HISTORIAS DEL OTRO LUGAR

José María Merino

Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Unas palabras del autor

Prólogo a Cincuenta cuentos y una fábula

I. Cuentos del reino secreto

Prólogo

El nacimiento en el desván

La prima Rosa

La noche más larga

Los de allá arriba

Buscador de prodigios

Valle del silencio

La casa de los dos portales

El desertor

El enemigo embotellado

El acompañante

Los valedores

Genarín y el gobernador

El museo

El niño lobo del cine Mari

El anillo judío

Expiación

Zarasia, la maga

Madre del ánima

La tropa perdida

La torre del alemán

El soñador

II. El viajero perdido

El viajero perdido

Las palabras del mundo

Cautivos

Imposibilidad de la memoria

La última tonada

Los paisajes imaginarios

El edén criollo

Oaxacoalco

Del Libro de Naufragios

Un ámbito rural

Un personaje absorto

III. Cuentos del barrio del Refugio

El caso del traductor infiel

La costumbre de casa

El derrocado

Fiesta

Bifurcaciones

Signo y mensaje

Para general conocimiento

Tertulia

Los espíritus de doña Paloma

Materia silenciosa

Viaje interrumpido

Los libros vacíos

Pájaros

IV. Cinco cuentos y una fábula

El huésped

El adivino confuso

El séptimo viaje

La voz del agua

Los frutos del mar

Artrópodos y hadanes (una fábula)

V. Cuentos de los días raros

Nota del autor

Celina y Nelima

Mundo Baldería

Sinara, cúpulas malvas

La memoria tramposa

All you need is love

Los días torcidos

Papilio Síderum

El inocente

La impaciencia del soñador

Maniobras nocturnas

La casa feliz

El fumador que acecha

La hija del Diablo

El viaje secreto

El apagón

Dedicatorias

Créditos

01-historias

Unas palabras del autor

Hace doce años reuní los libros de cuentos que había publicado hasta entonces y redacté, como introducción, el texto que sigue a este y que mantengo tal como estaba, aunque debo hacer algunas observaciones. Primero, que en 2007 se publicó una edición revisada de Cuentos del reino secreto, conmemorativa del vigésimo quinto aniversario de la primera, acompañada de un prólogo, que es el que ahora se incorpora a este libro. Además, que los cuentos que entonces aparecían reunidos bajo el título Otros cuentos, por un lado, y Una fábula, por otro, ahora están reunidos con la denominación Cinco cuentos y una fábula. También se incluye Cuentos de los días raros (2004), con lo que el libro no reúne ya 51 cuentos sino 66, y presenta lo que ha sido mi producción cuentística a lo largo de más de veinte años. Quiero añadir que todos los textos han sido revisados por mí, de manera que ésta es la versión definitiva.

¿Por qué Historias del otro lugar? En ese título he pretendido señalar el ámbito de todos estos cuentos, más allá de los temas de cada conjunto: el lugar que corresponde al espacio de la ficción, inevitable sombra esclarecedora del lugar de la realidad para los seres humanos, y en este caso todavía más «otro» por su general impregnación fantástica; un lugar entre cuyos habitantes están los personajes de este libro, tan familiarizados con una experiencia donde se mezclan sueño y vigilia a través de la palabra, lo que, según creo, pertenece naturalmente a las intuiciones de la literatura.

Madrid, primavera de 2009

02-historias

Prólogo a Cincuenta cuentos y una fábula

Las historias oídas

De niño descubrí que casi toda la realidad ajena —quiero decir la realidad humana, histórica— era opaca, huraña, erizada de amenazas tan tercas como inexplicables, y que entre aquella realidad exterior y la mía propia —que yo sentía formando parte del mundo de la naturaleza, sin tiempo y sin historia—, había un abismo que parecía difícil poder salvar. Pero también descubrí que todas las formas narrativas —las películas, los tebeos, los cuentos— eran mensajes que, procediendo de aquella realidad exterior, me daban claves para establecer con ella ciertos enlaces de comprensión, y que incluso me ayudaban a aceptarla. Mi embeleso ante los sucesos que se desarrollaban en el habitual blanco y negro de los cines, a la vez luminoso y sombrío, o ante las viñetas que ordenaban las peripecias tragicómicas de los monigotes dibujados, era la actitud del desciframiento de algo que había más allá de las imágenes, en el feroz mundo de carne y hueso, que las imágenes parecían haber domesticado. También había esa actitud en la avidez con que escuchaba los cuentos rurales y las historias de la guerra que mi madre y mi padre me contaban, o las de ciertos personajes que habían rodeado su infancia.

Los relatos oídos tenían entonces mucha importancia. Eran los primeros años de posguerra y yo tenía —teníamos— la conciencia de vivir en un lugar remoto, apartado de toda posible actualidad. Los venerables monumentos de mi ciudad daban testimonio de una grandeza ocho siglos antigua, pero en medio de las piedras majestuosas yo sabía —sabíamos— que, desde aquella antigüedad, allí no había vuelto a suceder nada que mereciese realmente la pena, nada capaz de exaltarnos, y que seguramente las cosas no iban a cambiar demasiado en los siguientes ocho, nueve o diez siglos. Por eso el relato era tan importante. Perdida cualquier grandeza, la menudencia de lo que sucedía sólo podía hacerse consistente, y hasta creíble, mediante su narración. Era el acertado relato de los sucesos humildes, insignificantes, lo que, además de darles sentido, los engrandecía. Las cosas eran en tanto que se contaban, pues solo su relato conseguía que adquiriesen alguna dimensión apreciable. Así, la realidad exterior venía a ser, precisamente, el propio relato que la contaba.

El lector inocente

Mi gusto por la certeza de los relatos oídos me estimuló a buscar el posible encanto de las narraciones escritas. El primer libro no infantil de cuentos que tuve en las manos se llamaba Cuentos viejos de la vieja España. Sin duda me atraía por su título. Dentro, entre otras cosas, estaba El Patrañuelo, de Juan de Timoneda; aunque yo no entendía muchas de las cosas que se contaban allí, creo que en ese libro encontré uno de los filones de esa especie de cazurrería escatológica, tan cara a ciertos firmes arbotantes de la tradición literaria española, que nunca ha conseguido estimularme. Debió de ser por aquellos tiempos cuando mi padre me hacía leer en voz alta poemas y cuentos para animar algunas reuniones de la familia. Los poemas eran siempre de Rosalía de Castro —Cantares Gallegos—, de Antonio Machado —sobre todo, La tierra de Alvargonzález— y del Romancero Gitano, de Federico García Lorca. Los cuentos pertenecían a las Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, a Las Veladas en Dinkanka, de Nicolás Gogol. En Nochebuena yo les leía un cuento de Pedro Antonio de Alarcón que terminaba con aquel villancico que tanto conmovía a los mayores: La Nochebuena se viene / la Nochebuena se va / y nosotros nos iremos / y no volveremos más. Y recuerdo que la noche de ánimas yo leía para todos, después de cenar, con gustoso espeluzno, El monte de las ánimas. Todavía me parece sentir, algunas noches, las mismas pisadas lentas del cuento, que se acercan a mi cama, como estoy seguro de que todos los espectros que yo he inventado tienen algo del de maese Pérez.

