vuelta de Suiza. Le mando esta carta a mamá para que te la pase, y perdóname que la corte aquí pero se supone que estoy en esta oficina para trabajar. Cariños a todos los pingüinos ocampenses, y a Sakai.18 Un abrazo especial a María. Glop les va a escribir. Abrazo de
Julio
Postdata
A mediodía nos escapamos de la Unesco y fuimos a la Orangerie, para ver los cuadros franceses que los yankis han traído para un gran festival que se está haciendo en París. Bueno, todavía estoy bajo la sacudida. Sesenta telas, de David al Douanier Rousseau, y todas de primera línea. Qué maravilla, qué estupor, y a la vez qué natural encontrarse delante de esos cuadros que uno ha visto tantas veces mal o bien reproducidos! Pero fíjate las cosas que hay: la Gare St. Lazare de Monet (qué azules!), el Déjeuner des canotiers de Renoir, dos retratos de Yvette Guilbert y de Jane Avril de Toulouse, Les vieilles filles d’Arles de Gauguin (tan japonés y tan francés), L’Arlesienne y La nuit étoilée de Van Gogh, dos Montaigne Sainte-Victoire de Cézanne, una de ellas completamente cubista, y por fin la locura imponderable de La bohémienne endormie del Douanier, ante la cual se queda uno como fulminado. (Curioso: es el único cuadro de toda la exposición que entra en un surrealismo, en una meta-pintura. Digamos que, en ese sentido, es el menos “pintura” de todos –oficio aparte, claro está–. Pero en cambio es el que electriza más al público, que se amontona frente a él. Como siempre, o casi siempre, las obras impuras, pero cargadas de esa tremenda fuerza que tiene la impureza, fascinan más que las “regulares”. La gente mira con gravedad y maravilla los Cézanne, pero ante el Aduanero se desata. Eso ha sido el surrealismo: una empresa de desanudamiento. Ahora, bien libres, podemos volvernos a juegos más puros: lo abstracto, lo concreto, la pintura-pintura.)
(Está Le wagon de 3è classe de Daumier. ¡Qué loco! Y La odalisca de Ingres: un Lucas Cranach a la vaselina líquida, pero con misterio, sabes, con un raro misterio que él quizá no sospechaba.)
Chau y abrazos.
A DAMIÁN BAYÓN
París, 1 de mayo de 1955
Mi querido Damián:
Angelina nos trajo tu carta hace tres días. ¡Hurra, vienes a Europa! ¡Evohé, evohé! ¡Huzzah! (Agrega in mente todas las iteraciones entusiastas que conozcas.) Pero tu plan de actividades me temo que va a desencontrarse un poco con el nuestro (digo un poco, pues veremos de ajustarlo por ambos lados). Pasa que el 14 yo me voy a Ginebra, a hacer unas traducciones para las Naciones Unidas, y Aurora, que está trabajando conmigo en la Unesco, me seguirá hacia fin de mes. Es decir que cuando llegues el 11 de junio, sólo encontrarás a Angelina y a Erno para esperarte. Lo sentimos mucho, pues hubiera sido muy lindo tomarte al pie de la letra e ir a la estación como nos dices. Bueno, no sé cuánto tiempo nos vamos a quedar en Ginebra, pues allá uno empieza a trabajar pero no sabe cuándo termina. Quizá la cosa dure hasta fines de julio. De todos modos, si tú vas a estar motorizado en Europa, se nos ocurre que alguno de tus itinerarios podrá pasar por Ginebra, y en el peor de los casos nos veríamos al final, en esos dos últimos meses que pasarás en París. Desde ya nos entusiasma la idea de encontrarnos otra vez. Me parece además estupendo que tus cosas se vayan resolviendo lo bastante bien como para permitirte volver aquí tan pronto. Lo del libro a escribir en Italia es una excelente idea. E Italia no está tan mal para escribir un libro de crítica de arte...
Paso ahora, con la cara llena de vergüenza, al capítulo de los mea culpa. Querido Damián, pago muy mal lo mucho que te preocupas por mí y lo mucho que haces para que la gente me lea. Los inmensos líos previos a nuestra partida de B.A. (pasaportes, amigos, familias) me alejaron del texto de tu carta, y de las instrucciones que había en ella. De modo que no le mandé el libro a Harriet de Onís, no le mandé el libro a Mrs. Porter (¡horror, ella me mandó dos New Writing!), y no le mandé nada a Rodríguez Feo. Me pasó lo de siempre, que me cuesta horriblemente hacer un paquete con mi libro y mandarlo. Nací para tener una secretaria, pero para eso hay que ser Bernard Shaw o por lo menos Oliverio Girondo. Por ejemplo, cuando Daniel me editó Los reyes en 1949, me hizo mandar a casa doscientos ejemplares, entre ellos cien de lujo, para que yo enviara a escritores y amigos. Pues todos siguen en casa como el primer día, y ésa es una de las varias razones por las cuales nadie se enteró de la existencia de mi loable poema dialogado. ¿Ves que no es solamente mala educación para contigo? Pero ahora estoy muy arrepentido y avergonzado, y lo peor de todo es que no tengo ejemplares del libro en París, pues naturalmente no se me ocurrió traer más que uno para mí. De modo que junto las manos como los donantes en los cuadros flamencos, y me encomiendo a tu bondad.
Después de leer New Writing, que me parece excelente, me gustaría muchísimo mandarle el libro a Mrs. Porter. ¿Lo hago, o será demasiado tarde? Creo que lo voy a hacer, de todos modos. Ella me perdonará, y además tú dices que no lee español, de manera que no pasará nada grave. Con respecto a los axolotl, yo no soy capaz de traducirlos ni siquiera al basic english, de modo que no sé qué hacer.
