Índice
1. Darrell vuelve a la escuela… ¡acompañada de Felicity!
2. ¡De vuelta a Torres de Malory!
3. La primera noche
4. ¡Todas juntas de nuevo!
5. Una mañana interesante
6. La llegada de Clarissa
7. La mirada de Darrell
8. Eres la responsable de curso, ¿no?
9. Gwendoline y Clarissa
10. ¡Un día libre!
11. Un plan emocionante
12. Esa noche
13. Una fiesta nocturna
14. Todo sucede muy deprisa
15. Un auténtico susto
16. Gwendoline traza un plan
17. Por fin mitad de trimestre
18. Antes del examen
19. La semana del examen
20. El asunto Connie
21. Darrell lo arregla todo
22. “¡Ping!”
23. La última semana

Darrell vuelve a la escuela… ¡acompañada de Felicity!
Darrell Rivers estaba muy emocionada. Había llegado el día de volver a Torres de Malory, el internado donde estudiaba, y esta vez su hermana Felicity iba a acompañarla.
Ambas esperaban de pie ante los escalones de la entrada vistiendo el uniforme marrón y naranja de la escuela. Felicity también estaba muy nerviosa. Tenía casi trece años, dos menos que Darrell y si no se hubiera puesto enferma el primer día de clase, ya llevaría varios meses en el colegio.
Estaba a punto de empezar el trimestre de verano, ¡y por fin iba a hacer el viaje a Torres de Malory con Darrell! Su hermana le había contado tantas cosas acerca de la escuela: lo bien que se lo pasaba, las aulas con vistas al mar, las cuatro torres en las que dormían las doscientas cincuenta alumnas, la magnífica piscina excavada en la roca junto a la costa… Darrell le había dado un sinfín de detalles.
—¡Es perfecto que este año vayamos en tren! —exclamó Darrell—. Así harás el viaje con las demás niñas y podrás conocerlas. Sally también vendrá con nosotras.
Sally era la mejor amiga de Darrell desde el primer curso que pasaron juntas en Torres de Malory, hacía ya cuatro años.
—Ojalá pueda encontrar a alguien como Sally —dijo Felicity, hecha un manojo de nervios—. Yo soy más tímida que tú, Darrell. ¡Creo que nunca me atreveré a hablar con ninguna de esas niñas! ¡Y si la señorita Potts se enfada conmigo, me moriré de vergüenza!
La señorita Potts era la tutora de primero y también la encargada de la Torre Norte, donde se alojaba Darrell y donde dormiría también su hermana.
—¡No tienes por qué tenerle miedo a Potty! —aseguró Darrell echándose a reír, sin recordar lo asustada que estaba ella en primero—. La buena de Potty… ¡Es de muy buena pasta!
El coche de su padre se detuvo ante la puerta y las dos hermanas bajaron a toda prisa los escalones. El señor Rivers se las quedó mirando desde el asiento con una sonrisa en los labios.
—¡Esta vez os marcháis las dos! —les dijo—. Recuerdo perfectamente el primer día de Darrell en Torres de Malory. De eso hace casi cuatro años. Darrell tenía doce, y ahora ya has cumplido quince, ¿verdad?
—Sí —respondió ella, entrando en el coche con Felicity—. Y me acuerdo que me dijiste: “Torres de Malory es una escuela excelente y te enseñará muchas cosas. ¡Trata de devolverle algo a cambio!”.
—A mí me ha dicho lo mismo —observó Felicity—. ¡Es una suerte tener a una hermana que pueda enseñármelo todo! Aunque la verdad es que me da la sensación de que conozco hasta el último rincón de Torres de Malory.
—Pero bueno, ¿dónde se ha metido vuestra madre? —preguntó su padre, impaciente, haciendo sonar el claxon—. ¡Hay que ver lo difícil que resulta reunir a esta familia! Cuando mamá aparece a tiempo, faltáis una de las dos, y ahora que vosotras ya estáis aquí, la que falta es ella. ¡Como no venga pronto vais a perder el tren!
Solían hacer en coche el viaje hasta Torres de Malory, en Cornualles, pero en esa ocasión el señor Rivers no disponía de tiempo suficiente, así que decidió acompañar a sus hijas hasta Londres, donde tomarían el tren de la escuela. Felicity ya había ido a despedir a su hermana a la estación algunas veces, y siempre le había impresionado la visión de todas esas niñas hablando y riendo en el andén… ¡Y ahora iba a ser una de ellas! Apretó con fuerza la raqueta de tenis contra su pecho y pensó con entusiasmo en el curso que estaba a punto de empezar.
