Historia de un ladrón

Mercedes Álvarez

Fragmento

I

I

Era un día de verano y en el patio los chicos jugaban a esconderse, corriendo adentro y afuera de la casa, saltando los canteros y trepándose al árbol de limones.

Había bastante viento, pero hacía calor. El cielo estaba despejado. Joaquín levantó la cabeza y lo vio a través de las ramas del limonero. Se dio cuenta de que estaba solo: los chicos habían desaparecido y los gritos llegaban intermitentes desde adentro de la casa. De vez en cuando también se escuchaban risas.

A las dos les había dado de comer a sus hijos. Ahora eran las tres de la tarde: faltaban cinco horas para que llegara su mujer.

Joaquín cerró los ojos y apoyó la nuca en el respaldo. Su hijo menor entró al patio llorando y se abrazó a él. Joaquín se levantó. Sentó al chico en la reposera:

¿Qué pasa?

Él le mostró una rodilla ensangrentada.

¡Me duele!—gritó.

Sus dos hermanos entraron en el patio.

Entonces sonó el teléfono.

Un avión pasó por encima de sus cabezas ensombreciendo la tarde. Cuando se alejó, el teléfono seguía sonando.

Joaquín recordó que era diecisiete de noviembre, y que era el día de su cumpleaños.

El padre le había prometido al chico que lo llevaría a ver las máquinas extractoras de petróleo.

—Es en el sur—le había dicho.

—¿En el sur?—había preguntado el niño.

Él había asentido:

—Sobre todo en el sur.

Le había explicado que las extractoras eran una especie de pájaros gigantes, y en su mente el chico imaginaba unas avestruces de acero con enormes plumas color cobre.

Esa mañana el padre lo levantó temprano. Lo vistió, le dio la leche y en una valija puso ropa de los dos. El chico lo vio apilar guantes, bufandas y camisetas. También sabía que en el sur hacía más frío. El padre se lo había dicho. Ahora se lo repitió, mientras miraba el reloj sobre la pared con humedad: eran las seis y media.

Salieron y pusieron en marcha la camioneta. Adentro siempre había olor a querosén. Al padre se le había caído una lata una vez.

Hacía frío. Ninguno de los dos se quitó los guantes. El hombre tenía mate y agua caliente en un termo y le pidió al chico que le cebara. El chico cebó. La ruta estaba negra. Lo único que se veía era el rastro ligero de algún zorrino, o a veces una liebre.

Pararon tres horas después. Ya era de día y querían ir al baño. Dejaron la camioneta cerrada. Bajaron.

Después de orinar permanecieron afuera un rato, mirando el horizonte rosado y naranja. De algún modo, los dos a su manera sabían que ese viaje iba a ser definitorio en sus vidas. El padre esperaba también que pudiera ser el último.

Entraron a la cafetería y pidieron café con leche y media docena de facturas. Estaban hambrientos. Cuando calmaron la necesidad de comida, el hombre miró alrededor. No había mucha gente; sólo una mujer en la barra con el pelo teñido de un naranja furioso, y un par de obreros en una mesa que jugaban al dominó mientras tomaban un trago de ginebra.

El padre se levantó y caminó hasta la barra. Encargó dos medialunas más para el chico y le habló a la mujer. Después volvió junto a su hijo:

—Ahora vengo. Comete las medialunas y no te muevas de acá.

—¿Adónde vas?

—Enseguida vuelvo—repitió el hombre—. No es lejos. Ahora vengo.

El chico asintió. El mozo le llevó las medialunas y él se las comió lentamente, saboreándolas. Tenía diez años y la mayor parte de su vida se había alimentado de medialunas, papas o sándwiches que su padre le compraba cuando volvía del trabajo. Le gustaba la pizza y raras veces comía verduras. Pero no estaba gordo.

Se terminó las medialunas y se puso a mirar a un lado y a otro. Cuando no comía normalmente se sentía aburrido y tenía que hablar con alguien. Le gustaba hablar.

Se levantó de su silla y caminó hasta la barra.

—Hola—dijo.

El mozo estaba secando una copa y la miraba al trasluz.

—Tu padre no quiere que salgas—le dijo a modo de respuesta.

—Ya lo sé—dijo él—. ¿Cuántos años tenés?

El mozo lo miró.

—Más que vos—dijo.

—Eso ya lo sé, pero ¿cuántos?

—No te importa. Mejor que vuelvas a tu silla. —Metió la mano en una panera y le dio una medialuna.

El chico la aceptó, pero no dijo nada. Se dio vuelta con la medialuna en la mano y se acercó a los obreros que jugaban al dominó.

—¿Querés aprender, pibe?—le preguntó uno.

Él asintió y el obrero le acercó una silla.

Cuando el padre volvió se lo encontró sentado entre los dos hombres. Le tocó un hombro.

—Es hora de irse—dijo.

Uno de los obreros miró al padre.

—Es una inteligencia desperdiciada—le dijo—. Podría jugar muy bien.

—Usted cállese—le respondió el hombre.

Arrastró al chico hasta la camioneta y continuaron el viaje.

—¿Cuándo vemos las extractoras de petróleo? —preguntó él.

—Todavía falta.

El chico abrió la mano donde apretaba una pieza de dominó.

—Si hubiera puesto esta hubiera ganado—dijo.

—Lo único que faltaba—murmuró el padre.

Apretó el acelerador y pronto la estación de servicio se hizo una figura lejana, algo que por alguna razón el niño recordaría muchos años después con los colores despintados verde y azul. Sin embargo, la fachada era roja.

Casi inmediatamente se quedó dormido, de modo que cuando entraban en el sur no lo vio. No distinguió la estepa ni la paulatina aridez del terreno. Cuando abrió los ojos no pudo evitar que un súbito estado de congoja le invadiera el alma:

—¿Esto es el sur?

—Sí—dijo el padre.

El chico contempló el terreno vacío y se preguntó dónde estarían las extractoras de petróleo, pero no dijo nada.

—Llené el termo—dijo el padre—. Cebame un mate.

El chico obedeció.

—¿Paramos y no me desperté?—preguntó.

El padre asintió nervioso. En su mente había pozos de desesperación, y sólo de a ratos sentía el amor por su hijo.

El chico se cebó un mate y se quedó callado, mirando el paisaje por la ventanilla de la camioneta. Pensó en los hombres del dominó, en las medialunas, en la mujer del pelo naranja. Tuvo nostalgia de su cama. Tomó el mate a pequeños sorbos. Después le dio uno al padre.

El hombre se lo tomó y se

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