También había por entonces en mi casa una versión de Las mil y una noches, con ilustraciones a todo color en las que palpitaban las noches estrelladas, más allá de los brocados y las celosías de estancias donde el humo de los pebeteros repetía las formas de las hermosas huríes. De ese libro proviene mi convicción de que hay bajo el suelo que pisamos mundos esplendorosos, abiertos como éste a un espacio infinito, y que para llegar a ellos sólo es necesario encontrar la argolla de una oculta trampilla, y la idea de que sueño y vigilia son el haz y el envés de una misma realidad. Esa mezcla en lo real de lo vivido y de lo soñado me deslumbró en Cascanueces y el Rey de los ratones, de Hoffmann, hasta el punto de que acaso haya impregnado todo cuanto he escrito, tanto al menos como El hombre de la arena. Y por fin encontré a Edgar Allan Poe, para comprender que los hechos fantásticos de los cuentos tenían mucho que ver con las inclinaciones morales y mentales de sus personajes, pues eran ellos quienes parecían suscitar la concurrencia de lo fantástico, como fruto de una calidad, o potencia, de sus propios delirios.

La edad de la razón

El tiempo me trajo nuevos relatos: los de Valle-Inclán, Baroja y Maupassant, primero; luego los de Chejov, Turgueniev y Hemingway. Hubo un momento en que descubrí a Lovecraft y toda la imaginería fantástica que expendían los quioscos, y casi al tiempo a Kafka, a Álvaro Cunqueiro, a Ana María Matute y a los narradores que fundaron lo que se ha encasillado dentro de «los 50». Pero sería demasiado prolijo enumerar aquí, uno por uno, los cuentistas que iba encontrando en aquellos tiempos jóvenes, y sería injusto extirpar aquellos relatos del palpitante cuerpo literario que yo empezaba a acariciar cada vez con mayor conciencia y sabiduría, cuyo principal bulto tenía forma de novela, aunque también tenía en el relato —y en la poesía— muy hermosos miembros. Lo que sí quiero recordar es que los ángeles de la culpa, que entonces tanto nos acuciaban, llegaron casi a convencerme de que mi gusto por lo fantástico, de lo que yo seguía disfrutando con inocente inadvertencia, debía ser pospuesto, e incluso apartado, si quería conseguir un talante literario políticamente adulto y civil, y estéticamente aceptable.

Por esa vía, casi sacrificial, me entregué como lector a la fe realista y al sentido del compromiso, que consistía en aceptar la literatura al servicio de la política, y llegué a leer los relatos y las novelas —y otros textos— más monocordes y menos estimulantes de mi vida. Pero entre mis lecturas, digamos furtivas, seguían estando los relatos de pura imaginación, y un día descubrí un libro de cuentos, Antología de la literatura fantástica, de Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges y Silvina Ocampo. Participando hace unos años en un homenaje madrileño a Bioy Casares, yo recordaba hasta qué punto aquel libro había sido para mí revelador. Avalada por unos escritores respetables, confirmaba ante todo aquella intuición adolescente, casi traicionada por mí, de que en lo fantástico se refugiaba una peculiaridad profundamente literaria, pues al no apoyar toda su estructura en los datos de la realidad exterior, debía sostenerse muy principalmente en la calidad de la pura invención. Además, me devolvía, en una estupenda versión, la historia de Don Illán y el deán de Santiago, como para mostrarme bajo una luz singular que también en los inicios de mi propia cultura literaria estaba lo fantástico, aunque la fe realista, tan arduamente defendida por nuestros severos estudiosos, pareciera haber dejado al mundo anglosajón como único beneficiario de las fuentes de lo maravilloso. Creo que fue también por entonces cuando leí, en un libro de Ramón Menéndez Pidal, que si bien las diversas literaturas peninsulares tenían una «naturaleza refractaria a lo sobrenatural», había ciertas excepciones: Portugal, Galicia y el occidente leonés. Y profundizando en la riqueza y pluralidad del imaginario hispánico, llegué a saber que había sido capaz de hacer coincidir, tras una historia larga y, por tanto, llena de hibridaciones e injertos, dos creadores tan vigorosos y diferentes como Julio Cortázar e Ignacio Aldecoa.

Sobre lo fantástico

Casi todos los cuentos que se reúnen en este libro se adscriben a lo fantástico, directamente o por simpatía con los que se agrupan con ellos. En mi inclinación a escribir este tipo de cuentos asumo, como he señalado, una tradición tenue pero continua que entre nosotros viene del Libro de los ejemplos del conde Lucanor y de Patronio, del Amadís y sus numerosos secuaces, de Antonio de Torquemada y de Bécquer —por señalar algunos hitos de una historia donde, ciertamente, ha sido la perspectiva realista la que ha conseguido los frutos más consistentes, universales y espectaculares— y asumo también esos gloriosos injertos hispanoamericanos de este siglo que acaba, que han hecho que a la imaginación en lengua española le queden ya pocos territorios por explorar, y seguramente ninguno realmente nuevo por descubrir. Grandeza y servidumbre de las viejas lenguas, capaces de acarrear —y sobrellevar— tanta memoria y tanta invención.

El caso es que, ante la pertinacia realista que padecí en mi juventud, por designios muchas veces extraliterarios, me propuse, a mi aire, naturalizar lo fantástico en los ámbitos en mi experiencia vital y literaria. Al leer de niño y de joven relatos fantásticos, yo tenía una poderosa sensación de participar de una realidad distinta de la vivida, que sólo la literatura podía sugerir y suscitar. Si, como señalé, la narrativa de diversas clases establecía cifras bastante seguras para poder interpretar la realidad, los cuentos fantásticos creaban una realidad propia, singular, cuyos fundamentos sólo se sostenían en la propia imaginación. He venido a valorar en lo fantástico su profunda independencia, su falta de subsidiaridad respecto a los datos, los hechos y las reglas del mundo exterior. A mi juicio, eso no solo le da una gran libertad, sino que lo convierte en un producto que, al tener que mantener su verosimilitud en contra incluso de las convenciones de la lógica, resulta especialmente literario. También valoro en ello su filiación remota, su estirpe mítica, su pertenencia a ese anhelo de oír ficciones, viejo como el mundo, de que habla Bioy. Sin embargo, soy consciente también de que los que hacemos literatura, sea o no fantástica, nos conformamos con poco si a través de ella no intentamos filtrar algunas de las inquietudes mortales del ser humano. Por eso en mis cuentos la incertidumbre fantástica se produce entre gentes obligadas a las rigideces y restricciones de la vida real. Tal vez esta persistencia de lo cotidiano, y no el inveterado realismo en las conductas y los sucesos, sea uno de los obstinados requerimientos de la narrativa en español, de lo que no puede quedar exento ni siquiera lo fantástico.