La señora Rivers bajó apresuradamente los escalones de la entrada. Llevaba un sencillo traje gris con una blusa azul que le sentaba de maravilla: estaba muy guapa. Darrell y Felicity la contemplaron con admiración. ¡Los padres eran muy importantes entre las alumnas de un internado! Todas querían estar orgullosas del aspecto que tenían los suyos, y del modo en que hablaban y se comportaban. Sería terrible que una madre se presentara con un sombrero ridículo, o que un padre apareciera desaliñado.
—¡Cariño, estábamos a punto de marcharnos sin ti! —dijo el señor Rivers—. A ver: ¿lo tenemos todo? ¡La última vez te diste cuenta de que te habías dejado la bolsa de mano de Darrell cuando ya habíamos recorrido diez kilómetros!
—No nos hemos olvidado de nada, papá —aseguró Darrell—. Lo he comprobado yo misma: las bolsas de mano, la pasta y el cepillo de dientes, el peine, el pijama, el certificado médico… ¡Está todo! Las raquetas de tenis y la gorra de montar las llevaremos en la mano. ¡Es demasiado complicado meterlas en la maleta!
Felicity echó una mirada a su alrededor para asegurarse de que se había acordado de su gorra de montar. Estaba muy orgullosa de ella.
El coche arrancó y emprendieron el camino hacia Londres. A Felicity se le encogió un poco el corazón cuando perdió de vista su casa. No volvería a verla hasta dentro de tres meses, pero enseguida se animó cuando Darrell empezó a hablar sobre sus compañeras.
—¡Espero que Bill llegue a la escuela acompañada de sus siete hermanos! —exclamó—. Es espectacular verlos llegar a galope por el camino de la escuela. El año pasado Bill iba a ir a Torres de Malory en el coche de sus padres, pero se escapó a lomos de Trueno, su caballo, y galopó hasta la escuela acompañada de sus hermanos, ¡que llegaron también en sus monturas!
—En realidad Bill se llama Wilhelmina, ¿verdad? —dijo Felicity, haciendo memoria—. ¿Las profesoras también la llaman Bill?
—Algunas —repuso Darrell—. Por supuesto, la directora no. Y la señorita Williams, nuestra profesora de cuarto, tampoco. Es un poco rígida, algo estirada y remilgada, pero ahora ya me cae bien. Al principio, no tanto.
Apenas se dieron cuenta y ya estaban en el andén de la estación, abriéndose paso hacia el vagón que correspondía a las alumnas de la Torre Norte entre una multitud de niñas exaltadas. Felicity estaba un poco nerviosa y algo abrumada: eran tantas, y todas parecían amigas, y ella, en cambio, no conocía a nadie. Bueno, no exactamente: ahí llegaba Sally, la amiga de Darrell, sonriéndole.
—Hola, Darrell, hola, Felicity. Bueno, ¡por fin vienes a Torres de Malory! ¡Vaya! ¡Me encantaría estar en tu lugar! Así tendría aún muchos años por delante, como tú. ¡No sabes la suerte que tienes!
—Recuerdo que alguien me dijo lo mismo en mi primer día —comentó Darrell—. Entonces tenía doce años, y ahora voy a cumplir dieciséis. ¡Vaya, qué vieja!

—Antes de que termine este trimestre aún nos sentiremos más viejas —dijo una voz familiar detrás de Darrell—. ¡Tendremos que estudiar como locas para sacarnos el certificado escolar! ¡Seguro que a finales de trimestre me habrán salido canas!
—¡Hola, Alicia! —exclamó Darrell, afectuosamente—. ¿Cómo han ido las vacaciones? Mira, te presento a Felicity, mi hermana pequeña. Es nueva.
—¿En serio? —repuso Alicia—. Entonces tengo que encontrar a mi prima, ella también es nueva. ¿Dónde se habrá metido? ¡Es la segunda vez que la pierdo de vista hoy!
Alicia desapareció, y Sally y Darrell se echaron a reír. ¡Sabían que no era de las que se preocupaban por una prima que iba a empezar ese año en la escuela! Sin embargo, no tardó en aparecer acompañada de una niña de doce años, muy parecida a ella.
—Esta es June —dijo—. Podrías hacerte amiga de Felicity, June. Os veréis muchísimo este trimestre, ¡y durante todos los cursos que aún os quedan! Lo que ya no veo tan claro es que Felicity quiera ser amiga tuya cuando te conozca un poco.
Darrell miró a Alicia tratando de adivinar si estaba hablando en serio. ¡Con Alicia nunca se sabía! June tenía un aspecto agradable, y tanto su barbilla como el gesto de su boca mostraban determinación. Incluso parecía algo mandona, pensó Darrell. Aunque no podría serlo demasiado estando en primer curso: las alumnas mayores ponían a raya a cualquiera que no se mantuviera en su sitio.
