JUICIO Y CASTIGO
Junio, 2015
Dudé mucho en elegir el título de este libro. Primero se me ocurrió Ni olvido ni perdón. Era una arenga que en los 70 cantaban los grupos insurreccionales. Hay un documental de Raymundo Gleyzer que narra la masacre de Trelew que se llama así: Ni olvido ni perdón. Hace muy poco, ese concepto fue el final de una revulsiva columna de Carlos Ares en el diario Perfil. Terminaba diciéndole a Cristina Fernández de Kirchner con toda ferocidad: “No voy a olvidar. Ni los muertos ni los delitos, ni los muertos en Cromañón, por la inundación, los trenes, la inseguridad, de hambre, de miseria. No voy a olvidar. Ni a perdonar. La memoria es todo lo que tengo. Todo lo que me hace persona”.
Yo no creo ni apuesto por el rencor, porque nos envenena a todos. Es el odio añejado. Pero sí creo en la memoria, la verdad, la justicia y la condena, como decían nuestras pancartas en las marchas multitudinarias, mientras se replegaba el terrorismo de Estado de Videla y sus cómplices. Y eso no significa igualar aquel proceso dictatorial con estos doce años de autoritarismo, mega corrupción y degradación de los valores fundacionales del progresismo.
En varias columnas opiné que la historia va a colocar el apellido Kirchner como el que profanó las sagradas banderas de los derechos humanos y las convirtió en una camiseta partidaria manchada por el dinero negro de los Schoklender y compañía.
Estas páginas, más que un libro, pretenden ser una rendición de cuentas. En los artículos que podrán leer a continuación están todos mis aciertos y errores, sin tocar una sola coma del texto original. Confío que en esa honestidad brutal está el aprendizaje y también una interpelación al proceso kirchnerista. Para que expliquen lo inexplicable de su fortuna ante los tribunales y para que se pueda desmontar el relato mentiroso que pudieron instalar durante una docena de años.
Por eso me parecía que se podía utilizar, a su vez, como resumen y título: Juicio y castigo a los culpables. Ese era también un alarido de aquellas épocas de combate a los genocidas y de refundación de la democracia. Completo, el coro repetía: Ahora/ Ahora/ resulta indispensable/ Aparición con vida/ juicio y castigo a los culpables. Se trata de un reclamo profundamente democrático y republicano. No es un escupitajo de venganza. Es la exigencia de que se aplique la ley a los que la violaron. Que paguen por lo que hicieron. Pero creo que hoy también tiene un aliento refundacional. Es el ADN del nuevo contrato democrático que tenemos que firmar los argentinos. Nunca Más a los golpes de Estado fue lo que suscribimos hace treinta años con Raúl Alfonsín. Y ese logro es propiedad del colectivo social. Es un activo de todos. Hoy deberíamos decir Nunca Más a los ladrones y a los patoteros de Estado. Nunca más a los que pisotearon la democracia en aquellos tiempos. Nunca más a los que provocaron la fractura social expuesta y los que atacaron la libertad.
Otro título que analicé fue La impostora, como si fuera la versión femenina del libro de Javier Cercas. O Araña mala, como le dijo el Pepe Mujica al verla enojada. Era definitivamente irrespetuoso, aunque en la verba del ex presidente uruguayo sonara campechano. Eran intentos de definir a la Presidenta, sobre todo en su segundo gobierno, en el Cristinato. Jorge Fernández Díaz la había bautizado “La patrona de Balcarce 50” y yo alguna vez le robé la idea para potenciarla: La patrona del mal, dice por ahí alguna columna enojada y con ánimo de ofender, como deben ser todas las columnas según el maestro Arturo Pérez Reverte. Hay miles de ejemplos para argumentar la caracterización de impostora hacia Cristina. La promesa de llevarnos a ser como Alemania para terminar atados a Venezuela e Irán. Esa sensación de sentirse una exitosa abogada y no una sospechada hotelera. Tantas mentiras dichas con toda impunidad y elocuencia.