Qué tiene que tener un cuento

Convenciones más o menos nuevas quieren ampliar las fronteras de la narrativa breve, de modo que pueda valer como cuento, o resultar un cuento, cualquier texto literario de poca longitud: determinados artículos periodísticos, ciertos ensayos, algunas prosas que presentan especial concentración de sustancia literaria. Esa idea yo creo que está condenada a envejecer muy pronto, si no ha nacido vieja. Por muchos formalismos que se arrumben y por muchas especies de nueva creación que se introduzcan en su territorio, un cuento verdadero seguirá distinguiéndose de los que no lo son.

Yo entiendo que, para que exista un cuento, con independencia del tema e incluso de la forma, es fundamental el movimiento. La naturaleza del cuento —como la nuestra, según Pascal— reside en el movimiento, un movimiento que debe expresarse en forma de tensión. Un cuento debe presentar un proceso dramático o cierta culminación suya —el arranque, el fin, un momento especial— y si esto no existe, si sólo hay estatismo, nos encontraremos ante una prosa poética, o ante un cuadro de costumbres, o ante un fragmento literario acaso muy bello y cuajado de imágenes chisporroteantes, pero no ante un cuento. Con esto no reivindico las unidades clásicas, ni siquiera la decidida ficcionalidad del espécimen, pero sí, tajantemente, el requisito de su sustancia narrativa, que exige movimiento, tensión, conflicto. También en el uso del tiempo puede estar el movimiento. Al fin y al cabo, la literatura es principalmente tiempo, un procedimiento para conservar el tiempo. Materializados en personajes, el conflicto y el tiempo —con ese escenario al que antes aludí— deben ser los elementos fundamentales de cualquier relato. Incluso antes que la riqueza o la forma del lenguaje. Claro que no hay fórmulas, pero de intentar fijar alguna habría que contar con esos factores, utilizados como mejor convenga: intensidad de conflicto, precisión de escenario, densidad e identificación de tiempo, y la mayor brevedad posible —pues la extensión suele adelgazar la intensidad—. Claro que, además, todo cuento debería presentar algo arquetípico, capaz de sostener un eco en el recuerdo de quien lo lea. No me refiero sólo a la trama, o al asunto, pues pueden ser otros los reclamos —lo peculiar de la acción, la fuerza de la atmósfera, la irradiación del escenario, la actitud de los personajes, la misma gracia conceptual o metafórica con que pueda estar contado—. En fin, algo de todo ello que nos conmueva, nos interese o nos sorprenda hasta el extremo de permanecer vigente dentro de nosotros. Los cuentos que dejan su sombra en la memoria suelen ser los mejores.

Las semillas de los cuentos

Diré también que, para mí, todo cuento es resultado de una misteriosa fecundación. La semilla, escondida entre los pliegues y recovecos de ciertos lugares reales, salta sobre la imaginación del narrador y allí se mantiene, hasta terminar germinando. La semilla puede tener cualquier apariencia —un rostro, un pedazo de conversación, el color de un vestido, unas manchas extrañas en un mueble, el jirón de una vela, los ojos de un animal en la pantalla de la tele— y es capaz de generar una historia, sin que el ejemplar resultante tenga por qué conservar ninguna de las características de la forma originaria. Seguramente hay en la imaginación del narrador una predisposición a dejar que tales semillas se depositen en ella, y sin duda la disposición proviene de una actitud acechante. El narrador está siempre esperando —por no decir buscando— esas semillas de los relatos, que están presentes en el mundo real pero que solo pueden germinar en los campos de la imaginación, para acabar elevando sus tallos y ramajes en esa otra realidad que es la literatura. En algunos de mis cuentos he intentado reflejar ese acecho del narrador, que no vive libremente, sino sujeto a esa pasión, o manía, de dejarse fecundar por las azarosas semillas del relato. También yo me reconozco escrutando la realidad, al atisbo de tales semillas, y creo que casi siempre he sido capaz de reconocer su naturaleza, aunque es cierto que permanecen dentro de mi imaginación, estériles y confusas, algunas formas que confundí algún día con semillas verdaderas. Quién sabe si algún día germinarán.

A propósito de este libro

Presento aquí reunidos los libros de cuentos que he publicado hasta ahora y algunos cuentos sueltos. No voy a hablar de ellos, pues vienen enseguida y creo que quien los lea debe juzgar por sí lo que son, sin necesidad de ninguna tutela del autor. Pero acaso no sea superfluo insistir en que, reconociéndome heredero de una tradición llena de hibridaciones, en la que caben tantos antepasados diferentes e ilustres, al escribir mis primeros cuentos era también consciente de que lo fantástico no parecía tener lugar en la literatura aceptada entonces en España como canónica. Sin embargo, yo había escrito ya dos novelas desde inquietudes diferentes de las realistas —una de ellas jugando con el tema del Doble y ciertos elementos de la fantasía científica, la otra intentando probarme a mí mismo que el tiempo para la literatura, como para el mito, carece de rigidez y de linealidad— y me sentía cómodo escribiendo relatos alejados de la actitud más común.

He preferido mantener independientes, dentro del conjunto, los tres libros de cuentos, ya que al fin y al cabo cada uno de ellos nació con cierta unidad de criterio. El primero de todos, Cuentos del reino secreto (1982), es una recreación de ciertos parajes leoneses, rurales y urbanos, de mi infancia y adolescencia, con la intención de introducir en ellos historias fantásticas. He hablado antes de naturalizar lo fantástico en mi experiencia; este primer libro sería un ejemplo de aquel propósito de llevarme lo fantástico a mi ciudad, a mis aldeas, a mis primeros paisajes, para colorear con ello aquel mundo que, subyugándome en ciertos aspectos, me resultaba al tiempo tan adusto y hermético. En El viajero perdido (1990) hay todavía algunos cuentos que podrían estar en el libro anterior, sometidos a una relación fantasmal con esos lugares que le quedan a uno en la memoria como si hubiesen guardado algún tesoro, aunque se sepa claramente que no sólo no es así, sino que acaso la sospecha de ese tesoro imposible sea, por paradoja, el resplandor de una frustración ennoblecida por el engaño del tiempo. También en ese conjunto hay cuentos que pertenecen a un nuevo ámbito, que no sé si llamar de la madurez, un ámbito menos exaltante, o visto con menor ingenuidad, más agobiado por la implacable realidad de las cosas. Aquí surgen algunos personajes —como el profesor Souto, o el anónimo y fracasado escritor de relatos— que al fin van a resultarme familiares. Personajes confusos, desorientados, proclives a topar con lo extraño, que suelen ser los que recorren mis fabulaciones, sabedores de que es imposible reconstruir el pasado hasta en la propia memoria, aunque en ello consista el obstinado empeño de la literatura. En Cuentos del barrio del Refugio (1994) inventé unas cuantas historias en ciertos lugares madrileños, también míos desde hace bastantes años. Siempre me ha gustado tratar los libros de cuentos buscando, si no la unidad temática, al menos esa familiaridad de decorado que tienen las novelas. De la herencia romántica me queda la idea de que el escenario es una especie de personaje, cargado él mismo de cualidades dramáticas y expresivas que añaden sentido al suceso narrado. El escenario, en este libro, engarza los relatos con la intención de impregnarlos todos en un aire similar de deterioro y tiempo perdido. Bajo el título Otros cuentos agrupo algunos que aparecieron en periódicos y revistas o que fueron escritos para acompañar a cuentos de diversos autores en un par de antologías que utilizaron como recurso creativo el mundo bíblico y los viajes de Simbad, respectivamente. Por último, la fábula Artrópodos y hadanes es un cuento muy antiguo, el primero de toda esta colección que yo escribí, hará más de veinte años, cuando era lector regocijado de fantasía científica y el género gozaba todavía de vitalidad, acaso porque aún quedaban en los lectores posos de ciertas esperanzas utópicas, que hoy parece que ya se han evaporado del todo.