—¡Mira! —exclamó Alicia, dándoles a Darrell y a Sally con el codo—. ¡Ahí está Gwendoline Mary! En lugar de ir en coche, viajará en tren con nosotras. ¡Pero ya veo que representará la misma escena de siempre!
Felicity y June se volvieron y vieron a una muchacha rubia de enormes ojos azules, despidiéndose de su madre y su institutriz. Era un momento muy sentimental, con lágrimas y todo un despliegue de emociones.
—Gwendoline siempre hace lo mismo —dijo Alicia con fastidio—. ¡A su edad, y todavía sigue igual! Si fuera una niña de primero que aún no se ha separado nunca de sus padres… ¡Pero a los quince años! ¡Por favor!
—Bueno, no creo que este número dure demasiado —opinó Sally—. Estoy segura de que Gwendoline ni siquiera se acordará de mirar a su madre en cuanto suba al vagón.
Los padres de Darrell estaba hablando con la madre de Sally. ¡Ninguno de los tres lloraba ni se lamentaba! Darrell estaba agradecida de que sus padres fueran tan prudentes y discretos a la hora de despedirse. Se volvió hacia Felicity, y se alegró de verla contenta e interesada por todo lo que ocurría.
Llegaron más niñas y rodearon a Darrell, Sally y Alicia.
—¡Hola! ¿Qué tal las vacaciones? Eh, ¿es tu hermana pequeña? ¿Tiene tanto genio como tú, Darrell?
Esa era Irene, tan animosa como siempre, con la bolsa de mano a medio hacer y el abrigo desabrochado porque ya había perdido varios botones.
—Bueno, la verdad es que Felicity tiene su genio —respondió Darrell soltando una carcajada—. En nuestra familia todos lo tenemos. Aunque no creo que lo vaya a mostrar demasiado. Este trimestre estará muy cohibida aún.
—¡Yo no lo tengo tan claro! —intervino Sally, con malicia—. Si no me equivoco, Darrell, ¡en el primer trimestre ya te saliste de tus casillas! ¿Quién me puso en órbita de un empujón? ¿Y quién le chilló a Gwendoline en la piscina?
—¡Oh, sí! ¡No me lo recuerdes! —contestó Darrell, ruborizada—. Fue horrible. Estoy segura de que Felicity nunca se comportará así.
—Pues mi prima también tiene un buen pronto —aseguró Alicia con una sonrisa en los labios—. Tiene varios hermanos, y es la única chica: ¡deberías oír cómo se gritan unos a otros si no se ponen de acuerdo en algo!
—¡Ahí está la señorita Potts! —dijo Sally cuando vio llegar a la tutora de primero con una lista en la mano—. Hola, señorita Potts, ¿ya estamos todas?
—Sí, creo que sí —repuso la señorita—, excepto Irene. ¡Ah, Irene, estás aquí, por fin! Supongo que no se te ha ocurrido venir a avisarme de que habías llegado. ¡Menos mal que a Belinda la acompañan sus padres en coche! Así tendré que preocuparme de una despistada menos. Bueno, será mejor que empecéis a subir. El tren saldrá dentro de cuatro minutos.
Las niñas se metieron atropelladamente en sus vagones. Sally y Darrell le dijeron a Felicity que viajara con ellas.
—Se supone que las nuevas tienen que ir en el vagón de Potty—explicó Darrell—, pero tú vendrás en el nuestro. ¡Adiós, mamá, adiós, papá! ¡Os escribiremos el domingo para contaros cómo nos va!
—¡Adiós! —dijo Felicity, con la voz rota—. ¡Gracias por estas vacaciones tan estupendas!
—¡Menos mal que Gwendoline no está en nuestro vagón! —dijo Alicia—. Así nos ahorramos la soporífera historia de su familia y sus vacaciones. ¡Incluso sus perros son aburridos!
Todas soltaron una sonora carcajada. El jefe de estación hizo sonar el silbato y, en cuanto las puertas se cerraron, el tren empezó a avanzar lentamente. Padres e hijas agitaron las manos frenéticamente durante unos instantes. Darrell se dejó caer en su asiento y exclamó con entusiasmo:
—¡A Torres de Malory de nuevo! ¡Nuestra querida Torres de Malory!

¡De vuelta a Torres de Malory!
El viaje hasta la escuela parecía interminable, pero el tren llegó por fin a la estación de Torres de Malory. Las niñas bajaron de los vagones cargadas con sus bolsas de mano y sus raquetas, y salieron a toda prisa a la calle con la esperanza de conseguir los mejores asientos en los autocares que iban a llevarlas hasta la escuela.