Cercas, en su libro, hace una radiografía del impostor que podría ser una descripción profunda de Cristina. Allí se pregunta: “¿Hay o no un límite para las mentiras que proclama el poder? ¿Hay una frontera ética, moral, psicológica para la mentira institucional? ¿Es una herramienta legítima o un vicio maldito? Es una picardía o una bajeza y una agresión, una sucia falta de respeto y una ruptura de la primera regla de la convivencia entre los seres humanos: decir la verdad”.
Define al impostor/a como el que adorna, maquilla su pasado o directamente lo inventa. Como la malversación patotera del Indec y la no medición de los pobres bajo el pretexto de no estigmatizarlos. En la privatización de YPF, como diputada provincial en Santa Cruz, fue la autora de un proyecto para apoyar semejante herejía. Lo mismo pasó con la amistad con Domingo Cavallo, que con el tiempo negó tres veces. O el apoyo a Carlos Menen en siete boletas compartidas hasta la satanización de neoliberalismo de los 90 como la madre de todos los problemas.
Cercas da en el blanco de nuestra Cristina cuando dice: “El mentiroso es un narcisista que se oculta de su realidad (...) y tiene una necesidad compulsiva de admiración”. Una vez en una charla con Hugo Moyano me confesó que lo que más lo irritaba era tener que decirle a Cristina todo el tiempo que era la más linda y la más inteligente. Su discurso permanente en cadena nacional no se priva de “la más grande inversión de la historia”, “el mayor desarrollo en doscientos años” y otras grandilocuencias que se transforman en espejitos de colores.
De allí a la imposición de que se la trate con unción propia de la monarquía hay un paso. Por eso la búsqueda del poder y la impunidad ilimitada. Además, Cristina es reacia a ponerse en la piel de los demás. Todo el tiempo, en todos los momentos tristes, ella tomó distancia y miró para otro lado. No solo en Cromañón u Once. De cada tragedia escapó para no contaminarse. Cristina está convencida de que las leyes que rigen para todos no rigen para ella. Habla con desprecio e ironía de los millonarios y evita mirarse al espejo. Muchas veces se trata de pánico disfrazado de seguridad en sí misma y de presunto coraje. Yo no le tengo miedo a nadie. A mí no me van a correr. Esto no es para tibios. La frase del escritor inglés Henry Fielding le viene como anillo al dedo: “Es ridículo aparentar más de lo que uno es. Pero mucho más ridículo es aparentar lo contrario de lo que uno es”.
Estas columnas sobre las que edifiqué toda mi vida profesional pueden tener desmesuras, exageraciones, arbitrariedades y algunas inexactitudes informativas, pero es mi corazón apasionado puesto sobre un teclado y en busca de la mayor verdad y la mayor libertad posible. Para ejercer el oficio que tanto amo y para que los argentinos podamos vivir sin comisarios políticos ni deditos acusadores.
Los que me quieren y los que me odian van a encontrar opiniones descarnadas, definiciones a corazón abierto y con sangre caliente sobre la marca que Néstor y Cristina dejaron en la historia de nuestro país. Es también un recorrido sin maquillajes por mi pensamiento y mi sentimiento.
Están las primeras adhesiones a un kirchnerismo que fue más producto de mi expresión de deseo que la realidad. Siempre bromeamos con mi hijo Diego porque le digo que él fue el responsable de la primera pelea que tuve con Néstor.