Me alegro mucho de que estés preparando otro libro de poemas, y espero que Simulacro ya estará en la calle. Ojalá podamos vernos muy pronto en Europa, para hablar tan largo de mil cosas. Antes de venirnos estuvimos bastante con Elva, y la encontramos muy bien –con relación a como estaba a comienzos de verano–. Hablamos mucho de ti, y tu nombre también sonaba a cada rato en casa de Eduardo y María (de quienes no tengo noticias hace quince días). Hace un mes que estamos en París, que está precioso con los castaños florecidos y un airecito caliente. Vamos todo lo posible al teatro y al cine, para ponernos al día después de tantos meses de Río de la Plata. También tú tendrás unas ganas tremendas de sentir el olor de estas calles, y saborear los vinos de los mostradores. Escríbeme antes de embarcarte, si puedes, y si no avísanos dónde estarás apenas llegues. Tendré muchas cosas para darte a leer, entre otras un Manual de instrucciones, y algo que se llama Material plástico,19 amén de varios cuentos. Hablando de cuentos, creo que me los editarán en México. Ya mandé los originales. El libro se llamará Final del juego.
Un gran abrazo de Aurora, y otro muy fuerte de
Julio
Afectos a Ayala, a quien acabo de escribirle sobre temas traducteriles.
Escribe a 91, rue Broca (13è). Es un departamento que conseguimos (y que está a tu disposición si lo quieres en junio, pero no es el ideal).
A EDUARDO JONQUIÈRES
París, 4 de mayo de 1955
Querido Eduardo:
Recibí ayer tu carta, que se cruzó con la mía. Veo que mi anterior no se había perdido, pero ahora casi preferiría que no te hubiera llegado, a juzgar por el efecto que te produjo y que tu breve y melancólica carta deja más que entrever. Acudo a mis grandes reservas del sentido del humor para no contestarte a mi vez con cierto fastidio. Confieso haberlo sentido cuando la leí, pero ahora tiendo más bien a reírme y a desear que estuvieras aquí para tomarte minuciosamente el pelo. Llamándote pato Donald, por ejemplo. Quiero creer que a tu vez se te habrá pasado la bronca, y que te reirás conmigo, casi telepáticamente. De todos modos no estarán de más algunas precisiones, oh velocísimo en la cólera, para que me entiendas un poco mejor y mojes la pluma de tu próxima carta en tintas más azucaradas. Vamos por partes, como dice el barbudo20 (contra quien te la tomas de paso, pero cuya defensa estoy lejos de emprender). En primer lugar, no me parece justo, no me parece elegante, no me parece amistoso que, guiándote por una fulgurante serie de asociaciones FALSAS, decretes que mi opinión (o, mejor, mi falta de opinión) sobre la muestra de tus cuadros, se debe a “algún juicio castriano” (sic). Cumplo en llevar a tu conocimiento que no he visto al señor de Castro desde el 16 de octubre del año pasado, fecha en que me embarqué rumbo a Buenos Aires. No lo he visto por la simple razón de que no tengo interés en verlo después del tragicómico episodio con el pobre Astor Piazzola. He renunciado a esperar que Sergio se porte como un amigo, y prefiero seguir viendo su pintura, que me gusta mucho, y hablar con él al azar de los encuentros. Esta vez no ha habido encuentro, de modo que a menos que intervengan potencias sobrenaturales, su influencia sobre mi manera de ver tu pintura no existe. Me parece muy bien que al ver su firma (también Aurora y yo la vimos) hayas llegado a la brillante inducción-deducción de que habíamos ido juntos al club, o que habíamos hablado de la cosa. Creo, realmente, que Philo Vance debería barrer el suelo con su sombrero y proclamarte su sucesor indiscutible. Lástima que los hechos no correspondan a tan brillantes razonamientos. Casi siento no haberlo encontrado a Sergio junto a tus cuadros, y haberme sometido servilmente a su influencia. Comprendo ahora (porque tú me iluminas al respecto) que no sé nada de pintura, que no entiendo ni jota. Por eso, después de encontrar en la calle Ocampo que tus cuadros me gustaban enormemente, y habértelo dicho en diversas ocasiones, ahora resulta que en París dejan de gustarme. ¿No es eso lo que se deduce de tu juicio? Pero decime una cosa, especie de pájaro, ¿qué esperabas de mi carta? ¿Que te volviera a decir todo lo que te he dicho en tantas conversaciones en tu bohardilla? Yo he dado y doy por supuesto que ya sabes a qué atenerte sobre lo que me parecen tus cosas. Uno por uno he visto tus cuadros en B.A., y en cada caso te he declarado honestamente lo que me parecían. Mi carta de París, pues, no tenía por qué ser una carta sobre tu pintura, sino solamente sobre la exposición desde el punto de vista técnico. Y es lo que hice, creo: te hablé de lo mal que se veía todo, lamenté que se hubiera hecho en el club y no en una galería, y san seacabó. En cuanto al asunto del embajador, me pareció un deber elemental hacerte saber la cosa, estuvieras o no enterado por el club o por otros amigos.
Comprendo que debe ser exasperante estar lejos de algo que cuenta tanto como tu pintura para ti, y que habrás sufrido mucho por todas estas cosas. No les dés más importancia de la que tienen (embajador, firmas ausentes o presentes, etc.). Yo creo que un grupo de gente interesante habrá visto tus cuadros, y que ellos se abrirán el camino que deben abrirse en las memorias de esas gentes. Quizá no lo dije en mi desventurada carta, pero lo hago ahora (porque me da la gana, ojo, y no para quedar bien): creo que el conjunto de tu obra expuesta es una lección de unidad y cohesión dentro de un avance. Creo que allí se te ve caminar, ir de progreso en progreso. Si tus cuadros hubieran estado chez Pierre o chez Maeght, ya tendrías abundantes ecos en la prensa: su valor es demasiado evidente para pasarlo por alto. En las condiciones en que se expusieron, confórmate con que ese valor sólo quede en el recuerdo de unos pocos.
Tras de esto, gran pingüino, no sé qué más decirte, como no sea que espero pronto una carta en la que no se hable más de esta pavada. En cuanto a Sergio, me hará mucha gracia preguntarle su opinión cuando me lo encuentre por ahí. A lo mejor nos llevamos una sorpresa.
Siento que María esté engripada, pero espero que el inglés los ayude a pasar agradablemente el otoño. Traducir buenos cuentos es una noble tarea. ¿Te dije que me traducen Bestiario al francés? Va a ser muy curioso leerlos en otro idioma. ¿Sabías que Dylan Thomas escribía cuentos muy buenos?