Felicity estaba cansada y contenta al mismo tiempo. A Darrell, en cambio, no parecía haberle afectado el viaje: seguía simplemente entusiasmada.
—Pronto veremos la escuela y a las demás niñas —le comentó a Felicity alegremente—. Espera a que te avise, y tendrás la primera visión del colegio.
Felicity pudo contemplar la misma imagen de Torres de Malory que había dejado a Darrell sin aliento hacía cuatro años. Vio un enorme edificio de piedra gris que se levantaba como un castillo en lo alto de una colina. Detrás se extendía el azul intenso del mar de Cornualles, que desde ese punto quedaba oculto tras el acantilado sobre el que se asentaba la escuela. Cuatro torres se elevaban en cada extremo del edificio. Los ojos de Felicity se iluminaron al pensar que iba a dormir en una de ellas. Estaría en la Torre Norte, con Darrell: ¡la que tenía las mejores vistas sobre el mar! “¡Menuda suerte!”, pensó Felicity.
—¡Es fantástico! —le dijo a su hermana.
Darrell estaba encantada. Sería estupendo tener a su hermana cerca durante el curso. Seguro que a Felicity todo le iría de maravilla en Torres de Malory.
Delante de la escuela, las niñas que habían llegado en coche esperaban impacientes en el camino de la entrada para dar la bienvenida a sus compañeras. Se oyeron gritos de alegría cuando los autocares aparecieron por el camino, y, cuando por fin se detuvieron ante la magnífica entrada, todas corrieron hacia los vehículos dispuestas a ayudar a bajar a sus compañeras.
—¡Hola, Belinda! —gritó Irene, mientras descendía a toda prisa del autobús sin pensar en coger su bolsa de mano—. ¿Has hecho algún dibujo estas vacaciones?
—¡Darrell! —exclamó una muchacha de quince años de aspecto algo tímido—. ¡Sally! ¡Alicia!
—¡Hola, Mary-Lou! ¿Te ha puesto alguien una araña en el cogote estas vacaciones? —le preguntó Alicia—. ¿Has visto a Betty?
Betty era la mejor amiga de Alicia, tan ocurrente como ella, e incluso más traviesa. De pronto apareció por detrás y le dio a Alicia una buena palmada en la espalda.
—¡Estoy aquí! ¡Habéis tardado mucho! ¡El tren debía de llevar aún más retraso del habitual!
—¡Ahí está Mavis! —señaló Sally—. Y Daphne… Eh, hola, Jean. Y ¿alguien ha visto a Bill?
—Sí, ha llegado a lomos de Trueno, como siempre, y ahora está en los establos —explicó Jean, la escocesa tranquila y perspicaz a la que habían adelantado un curso y que ya no iba a la misma clase que Darrell—. La ha acompañado el mozo de cuadra, porque este trimestre todos sus hermanos han empezado las clases antes que nosotras. ¡Una llegada muy discreta comparada con la del curso pasado!
Entre tanto alborozo, nadie le hacía el menor caso a Felicity. La niña solo esperaba que su hermana no se olvidara por completo de ella. Alicia tampoco se acordaba de su prima June, que se acercó decidida a Felicity y le dijo con una sonrisa:
—¡Menudo alboroto están armando las mayores, ¿verdad?! ¿Qué te parece si nos escabullimos y esperamos a que nos busquen muy preocupadas cuando se dignen acordarse de nosotras?
—¡Oh, no! —repuso Felicity.
Pero June la cogió del brazo y se la llevó de allí.
—Sí, vamos. Ahora es cuando hay que ir a ver a la gobernanta para entregarle el certificado médico y el dinero de bolsillo de este trimestre. Podemos ir por nuestra cuenta.
—Pero no creo que a Darrell le guste… —empezó a decir Felicity, mientras June seguía tirando con fuerza de ella.
Y entonces Darrell miró a su alrededor ¡y no vio ni rastro de su hermana!
—¿Dónde está Felicity? —preguntó—. ¡Pero bueno! ¿Qué le habrá pasado? Recuerdo perfectamente lo perdida que una se siente cuando es nueva, y al principio quería mantenerme cerca de ella para protegerla. ¿Dónde se habrá metido?
—No te apures —dijo Alicia con indiferencia—. Yo no me preocupo por June. Sé perfectamente que sabe cuidarse solita. ¡Tiene la cara más dura que yo!
—¡Pero Felicity no! —repuso Darrell—. ¡Vaya, ¿adónde habrá ido?! ¡Hace un minuto estaba aquí!
—¿Alguien ha visto mi bolsa de mano? —gimió Irene con aire lastimoso.
Nadie contestó.