Era la época del debate por los hielos continentales. Hice un programa de televisión desde El Calafate y sobrevolé con un camarógrafo, en un avioncito de papel, esas montañas congeladas y grandes como ciudades. Hablé mucho con Cristina tomando el té frente al Perito Moreno y fui a comer un asado a la casa del gobernador, que me esperó con todo su gabinete. Mi hijo era un chico despierto que se divertía (y se divierte) con Marcelo Tinelli. Néstor lo sentó a su lado. Los ministros casi no hablaban, igual que ahora. De pronto, en medio del silencio que provocó la llegada de la bandeja de mollejas, Diego le preguntó a Kirchner: “¿Sabés a quien te parecés vos?”. Carlos Zannini se puso colorado y miró asombrado a Julio de Vido. Néstor quiso salir bien parado de la situación y, canchero, dijo: “Si, todos me confunden con Tristán. El otro día en Buenos Aires firmé un autógrafo en la calle como si fuera él”. Todos nos reímos pero Diego, que no sabía quién era Tristán, le dijo: “No. Vos te pareces al doctor Socolinsky”, al que mi hijo conocía por una imitación que se hacía en Videomatch. Todavía nos reímos a carcajadas con esa anécdota premonitoria.
Después cometí la torpeza profesional de ser el único periodista que firmó una solicitada de apoyo a Kirchner. Estaba también Miguel Bonasso, pero lo hacía más como integrante del grupo Calafate. Con el tiempo me di cuenta de que fue un error grave. Yo temía por la violencia que podía estallar en la Argentina si ganaba Carlos Menem y tuve el gesto de soberbia y omnipotencia al pensar que mi adhesión pública podía sumar algún votito al candidato patagónico que prometía “un país en serio” en su consigna y que parecía ser cierto desde el momento en que convocó a Roberto Lavagna para que continuara con la extraordinaria tarea que había realizado apagando el incendio social que después Néstor dijo que apagó. Estoy arrepentido de haber puesto mi firma en apoyo a Néstor. Sobre todo porque él interpretó ese acto como una decisión militante de subordinación a su conducción. Yo jamás pensé en someterme a verticalismo alguno. Renuncié y pegué el portazo en varios medios de comunicación porque el gobierno intentó darme órdenes o censurarme. En cierta ocasión, un periodista casi desconocido que hoy trabaja en C5N y que se hizo millonario con los K, me contó que Néstor le había dicho que al periodista que más quería era a Mario Wainfeld, de Página/12, por su calidad y su calidez analítica. Pero le confesó que al que más odiaba era a mí. “¿Cómo es eso?”, preguntó el cosechador de pautas publicitarias. “¿No odiás más a Mariano Grondona o a Claudio Escribano?” Néstor le contestó que no, porque ellos siempre habían estado en la vereda de enfrente y que a mí, en cambio, me consideraba un traidor. “Leuco era del palo”, le dijo, y yo comprendí la gravedad de mi metida de pata con aquella solicitada.
Nunca comulgué con las ideas económicas del neoliberalismo ortodoxo. Desprecio a los fondos buitres y creo que el FMI es una máquina ridícula que no deja de cometer errores. Creo en un modelo económico productivo con fuerte presencia del Estado que fomente la inclusión social, la igualdad de oportunidades mediante la educación y que custodie como oro las libertades públicas. Pero no tengo camiseta partidaria. Hace más de treinta años que dialogo con la mayoría de los dirigentes políticos argentinos. Algunos me parecen más valiosos y honrados que otros. Pero nadie me enamora. No tengo camiseta puesta. Pero logré confundir a Néstor, quien me consideraba “del palo”. Discutimos muchas veces a los gritos en su despacho. Me dejaba mensajes cargados de insultos en el contestador de mi teléfono. No soportaba ni el mínimo matiz de disidencia. Cristina es igual.
Exigía un verticalismo absurdo y total. Muchos colegas se encuadraron en poco tiempo. Algunos por convicción ideológica y otros por dinero. Luego fue difícil encontrar la diferencia. Pero todos perdieron su condición de periodistas para siempre. Obtuvieron el rótulo de “militantes”, pero lo cierto es que el kirchnerismo los vació de contenido. Ningún periodista kirchnerista se permitió hacer ni la más mínima crítica contra sus jefes. Eso los neutralizó. Perdieron credibilidad y se transformaron en cómplices del gobierno más corrupto de la historia democrática. Hablo de los Víctor Hugo Morales o de los Horacio Verbitsky, a quienes tuve el placer de fustigar duramente pese a que eran dos vacas sagradas para muchos colegas que no se atrevieron ni a mencionarlos bajo la excusa de “no hacer periodismo de periodistas”. Yo los considero responsables de haber malversado nuestro laburo. Y a Víctor Hugo de haber sido cruel con cronistas que ganan dos pesos con cincuenta por el solo hecho de trabajar para Clarín o TN. Magnetto tiene con que defenderse. Los movileros y redactores, no.