Glop les manda muchos abrazos, y yo soy siempre
Julio
Si ves a Babino, dile que esta semana va carta para él.
O.K. lo de los pinceles.
A EDUARDO JONQUIÈRES Y MARÍA ROCCHI
Ginebra, 6 de junio de 1955
Mi querido Eduardo:
No te he escrito antes porque de día en día esperaba que Aurora me hiciera llegar alguna carta tuya. Pero acaba de escribirme diciéndome que aún no ha recibido nada, por lo cual supongo o que alguna carta tuya se ha perdido, o que no me has escrito todavía. Lamento las dos posibilidades, pero les salgo al encuentro y te mando noticias suizas. En realidad esta quincena se me ha pasado a la vez lenta y rápidamente; la lentitud es la personal, pues estar solo aquí es una especie de infierno doméstico y tonto, y la rapidez depende de lo mucho que trabajo en las Naciones Unidas. El régimen es poco más o menos el de la Unesco, pero no hay la camaradería de París y el trabajo es mucho más pedestre y aburrido. Su única ventaja es que no se acaba nunca, por lo cual la jornada se pasa bastante pronto. Pero cuando pienso todo lo que podría haber leído o caminado en esas ocho horas... Paciencia: me pagan principescamente, y a fin de mes me volveré a París. En realidad no me puedo quejar, pues Glop se vino de París el otro fin de semana, y me acompañó tres días. Paseamos muchísimo, vimos todo lo que se puede ver en la ciudad de Calvino, que no es mucho, comimos la fondue, miramos los cisnes del lago y la isla de Jean-Jacques, y luego Glop trepó, intrépida aeronauta, en el avión nocturno que la devolvió a París. Este fin de semana seré yo el que cabalgue las nubes para ir a verla. (Es un poco como en Homero, ¿no? Uno llega de lo alto y aterriza en casa de su mujer (esto ya es menos homérico, pues las mujeres no eran de uno hasta después del aterrizaje, como en el caso de Dánae y otras ninfas favorecidas por el Cronida)). Y, entre tanto, paso la semana dividido entre las horas de trabajo en el Palais des Nations, y una pieza en casa de un matrimonio suizo. En realidad no tengo todo el tiempo que quisiera para escribirte lo que se llama una carta suiza a fondo. Pero el tema da para mucho, precisamente por lo fino y pobre (ah, las sutilezas de la literatura moderna: ahora sólo de la nada sacamos alguna cosa). Pero de todos modos te contaré algunos anales suizos, como por ejemplo el hecho incontestable que, aparte de los millones de relojes que pululan en las vitrinas de Ginebra, en la pieza en que vivo SE OYEN TRES TIC TACS DIFERENTES. Uno es el de mi pequeño despertador (que se llama Elmer, nombre que le pusimos Glop y yo, enternecidos por su bondad y buen rendimiento). Los otros dos tic-tacs se filtran a través de las paredes, y no me dejan dormir. Te juro que si no hubiera pagado un mes por adelantado, ya me habría ido. Es sencillamente monstruoso, y sin embargo es algo bien comprensible en Suiza.
Ginebra es linda, limpia, clara... imagínate el resto. Uno lo piensa dos veces antes de tirar un fósforo o un pucho en la calle; te sientes censurado por todos los que te rodean. Cuando en medio de una vereda se ve un pequeño promontorio de color variable, pero bordeando siempre la tierra siena, puedes tener la seguridad de que el perro que hizo eso pertenece a un turista americano, pero que no es un perro suizo. La comida es tan perfecta que no tiene gusto a nada; los suizos se han dado cuenta y, llenos de inquietud, le echan tales dosis de pimienta que luego uno las pasa mal. El sabor general de las cosas es algo así como el del papel higiénico mojado y envuelto en talco. Espero que esto te dé una idea. El pan es abyecto, y el vino no les hubiera dado la menor chance a las chicas de Noé, pobres.
Las cosas son todas en pequeña escala, siempre minuciosas y acabadas. El jardín botánico, por ejemplo. Está aquí al lado del palacio de las Naciones Unidas, y después de almorzar en la cantina del personal me voy a dar una vuelta y a herborizar como corresponde en tierras de Rousseau. Hay encantadoras rocailles, flora de montaña, plantas exóticas, y la mar de abejas y de flores. Sexta sinfonía en pleno. Pero ahora interviene la eficacia suiza, y apenas llegas a la puerta de entrada te encuentras un cartel que te invita a visitar “la planta de la semana”. Si estás dispuesto, no tienes más que seguir unas bonitas flechas rojas clavadas en tierra, que te llevan sin error posible hasta el lugar donde la planta de turno florece con gran entusiasmo y se siente la vedette del momento. Otro cartel te explica entonces la historia de la planta, y tú te sientes muy culto y lleno de ternura secreta hacia los suizos. La semana pasada Glop y yo bebimos de esa sabiduría, y aprendimos diversas cosas sobre la potentilla carminata. Supongo que esta semana aprenderé muchas cosas nuevas.
No he visto todavía ningún perro de San Bernardo con su barrilito bajo el cuello. Supongo que los helicópteros los están desplazando rápidamente para los salvatajes en la montaña. Ayer un helicóptero se posó en la cima del Monte Blanco. Oh tristeza, oh fuga de los dioses! ¿Te das cuenta? Y por cierto que aquí, subiendo al estupendo restaurante que hay en la terraza del palacio, se tiene una vista prodigiosa de los Alpes.
El domingo, sintiéndome muy solo, me fui a vagar por los alrededores de Ginebra, con Les Mandarins debajo del brazo pero muy pocas ganas de leerlo. Crucé la frontera y me metí en un pueblecito francés del Alto Jura, que se llama Collonges. Es muy divertido, apenas cruzas la frontera te encuentras varios árboles que, en vez de hojas, tienen menús de restaurantes. Palabra, están cubiertos de menús, en un desesperado esfuerzo de los restaurateurs franceses por conseguir lo antes posible un cliente. Luego, a medida que uno recorre el pueblo, va viendo todos los hoteles y fondas a los cuales corresponde esa extraña foliación gastronómica. En los prados encontré cerezos llenos de fruta, y como conviene siempre en esos casos, me atraqué debidamente. Salvé la vida a una abeja que se estaba ahogando en un charco, la muy tonta. En tierra parecía mucho más furiosa que en el agua, no sé por qué; quizá le impedí suicidarse.