Madrid, 5 de marzo de 1997

J. M. M.

03-historias

I. Cuentos del reino secreto

04-historias

Prólogo

En el prólogo a la antología 50 cuentos y una fábula, donde en 1997 reuní los cuentos que había venido publicando hasta entonces, explicaba que Cuentos del reino secreto «es una recreación de ciertos parajes leoneses, rurales y urbanos, de mi infancia y adolescencia, con la intención de introducir en ellos historias fantásticas». En aquel prólogo había hablado antes de que, como una prolongación de las historias oídas en mi niñez y de la literatura fantástica que tanto me había interesado en mi juventud, al escribir este libro había tenido la intención de «naturalizar lo fantástico en mi experiencia», añadiendo que el libro «sería un ejemplo de aquel propósito de llevarme lo fantástico a mi ciudad, a mis aldeas, a mis primeros paisajes, para colorear con ello aquel mundo que, subyugándome en ciertos aspectos, me resultaba al tiempo tan adusto y hermético».

Un crítico apuntó que esa declaración parecía mostrar la voluntad de inaugurar una tradición. Yo no había sido tan pretencioso, pues la tradición de lo fantástico en la literatura española, aunque menos vigorosa que la del realismo, es aún más antigua, pero lo cierto es que tuve la intención de profundizar en ese campo, consciente no sólo de seguir una de las líneas venerables de mi propia cultura literaria, sino también para intentar enfrentarme a la ignorancia, el olvido o el menosprecio que desde los cuarteles del canon se suelen mostrar hacia ella.

De manera que, en Cuentos del reino secreto, hay muchos temas habituales en el imaginario fantástico: azarosas relaciones entre la realidad y su simulacro, saltos maravillosos en el espacio y en el tiempo, desdoblamiento de personas y lugares, metamorfosis, fantasmas, rebelión y hasta tiranía de los objetos, interferencias de delirio y vigilia, todo lo que, a mi juicio, se acomoda con tanta naturalidad al mundo de la ficción literaria.

Lo que entonces no conté fueron las circunstancias en que escribí los cuentos del libro, y creo que merece la pena, pues siendo del todo cierto, parece corresponder al argumento de un cuento fantástico. Hacia 1980, un amigo que por entonces se dedicaba al comercio de antigüedades y que tenía tienda en León, en una calle cercana a la catedral, me vendió una mesa de lo que él llamaba estilo «tudor-rural», un antiguo velador de madera de roble, el tablero de unos noventa centímetros de diámetro susceptible de colocarse verticalmente para poder retirar el mueble contra la pared, con numerosas señales de carcoma en su pie trifurcado.

Por entonces yo ya tenía un pequeño reducto escritorio, con su correspondiente mesa, pero el mueble nuevo despertó mi curiosidad por comprobar si ese tablero abatible, sujeto por un viejo resorte de hierro, permitía que el velador fuese un objeto realmente útil, de modo que un día lo utilicé para hacer unas anotaciones: y de repente, mientras escribía, tuve la iluminación de numerosas tramas literarias, por lo que intuí, maravillado, que el velador estaba impregnado de cuentos.

Mi sospecha se fue confirmando en días sucesivos, y sobre ese velador tudor-rural escribí este libro a lo largo de un año y pico, pese a las incomodidades del bailoteo del tablero y del lugar en que el mueble se encontraba, alejado de mis libros y objetos usuales a la hora de escribir, de modo que esta colección de cuentos podría haberse titulado también Cuentos del velador, lo que además hubiera llevado en su nombre una evocación de aquellas «veladas» en las que se contaban cuentos, palabra que deriva, precisamente, de las velas con que la gente iluminaba esas reuniones, veladas que en León recibieron, entre otros, el nombre de «filandones», por la actividad manual que las presidía, que era la de hilar.

Embebido en la escritura de los cuentos que el velador traía, recuerdo una llamada muy alarmada de mi hermano, que por entonces participaba activamente en la restauración democrática, el día 23 de febrero de 1981, que me hizo regresar de mi embeleso, como si la mesa fuese además un vehículo que me transportaba a una dimensión muy apartada de la realidad. También debo decir que, concluido el libro, la mesa perdió su capacidad de estímulo literario, y la contemplé como el viejo velador con el tablero mal ajustado que es, donde se escribe sin comodidad, adecuado sólo para sostener un jarrón con flores y algunos retratos familiares. Sin embargo, acaso hace muchos años sirvió para sostener las velas o las lámparas de reuniones en las que se contaban cuentos y se relataban historias inquietantes, y yo encontré el rastro de las que aún lo impregnaban.

Tengo que añadir que algunos de estos cuentos resultaron proféticos en ciertos aspectos: en uno de ellos, «Buscador de prodigios», imaginé unas pinturas rupestres, lo que hasta entonces no había sido hallado en ninguna parte de León, que aparecieron tras la publicación del libro; el viejo monasterio de San Pedro de Montes, escenario de «Los valedores», fue asaltado con impunidad por unos ladrones que se llevaron las imágenes desvalidas y polvorientas que allí se encontraban; la invasión inexplicable de cigüeñas que ha sufrido la catedral ¿no puede tener como explicación algún sortilegio de algún misterioso residente?; pese a lo que se dice en el cuento, «la casa de los dos portales» sigue existiendo, rehabilitada, aunque su jardín haya desaparecido, y han instalado en ella la sede de la Cámara de Comercio después de anular, con plausible criterio, el portal que daba a la tenebrosa ciudad paralela.

«El nacimiento en el desván» propició curiosas coincidencias: en un viaje que hice a Orense en enero de 1998 para dar una charla, invitado por la asociación gallega de profesores de español Álvaro Cunqueiro, supe que en aquella ciudad había habido un famoso belenista cuya obra había sido destruida por un gato, nada menos, y me mostraron el admirable «belén de Baltar» instalado permanentemente en la antigua capilla de los santos Cosme y Damián, que, en misteriosa simetría con mi cuento, reproduce fielmente las construcciones de la comarca y hasta los personajes familiares en la vida del artista, Arturo Baltar. Ese precioso belén fue inaugurado en 1982, el mismo año en que yo publicaba este libro, hace ya 25. Feliz cumpleaños, libro.

Madrid, primavera de 2007

05-historias

El nacimiento en el desván

En tres días se puso oscuro y frío, hasta que acabó por nevar. Él se había quedado dormitando en el sillón, como de costumbre, cuando Gregoria llegó corriendo.

—¡Nevando en junio! —voceaba—. ¡Nunca se viera cosa igual! ¡Despierte! ¡Nieva!