También me siento orgulloso de mi temprana ruptura con los K, que está reflejada el 14 de octubre del 2006 cuando desde la tapa del diario La Nación me expedí titulando: “Libertad de prensa de baja intensidad”. Hace nueve años aseguré que los periodistas estábamos atravesando el momento de menor libertad de prensa desde el retorno de la democracia. Me causan gracia los esbirros de Cristina que me acusan de hablar en nombre de Clarín. Cuando escribí ese texto, Néstor Kirchner y Héctor Magnetto vivían un fogoso romance concretado en varias cenas en Olivos. Por eso jamás me tragué el verso de la “democratización” que pretendía la Ley de Medios. Era y es una mentira flagrante que a los Kirchner les haya interesado alguna vez multiplicar y horizontalizar las voces noticiosas. Nada buscaron más que someter las miradas críticas por más chiquitas que fueran. En 2006 me aplicaron todos los castigos del manual kirchnerista y yo no era “un monopolio destituyente”, era apenas un humilde periodista sin relación de dependencia que trabajaba en una radio y que como todo patrimonio tenía la casa familiar y un auto de medio pelo. De verdad siento que el periodismo es la búsqueda de la verdad, la piedra en el zapato, la posibilidad de tocarle el culo a los poderosos. Todo lo demás es propaganda, gacetilla oficial o presunta militancia. Eso jamás me interesó. Es demasiado aburrido y rutinario. No tiene adrenalina. No es periodismo.
Con este libro, mis admiradores y detractores que son muchísimos, gracias a Dios, tienen la posibilidad de abrazarme e insultarme por lo que realmente pienso y digo y no por lo que el paraperiodismo oficial y pautatraficante dice que digo. Aquí está todo expuesto en forma brutal y sin medias tintas. Sablazos escritos a personajes nefastos como Luis D’Elía, Héctor Timerman, Lázaro Báez, Amado Boudou o Ricardo Jaime. Son parte del elenco estable del ladrikirchnerismo. Me duele pero no callo mis críticas hacia Hebe de Bonafini y la manera en que permitió que se ensuciaran los pañuelos. Tuve que pagar costos por todo eso. Campañas interminables de los bufones de Diego Gvirtz que un día llenaron la pantalla con algo que me hizo hervir la sangre de bronca: “Lanata, Magnetto y el pibe de Leuco”, decían, y yo me revolvía indignado porque eran capaces de la bajeza de atacar a mi hijo para castigarme a mí. Pero se me pasó rápido. Llamé urgente a Diego, que me tranquilizó: “Pá, es un orgullo para mí que me pongan a la misma altura de Lanata y Magnetto. Si yo apenas soy un perejil”. Era la omnipotencia de su juventud. Faltaba mucho para que Jorge Lanata, de quien digo es el mejor de todos nosotros, lo llamara a trabajar a su lado y potenciara su gran crecimiento profesional, que me produce una felicidad incomparable.
Los oyentes y los televidentes me reclamaron con sus mensajes que hiciera esto. Es insólito: las redes sociales son extraordinaria pero parece que, todavía, algo tiene que estar en el papel de un libro para eternizarse. El libro tiene un prestigio social incombustible. Nunca voy a conformar a todos. Tengo más de cinco mil columnas escritas. Creo que no existe otro enfermo obsesivo que pueda igualar este récord. Aquí van a encontrar una cuidada y arbitraria selección en la que me ayudó notablemente Leonardo Míndez. Creo que mi humilde aporte a estos tiempos de cólera en los medios es llevar la costumbre del periodismo gráfico a la radio. Muchos compañeros se anotan tres o cuatro conceptos e improvisan sus intervenciones editoriales. Y eso no está mal. Pero yo las escribo como si trabajara en un diario o como las viejas épocas del libreto en las broadcasting. Eso me permite colocarle datos más precisos y darle a las palabras “alas, colores, sabores y emociones” como quería Jose Martí.
