El precio de la desigualdad

Joseph E. Stiglitz

Fragmento

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Para Siobhan, Michael, Edward y Julia,

con la esperanza de que hereden

un mundo y un país menos divididos

prologo.html

adorno-taurus

NUEVO PRÓLOGO ACTUALIZADO DEL AUTOR(1)

Que El precio de la desigualdad había conectado con el sentir de la gente estaba claro por la acogida que tuvo el libro. No solo en Estados Unidos, sino también en todo el mundo, existe una preocupación cada vez mayor por el aumento de la desigualdad y la falta de oportunidades, y por la forma en que esas dos tendencias, que van de la mano, están cambiando nuestras economías, nuestras políticas democráticas y nuestras sociedades. Durante mis viajes por Estados Unidos y Europa, al hablar de la desigualdad, de sus causas y consecuencias, y de lo que podía hacerse al respecto, muchas personas me contaban sus historias personales sobre la forma en que todo lo que está pasando les estaba afectando a ellos, a sus familias y a sus amigos. Sin embargo, tras esas historias había un montón de nuevos datos que también tienen mucho que ver con los argumentos de este libro. En este nuevo prólogo, quisiera compartir con los lectores algunos de los momentos más reveladores de todas esas charlas sobre la desigualdad, así como aportar algunos datos nuevos que reafirman mis conclusiones originales, y examinar otros cambios que se han producido en el panorama político y económico. En Estados Unidos, el acontecimiento más importante ha sido la enconada contienda electoral de 2012 y la posterior reelección de Barack Obama; en Europa ha sido la prolongación de la crisis del euro y sus profundos efectos en la desigualdad.

Muy al principio de mi gira de promoción del libro, en Washington, me di cuenta de la magnitud de la crisis de los créditos para estudiantes. Uno tras otro, los estudiantes me describían el dilema que tenían ante sí: no había trabajo, así que la mejor forma de invertir su tiempo —y de mejorar sus perspectivas— era hacer cursos de posgrado. Pero, a diferencia de los hijos de padres acomodados, esos estudiantes tenían que pagarse los cursos de posgrado de su propio bolsillo, a través de un crédito. Ya les estaba dando miedo su actual estado de endeudamiento, porque los estudiantes eran conscientes de la práctica imposibilidad de cancelar esas deudas incluso en el peor de los escenarios posibles(2). No querían pedir más préstamos, y su sensación de desilusión, de falta de esperanza, daba que pensar y resultaba muy triste. Su amargura aumentaba cuando esos estudiantes veían a su alrededor a compañeros con padres adinerados que podían aceptar prácticas no remuneradas para engordar sus currículos. Los hijos de los estadounidenses corrientes no pueden permitirse ese lujo. No tienen más remedio que aceptar cualquier trabajo temporal que les surja, por muy pocas salidas que ofrezca. Los datos que han ido apareciendo posteriormente no han hecho más que confirmar esas impresiones. Aunque las matrículas y las tasas de las universidades públicas han aumentado, como media, un 16 por ciento entre 2005 y 2010(3) —lo que es comprensible, teniendo en cuenta los recortes en los presupuestos públicos—,(4) la mediana de ingresos ha seguido disminuyendo(5). (En algunos Estados, como California, las cosas están todavía peor: el coste de la matrícula en las universidades públicas, descontando la inflación, ha aumentado en un 104 por ciento en los grados bianuales, y en aproximadamente un 72 por ciento en los cursos cuatrienales, entre el curso académico 2007-2008 y el curso 2012-2013)(6). Salir adelante parecía una tarea casi imposible.

Tal vez las estadísticas que más repercusión habían tenido, a medida que fui reuniéndome con grupos de un extremo a otro de Estados Unidos —y las que más habían sorprendido a los asistentes a mis charlas en el extranjero—, eran las relativas a la falta de igualdad de oportunidades en el país. Todo el mundo, tanto en Estados Unidos como en el extranjero, había dado por

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