Operación Sinatra

Diego Mancusi

Fragmento

Corporativa

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Penguin Random House

A Naty, Fran y Laucha.
Lo mejor está por venir.

DM

A Lucía y Julieta, y para Ana Katz.
Las llevo bajo mi piel.

SG

“Frank Sinatra, con un vasito de bourbon en la mano izquierda, se abrió paso entre la multitud. A diferencia de algunos de sus acompañantes, todavía estaba impecablemente planchado, con el moño del esmoquin en perfecto equilibrio, los zapatos sin mancha. Nunca se le ve perder la compostura, nunca baja la guardia del todo, no importa cuánto haya bebido ni cuánto lleve sin dormir. Nunca hace eses como Dean Martin, ni jamás baila en los pasillos de los teatros ni salta sobre las mesas como Sammy Davis”.

GAY TALESE, Sinatra está resfriado

Prólogo

“Lo mejor está por venir”, cantaba Frank Sinatra, y —como casi siempre— tenía razón. Sin esa idea que se volvió orden, a este libro le habría bastado con contar una historia interesante, pero superficial, una que se relata con mayor o menor detalle desde hace casi cuatro décadas, aunque también —descubrimos— escondía otras historias bastante más intensas. Unas historias que solo se revelaron cuando, haciendo carne aquella letra de La Voz, entendimos que lo bueno era insuficiente porque lo mejor esperaba.

Nuestro primer acercamiento tuvo que ver con el hecho artístico evidente, el hito frívolo del show business. La crónica era la del único paso por Buenos Aires del cantante más influyente del siglo XX, aquel que impuso la figura del ídolo juvenil envidiado por los chicos, endiosado por las chicas e incomprendido por los padres y que luego —reinvención mediante— se convirtió en el mayor tótem del espectáculo estadounidense. Eran cuatro noches a todo lujo en un hotel de cinco estrellas y dos en un estadio cerrado con precios más accesibles, con figuras de la farándula local entre la audiencia, una banda estelar, un escenario en el centro de la arena cual ring de boxeo, un setlist impecable. Como desprendimiento de esto: un festival organizado por la revista más cáustica del momento a modo de protesta por la visita imperialista y ostentosa en tiempos de crisis, con destacados números de la música popular de aquel entonces y el debut en Capital Federal de un grupo de artistas que poco después se integrarían al Olimpo del rock nacional.

Justo por debajo de ese cuento había otro: el de una estrella vernácula —muy querida e igual de discutida— que invirtió (¿y perdió?) una fortuna para traer al ídolo al país y su socio, un empresario con bajo perfil y altas conexiones que se encargó de gestionar su llegada desde las sombras para cumplir un sueño de la infancia. Los vaivenes financieros, tirones con la autoridad, decisiones drásticas, peleas, rumores, vueltos que quedaron en el camino y crisis de nervios: la cocina también merecía un relato.

Pero lo mejor, sabíamos, estaba por venir. La investigación nos reveló una capa todavía más profunda, una que involucraba nada menos que al gobierno de los Estados Unidos y sus organismos de inteligencia, en complot con la Junta Militar que regía de facto la Argentina por aquel entonces. Allá, un presidente conservador recién asumido, amigo íntimo (y de alguna manera, también jefe) del cantante de marras. Acá, un juego de traiciones para congraciarse a toda costa con aquel mandamás del norte y prolongar el terror de aquella era siniestra.

Lo que se planteó como el relevamiento de diez días inolvidables en agosto de 1981 derivó en algo muchísimo más complejo y universal. Del escenario al mundillo financiero, y de allí a los infinitos recovecos (oficiales y de los otros) de la política intern

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