Se levantó, asustando al gato que dormitaba también tumbado a sus pies, y se acercó a los ventanales. Los copos pequeños, en masas nutridas, desaparecían de modo instantáneo al tropezar con los tejados y la tierra de la calle. Por encima de aquel espeso torrente blanco, y a pesar de las nubes oscuras, la tarde resplandecía.

Salió a la huerta. Aquellos copos rápidos, que no cuajaban sobre las tejas, conseguían allí una breve permanencia, levantando pequeñas crestas en los bordes de las hojas de los árboles y de los rosales, tiñendo la hierba de un leve blancor. Y cuando dejó de nevar —del mismo modo súbito y extraño que había empezado— aquel blancor se apagó en unos instantes, devolviendo a la huerta sus colores naturales a través de una pasajera pero evidente sensación de oscuridad, como si la nieve al punto derretida hubiese sido un misterioso fulgor irradiado desde dentro de las ramas, de las flores y de las briznas.

Aquella incongruencia —la mueca del invierno cuando terminaba la primavera y el verano era irreversible— había traído a su ánimo una sensación desconsolada, y el fulminante apagón apoyó su desasosiego. El rostro súbito del invierno era algo más que un avatar climatológico: tenía algo de su propia actitud de tantos años, que culminaba en los últimos tiempos. Una especie de amargura postrimera en la que iba a verterse el caudal de una vida tan larga como solitaria. Con ese sabor de invierno volvió a la sala y, aunque Gregoria ya había eliminado, muchos días antes, toda la ceniza de la chimenea, colocando entre los morillos relucientes un enorme cóleo, le ordenó encender.

—¿Fuego? ¿A estas alturas? —exclamaba ella con una admiración que no conseguía ocultar el reproche.

—¿No nieva? A grandes males...

La oyó refunfuñar mientras se afanaba en la preparación de los leños, tras llevarse el tiesto a la galería. Sentado de nuevo en el sillón, contempló aquellos esfuerzos de la vieja con la frialdad de una comprobación científica, hasta descubrir en sus movimientos, cada vez menos ágiles, y en el lento arrastrarse, el reflejo también de algo propio, íntimo. Las llamas que brotaron al cabo entre los leños fueron transformando su melancolía en la sensación benefactora de los inviernos de la infancia, de vacaciones nevadas, peleas de bolas, avellanas y nueces cascadas al reverbero calurosísimo de las brasas.

—Ni que estuviésemos en Navidad —siguió refunfuñando Gregoria mientras se limpiaba las manos en el mandilón.

Las dos últimas Navidades habían reconstruido borrosamente aquellas de la infancia. Vinieron sus dos sobrinos con las mujeres y los hijos y la casa recuperó parte de los lejanos bullicios. Los niños corrían sobre la nieve, patinaban en los resbalizos, comían, también junto al fuego, las avellanas y las nueces y las castañas, jugaban con los regalos que, adelantándose a las fechas de su propia tradición infantil, les habían dejado los Reyes en la balconada.

Iban a contemplar el modesto belén de la parroquia y, al regresar, le preguntaban por qué no ponía él también un nacimiento en casa.

—Ponedlo vosotros, si queréis. Yo no tengo con qué.

Los dos años, los niños hicieron proyectos fervorosos para construir un belén el año siguiente. Con la imaginación transportaban ya las piedras, las cortezas, las ramas, las arenas y los musgos que servirían de montañas, de prados, de carreteras y senderos, de palmeras, acopiaban ya el talco que se esparciría sobre todo como una sutil nevada.

Oyéndoles, sonreía. Aquellos sueños fulgurantes estaban sin duda condenados a no hacerse realidad. Volverían en la siguiente Navidad y recordarían entonces los proyectos olvidados, con la enorme y pasajera decepción infantil.

Aquella misma tarde, cuando la nieve incongruente quedó totalmente deshecha por un crepúsculo anaranjado y risueño, concibió la idea del nacimiento. De joven, había sido hábil constructor de pequeños navíos que iba levantando poco a poco, en una entrega silenciosa y aplicada que la absorbía tardes y noches. Aquella afición se extinguió de pronto, con la inesperada muerte de su padre: la contemplación de la agonía y del último aliento, la conciencia súbita de lo irremediable de la inmovilidad paterna, forzaron su ánimo a una gran transformación y por la noche, cuando volvió a su alcoba, el galeón que, escorado a estribor, mostraba las cuadernas y los esbozos de tallas en la popa, le pareció un juego pueril y burlón, un engaño.

No terminó aquel barco ni construyó otros, pero tampoco volvió a disfrutar nunca de una paz tan completa como cuando los iba realizando poco a poco, ignorante del rostro de la muerte.

De modo que revolvió en el armario de su alcoba juvenil hasta encontrar las herramientas, los pinceles, los tubos de color. Luego buscó en la leñera un trozo de madera de chopo y, sentado otra vez junto a la chimenea, donde un leve rastro de ceniza denunciaba el fuego de la tarde, comenzó a escarbar en él con los pequeños cuchillos.

El nacimiento ocuparía una gran parte del desván y le servirían de base varias puertas viejas, sostenidas por caballetes. Lejos de la escenografía tradicional, el belén iba a tener un paisaje insólito: el mismo del pueblo y de su entorno, repetido en una escala minúscula, con casas de dos palmos y calles no más anchas que una mano. La colina en cuya ladera estaba el pueblo sería reproducida también y, en lo alto, el círculo de piedras semienterradas que daba testimonio de algún remoto asentamiento. El río, y sobre el río el puente, tendrían de igual modo su lugar en el belén, y parte de la colina que ascendía al otro lado del río.

Recuperó, nuevo y completo, aquel entusiasmo absorto de los años mozos, cuando tallaba con habilidad el suave adelgazamiento de las vergas y del bauprés, o pergeñaba cuidadoso el mascarón de proa, el hueco de las cofas, el diamante del ancla, la tabla del timón.

Construyó primero su propia casa. Sola en la ladera del pequeño montículo —desnudo todavía de cualquier simulación de hierbas, rocas, caminos— tenía, sin embargo, una presencia singularmente verosímil.

La larga luz de las tardes del verano fue atravesando el hueco del ventanuco y él, entre el aliento caluroso que penetraba también por allí como una lengua cálida, entre el descanso de los murciélagos que colgaban de las vigas como frutos o embutidos extraños y oscuros, entre la quietud que hacían más exacta los ocasionales sonidos del exterior, iba obligando a crecer al pueblo: y junto a la suya, fue construyendo las otras casas, los portales, los corrales, los huertos.

Al atardecer, subía al castro y comparaba con mirada minuciosa la realidad verdadera del pueblo con su reproducción, levantando planos cuidadosos que marcaban la dirección de las fachadas, la altura de las tapias, la anchura de las puertas, el aspecto del empedrado, la proporción general de vanos y volúmenes.

El otoño se anunciaba ya —el desván estaba frío y, a veces, penetraba por el hueco del tragaluz alguna hoja amarilla— cuando remató la espadaña de la iglesia, con dos pequeñas campanas de talco pintado. Luego fue preparando los montes, los huertos, los árboles y los senderos.

