La estirpe

Carla Maliandi

Fragmento

Las cosas que me importan

Pregunto a Alberto qué cosas me importan. Volvemos caminando a casa después de una tomografía, es una mañana fresca y de a ratos asoma el sol entre las nubes oscuras. Vamos despacio, pensativos, y parece un buen momento para recordar cosas que se me borraron con el accidente. La familia, dice Alberto, el nene. Asegura que eso es lo primordial para mí, que siempre lo fue. Puede ser, suena razonable. A él le preocupa sobre todo lo que me pasa con el nombre del chico, que se me va. Se me va por completo. De eso tengo que hablar mucho con los médicos, dice. Le pregunto qué otras cosas me interesan.

Tu carrera, tus clases, tus alumnos. Ya te vas a enganchar de nuevo, esto no puede durar mucho.

Quiero saber más. Él sonríe, dice que me gustan las pastas, el helado de chocolate amargo, todas las frutas menos el kiwi, que prefiero el cabernet al malbec y que casi no como pescado. Me dan miedo los aviones y aunque saqué el registro no manejo en la ciudad. Con él superé la fobia a volar y conocí muchos lugares, pero desde que nació el chico ya no viajamos tanto. En cambio construimos una casa en la playa. A mí me encanta esa casa porque ahí me desenchufo, dice. Él tiene planeado que cuando termine esta etapa de exámenes médicos nos vayamos unos días para allá. Los tres para allá. Habla también de mi pelo, que siempre lo usé más ondulado, con más volumen y ahora lo ve como chato. A mí me gusta de la otra manera y a él también.

Mónica me contó que yo escribía un libro.

Sí. Una novela.

Caminamos callados. Espero que vuelva a hablar, parece concentrado en otra cosa.

¿De qué se trata?

Es largo. ¿Querés que te cuente ahora?

Sí.

Caminamos más despacio. Alberto ahueca la voz como si estuviera dando una clase.

Es algo de tema histórico… bueno, no le podías encontrar la forma todavía. Iba a empezar a finales del siglo XIX, en la campaña del Chaco. La historia viene de tu familia, vos la conocés por tu papá...

¿Cómo es la historia?

El bisabuelo de tu papá, o sea, tu tatarabuelo, fue director de banda en el ejército de Roca. ¿Te acordás de quién es Roca?

No.

Bueno, no tiene importancia ahora. Pronto te vas a acordar de todo.

¿Un presidente?

El militar que lideró lo que llamaron la campaña del desierto. Después fue también presidente, sí.

¿Y mi abuelo?

No tu abuelo, tu tatarabuelo. El abuelo de tu abuelo. Hace cien años o más de todo eso. Era músico, cuando llegó de Italia lo nombraron director de banda en el ejército. Roca mandó las tropas a arrasar los asentamientos de los indios guaicurúes en el Chaco. Cuando el ejército avanzaba, aparecían primero los soldados disparando y prendiendo fuego las tolderías, atrás llegaba tu tatarabuelo con la batuta. La banda de música arengaba al regimiento con marchas militares. A vos te impresionaba pensar que esa música era un arma de guerra. En una de esas embestidas, tu tatarabuelo encontró una nena llorando. Una chiquita toba, ahí confundida entre el humo y todos esos cuerpos desparramados. La subió al galope, la escondió abajo de la capa y se la trajo a vivir a su casa con su familia. La bautizaron, le pusieron María. El nombre original no se sabe. La llamaban María la China, y fue sirvienta del viejo, los hijos y los nietos por el resto de sus días. Para tu familia tu tatarabuelo es un orgullo, una especie de prócer. Sobre esa historia estabas tratando de escribir. Todavía no le encontrabas la forma, le dabas muchas vueltas. Ahora lo único que importa es concentrarnos en tu recuperación.

No entiendo cómo caminando tan despacio llegamos a casa tan rápido. Mónica y el chico nos reciben en la puerta, nos estuvieron esperando para servir el almuerzo. Alberto ayuda a poner la mesa y dice que me lave las manos. En el espejo del baño me veo muy pálida. Mientras comemos imagino a mi tatarabuelo, a los músicos militares y a la nena toba. Las imágenes se mezclan con las ensoñaciones del hospital, con las palabras que a veces escribo en papeles sueltos. Alberto habla del pronóstico de lluvias para esta semana y corta en pedacitos la comida del chico. Cuando Mónica levanta los platos Alberto pregunta en qué pienso, dice que estoy como en otro mundo. Respondo que no, que estoy acá y que no pienso en nada.

