El intérprete del dolor

Jhumpa Lahiri

Fragmento

9788415631538-4

Una anomalía temporal

El aviso los informaba de que sería una anomalía temporal: durante cinco días interrumpirían el suministro eléctrico entre las ocho y las nueve de la noche. La última tormenta de nieve había ocasionado desperfectos en el tendido eléctrico, y los operarios iban a repararlo aprovechando que las temperaturas nocturnas ya no eran tan bajas. Los trabajos sólo afectarían a las casas de la tranquila calle arbolada donde Shoba y Shukumar vivían desde hacía tres años, a escasa distancia de una serie de tiendas con fachada de ladrillo visto y una parada de tranvía.

—Al menos nos avisan —concedió Shoba tras leer la notificación en voz alta, pensando más en ella misma que en Shukumar.

Dejó que la correa de su cartera de piel, llena de carpetas, le resbalara por el hombro, la abandonó en el recibidor y entró en la cocina. Llevaba una gabardina de popelín azul marino, un pantalón de chándal gris y unas zapatillas de deporte blancas. A los treinta y tres años, su aspecto coincidía con el de aquellas mujeres a las que un tiempo atrás había dicho que nunca se parecería.

Venía del gimnasio. El pintalabios de color arándano ya sólo se apreciaba en el contorno de los labios, y el lápiz de ojos le había dejado manchas de color carbón bajo las pestañas inferiores. Igual que algunas mañanas, pensó Shukumar, después de una fiesta o de una noche de copas en un bar, cuando antes de ir a dormir le había dado demasiada pereza lavarse la cara o se había mostrado demasiado impaciente por echarse en sus brazos.

Shoba dejó un montoncito de cartas encima de la mesa sin mirarlas siquiera. Seguía con la vista fija en el aviso que tenía en la otra mano.

—Pero estas cosas deberían hacerlas durante el día...

—Claro, cuando soy yo quien está en casa —replicó Shukumar.

Puso la tapa de vidrio en la cazuela donde estaba cocinando el cordero y la ajustó de modo que sólo pudiera escapar un poco de vapor. Desde el mes de enero trabajaba en casa, tratando de terminar los últimos capítulos de su tesis doctoral sobre las revueltas campesinas en la India.

—¿Cuándo empiezan a reparar la línea?

—Aquí dice que el diecinueve de marzo. ¿Hoy es diecinueve?

Shoba fue hasta el tablón de corcho enmarcado que colgaba de la pared junto a la nevera, donde sólo había un calendario de estampados de papel pintado de William Morris. Lo miró como si lo viera por primera vez, examinando minuciosamente el estampado de la mitad superior antes de dejar que su mirada descendiera hasta la cuadrícula numerada de la parte inferior. Era un regalo que una amiga le había enviado por correo en Navidad, pese a que aquel año Shoba y Shukumar no la habían celebrado.

—Pues sí, es hoy —anunció—. Por cierto, el viernes que viene tienes hora en el dentista.

Shukumar se pasó la punta de la lengua por la cara externa de los dientes; aquella mañana no se había acordado de lavárselos. No era la primera vez. Aquel día no había salido de casa, igual que el anterior. Cuanto más tiempo pasaba fuera Shoba, cuantas más horas extra hacía ella en el trabajo y más proyectos aceptaba, menos le apetecía salir de casa, ni siquiera para recoger el correo o comprar fruta o vino en las tiendas que había junto a la parada del tranvía.

Seis meses atrás, en septiembre, Shukumar estaba en un congreso académico en Baltimore cuando Shoba se puso de parto tres semanas antes de salir de cuentas. Él habría preferido no ir a aquel congreso, pero Shoba había insistido; era importante que hiciera contactos, pues al año siguiente entraría en el mercado laboral. Le había dicho que tenía el número de teléfono del hotel y una copia de los horarios y los números de vuelo, y que ya había quedado con su amiga Gillian para que la llevara en coche al hospital si surgía una urgencia. Aquella mañana, Shukumar subió al taxi que lo llevaría al aeropuerto y Shoba se quedó allí de pie, en bata, diciéndole adiós con la mano mientras apoyaba un brazo en el montículo de su vientre, como si fuera una parte natural de su cuerpo.

Siempre que Shukumar pensaba en aquel momento —la última ocasión en que vio a Shoba embarazada—, lo que mejor recordaba era el taxi, una ranchera roja con letras azules. Por dentro era enorme comparado con su coche. Shukumar se sentía muy pequeño en el asiento trasero pese a medir más de metro ochenta y tener unas manos tan grandes que ni siquiera podía guardárselas cómodamente en los bolsillos de los vaqueros. Mientras el taxi aceleraba por la calle Beacon, pensó que algún día Shoba y él tal vez también necesitarían un coche familiar como aquél para llevar a sus hijos a las clases de música y al dentista. Se imaginó al volante mientras Shoba se volvía para dar a los niños unos zumos en cartones individuales. En otro tiempo, aquellas imágenes de la paternidad habrían atormentado a Shukumar, acentuando el desasosiego que ya le producía seguir estudiando a los treinta y cinco años. Sin embargo, aquella mañana de principios de otoño, con los árboles todavía cargados de hojas color bronce, disfrutó de la escena por primera vez.

Un miembro de la organización había conseguido dar con él en una de las salas del congreso, todas idénticas, y le había entregado una nota. En ella sólo había un número de teléfono, pero Shukumar supo que era el del hospital. Cuando regresó a Boston, todo había terminado. El bebé había nacido muerto. Shoba estaba acostada en una cama, dormida, en una habitación individual tan pequeña que casi no había espacio para permanecer de pie a su lado. Durante la visita organizada para los futuros padres no les habían enseñado aquella parte del hospital. Shoba había tenido un desprendimiento prematuro de placenta y le habían practicado una cesárea, pero no lo bastante rápida. El médico le explicó que aquellas cosas pasaban y le sonrió con toda la amabilidad con que se puede sonreír a alguien con quien sólo tienes una relación profesional. En pocas semanas, Shoba podría volver a hacer vida normal. Nada hacía pensar que no pudiera tener hijos en el futuro.

Últimamente, Shoba ya no estaba en casa cuando Shukumar se despertaba. Él abría los ojos, se quedaba contemplando los largos y negros cabellos que ella había dejado en la almohada y se la imaginaba vestida, tomándose la tercera taza de café del día, en su despacho del centro. Allí, buscaba y corregía errores tipográficos en libros de texto, y para ello utilizaba un complicado código de colores que en una ocasión había intentado explicarle. Shoba le había prometido que haría lo mismo con su tesis cuando la hubiera terminado. Shukumar la envidiaba por el carácter específico de su trabajo, tan diferente del suyo, de naturaleza mucho más intangible. Él era un estudiante mediocre con cierta facilidad para absorber detalles pero sin ninguna curiosidad. Hasta el mes de septiembre había sido diligente, aunque no concienzudo, y había resumido capítulos y esbozado argumentos en unos blocs de papel pautado amarillo. Pero ahora se quedaba en la cama hasta que se aburría, contemplando su lado del armario —que Shoba siempre dejaba entreabierto— y observando la hilera de chaquetas de tweed y pantalones de pana que aquel trimestre no tendría que utilizar para dar sus clases. Cuando

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