Para los Santos, pudo contemplar el nacimiento terminado. Sus manos habían conseguido reproducir, en una escala minúscula, el aspecto verdadero del pueblo, con los montes y el río. Se agachaba hasta meter la cara entre las casas y buscaba la inclinación que le permitiese la cercana visión de aquellas insólitas perspectivas vacías.

Lo solitario del paraje le sugirió la necesidad de unos habitantes y comenzó, con ánimo regocijado, la esquemática reproducción: el alcalde —que era al tiempo propietario de la tienda—, el guarda del coto, la maestra, el cartero de la villa en su moto, el cura, hombres, mujeres, rapaces, bestias. Los vecinos fueron saliendo de sus manos con una rapidez insospechada. Y gallinas, palomas, ovejas. Y Gregoria. Y él mismo, con su bufanda de los inviernos.

Diciembre llegó con lluvia. Una compleja red de cables sujetos al techo propició la instalación de varios portalámparas y las bombillas, ayudadas por botes vacíos y papeles de celofán de diversos colores, dieron al panorama del pueblo fingido, con las figuritas repartidas en calles, corrales y edificios, una atmósfera densa, una bruma opaca que se ceñía a las maquetas y a las figuritas como la niebla a las casas y a los hombres reales, cuando llegaba la noche.

La lluvia repicaba con fuerza en el tejado. Las perspectivas que tanto le asombraron otras veces por su extraño parecido con el pueblo verdadero, cobraban una gran nitidez: podía pensarse que éste era el pueblo y que el de fuera —envuelto en oscuridad y agua— era solamente su trasunto grandón e impreciso. Por una calle bajaba el afilador, ante el rostro blanco de una mujeruca que lo veía pasar desde un portal. Un perro olisqueaba la fachada de la tienda y, envuelta en sus capotes, una pareja de guardias civiles iniciaba la subida, buscando el cobijo de la casa cuartel. El cura, dentro de casa, por la ventana, miraba llover en la plaza.

El sonido de la lluvia sobre las tejas parecía resonar en el monte mínimo, sobre los senderos y los callejones de arena cernida, en los prados simulados con aserrín teñido y encolado, entre las ramas peladas de los pequeños chopos, sobre las aguas de mentira del río.

Movía la cabeza a un lado y al otro y, con el leve mareo causado por lo forzado de la postura de su cuello y el enfoque escaso de sus ojos, el espacio del belén se fue haciendo equívoco: la plaza, a la altura del suelo y desde la pared norte de la iglesia, tenía la misma inclinación que la plaza real; y la penumbra del desván, detrás de la figuración del castro, era la imagen misma de la noche de invierno; el puente, que cruzaba un jinete sobre su mula, se tendía encima de un río lleno de las espumas turbias de las riadas; la fachada de su casa, vista con los ojos asomados al tejado, tenía toda la apariencia de la casa verdadera, cuando se miraba hacia abajo desde el desván, por la claraboya del muro frontero.

Y, de pronto, dejó de llover. No fue consciente de ello hasta que se produjo el primer movimiento; pero cuando sucedió, le pareció que sus oídos se abrían a una nueva magnitud sonora, a un silencio preciso y extenso, sin lluvia ni otro rumor que el de las tablas del suelo crujiendo bajo sus pies.

Lo vio de reojo y quiso suponer que había sido una ilusión óptica. Sin embargo, después de que movió la cabeza para mirar directamente, el perro seguía correteando a lo largo de la orilla.

Retrocedió ante el inesperado descubrimiento y la sorpresa se convirtió en miedo —un miedo frío que se le enredaba con fuerza en el cuerpo— cuando su mirada abarcó una panorámica mayor del pueblo: porque todas las figuras se movían.

Con el ritmo de la vida real, los hombres y las mujeres cruzaban las calles, entraban y salían de las casas, escardaban en las huertas, se afanaban en los corrales. Por el silencio límpido empezaron a desparramarse unos murmullos suavísimos: como del río fluyendo, o de algún niño llorando; como de jatos mugiendo en las profundas cuadras; como de conversaciones en las cocinas.

Observó despavorido el nacimiento: en el centro del desván, el monte, las casas, la corriente, la chopera, parecían palpitar con una realidad incuestionable. Y su miedo se convirtió en horror. Reculó hasta la entrada, cambió de un manotazo el sentido de la clavija en el viejo interruptor y, sin atreverse a mirar la súbita oscuridad, cerró la puerta e hizo girar la llave.

La casa ofrecía su latido habitual, con Gregoria preparando la cena y el motor del pozo cargando el depósito. Fue recuperando la verdadera dimensión de las cosas y apartó de sí, con un esfuerzo firme, la horrenda sospecha que aquella apariencia de vida le había sugerido: que el belén era lo real y él sólo una gran figura inerte tallada de una astilla por unas manos hábiles.

A la mañana siguiente, la conciencia del despertar habitual, hecha a medias de cansancio y de pereza, puso los recuerdos en su lugar: sin duda su experiencia de la víspera había sido solamente una alucinación de los sentidos. Y cuando tras arreglarse y vestirse bajó a almorzar, la acedía de tantos años, que sólo su frenesí de artesano había logrado aplacar durante unos cuantos meses, lo atrapó de nuevo para devolverle a la gris pero segura paz de su viejo escepticismo.

Sin embargo, la cocina estaba vacía, la cafetera abierta y la mesa sin componer. Desconcertado por aquellas trazas poco usuales, llamó a la vieja criada.

—¡Gregoria! ¡Gregoria! ¿Qué pasa?

El grifo del fregadero goteaba con compás de péndulo. Chirriaron los goznes de la puerta del corredor, pero ninguna pisada se acercó. Entonces, tapando su boca con la bufanda, se encaminó al corral.

Sobre el empedrado, asomando de la oscuridad del lavadero como dos reproducciones de madera a tamaño natural, las canillas de la mujer, rematadas en las grandes alpargatas negras de felpa, anunciaban un percance. Cuando llegó a su lado, la sorpresa horrorizada no le dejó rebullir: el cuerpo de la vieja estaba tirado boca abajo, y su espalda aparecía abierta como un libro bajo las ropas desgarradas. Detrás de las costillas se adivinaba la masa de las vísceras. Inverosímilmente limpio, el escapulario del Carmen se posaba entre los jirones sanguinolentos.

Y estaba contemplando el cuerpo destrozado, preso todavía del estupor inicial, cuando comenzó a sonar el rebato de las campanas. Salió apresuradamente de casa y se encaminó a la plaza. En la mañana gris, la gente se estaba reuniendo en un corro. Por encima de las cabezas se alzaban los blancos penachos del aliento. Antes de que él hubiese podido hablar, le dieron la noticia de que, en la mañana, habían aparecido, también deshechos, los cuerpos de tres vecinos y de dos caballos.

Las jornadas, que transcurrían sin alteración ni sorpresa durante las horas de luz, adquirían durante la noche una dimensión pavorosa. Después de las muertes primeras, todavía hubo otras. Un pescador furtivo y dos perros, la primera noche; una familia entera de gitanos, instalados aquella misma tarde en la era con su tartana y sus bártulos, la segunda.