El vendedor de la calle Brasil

Cuando el chico duerme yo deambulo por la casa pensando qué hacer. Toco la herida de mi cabeza frente al espejo y busco una manera de peinarme que sea mía. Pregunto a Mónica por mi pelo. Ella dice que antes lo usaba más levantado, trae una foto que hay en la biblioteca: estoy yo, recibiendo el título de la universidad con un vestido rojo, y tengo el pelo brilloso, muy espeso. Por ahí era la forma de usar el secador de pelo, dice. Me cuenta que una hermana suya usa un rizador eléctrico de una marca muy buena. No sabe dónde se consiguen, supone que en internet deben aparecer. Le pido que busquemos en la computadora, ella la enciende y la maneja. En internet hay millones de rizadores eléctricos, pero nos cuesta encontrar el que buscamos. Elegimos uno de un local de artículos de belleza en una galería de la calle Brasil. Mandamos un mensaje preguntando si tienen. Al rato contestan que quedan tres en stock. Volvemos a escribir preguntando si son fáciles de usar. Dicen que son muy fáciles de usar y dan un buen resultado en los cabellos sin cuerpo. Escribimos preguntando si ellos lo saben por experiencia o están copiando lo que dice en la caja. No responden más. Decidimos ir hasta la galería de la calle Brasil y comprarlo directamente.

La calle Brasil queda en el barrio Constitución. Mónica se pone nerviosa porque es mi primera salida después del accidente y pregunta si no sería mejor tomar un taxi. Le digo que el subte está bien. Se alegra de que nos pudimos sentar, dice que hay asientos porque ya no es la hora pico. Me explica qué es la hora pico.

La galería de la calle Brasil me parece un lugar del pasado, de mi infancia o de algún sueño. Una sensación familiar que se desprende de los mosaicos del piso, de los colores, del aire que corre fresco, del eco de los pasos. Cuando entramos al local vemos un mueble con cosas para la casa y para la belleza personal. Mónica dice en voz baja que estos artefactos y productos deben ser contrabandeados. Un hombre aparece detrás del mostrador, ella lo encara. Le pido que me deje a mí, que puedo hacer una compra perfectamente. Pregunto por el rizador. Cuando empiezo a hablarle noto que me observa de una forma rara. Primero mira mi boca, después sube la mirada por mi nariz, pasa rápido por los ojos y se detiene en la venda de mi frente.

¿Qué le pasó?

Un accidente. Me lastimé.

Él me sonríe. Lo observo moverse por el negocio, me distraigo imaginando su espalda y sus piernas debajo de la ropa, y qué pasaría si estuviéramos solos. ¡Acá está!, dice abriendo una caja. Nos muestra el rizador y cómo se usa. Sus manos se mueven tan lento que parece estar haciendo un truco de magia. Me indica que la perilla para arriba tira aire caliente y que para abajo lo tira frío, me agarra una mano y acomoda mis dedos en el aparato para que lo pruebe yo misma. Siento un cosquilleo detrás de las rodillas. Tengo miedo de no estar atendiendo a lo que dice. Con el secador en las manos nos miramos a los ojos. Tiene las cejas espesas y un poco inclinadas hacia abajo como si estuviera triste. ¿Lo vas a llevar?, pregunta. No me salen las palabras. , dice Mónica, lo vamos a llevar. Y le pide que nos cobre para poder irnos antes de que empiece la hora pico.

A la vuelta, en el subte, viajamos calladas. Yo miro a todas las personas del vagón. Miro hombres y manos de hombre instintivamente, y miro hebillas, zapatos y cuerpos de mujeres también.

Todos se mueven

Estamos los cuatro en casa. Mónica pregunta a Alberto por las novedades de mi salud. Según él los exámenes van bien, no hay lesiones internas ni causas médicas para entender lo que pasa con mi memoria. Evidentemente, dice, algo raro pasó en mi cabeza pero la bola de espejos no me hizo nada. No hay lesión ni nada que el golpe haya provocado más allá del corte en mi frente. Tampoco parezco haber sufrido un episodio isquémico, aunque todavía esperamos el resultado de varios estudios. Mónica lo escucha callada, después saca de su bolsillo el vuelto de las compras y se lo da. El chico pide leche. Alberto guarda el dinero en su billetera. Leche no, ya es la hora de almorzar. Mónica avisa que enseguida estará la comida. El chico llora, pide leche. Alberto pregunta si vimos sus anteojos, Mónica le indica dónde están. El chico llora más fuerte, aturde. Abro la heladera y busco la leche, no sé cuál es el yogur y cuál es la leche, son sachets iguales. Levanto uno y se me cae al suelo y el piso de la cocina es un enchastre de yogur. Mónica trae enseguida un trapo mojado. Me quedo parada, tratando de no tocar nada, viendo cómo se mueven los tres de acá para allá, de un lado a otro, avanzan y retroceden. Alberto pone la mesa y le sirve la leche al chico, que deja de llorar y me mira por arriba del vaso. Sus ojos son parecidos a los de Alberto, su frente tiene la forma de la mía. Es muy chico todavía. Posiblemente no se termine pareciendo mucho a ninguno. Quiero que se quede quieto un momento para mirarlo mejor. Dejame verte bien. Sé que en tu cara estoy yo, sé que mi papá está en la forma de tus cejas. Y mi mamá en tu nariz. Pero vas a cambiar rápido. Mirame un rato más, sin gritar, sin llorar. Quedate un poco quieto.

La plaza

En estos días todos hablan del tiempo, del desastroso clima de Buenos Aires. Tercera semana de lluv

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