Es un sacrificio muy grande. Un esfuerzo descomunal, porque sufro la angustia de la página en blanco todos los días. Pero es lo que me permite pensar la realidad y opinar con más argumentos. Y es lo que produjo que me singularizara en los medios. Hubo largos años en los que escribía siete columnas de opinión por semana. Cinco para la radio (Del Plata, La Red, Continental o Mitre), una para la tele (América, Metro, Canal 26, TN) y otra a modo de panorama político, básicamente en el diario Perfil, en La Nación o en la revista Noticias.
Siempre admiré por eso a Pepe Eliaschev. Él improvisaba sus columnas, pero eran tan brillantes que parecían redactadas. Mi humilde homenaje a él, que también se encuentra en estas páginas.
Lo que seguramente permanecerá en el tiempo me llegó mágica o religiosamente el día que cumplí 60 años. Le escribí una carta abierta al papa Francisco donde con todo respeto lo criticaba por recibir una vez más a Cristina Férnandez de Kirchner. El milagro fue que el “padre Jorge” me llamó por teléfono dos veces y me envió un correo electrónico valorando mi crítica, en un ejemplo de generosidad y apuesta a la libertad de expresión. Van a encontrar las tres columnas sobre el Papa. La que originó todo y dio vueltas al mundo, literalmente (me entrevistaron hasta de la CNN y fue rebotada por varios diarios europeos), la respuesta del Santo Padre y un análisis político tratando de descifrar por qué ocurrió eso y cuál fue el objetivo del papa Francisco.
Regresando al título... Me quedo con Juicio y castigo. Es la manera más institucional de hacer borrón y cuenta nueva. De democratizar la democracia. Propongo trazar una raya que separe la delincuencia de Estado de las estafas ideológicas. Unas tienen que desfilar por tribunales con posible destino de cárcel y otras por los debates y asambleas ciudadanas que traten de explicar qué hicimos para merecer esto. Y cómo hacemos para no repetirlo.
No hay persona a la que le haya comentado sobre la realización de este libro que no me haya dicho: “Tenés que incluir la carta que te escribió tu hijo para tu cumpleaños: nos hizo llorar a todos”. Me doy y les doy el gusto. Nada me hizo más feliz en mi vida que esas palabras que conmovieron a miles y miles de oyentes. Ahora podrán leerla. Una vez más y hasta que me muera. Les doy mi palabra.
BASTA DE HACER LA PLANCHA
10/5/2003
Si Néstor Kirchner quiere ser Presidente de la Nación, tiene que dejar de hacer la plancha y empezar a mostrar ahora mismo sus uñas de guitarrero y sus manos limpias. No puede dormir hasta el 18 de mayo porque pone en riesgo varias cosas importantes. Primero: la menos probable, que Menem le gane la elección, cosa que creo casi imposible. Segundo: la más probable, que Menem aumente la cantidad de votos de la primera vuelta, que también suba el voto en blanco o el voto negativo y que gane Kirchner pero no por paliza, y que eso deje al riojano vivito y coleando, ratificado en su condición de representante de una gran parte de los argentinos.
Y el otro gran peligro es que Kirchner vaya instalando que su fuerte es hacer la plancha y que así como hace campaña, así va a gobernar. Eso le pasó a De la Rúa. Su pasividad de la campaña empezó como un truco de marketing de sus asesores, que le decían “mientras menos hacés y menos decís, menos te equivocás”. Y terminó haciendo lo mismo en el gobierno: por temor a cometer errores o a pagar costos políticos terminó convirtiéndose en un presidente en retirada hasta que la historia y el helicóptero se lo llevaron puesto.