La rotunda desmesura de los degüellos sobrepasaba cualquier hipótesis y hacía callar a todos, como una invisible pero violentísima bofetada. Así, encerrada en sus casas, la gente del pueblo sentía empavorecida cómo el suelo temblaba, o escuchaba los gemidos de algún animal asustado que recorría las calles perseguido por un acoso inimaginable.

Solo ya del todo, al horror misterioso se unía la necesidad de asumir, en toda su amplitud, su propia subsistencia. La cama estaba cada vez más revuelta; la vaca pedía ser ordeñada; la cocina se iba desordenando y ensuciando progresivamente. El cuarto día, la imagen de un jamón mediado, sobre la mesa de la cocina, entre migas y restos de hogaza, en aquel conglomerado de platos y cacharros sin fregar, le dio la medida exacta de su situación.

La madrugada del quinto día, un viernes oscuro como una sartén, las campanas volvieron a retumbar entre la bruma. Una fuerza descomunal había destrozado la ventana de una casa. Los habitantes, un anciano matrimonio, yacían entre los restos de loza y madera como los muñecos olvidados después de una larga tarde de juego, y sólo la sangre, que lo embadurnaba todo, imprimía en la escena el sello certero de lo real. Sin embargo, el marco arrancado de cuajo, con toda limpieza, con una facilidad sobrehumana, y la forma en que estaba rota la vieja mesa de pino, como si en su centro se hubiese apoyado una fuerza incalculable, le recordaron la fragilidad de los pequeños objetos que él mismo había tallado, y que tan sólo un ligero esfuerzo de sus dedos astillaba y desmoronaba.

Esa imagen no le abandonó ya a lo largo del día. La cocina destrozada de los viejos, con los propios cuerpos descoyuntados, se mantenía viva en su mente como una maqueta rota. Sobre el miedo y el hastío comenzó a cuajar entonces una determinación.

La noche había caído ya. Buscó en el trastero la llave y se dirigió al desván. Otra vez el suelo se movió y los muros parecieron temblar. Cuando llegó a lo alto de las escaleras y abrió la puerta, el brillo leve de la claraboya y del ventanuco acotaban la enorme masa oscura de la estancia.

Encendió la luz. Entre la pacífica inmovilidad de las casitas, en aquella bruma simulada por la mezcla de las luces multicolores, había un gran bulto. Era el gato. Sin duda había quedado encerrado en el desván. Estaba agazapado junto a la reproducción de su casa, los ojos fijos en la claraboya. Miraba a la pequeña figura, de cuyo cuello colgaban los rabos de una bufanda. Alargaba su zarpa.

La figurita corrió entonces por el desván, llegó hasta el borde del nacimiento, atrapó con sus manos al gato y, volviendo con él hasta la puerta, lo echó escaleras abajo.

Revolvió luego en los baúles, buscó en las alacenas y las cajas amontonadas, hasta conseguir un montón de trapos —viejos capotes, estrambóticos vestidos, cortinas apolilladas, sacos— y cubrió con ellos todo el belén. Cuando terminó, cerró la puerta a sus espaldas, hizo girar la llave, bajó las escaleras, salió a la huerta —en la noche neblinosa brillaba un cacho de luna— y, después de levantar con esfuerzo las tablas carcomidas del antiguo pozo, arrojó dentro de él la llave que, tras un instante, chapoteó con eco leve en la húmeda negrura.

06-historias

La prima Rosa

Mi prima metió la llave en la cerradura y se ayudó con ambas manos para hacerla girar. Empujó la puerta, que se abrió con resistencia chirriante. La negrura, abalanzada de pronto sobre nosotros, se detuvo en el mismo quicio y quedó entreverada por súbitos flecos de claridad.

—Hala, pasa —me dijo.

Por dentro, la casa era también de piedra sin enlucir. En la penumbra, en mitad de la estancia, reposaba la gran masa de la muela. Salía de ella con suave ronquido el rumor de la corriente, dándole una apariencia misteriosa de bulto vivo.

La estancia estaba iluminada sólo por un ventanuco de vidrios polvorientos. Subían al desván unas escaleras hechas de losas de piedra que embutían un extremo en el muro y apoyaban el otro en una larga viga de madera oblicua sostenida sobre tres pies verticales, también de madera.

De modo brusco, sin rellano, la escalera terminaba delante de una puerta que mi prima abrió. Ante el armazón desnudo del tejado a dos aguas, que descendía a lo largo de la habitación y cuyas vigas longitudinales soportaban el entablado, imaginé penetrar en alguna cabaña muy alejada, en el tiempo y en el espacio, de aquella realidad: el pueblo de mis tíos, la tarde de junio, mi prima mostrándome mi lugar de trabajo. En el muro del fondo, una ventana abierta dejaba ver el río, el arbolado de la ribera, el monte lleno de violentos claroscuros.

En el centro de la habitación había una mesa casi negra y junto a ella una silla de anea.

—Aquí no te molestará nadie —dijo mi prima.

Al tiempo de poner los pies en el suelo —tambaleante, casi mareado tras el largo traqueteo en aquella baca llena de bancos de madera apretados donde nos apiñábamos pasajeros, paquetes y gallinas bajo el sol de la tarde— yo había comprendido que la tutela de mi prima iba a ser inflexible. Me había dado los besos rituales pero me dijo, antes que cualquier otra cosa:

—No te habrás olvidado los libros.

Yo no hablé. Negué con la cabeza y alcé apenas el paquete que colgaba de mi hombro izquierdo. Ella me llevó a casa, donde saludé brevemente a los tíos, me hizo dejar el equipaje —a excepción de los libros— y, sin descanso alguno, me obligó a seguirla. Anduvimos por la carretera, hasta dejar atrás las últimas casas del pueblo. Por un sendero estrecho, flanqueado de espesas masas de follaje entre las que se espesaban súbitos rayos de sol, vibrantes de polvillo y de insectos, mi prima me llevó hasta el molino. El ámbito que conformaban, en aquella hora, el edificio, el río y el paisaje todo, se marcó con precisión en mi aturdimiento.

—Aquí podrás estudiar a gusto —añadió—. Yo te tomaré las lecciones por la mañana, después del desayuno.

Mi prima logró infundirme un temor que ni el propio don Fulgencio había conseguido nunca, con toda aquella furia suya de los lunes, cuando utilizaba la lengua latina como arma contundente que aplastaba en sus alumnos la desconocida adversidad que, al parecer, hacía tan agrias sus jornadas.

Los días eran luminosos —aunque las masas arbóreas tamizasen la luz y envolviesen el molino en una sombra verdosa, empapada de frescor— y llegaban hasta mi cuarto de estudio, mezclados con el sonido perpetuo de las aguas —un sonido doble: agudo y voluminoso en los murmullos del exterior, grave y tenue en el susurro que vibraba bajo mis pies, debajo de la casa—, los cantos de los ruiseñores, los mugidos, los chirridos de los vencejos y de las golondrinas, los ladridos, alguna voz humana que, por llegar fragmentada, desaparecía siempre antes de que yo hubiese logrado interpretar su sentido.

