Jane Eyre

Charlotte Brontë

Fragmento

cap

INTRODUCCIÓN

(Se advierte a los lectores que esta introducción explicita detalles del argumento.)

En Gateshead, un día frío, una huérfana de nueve años se esconde detrás de una ventana con un libro; al descubrirla, le pegan, y ella se defiende. Su tía manda encerrarla en la terrorífica «habitación roja». En Lowood, la pequeña rebelde, bajo la tutela de un pastor hipócrita, tiene que lidiar con el régimen del hambre, es tachada de mentirosa y gana una amiga, Helen Burns, que muere en sus brazos de tuberculosis. En Thorfield, ya adulta, es una institutriz «pobre, vagabunda, pálida y demacrada» que reivindica su igualdad con el aristócrata Rochester, se aman el uno al otro, pero la presencia de una esposa lunática en el ático acaba con todo. En Moor House, la rebelde, rebajada a mendiga, encuentra parientes, riquezas y la fuerza necesaria para resistirse a la llamada perentoria de convertirse en la esposa de un misionero en un matrimonio desapasionado. En Ferndean, la rebelde vuelve al lado de Rochester, ciego y mutilado, y «lector, me casé con él».

Así transcurre la aventura en cinco partes de Jane Eyre, que deslumbró al público lector en octubre de 1847. En palabras de Annie Thackeray Ritchie, la hija del célebre novelista William Makepeace Thackeray, «todo Londres lo comentaba, lo leía y hervía en comentarios». Annie Ritchie, entonces una niña, confesó que sus hermanas y ella «se lo llevaban sin permiso y leían fragmentos en cualquier parte, dejándose llevar por un huracán que hasta entonces nadie había imaginado, ni siquiera soñado».[1] George Smith, el joven editor de Charlotte Brontë, recordaba así la primera vez que leyó el manuscrito, un domingo por la mañana: «La historia me cautivó enseguida. Antes de las doce mi caballo ya estaba en la puerta, pero no pude dejar el libro». Anuló todas las citas y siguió leyendo mientras comía un sándwich. Engulló la cena, y «antes de irme a la cama ya había acabado de leer el manuscrito».[2] El crítico Frederick Harrison rememoró en 1895 «la emoción que, en los cuarenta, nos invadió a todos con la aparición de Jane Eyre, el descubrimiento de un nuevo talento y un estilo novedoso».[3]

¿Cuál era el secreto del mágico éxito de Jane Eyre?, y ¿qué suscitó tanta hostilidad en contra de la novela, tachada de manifiesto feminista, peligroso y erótico, de documento inadmisible y furibundo que atizaba el fuego revolucionario del cartismo y las sublevaciones en Europa a finales de los años cuarenta del siglo XIX? Jane Eyre poseía un tono acusadamente personal, no dejaba a nadie indiferente. Tras la temprana muerte de Charlotte Brontë, Thackeray plasmó en la siguiente pregunta hasta qué punto el libro incidía en el lector hasta llegarle al corazón: «¿Qué lector no se ha hecho también su amigo?».[4]

La ternura, la intimidad y el tono franco y sincero sumados a la publicación por primera vez de Jane Eyre como «autobiografía» escrita por un personaje desconocido, Currer Bell, hizo que sus lectores se sintieran muy cercanos a la autora y, a la vez, quisieran conocer los detalles de su vida privada. Por otro lado, los detractores, horrorizados por la ferocidad del tono poco femenino y el mensaje incendiario, aborrecieron su desnudez emocional, su poder de seducción. Jane Eyre habla de pasión erótica, de las aspiraciones de la clase baja y de la ira de las mujeres en una época en que el radicalismo político amenazaba el orden establecido. El público, curioso, ansiaba que se desvelara el misterio sobre el autor. Las hermanas Brontë habían firmado sus novelas con seudónimos de género ambiguo para evadir la doble vara de medir de la crítica literaria, que impedía que la obra de una mujer recibiera una consideración justa.[5] Sin embargo, tanto desconocimiento avivaba aún más el deseo del público de desenmascarar al sujeto que había escrito Jane Eyre. ¿Currer Bell era un hombre o una mujer? ¿O ambas cosas? ¿Currer Bell era también Acton y Ellis Bell (Anne y Emily Brontë, que publicaron respectivamente Agnes Grey y Cumbres borrascosas, en diciembre de ese mismo año, después de Jane Eyre)? El novelista e influyente crítico George Henry Lewes intuyó que aquella obra, que «emerge de las profundidades de un alma doliente, luchadora y persistente», era creación de una mujer. También cayó rendido ante su atractivo personal: «la admiras, la amas, la amas por su determinación, su honestidad, su corazón enamorado, y por resultar una persona peculiar pero fascinante». Su reconocimiento de que Jane Eyre se caracterizaba por «la realidad, la profunda y significativa realidad», conmovió a Charlotte Brontë.[6]

Más tarde, una vez revelada su identidad y después de ser aclamada entre la élite literaria de Londres, Lewes ofendería a la autora, burlándose así: «Existe entre nosotros un vínculo de solidaridad, señorita Brontë, pues ambos hemos escrito libros obscenos».[7] La ilustrada aristócrata Lady Herschel aconsejó no dejar el libro al alcance de las hijas,[8] y la crítica conservadora Elizabeth Rigby, en una reseña que causó un gran revuelo, aventuró la posibilidad de que, si el autor de la novela no era un hombre (como parecían indicar la ignorancia de Jane Eyre sobre la cocina y el vestir), tenía que ser obra de una delincuente sexual.[9] Sobre la cuestión del género del autor, la intelectual y novelista Harriet Martineau afirmó, sin segundas intenciones, que el pasaje de Jane Eyre que habla sobre coser anillas de latón «solo lo podía haber escrito una mujer o un tapicero».[10] Otros consideraban que la potencia del estilo no correspondía a la autoría de una mujer.

La autora no era una principiante. Nacida en 1816 en Thornton y criada en Haworth, Yorkshire, Charlotte Brontë quedó huérfana de madre a edad temprana, y la muerte prematura de sus hermanas Maria y Elizabeth la convirtió en la hermana mayor de una familia unida, formada por cuatro jóvenes escritoras en ciernes, que habían recreado sus mundos de fantasía de Angria y Gondal a través de la literatura épica. Su padre, Patrick Brontë, era el vicario perpetuo de la iglesia de San Miguel y Todos los Ángeles de Haworth, por lo que recibía un sueldo muy bajo, y la familia tuvo que trabajar duro para vivir en una especie de refinamiento raído. Charlotte se avergonzaba de su trabajo como profesora e institutriz, pues tenía un carácter retraído, sufría de un retraso en el crecimiento, tenía la piel demacrada y las facciones asimétricas. En calidad de institutriz, era tratada como si no existiera, como cuenta ella misma: una institutriz «no es considerada como un ser vivo y racional».[11] Con todo, aprovechó la oportunidad de procurarse una educación en el Pensionnat Heger, en Bruselas, en 1842.

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