Madre in Spain

Señorita Puri

Fragmento

cap-1

Todo encaja

Causa admiración, causa admiración,

causa admiración cómo trabaja el corazón.

Amanece que no es poco

Uno más uno no son siete. Yo tengo dos hijos y puedo asegurar que uno más uno son catorce, o veintinueve. Y a veces hasta cuarenta y seis. Tener un hijo es vivir en una constante arritmia. Un niño corre, salta, grita, llora, ríe, rompe, come y habla a la vez. Si pusieras a un niño jugando y hablando junto al ordenador Deep Blue, ese que jugaba al ajedrez, a la media hora al aparato se le fundiría la placa base, aprendería a hablar y se pondría a gritar: «¡¡ECHADME AGUA A PRESIÓN!!».

Mi hijo Pablo tiene cinco años y la pequeña Julia, tres, y todo el mundo me ha asegurado que cuando crezcan se calmarán, que son cosas de la edad, pero llevo escuchando eso desde que los parí, así que ya no me fío ni un pelo. La maternidad te transforma en un imán de cuñados, sabelotodos, fanáticos, pediatras en funciones, quirománticos, naturópatas y visionarios que utilizan tu bombo como bola de cristal de advenedizos presagios y negros advientos. Para colmo, trabajo en atención al cliente de un supermercado, de modo que a los consejos de amigas y amigas-de tengo que sumarle los de las clientas confianzudas que con la bandera de la omnisapiencia convierten sus experiencias en un dogma de fe o, peor, ni siquiera sus vivencias, sino absurdas creencias populares que escucharon en algún momento. «Escucha música clásica a todo trapo durante tu embarazo o colócate unos auriculares en la tripa, las ondas musicales llegarán al bebé y tu hijo será un reputado melómano. Pero de toda la vida.» Toda gilipollez consumada queda automáticamente demostrada si añades la coletilla «de toda la vida». Vale, y si quiero que el bebé sea pintor, ¿qué hago? ¿Me unto la tripa con aguarrás? ¿Me pinto un 6 y un 4 en cada teta?

No, tranquila, no tendrás que recurrir a trucos de esos porque tus hijos van a estar pintando, quieras o no, hasta que se les descalcifique la muñeca. Dale un papel a un niño y pintará en todos lados menos en el folio. Dale un instrumento musical y desearás poder enchufarte unos auriculares, pero no aquellos del embarazo sino unos gordos acolchados de los que llevan los obreros de la construcción cuando están picando cemento con un martillo neumático. Es más, te cambiarías inmediatamente por el señor del martillo. Tu hijo en casa a tope con la flauta nueva que le ha regalado su tío —quien, por supuesto, no tiene hijos—, dos horas que lleva el angelito sopla que te sopla y no se cansa ni a tiros. Tiene más pulmones que los tres tenores juntos. Y tú deambulando por casa con las meninges en ebullición, la mirada perdida como Paco Rabal en Los santos inocentes mientras murmuras con un hilo de voz «¡Migraña! ¡¡Migraña bonita!!».

Pues no, ni santos ni inocentes: unos piezas de cuidado. Porque además del ruido, los críos van a la suciedad y al peligro. Todos. Siempre. Un niño tal vez no sepa encajar el cubito en el hueco-con-forma-de-cubito, o llevarse una cuchara a la boca sin tirar la mitad del puré, pero sabe perfectamente que lo más guay del mundo es meter un cuchillo de sierra en los agujeritos del enchufe, o que el mejor sitio para guardar tu móvil es la taza del váter. Si resulta que la taza aún tiene pis o caca, el atractivo se incrementa un 800 por ciento. Eso si el pequeño no acaba de hacerse con un bote de amoníaco (que, por cierto, es cuatro veces más grande que él), mientras acerca la boca para meterse un lingotazo. Sí, queridos amigos, Walt Disney se equivocó: a los niños no les interesan los castillos de ensueño con animales de peluche de dos metros. Eso es una mariconada, un síndrome de Estocolmo provocado por el lavado de cerebro después de mirar dibujos animados cuatrocientas horas a la semana. A un niño lo que le mola de verdad, lo que le pone a cien, es un buen charco. Y no me refiero a los charquitos que se forman en los columpios, no, me refiero a los gordos, los de las calles, esos que son más negros que el sobaco de un grillo, de los que si extraes la mugre que hay dentro, puedes reconstruir el ADN de un diplodocus. O sea, un señor charco comido de mierda que tenga al lado un cable pelado cuyo extremo opuesto esté conectado a una torre de alta tensión en plena tormenta eléctrica. ¡¡¡¡ESO ES DIVERSIÓN!!!!