Culturalmente hablando (ah, les mandarins) no ocurre nada. Espero ansiosamente llegar el sábado a París para ir a ver Guernica y otros cincuenta Picassos que se exponen a partir de ayer. Veré también de ir con Glop a la ópera china, que según las crónicas es admirable. Pero dos días son tan poco tiempo, y tengo además tantas ganas de estar en nuestras piezas de la rue Broca, comer camembert, andar por la rue Mouffetard, y si es posible verlo a Damián, que acaba de llegar pero que según noticias de Glop está invisible. Y a Daniel, otro invisible sistemático. Y además confío en encontrar una carta tuya, que se cruzará naturalmente con ésta.
Acabo de terminar un cuento largo, que se llama “Los buenos servicios”, y que se basa en una historia que le ocurrió a una sirvienta de Marta Mosquera, y que ésta me contó en París. Ya te lo mandaré, cuando saquemos copias. Por el momento no tengo otra máquina que la de la oficina, y se supone que en ella debo hacer otra clase de literatura. ¿Y vos, pintás y escribís mucho? Quiero tener noticias tuyas muy pronto, gran atorrante. No hay derecho de quedarse silencioso durante tanto tiempo. Pero te concedo el beneficio de la duda, y sigo pensando que a lo mejor se perdió alguna carta.
Si ves a Baudi, dile que ya le voy a escribir desde París. Cuéntale entre tanto mis noticias suizas. Me olvidaba decirte que también visité Ferney, y que mi peregrinación volteriana fue muy divertida. Yo le tengo cariño a Voltaire, y me agradó pasear por los alrededores de su casa, ver los horribles bustos que pueblan las plazas del pueblo (horribles por el modelo y los escultores) y pensar en su hermoso destino de rebelde. Con Aurora subimos al monte Salève, al cual se llega por medio de un vertiginoso teleférico. Desde lo alto se ve muy bien Ginebra y el lago. Anduvimos por los perfectos bosques suizos, donde cada pino parece decir cuando uno pasa: “Soy un pino, mis ramas contienen numerosas espinas verdes, mi sombra es excelente, y cubro el suelo con una espesa capa de hojas secas para que ustedes puedan pasearse a gusto”. Tras lo cual se pone a oler fragantemente, y está muy orgulloso. Nos tiramos en el pasto, y miramos desde lo alto los valles alpinos que son todo lo lindos que se puede ser en citocromía. Y nos sentimos silvestres, más buenos y casi angélicos.
Mi querida María, ¿qué es de ti y por qué no me mandas dos rayitas aunque sea? Si no tenés ganas de escribir, mandános un dibujito para que lo pongamos en la pared y lo miremos. Antes de venirme a Ginebra, estuve toda una tarde con Aurora en la rue du Faubourg Saint Honoré, acordándonos de vos en cada vitrina. Te lo explicaré: los comerciantes habían decidido ilustrar los más famosos cuentos de hadas, y cada uno había preparado una vitrina especial. Esa tarde supimos Aurora y yo lo que es capaz de hacer París en el dominio de las cosas pequeñas –o consideradas pequeñas–. Cada vitrina era una maravilla increíble, y yo me imaginaba los ojos que habrían puesto Maricló y Marisandra si hubieran podido ver a los autómatas que desfilaban representando las escenas del gato con botas, pulgarcito, barba azul, y todos los personajes imaginables. Estuvimos más de dos horas yendo de una vitrina a otra, y cada vez más entusiasmados. Y pensábamos en vos, que sos capaz de hacer cosas igualmente lindas, y en lo mucho que te habría gustado ver lo que veíamos. (Si uno pudiera guardar las imágenes en bolsitas de celofán, y despacharlas por correo...)
Bueno, a los dos les deseo que estén muy bien, y no estará de más que escriban uno de estos días. Yo les volveré a escribir cuando vuelva a París, a fin de mes, y me instale definitivamente allá. (¿Definitivamente? Sí, hasta el próximo viaje de los dos vagabundos...)
Un gran abrazo y todo el afecto de
Julio
A EDUARDO HUGO CASTAGNINO
París, 15 de julio de 1955
Mi querido Doc:
Muchas gracias por tu carta. Nos hacía falta recibir noticias, y vos lo comprendiste y te tomaste el trabajo de escribirnos en detalle. Lo que nos cuentas nos permitió cotejar las noticias con las abundantes pero contradictorias que la prensa europea nos descerrajó a lo largo del mes. Creo que nunca un episodio latinoamericano interesó tanto a los europeos.21 Los diarios publican fotos y noticias en primera página, y esto durante un par de semanas, hasta que la noticia dejó de ser tal, y el Tour de Francia, las piernas de Zsa Zsa Gabor y el proceso de Ruth Ellis mandaron al diablo nuestros problemas rioplatenses. Por lo demás no me siento capacitado para hacer comentario alguno. Cables leídos hace dos o tres días me dan la impresión de que allá la tensión ha disminuido (quizá para bien, según parecería desprenderse de algunas noticias). Ni qué decirte que tanto Aurora como yo nos imaginamos las que pasaron Alda y vos pensando en los chicos. Decile a Bimbo que me alegro mucho de que el bar Lascano le sirviera de refugio antiaéreo, y que espero haya podido echarle mano a un par de sándwiches de pollo, que son bastante memorables en dicho establecimiento. (Todo esto va en tono de broma, porque el otro tono, el verdadero, ¿qué ganaría con emplearlo? Lo único que te pido es que cuando vuelvas a tener ganas de escribirnos, lo hagas, porque tus cartas nos dan una sensación mucho más cercana y auténtica que otras que recibimos.)