Ojo con esto. Estoy convencido de que lo mejor que nos puede pasar a los argentinos es que Kirchner gane con un abrumador porcentaje de votos por dos motivos: para sepultar para siempre las aspiraciones políticas de Menem y para que el nuevo Presidente nazca con una fuerte legitimidad. Esta es mi posición como ciudadano y mi opinión como periodista. Ante una opción semejante no quiero esconder mi pensamiento, debo ser honesto intelectualmente y decir con toda claridad que Menem es lo peor que nos pasó a los argentinos y por eso creo que hay que votar a quien lo enfrenta el próximo 18 de mayo. Pero eso no implica ocultar información ni hacer propaganda ni campaña para Kirchner y mucho menos dejar de ser crítico. La mirada crítica es la génesis del periodismo. Y a Kirchner hay muchas cosas que criticarle y que advertirle.
No puede hacer la plancha porque el 25 de mayo está a la vuelta de la esquina. En lugar de gambetear definiciones o de esquivar decisiones, tiene que hacer todo lo contrario. Kirchner todavía tiene que conquistar el corazón y las neuronas de los argentinos. Todavía es un desconocido que no conmueve ni enamora. La gran mayoría no conoce en profundidad su pensamiento. Eso es lo que tiene que combatir Kirchner. Con palabras y acciones. Con tomas de posición.
Estoy reclamando que anticipe de verdad las principales medidas que va a tomar, sobre todo en los temas más delicados como la inseguridad. Con fecha y hora si es posible. Que diga sin eufemismos qué va a hacer con la Corte Suprema, por ejemplo, y con la reforma política que tanto necesitamos.
Reclamo que Kirchner, de una vez por todas, deje de decir que gastó solamente 700 mil pesos en la campaña, porque eso no se lo cree ni su esposa. Que diga quiénes son los que aportaron ese dinero y que muestre todos los comprobantes y certificados. Esto no lo puede demorar ni un segundo más. Y no debe hacerse el distraído con el apoyo de los millonarios jerarcas sindicales.
Sé que ahora los candidatos se convierten en esponjas que absorben todo lo que les pueda sumar algún votito. Pero creo que una postura clara contra los grandes pecadores del sindicalismo le sumaría más votos que su silencio. Ya perdió la posibilidad de debatir y lo tendría que haber hecho. Antes del 27 de abril, dijo que quería debatir con todo el mundo y después, como no le convenía, reculó y empezó a decir que Menem es el pasado y que debe debatir con la justicia. No, señor Kirchner, debe mantener su palabra. Si dijo que quería debatir, debe debatir. Como lo hizo Lula, en Brasil. Son riesgos que debe tomar un candidato, que además son infinitamente menores de los riesgos que deberá tomar un Presidente.
Ojo con ese consejo de los timoratos que solo sueñan con el puestito que van a conseguir en el próximo gobierno. Gobernar es —ahora más que nunca— buscar consensos, denominadores comunes y ayudar a la mayor cantidad de personas posible a salir de la pobreza y la marginalidad. Pero gobernar también es tener el timón firme durante la tormenta y recomponer el sentido de autoridad en la República. Y nadie construye autoridad haciendo la plancha o tomando los menores riesgos posibles.
La Argentina necesita un Presidente con la astucia del zorro y la fuerza del león, como decía Maquiavelo. Con mucho coraje, mucha responsabilidad y mucha honestidad. Porque a los cobardes, irresponsables y ladrones ya les dijimos basta.
