Vencedora 2 - Desafiante

Lesley Livingston

Fragmento

desafiante-4

I

Cleopatra, reina de Egipto, estaba aburrida.

De modo que ahí estaba yo, colgando de la regala de una galera, maldiciendo a voz en grito, instantes antes de que mi embarcación fuera embestida de nuevo por un barco enemigo y me echara a las olas, brillantes bajo la luz del sol, que teníamos debajo. Así, pensé, no era como se suponía que tenía que ir la campaña. De mis compañeras de tripulación y de mí —todas estudiantes del Ludo Aquilea, la academia dedicada al entrenamiento de gladiadoras más destacada de toda la República de Roma— se esperaba que saliéramos victoriosas de esto, de la primera contienda náutica de nuestras vidas.

En lugar de eso, las chicas de nuestra academia rival, el Ludo Amazona, nos estaban echando a las olas del Lago Sabatino.

—¡Fallon!

Alcé la mirada como pude para ver quién me llamaba.

Era Elka: a menudo la primera en darse cuenta de que me había metido en problemas. Le habría respondido, pero estaba demasiado ocupada intentando no soltar la regala ni la mano de Leander, un esclavo de la cocina del ludo, cuya vida me afanaba por salvar.

Leander no sabía nadar; lo había dejado meridianamente claro, incluso en el fragor de la batalla. De modo que era un poco un misterio cómo había podido acabar dando vueltas por el agua en medio de nuestro simulacro de mar de batalla, un espectáculo escenificado a petición de la reina de Egipto.

El espectáculo en sí era menos misterioso.

Cayo Julio César, cónsul de Roma, general legendario, propietario del Ludo Aquilea y amante de Cleopatra, se había ido de Roma durante buena parte del año por otra campaña militar. Cleopatra, instalada con toda comodidad en la finca de César situada en la orilla occidental del río Tíber —pero expresamente rechazada en el interior de las murallas de Roma—, no sabía qué hacer con tanta agitación.

De modo que había recogido a su séquito y se había dirigido al norte, hacia la Via Clodia, a una villa privada situada al abrigo de las orillas del Lago Sabatino, donde su agitación podía al menos disfrutar de un cambio de decorado. Y de la compañía de su querida amiga: mi hermana Sorcha. O, como era conocida en Roma, Lady Aquilea, la que fuera gladiadora campeona y actual lanista del Ludo Aquilea.

Una mañana, no mucho después de que Cleopatra se hubiera convertido en algo parecido a un elemento exótico fijo en la región del lago, Sorcha me había arrastrado con ella a una audiencia a petición de la reina.

—Sin duda, ¡estoy languideciendo de tedio! —había exclamado Cleopatra ese día, mientras comía pavo real asado y ostras crudas servidas en la cubierta de su barcaza de recreo—. Quiero una celebración. Un triunfo de los nuestros para conmemorar la nueva propiedad de tu ludo...

Yo dirigí una mirada furtiva a Sorcha para ver cómo reaccionaba ante la sugerencia de Cleopatra; sin embargo, mi hermana se limitó a asentir y a dar un sorbo del cáliz con calma.

—Inminente nueva propiedad, Su Alteza —repuso—. En cuanto reciba los papeles de César...

—¡Bah! —la silenció Cleopatra con un ademán—. Están al llegar, no me cabe duda. Y entonces tú también serás reina de tu propio dominio, querida. —Hizo una pausa para escoger una tarta de miel de la bandeja; estaban espolvoreadas con motas de oro y brillaban bajo la luz del sol—. Los hombres no deberían ser los únicos en esta miserable República que pueden organizar un espectáculo para elogiar sus logros —continuó Cleopatra—. Y tú, mi querida Sorcha, estás más que realizada. Igual que tu extraordinaria hermana.

Entonces me dedicó una de sus seductoras sonrisas e hizo un ademán para que me llenaran la copa.

—Los optimates luchan contra los populares porque tienen miedo —sentenció—. Les da miedo el cambio, la innovación. Les da miedo César y les doy miedo yo. César es un dios entre los hombres y a mí no me da reparo recordárselo. Temen su poder y lo atraen a guerras lejanas de mi cama y compañía. Me irrita, perdonadme.

—No hay nada que perdonar, majestad —repuse.

—Por supuesto. —Soltó una risita y se lamió la miel y el polvo dorado de los dedos—. Tú, Fallon, entiendes mi agitación. Fue poco amable por parte de mi señor arrastrar a tu joven y atractivo decurión con él hasta Hispania.

Sentí que se me enrojecían las mejillas ante la mención de Cayo Antonio Varro. Pero, en realidad, yo también me había sentido un poco irritada por su prolongada ausencia. Ignoré resueltamente la ceja que mi hermana había enarcado hacia mí.

—Dejémoslo. —La reina nos dedicó su astuta sonrisa—. Mientras nuestros chicos están fuera... demos una fiesta.

La idea que Cleopatra tenía de una «fiesta» había resultado ser organizar su propia versión reducida de uno de los espectáculos más absurdos de los Triunfos Cuádruples de César —un gran espectáculo de celebración repleto de actuaciones y desfiles en donde Roma se había desbocado con festines y juegos, combates y cacerías de fieras durante un mes entero—. César había ingeniado un espectáculo de cierre que había llamado naumaquia: una batalla marina real, representada en una vasija enorme cavada en las orillas del río Tíber, en la cual miles de hombres —cautivos aprisionados en las múltiples batallas de César— navegaban en buques de guerra reales. El enfrentamiento había sido encarnizado. Mortal. Y después de aquello, el río había bajado rojo por la sangre durante un día y una noche.

Por suerte, Cleopatra no estaba tan aburrida.

Se había contentado con unos juegos no letales de capturar la bandera, una competición escenificada por nuestro ludo y las gladiadoras de nuestro rival, el Ludo Amazona —«Invitaré a aquel odioso Tribuno de la Plebe para que nos deje a sus chicas para que luchéis contra ellas», había decidido la reina con una risita traviesa—, y solo dos barcos. Uno de sus vecinos más ricos —propietario de una villa situada en la orilla opuesta del lago respecto al Ludo Aquilea— le había proporcionado una embarcación grande y pesada. Los esclavos de la reina habían vestido las embarcaciones para que parecieran versiones en miniatura de los buques de guerra de Roma y Cartago. Y nosotras tendríamos que representar una reconstrucción en vivo de la histórica batalla de Milas. Estuviera aquello donde estuviera. Fuera aquello lo que fuera.

—¡Fallon! —bramó Elka de nuevo—. ¡Para de hacer el tonto! Se supone que tenemos que ganar esta batalla...

Abrí la boca para gritarle que no estaba precisamente tomándome un descanso, pero Leander volvió a chillar, perdió agarre y se hundió en las aguas zafíreas que teníamos debajo.

Alcé los ojos al cielo y suspiré.

—¡Ahora vuelvo! —grité a Elka.

Luego solté la regala y me hundí también en el vacío hacia el impacto de las heladas olas que tenía debajo. La armadura que llevaba ese día, por suerte, era ligera y flexible —de cuero, no de bronce y hierro—, pero absorbió el agua igualmente y durante unos instantes de pánico pataleé, intentando no hundirme demasiado. Cuando salí a la superficie, jadeando, y me aparté el pelo de los ojos, pude ver a Leander agarrándose al aire, desesperado, a unos pocos metros de mí. Hacía mucho tiempo que no nadaba —no lo hacía desde que me convertí prime

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