En esos días, yo estaba en Ginebra, donde no caen otras bombas que las políticas, pues es un hervidero internacional muy interesante. Me aburrí en Suiza como jamás creí que pudiera uno aburrirse. Supongo que los que tienen sentido político han de pasarlo mejor que yo, pues te aseguro que aquello me pareció plúmbeo. La primera semana fue agradable, pues naturalmente el paisaje es perfecto, el lago está lleno de cisnes y recuerdos de Juan Jacobo, la fondue es un plato nacional muy sabroso (queso fundido con vino y kirsch, que hierve en una ollita de barro, y tú metes cachos de pan y te lo vas comiendo, y a las dos horas te sentís como si Pascualito Pérez te hubiera usado como punchinball). Todo es limpio, claro, impecable. Todo es de un aburrimiento mortal. El programa de excursiones cercanas se agota en seguida; en cuanto a las lejanas, las Naciones Unidas se ocupaban de retenerme en la ciudad. De todos modos lo pasé bien; Aurora vino a pasar un week-end conmigo, saboreando su primer viaje por avión que la tenía entusiasmada. Yo le devolví la gentileza quince días después, y no quieras saber lo que es Ginebra iluminada y el lago Léman vistos desde dos mil metros de altura, y la llegada a París, y la prodigiosa cena que te dan en el noble Vickers Viscount que te lleva de Ginebra a París en una hora exacta, es decir sin que te dés cuenta de que estás volando pues todo se pasa en comer y oír los discursos del camarero… Cuando ya estaba terminando mi trabajo, me tomé un fin de semana para ir a Basilea, y me alegro de haberlo hecho porque es una ciudad encantadora, que respira ya la atmósfera de Alemania (la cual empieza a quinientos metros) y por la cual pasa un Rin espumante y verdísimo. Conocí el fabuloso museo de Basilea, donde hay una colección de Holbein para no creerlo, además de treinta o cuarenta salas de modernos (Klee, los abstractos, y no hablemos de Van Gogh, Gauguin, Braque, etc.). Conocí las cervecerías donde se habla solamente alemán y se comen salchichas memorables, y lo pasé muy bien. De vuelta visité Lausanne, otra ciudad agradable, y regresé a Ginebra por el lago, que no en vano le gustaba tanto a Byron. Y el 30 de junio me tomé el tren para París, con una alegría que es mi mejor opinión sobre Suiza.
Aquí me he pasado 15 días de legítimo descanso, mientras mi mujer trabaja como una santa en la Unesco y mantiene el hogar. Pero ya se me acaba la farra pues a partir del lunes me meten adentro a mí también, hasta fines de agosto. Aurora podrá descansar la segunda mitad de agosto. Ya ves que el matrimonio despliega actividades alternadas pero respetables. Y eso nos permitirá tomarnos todo el mes de septiembre para pasarlo en Inglaterra. El plan, grosso modo, consiste en pasar quince días en Londres, y los otros quince dando vueltas (Escocia merece una buena visita, y yo quiero ver la región de los lagos y recitar con pésimo acento los poemas de Burns y de Wordsworth). En octubre estaremos otra vez en París, pues supongo que ya habrá otra vez trabajo.
París está hermoso, contra la opinión de sus habitantes que odian el verano (sobre todo porque no están habituados al calor, no tienen ropa liviana, y andan con canadienses y pullovers bajo un sol de veinticinco grados, que aquí es canicular). Todo el mundo se va de vacaciones a las playas, y la ciudad se pone preciosa, aunque demasiado recubierta de yanquis y alemanes, que son una especie de enfermedad de la tierra. Te imaginarás que como buenos demócratas hemos festejado debidamente el 14 de julio, y en realidad el ligero tono de incoherencia y las frecuentes erratas de esta misiva se deben a que todavía sobrenado en una atmósfera de whisky, vino blanco, coñac, y musiquitas de acordeón. Anteanoche y anoche estuvimos recorriendo los bailes callejeros, que son la característica más encantadora de la fiesta. Los franceses se divierten a fondo, pero con una “clase” que ya nos quisiéramos nosotros... Cada dos cuadras hay un café que pone una hilera de luces en la vereda y a través de la calle, instalan a un acordeonista (o a una señora de más de setenta años que toca el saxo y el violín, como vimos anoche y te juro que era de no creerlo), y se ponen a bailar como locos toda la noche. Anduvimos por el quartier latin, Saint Germain des Prés, y luego naturalmente por la Bastilla, que es el sitio de reunión de los verdaderos parisienses. Fue muy divertido, nos vimos metidos en farándulas, en ceremonias, en juegos, en canciones, y lo pasamos muy bien. Terminamos en un parque de diversiones justicieramente instalado en el lugar donde se levantaba la Bastilla, y creo recordar vagamente que anduvimos en los autitos y en la rueda loca. Hacía calor, y la gente estaba contenta. ¿Qué más se puede pedir?
Aparte de eso escribo cuentos, y espero la aparición de un libro, que me están editando en México, donde de golpe han aparecido unos admiradores que se han hecho cargo de la edición, con particular regocijo de mi parte. Ya tendrás un ejemplar, si no me despierto antes y descubro que era un sueño.
Vivimos en un departamento de dos piezas en el 13è arrondissement, al que estamos atados por un destino misterioso, ya que nos casamos en su alcaldía, y yo me pasé los dos meses de yeso y pata rota en uno de sus hoteles. Este departamento carece naturalmente de las comodidades más elementales, pero lo hemos llenado de cosas divertidas, tenemos una radio y un pickup (y un long play de Gardel), y lo pasamos muy bien. Cuando te decidas a traerla a Alda para que vea cómo es París, ya saben que tienen aquí una habitación.
Bueno, viejo, gracias de nuevo por tu carta, y un abrazo a todos los tuyos. Escribí un día que tengas ganas, aunque sea unas líneas. Espero que Manzanares esté lindo a pesar del frío, que debe ser padre. Saludos a los muchachos de por allá, y en especial a Mas y a Blanco Veleiro. Decile a Mas que no me olvido de su pedido de libros didácticos, y que si pesco algo interesante te lo mandaré para que se los pases.