NADIE PIDE MILAGROS
17/5/2003
No conozco a nadie que le pida milagros a Kirchner. Ni magia, ni que invente la pólvora. Todo lo contrario: hay una sociedad madura que está pidiendo cosas sensatas y elementales. Que tenga autoridad, pero que no sea autoritario; que sea un honesto administrador de la cosa pública; que tenga sentido común y no se deje comer la cabeza por los organismos internacionales de crédito y le ponga límites a los gerentes del mercado. Un jefe político serio y previsible que ayude al nacimiento lento pero seguro de un país serio y previsible. ¿Es mucho pedir, acaso?
Nadie le pide que sea Lula. Pero que sea por lo menos un Fernando Henrique Cardoso, que valorice la capacidad intelectual y que desprecie a los ladrones.
No se trata de una pasión de multitudes ni de una marea revolucionaria porque ni el momento histórico ni las características personales de Kirchner dan para eso. Pero será un nuevo camino donde todos deberemos ser muy exigentes con los demás, aunque también con nosotros mismos. Donde todos deberemos ser responsables y reclamar responsabilidad, y no chiquilinadas demagógicas.
La comunidad nacional repartió el poder en varias partes y será la sabiduría de Kirchner la encargada de articular esas distintas verdades en una verdad que sea denominador común y columna vertebral de un gobierno que nos saque de la emergencia del caos y nos lleve al crecimiento con equidad y paz social, y a la renovación política. Ni más ni menos.
Si logramos, entre gobernantes y gobernados, cuidar que el país no se astille en mil pedazos, habremos cumplido con un mandato histórico: poner nuevamente a la Argentina de pie. Y para eso falta mucho, aunque el camino elegido por el electorado es el correcto: honestidad, solidaridad, apoyo a las pymes, producción, obras públicas que multipliquen el trabajo y dejen cosas útiles para el país, sensatez generosa sin triunfalismos ni soberbia desde el gobierno y actitud crítica y de control independiente pero constructiva desde la oposición. De estas cosas estamos hablando cuando hablamos de las racionales demandas de la sociedad y de la utopía de tener un país serio y previsible.
Insisto: nadie pide milagros. Pero sí un trabajo cotidiano y un sacrificio que destierre la frivolidad de las formas y los espejitos de colores del éxito fácil. Una ética y una estética de la humildad, como dice Rafael Bielsa.
Ojalá Néstor Kirchner esté a la altura de la historia. Y honre el privilegio histórico que le dieron los argentinos al ofrecerle el timón del barco sin conocerlo del todo. Por intuición. Por descarte. Porque Santa Cruz no está tan mal. Porque era lo menos malo. Porque es bueno que haya continuidad del rumbo elegido, por Roberto Lavagna o por lo que sea. Lo cierto es que ahora Kirchner pasó a ser el Presidente electo de todos los argentinos. De los que confían a muerte en él y de los que confían a medias. Por eso es que los cien primeros días de gobierno son tan importantes.
Asume con el menor porcentaje de votos explícitos y con el mayor porcentaje de votos implícitos de toda la historia. Pero debe ser consciente de que la verdadera legitimidad la va a tener que conseguir gobernando. Habrá una lupa popular gigantesca que lo estará observando y que aplaudirá sus aciertos o criticará sus errores.
Kirchner deberá ser un presidente que hable poco y que haga mucho. Los argentinos queremos ver para creer. Tiene la experiencia de Santa Cruz para repetir y potenciar lo mejor que hizo, y para evitar lo peor. Porque hizo de las dos cosas.
Tiene la oportunidad de empujar la renovación de la Corte Suprema de Justicia de la forma más constitucional y prolija que se pueda. Sin producir hecatombes, pero sin quedarse inmóvil y pasivo. De ninguna manera tiene que repetir el despropósito de Menem, que aumentó su número de integrantes con fines políticos. Kirchner hizo algo parecido en Santa Cruz y por eso las prevenciones. Sería intolerable que él también quiera manejar la Justicia a su antojo.
Tiene que refundar con menos hostilidad y menos caprichos su relación con los periodistas. Debe comprender que el periodista (más allá de que le guste su opinión o no) representa el derecho de la sociedad a estar informada, y debe darle la bienvenida a las críticas justas sin pedir obsecuencias de patas cortas.