¿Quieres comprobar lo de la aguja en el pajar? Lleva a un niño a un pajar y no sólo se pinchará con la aguja, se caerá de lo más alto, se hará una brecha y, cuando regreséis del hospital, volverá al pajar y se volverá a pinchar. Tener hijos es ser Bill Murray en el día de la marmota, atrapado en una sucesión de rutinas, sólo que en vez de I got you babe en tu cabeza suena «Pimpón es un muñeco muy guapo de cartón», que ahora que lo pienso, si es de cartón, ¿qué demonios hace lavándose la carita con agua y con jabón? ¡¡QUE SE DESHACE, JODER!! Vas tantas veces al parque de atracciones que les acabas poniendo nombre a los caballitos del tiovivo. Te conoces tan bien el recorrido de la montaña rusa que tienes pesadillas donde se te aparece la chica de la curva en un looping. Y de tantas visitas que haces al zoo terminas por cogerle cariño a las focas y a las orcas, y cualquier día te ves lanzándote al agua montando un «liberad a Willy» en la piscina, con un cachalote de novecientos kilos y tú gritando: «¡¡¡¡TÚ PUEDES HACERLO, PUEDES SER LIBRE!!!!».

Estamos en esa etapa de la vida en la que al sentarte dices «aaay» y al levantarte «ufff». Con un hijo te pasa como a los perros: en un año envejeces siete. A golpe de pálpito tu cuerpo acaba por transformarse y, como en un videojuego de matar marcianos o fulminar gominolas, cada microinfarto aniquila las pocas neuronas que te van quedando. Con tu primer hijo te transformabas en Paranoia Man, el superhéroe pulcro, pendiente de eliminar cada mota de polvo y desinfectar uno a uno los hilos de un babero, o de ir al parque y embalar el tobogán con papel burbuja. A la hora del baño metías la tortuga termómetro para que la temperatura del agua estuviera perfecta. Luego el codo, luego otra tortuga termómetro pero en grados Fahrenheit, por si la otra fallaba. Y porque no tenías a mano una tortuga que midiera en grados Kelvin, que si no la metías también. Sonreías si el bebé te meaba en la cara y en la ropa. No pasaba nada. «I’m siiinging’ in the raiiin…» Todo era cuqui, gracioso, guay y quedaba registrado en cientos de horas de vídeo y terabytes de fotos. ¡Ah, qué tiempos aquellos cuando éramos niños, donde un carrete duraba un cumpleaños, unas vacaciones de verano y una Navidad, y las fotos tomadas con una cámara guarripeich salían perfectas!

Con el segundo hijo todo cambia de forma radical: ni tortuga, ni codos ni gaitas. Metes la mano en la bañera y dices «cojonuda», y hala, a bañarlo. ¿Que un chupete cae al suelo? Lo coges, lo chupas y se lo metes en la boca, que seguro le crea anticuerpos. ¿Que el niño se ha dado una hostia contra una esquina oxidada de un columpio que inauguró Franco? Abrazo, mimos, salivilla (la saliva es el aloe vera materno, sirve para todo), un poco de «ea-ea-mi amor», y a correr. Con dos hijos ya no tienes la necesidad de que hable ocho idiomas, toque nueve instrumentos musicales y sepa conjugar verbos en modo subjuntivo con apenas seis meses. Ya lo hará, te dices, que tiene toda la vida por delante. Y es así.

Y cuando oc

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