Aurora te manda (les manda) un abrazo, y yo otro muy fuerte,
Julio
A EDUARDO JONQUIÈRES Y MARÍA ROCCHI
París, 15 de julio de 1955
Mi querido Eduardo:
Tal como lo preveías, nuestras cartas se cruzaron. Recibí tu última en ese oasis de desinfección y primor que los mapas llaman Ginebra (más bien debería ser Dry Gin), y me alegré mucho de saberte bien –cosa que deduje del tono de tu carta y las noticias sobre el trabajo–. En cuanto a María, en ese momento estaba engripada, lo cual para suerte mía la indujo a escribirnos una larga y más que interesante carta. Pero luego los trajines de la vuelta a París, y estos quince días de vacaciones que me hacían una falta tremenda, me alejaron de la correspondencia. A los dos les pido perdón. Y no vayan a creer que los sucesos de Buenos Aires me dejaron indiferente por lo que a ustedes se refiere; pedí a los de casa que hicieran inmediatamente una especie de ronda telefónica entre todos mis amigos, y así supe en seguida que ustedes estaban bien. Hablando de los sucesos de Buenos Aires, te imaginarás que aquí estuvimos mejor informados que ustedes (dentro de la sencillez del conjunto) pues nunca un episodio latinoamericano apasionó tanto a los suizos y a los franceses. Durante diez días las primeras páginas de los diarios nos dieron fotografías y comentarios en cantidad. No creas que a pesar de ello hemos podido hacernos una idea demasiado clara del asunto. Castagnino me mandó una larga carta con una crónica todo lo minuciosa posible, y juntando eso con los cables de los corresponsales, pude imaginarme aproximadamente the heart of the matter.22 En estos últimos días he leído en Le Monde que se ha levantado el estado de sitio y que los partidos opositores podrán reunirse. No sé si esta señal de détente hay que interpretarla favorablemente, y quizá tú puedas decirme algo en tu próxima. Créeme que en esos primeros días, cuando las noticias llegaban abultadas y dando la impresión de que la Argentina estaba metida en una guerra civil para rato, yo las pasé bastante mal en Ginebra. Todas las larvas salieron a relucir: los complejos de culpa, la deserción, el escapismo. Y al mismo tiempo me daba asco ese narcisismo masoquista, y me sumergía en los documentos de la ONU para olvidarme. Moi, esclave de ma patrie...; creo que también se puede decir, porque es también un bautismo, y más fuerte y hondo que el otro porque no sólo actúa como valor moral sino que te moldea, te nutre, te da cierta manera de hablar y de pensar y reaccionar. Creo que nunca me he sentido más argentino que desde que vivo en Francia. Cínicamente agrego que, para celebrar el hecho, seguiré viviendo en Francia sine die.
Bueno, mi etapa ginebrina terminó el 30, luego que Glop y yo cortamos el nudo gordiano, manera clásica de insinuar que mandamos al real carajo a las Naciones Unidas que aspiraban a reunirnos a orillas del lago Léman hasta fines de septiembre. Glop aceptó quedarse en la Unesco, y yo acepté volver cual hijo pródigo al seno de esta noble institución, quien mató el cordero en forma de un excelente contrato de revisor y no de traductor, lo cual significa bastante más plata. De modo que el 30 me despedí de los diversos catalanes que ornan la sección española de la ONU, pronuncié mi adiós más delicado a los cisnes de la isla de Juan Jacobo, y me dormí como un santo varón en un Wagon Lits, despertándome a tiempo para ver a París con su precioso color amarillo de las siete de la mañana, a Glop que me esperaba en el andén como un honguito entusiasmado, y para comer de inmediato media baguette, que es el pan más rico del mundo, sobre todo cuando se viene de Suiza, donde parece que lo hicieran con restos de demoliciones.
He pasado estos quince días cuidando la casa mientras mi esposa abnegada para la olla en la Unesco. Lavo los platos, hago huevos fritos (con suerte variada), lavo la ropa y la cuelgo, y en los intervalos pongo a punto dos cuentos largos, leo montones de libros, y paseo por París que está delicioso bajo un verano con tormentas, granizo, y un sol de veintiocho grados. Te imaginarás que hemos celebrado la toma de la Bastilla como correspondía. Todavía estoy bajo los efectos de los muchos alcoholes absorbidos a la vera de los bailecitos populares. El mejor fue uno que vimos anoche en una calle que se llama nada menos que Filles du Calvaire. No te imaginas la forma en que bailaban estas filles. Unos boogies-woogies con despatarros y espantadas en todas direcciones, unos negros que revoleaban por el aire cuanto les caía a mano, fueran mujeres, sillas o mesas, y a todo esto un estrado con una señora que debía andar por los setenta años, lo cual no le impedía tocar alternativamente el saxo alto y el violín, cantar, invitar a los amateurs a que usaran el micrófono, y animar el baile con una majestad realmente extraordinaria. A Aurora me la arrebataron, la metieron en una farándula, y me la devolvieron jadeante y muy bonita, y por completo identificada con el espíritu de 1793. Tras ello nos fuimos a la Bastilla (¡claro!) y nos dedicamos a jugar en un gran parque de diversiones, con lo cual la noche terminó muy bien, aunque hoy siento que la rueda loca, los autitos y los stands de tiro al blanco me pasan por momentos por la cabeza. Pero toda revolución exige sus sacrificios.