Debe convertir en una epopeya laboral las obras públicas que se van a anunciar a los pocos días de asumir. Por la cantidad de trabajo que van a generar y por la necesidad de esas hidrovías, carreteras, puentes, escuelas y hospitales que se deben construir.
Ricardo Lagos le dio un consejo espectacular: “Más vale decir un ‘No’ que decir un ‘Sí’ y no cumplir”. Hay un hartazgo colosal frente a los que ofrecen todo y después no dan nada. Mejor prometer poco y cumplir con la palabra. Así nacerán nuevos líderes y nuevos políticos.
Es fundamental y fundacional recuperar un mínimo de credibilidad. Sin esos cimientos de la confianza mutua es imposible reconstruir algo. Y con esa confianza mutua es posible reconstruirlo todo. A esa Argentina vamos. Con esa Argentina vamos a andar. Con Kirchner a la cabeza o con la cabeza de Kirchner.
PERÓN ES UNA RAZÓN
31/5/2003
Del capitalismo nacional, popular, racional y progresista que propone el presidente Kirchner, lo más original como terminología política es la palabra racional. En otras épocas, cuando la Argentina todavía no se había derrumbado, esa palabra hubiera sonado redundante e innecesaria. Sin embargo, hoy —a la hora de reparar todo lo que Menem. Cavallo y De la Rúa rompieron— fue necesario aclarar que se haría un gobierno racional, como si eso fuera un valor agregado y no algo que debería venir de fábrica.
Kirchner entendió que, en un país engañado y absolutamente desesperanzado, la palabra se devaluó mucho más que el peso y por eso no se puede dar nada por sobreentendido. Todo el mundo quiere ver para creer. Es el requisito mínimo para que un ciudadano medio le preste aunque sea un rato de atención a un político medio. No hay otro camino para reconciliar la relación entre gobernantes y gobernados, que estalló en mil pedazos. El nuevo rumbo que surgió de las urnas impone hablar claro, prometer poco y hacer mucho. Por eso la consigna de un “país serio”, que en otro momento hubiera sido una liviandad perogrullesca, ahora expresó tanto las demandas. Es cierto que nunca nadie propuso un país en joda e irracional. Pero eso ofrecieron una vez que llegaron al poder. Por eso, para empezar a hablar, hay que ir a lo elemental: serio y racional. La implosión de la autoestima argentina fue tan feroz que esa sola actitud convirtió a Kirchner en un tipo que despierta esperanzas. Su ventaja en este aspecto no es su formación progresista de la juventud peronista setentista. Es su manejo del peronismo básico: mejor que decir es hacer, y mejor que prometer es realizar.
La inmensa mayoría de la población reclama eso: peronismo básico, justicia social, soberanía, primero la patria y después el movimiento y otras muestras de sentido común, que es la racionalidad del barrio. Incluso los antiperonistas reclaman eso sin saberlo. Me cansé de escuchar a gente que decía “voy a votar a un peronista por primera vez en mi vida”, con tono de voy a cometer un delito.
Venimos de la locura (casi de la anarquía y la guerra civil) y por lo tanto no debería sorprendernos semejante demanda de sensatez. Mucha gente se replegó hacia la coherencia, hacia la razón. Y Kirchner expresa eso. Esa es la única fuerza que tiene y es la fuerza que tiene que conducir. Por suerte, Kirchner parece sensato, racional у sí tiene sentido común, no debe fingirlo. Esa es la mejor forma de recomponer la autoridad.
Los asustados de la derecha especulativa deberían saber que Kirchner no hizo el Hospital de Niños en el Sheraton Hotel: con una fuerte inversión estatal, hizo un hospital de alta complejidad que es un ejemplo.
Los ilusionados de la izquierda sectaria deberían saber que el aeropuerto de El Calafate, para convertir al Glaciar Perito Moreno en un gigantesco puerto de turistas de todo el mundo, se hizo