Tengo ganas de hablarte de pinturas que he visto, aunque a veces me pregunto si mis cartas no te han de parecer un poco catálogos de museo. De todas maneras aguantá, porque antes de venirme de la Svizzera estuve todo un fin de semana en Bâle, y conocí su estupendo museo en el que te deseo hayas estado. Los Holbein son de dar frío, y además descubrí (a buena hora, bruto de mí) ese grabador que se llama Urs Graf y que es una especie de Goya alemán (por los temas, por la crueldad terrible de esas escenas de campos de batalla, de lansquenetes ahorcados, de mendigos y de inválidos). La sección de arte contemporáneo me pareció de primera. Nueve Klee, entre otros Reicher Hafen, algo así como “El puerto rico”, y un montón de abstractos, cosas de Max Bill que me entusiasmaron, de Vantongerloo, de otros tipos con apellidos igualmente complicados, y además unas esculturas de Marino Marini que son de abrigo. Para colmo de suerte, de vuelta de Bâle me bajé en Lausanne donde había una gran exposición de contemporáneos. El tema era El movimiento en la pintura contemporánea. Si te interesa el catálogo, me avisas y te lo mando. Empezaba con los italianos Carrà, Balla, il nostro Pettoruti (que les pone la tapa a la mayoría de los italianos), y luego seguía con los Delaunay (comme cela date!),23 Marcel Duchamp, Léger, Picabia, Picasso y Villon, para entrar por la vía real con cronopios tales como Klee (cinco cuadros estupendos), Miró (cuyo Soleil rouge me quemó toda la cara, palabra), Hartung, que cada día me gusta más, Piaubert, Pignon, Vieira da Silva y Singier, que era uno de los pintores mejor representados (¿te gusta? Yo lo encuentro magnífico), y unos cuantos alemanes muy interesantes. Había dos grandes móviles de Calder, que tenían asombrados a los lausanenses, y una escultura muy hermosa en aluminio de Hajdu. Aquí en París, como quien no quiere la cosa, la Biblioteca Nacional tiene expuesta la totalidad de la obra grabada de Picasso. En el Museo de Arte Moderno hay una exposición muy simpática sobre los Nabis. ¿A vos te gusta Vuillard? Yo lo encuentro muy a mi gusto. Pero fuera de él y de Bonnard, el resto está mandado a guardar irremisiblemente, con Maurice Denis a la cabeza, loado sea el Cordero (como dice Joyce Cary, cuyo Peregrino I hope you’ve been reading).24
Aurora y yo los extrañamos. Los extrañamos de veras. De noche, a esa hora entre las once y las doce, cuando uno se dispone a irse a dormir pero todavía es lindo quedarse un rato más al lado de la radio o de los libros, hablamos a cada rato de ustedes. Nos acordamos de cosas, de episodios, de charlas, de discusiones. Sigo teniendo la sensación de no haberte visto lo bastante (el condenado viaje a Córdoba fue una joda memorable), y de que además siempre estábamos apurados, o con otras gentes, o en los proemios al verdadero diálogo. Aurora siente lo mismo con respecto a vos y a María. No les escribe porque es particularmente haragana en materia epistolar, y confía en que yo salve el honor conyugal con mis misivas. Pero ya les va a escribir, cuando termine con la Unesco y esté más tranquila en casa.
Querida María: Leí tu cuento, que me gustó una barbaridad. Así, redondo. Me parece que manejaste esa olla sucia con una destreza asombrosa, y que las fallas técnicas que me parece advertir (de forma, sobre todo) no tienen ninguna importancia frente a la fuerza de tu relato, la atmósfera que crece y se enrosca en uno a medida que se lo lee. Como diría Daniel, ahora sos realmente de la competencia. Una real colega, qué demonios. ¿Escribís otros? No esperés a estar en cama con gripe: escribí y escribí. Y no vayas a perder lo que me parece tu más alta calidad: esa manera machita de agarrar el toro por los cuernos. ¡Qué falta le hace eso a la literatura argentina en prosa!
Glop acaba de entrar con aire de funcionaria importante (traduce documentos sobre la inmigración en Liberia, pobre ángel...), y les manda un gran abrazo. Yo les deseo que estén bien, y los abrazo a los cinco muy fuerte,
Julio
A EDUARDO JONQUIÈRES
París, 27 de agosto de 1955
Mi querido Eduardo:
Ayer cumplí cuarenta y un años. Je viens d’avoir trente ans, decía Jean el de la estrella en un hermoso poema que has de recordar, y lo decía con tanta tristeza como yo. Cuarenta y uno es una cifra horrible para quien cree que el mundo es hermoso pero ajeno, ajeno a mis sentidos que sólo conocen una ínfima parte, a mi inteligencia que es incapaz de aprehenderlo en sus estructuras más elementales. Ahora empieza de veras el declive, la década que nos lleva a los cincuenta. ¡Y yo que me siento siempre con veinte años, tan tonto, tan crédulo, tan entusiasta, tan esperanzado como entonces! Pero los signos físicos me llaman a la realidad. Me enfermo más seguido, me canso mucho más pronto. Hasta hace cinco años podía pasar una noche en blanco y seguir perfectamente al otro día; ahora, si me acuesto después de medianoche, lo pago al día siguiente. No puedo beber tanto vino, no puedo comer tantas cosas, no puedo leer tantas horas. Cosas profundamente materiales empiezan a ahilarse, a adelgazarse sutilmente, como si el mundo iniciara sigiloso su retirada, dejándome cada vez más sus imágenes a cambio de sus materias... Supongo que esta melancolía (acompañada a la vez de una extraordinaria exaltación, de un deseo como nunca de hacer cosas, de conocer, de querer) se debe a una vistosa transformación de mi fórmula sanguínea, derivada de un virus filtrable más que jodido y que me tuvo parte de este mes entre que me levantaba y me caía. Nunca tengas mononucleosis infecciosa, porque es muy molesta. (Cómo te has de sonreír irónicamente, pobre viejo, también ducho en achaques...) Ya estoy mejor, y te contesto tu carta de hace ya un rato, que leí tomándome un vinito cerca de la Place de Ternes, llena de castaños que ya empezaban a tomar ese amarillo propicio al otoño... Ma foi, tu carta me dejó triste varios días, y casi estoy contento de no habértela contestado en seguida. Ahora la veo –te veo– con más perspectiva. Ahora puedo ser algo más des-piadado, aunque no sea piedad ni mucho menos lo que esperas tú de mí. (Hoy me salen “ tú” por todas partes: deben ser los gallegos de la Unesco que se me meten en la sangre. No estoy dispuesto a renunciar al “vos” por nada del mundo. En todo caso un punto intermedio como los uruguayos, que dicen “tú decís”...) De todo lo que me cuentas, de todo lo que me confías, lo peor es tu sentimiento de soledad, de estar aislado entre todos los que te rodean. Algo sé de ese sentimiento, porque fue casi un camarada de juventud y tú lo sabes bien. Las causas y los matices eran muy otros, pero no los efectos. Por eso me apena –¿y cómo decirte con las justas palabras todo esto, si lo único posible sería mirarte en los ojos y palmearte un hombro y que tú supieras que tu amigo está cerca?–, me apena verte metido en un laberinto tan sutil, tan hecho de nadas que son todos, con paredes que se franquean con el cuerpo pero no por eso te dejan en libertad. Me apena –y me encoleriza, no te lo oculto, y me dan ganas de gritarte que así no puedes seguir–, me apena ver agravarse lo que fácilmente sospeché todo el verano pasado en Buenos Aires. En ese entonces creí que tu estado físico agregaba desasosiego a tu inquietud moral, pero ahora creo entender que ésta puede más que cualquier otro factor momentáneo. No me desdigo de lo que afirmé aquella noche en que hablamos de tu diario. Creo que tu defecto –por darle un nombre francamente, aunque quizá sería mejor decir tu manera de ser lisa y llanamente– es una suma de incapacidades e inadaptaciones que me gustaría conocer bien para enumerártelas y ayudarte –si esto fuera posible. Tú me escribes en un tono que me autoriza, creo, a emplear el tono de aquella noche y completar, quizá, lo que te dije algo coartado por la presencia muy cercana de María y el hecho de hablar contigo en un terreno tan personal que no tocábamos des-de hacía quince años por lo menos. Déjame emplear otra vez el término “egotista”. No es peyorativo, sabes. Demasiada riqueza tienes en ti como para no ser un poco boomerang y retornar a ti mismo toda vez que sales hacia el mundo. Tu egotismo me parece una barricada, un muro de defensa. No me parece tu verdadero ser, lo profundo; insisto en verlo como un método de vida, un medio que amenaza tomar el lugar de un fin. Si me preguntas por qué pienso esto, te lo contestaré francamente: creo que tu infancia y tu primera adolescencia son culpables, y que no existe ninguna razón valedera para seguir manteniendo una fachada (porque en el fondo es sólo una fachada) cuando andas cerca de los cuarenta y no tienes ya los problemas del niño. Perdóname por este psicoanálisis barato (y absolutamente desprovisto de rigor) que por lo demás tú habrás practicado más de una vez sobre ti mismo. Si me preguntaras en qué me fundo para decirte todo esto, te mencionaría el cuadro que ofrece todo hombre que pasa su infancia sin su padre, rodeado de una madre bondadosa pero severa, y de tres hermanas mucho mayores, que triplican la imagen materna y acaban dándole una dimensión aplastante. (Cuando yo te visité alguna vez en tu casa de Bánfield, a veces no sabía quién era tu madre, si la verdadera o Quica... Y tú vivías así noche y día.) El mecanismo de defensa viril, de rebeldía necesaria, se ve claramente en tu conducta de esos años. Eras ya “difícil”, y mil veces, en charlas con Paco –el único amigo en quien yo confiaba plenamente aparte de ti–, nos reíamos recordando tus reacciones petulantes, tus accesos de entusiasmo seguidos de depresiones brutales que te aplastaban y te atormentaban. Después dejé de verte largo tiempo, pero fue entonces que hiciste lo que correspondía exactamente a tu mecanismo de rebelión: te fuiste a Europa en un viaje bastante insensato, y al hacer eso hiciste lo que Freud llama “matar a la madre” (matabas a varios más, de paso). No sé muy bien cómo viviste a tu vuelta, aunque supongo que corriste una pequeña bohemia honorable, viviste solo –un día me mostraste tu taller–, pero todo eso encubría, me temo, el comienzo de la derrota, la vuelta al pago, el ingreso en el orden. Quizá fue en ese tiempo que tuviste miedo (inconscientemente, sin confesártelo) de elegir un camino absoluto, ser pintor como eligió serlo un Van Gogh, o ser poeta como eligió serlo un Vallejo. Todo está, me parece, en que tienes la vocación de lo que no haces, o de lo que haces insatisfactoriamente (no aludo a los resultados, sino a tu satisfacción al hacerlo). La única manera de realizarte hubiera sido, en ese momento, cuando no estabas casado y no tenías hijos, la de hacer verdaderamente el viaje. Entiendo por viaje cualquier ruta interior o exterior que te hubiera llevado hasta el extremo de ti mismo. Porque –y es el mejor elogio que se hará jamás de ti– no eres hombre de términos medios, de acomodos. Tienes una especie de sed de absoluto que se refleja en toda tu conducta. Tu vida, en cambio, se ha armado sobre una base de compromisos, y hasta irrisoriamente has caído en un tipo de trabajo fundamentalmente impuro y lleno de concesiones, arreglos y compromisos (como el que tuve yo un tiempo en la Cámara, y del que me liberé porque hubiera acabado tirándome a la calle). Tienes que moverte en el mundo ambiguo de los W. R., tienes que salir en auto con geólogos y volar a Córdoba con médicos; tienes que hacer cosas que te repelen, y eso se paga caro. Tú lo pagas especialmente caro porque de chico no quisiste entregarte y te rebelaste contra tu medio familiar, y sigues detrás de tu barricada, como se nota en muchos detalles de tu conducta; y a la vez tienes el enemigo metido en tu ciudadela, todos los días de doce a seis, y tienes otros enemigos más dulces y más sutiles en las horas restantes. De estos últimos “enemigos” no quiero hablar porque los quiero mucho y porque no tienen la menor culpa de lo que a ti te ocurre; por lo demás eres el primero en reconocerlo. No son enemigos, sino que tú te alzas contra el orden que ellos representan, y así los conviertes en lo que son, en enemigos. ¿Y por qué te alzas contra el orden burgués que aceptaste hace diez años? La rebelión a los quince años estaba bien; esta rebelión a los cuarenta da que pensar; tiene mucho de absurdo, tiene mucho de calco irrisorio de la primera, de la auténtica. Entre las dos hay una derrota, la de tu ingreso en un orden que no querías. Es ahí donde tienes que buscar una posible solución, ahí y en tu propio carácter, alterado por fosos, barricadas y puentes levadizos que no son tu verdadero yo. Te hablaré con toda franqueza: este verano me pareció que habías perdido un don que antes tenías –aunque nunca en grandes proporciones–: el de la alteridad, el de saber volcarte y escuchar, el de ser un poco tu interlocutor, tu amigo, el que estuviera contigo en es