Los días eran luminosos y en su sonoridad había una plenitud de cosa acabada e irreemplazable. Sin embargo, yo llegué a aborrecerlos tanto como los días oscuros entre las paredes del seminario, e incluso más, ya que las rutinas y los fastidios eran allí compartidos y la adversidad se distribuía ampliamente entre todos nosotros, pero en la soledad del molino, en mi aislamiento, yo era el único objetivo del rigor profesoral.

Intentaba forzar la demora frente al tazón de café con leche, pero mi prima no lo toleraba.

—Vamos, espabila, no te embobes.

Y luego era minuciosa examinadora de mis conocimientos, con una parsimoniosa evaluación de cada pregunta que no soslayaba ni la letra pequeña.

Al principio, estaba envuelto aún en una imprecisa modorra, que yo quería atribuir al aturdimiento del viaje, y en una voluntad no muy concreta pero indudable de ocio, que me dificultaba, hasta físicamente, fijar la atención en las páginas de los libros, emborronando el campo de mi visión. Todo aquello me impedía contestar, con mínima dignidad, las preguntas de la prima. No comentó nada el primer día, ni el segundo. El tercero, cerró de golpe el libro y me miró a los ojos con dureza, con un fulgor de aversión y disgusto.

Tenía los ojos pardos, pequeños, llenos de chispitas doradas y rojas. Un ojo era de tono más oscuro que el otro. La fijeza de la expresión, junto con aquella disparidad, me turbaron.

—Oye, a mí no me vas a tomar tú el pelo —dijo—. Si sigues así, lías los bártulos y te vuelves a tu casa. Para empezar, esta tarde le escribo a tu padre.

Me imagino que palidecí. Aún me parecía sentir en las orejas, en el cuello, por toda la espalda, los rotundos manotazos de mi padre.

—No, prima —exclamé apresuradamente—. Estudiaré. Te juro que voy a estudiar. Es que estos días no sé qué me pasa.

Mi madre se había asustado de la paliza. Él estaba rojo y respiraba agitadamente.

—Te mato, mamón —balbuceaba.

Y aquella misma noche decidió mandarme a casa de su hermano, para que la prima Rosa, que era su ahijada y estudiaba Magisterio, me controlase. Mientras yo hipaba en la cama, ante el silencio asustado de mis hermanos, les oía hablar en la cocina, discutiendo todos los extremos de una larga carta en la que exponían dramáticamente el caso: aquel curso mío lleno de faltas, distracciones y continuo empeoramiento, que había culminado en la catástrofe de varios suspensos y una advertencia del padre rector sobre mi porvenir.

Me obligué a estudiar, con los codos apoyados en la mesa, violentando con una disposición dolorosa la repugnancia que sentía en todo mi cuerpo. A menudo, dejaba el estudio y bajaba a orinar en la presa, recuperando sólo en esos momentos, mientras mi meada salpicaba en el agua tranquila, multiplicando las ondas en la superficie y entorpeciendo la limpísima visión del fondo pedregoso, la conciencia del verano tan dulce y gratuito, que cruzaban felices las golondrinas y las libélulas. La meada concluía, y sobre mí caía el recuerdo del libro en la mesa del desván como debe caer la hoja de la guillotina sobre el cuello de las víctimas, haciendo definitiva la obligación de asumir una renuncia absoluta y sin remedio.

Nunca el verano ha sido tan hermoso, tan pleno, y nunca lo perdí tanto como entonces. Al cabo, me resigné a aquellas duras jornadas de estudio y examen, inmerso en una estupefacción similar a la que debían sentir los galeotes mientras empujaban los remos del navío y, cuando levantaba la vista y contemplaba el monte encendido de sol, y las hojas brillantes en el suave meneo de la brisa, comprendía que yo estaba condenado a contemplar el paraíso desde el exterior de la reja.

Pero con el paso de los días, aquella voluntad mía tan desesperada me fue facilitando la rutina del estudio, y me era ya posible pasar cada mañana el implacable examen de mi prima y, sin embargo, distraerme por la tarde algún tiempo, la mirada perdida en el paisaje. Así fue como la descubrí.

La primera vez fue sólo un instante: un bulto femenino, que me pareció el de mi prima, atravesó el sendero, en un pequeño trecho que no ocultaban los zarzales y los árboles. Al rato, oí un chapoteo, como de alguien que se hubiese tirado al agua.

La tarde siguiente ya estaba atento y, aunque también pasó rápida, vi con claridad que era ella. El chapoteo subsiguiente confirmó mi suposición de que, sin duda, mi prima venía al río a bañarse.

Se suscitó entonces en mí una gran curiosidad por contemplar furtivamente su baño. Creo que aquella curiosidad no estaba fomentada por una pasión concupiscente —ya que los estímulos de la carne tenían entonces para mí una sugerencia sólo muy borrosa e imprecisa—, sino más bien por una suerte de venganza. Me parecía que contemplar a mi prima en la intimidad de su baño, sin que ella lo supiese, era como desquitarme un poco de la férrea autoridad que continuamente, y sobre todo cada mañana, dejaba caer sobre mí.

Aquella tarde me ensimismé, pues, en la imaginación del acto de rebeldía, y la tarde siguiente apenas miré el libro, pendiente tan solo de su llegada. Cuando la vi pasar, bajé rápido y sigiloso, busqué el sendero y lo seguí hasta adentrarme entre la vegetación de la ribera. Llegué por fin al lugar donde mi prima se había desnudado: sobre el tocón de un árbol, en cuya base se ofrecían las bandejitas doradas de unos hongos, estaba su ropa, doblada con cuidado.

Oí un fuerte chapoteo y me asomé con cuidado entre las ramas, esperando verla en el lugar de donde había provenido el ruido. Sin embargo, no encontré otra cosa que la superficie solitaria del río, alterada únicamente por los leves rizos de la corriente.

La inesperada soledad me desconcertó, hasta que un nuevo chapoteo, esta vez al otro lado, en la parte del molino, me hizo pensar que sin duda mi prima había nadado hacia allí, y temí que acabase por descubrir mi acecho; de modo que, agachándome, retrocedí por el sendero hasta el lugar en que el agua era visible otra vez.

Tampoco en esa parte había indicio alguno de mi prima. Al fondo, el molino silencioso, rodeado de hiedra, que nunca había contemplado desde aquel punto, me hizo imaginarme a mí dentro, tras la ventana abierta que, como un ojo vacío, presidía en lo alto la inmovilidad pétrea y oscura del edificio.

El río seguía su curso a un lado del molino; el agua de la presa, oscura por la sombra, entraba bajo él como si fuera tragada por una enorme boca. El arbolado de la orilla ocultaba ya el sol, que estaba muy bajo, y había en el aire un reverbero azulado, casi violeta.

Recuerdo que sentí un extraño temor: hasta tal punto el lugar había adquirido, en aquel momento, una apariencia inusual. Y entonces vi la trucha.

Estaba muy cerca del lugar en que divergían la corriente principal y la de la presa, y era inmensa. Yo había visto en mi pueblo truchas grandes: hubo una que sacaron con garrafa, que pesó cerca de los trece kilos, y desde luego que en el agua no aparentaba ni la mitad que aquélla. Por un momento —aunque mi conciencia no dudaba— razoné que era una gran piedra oscura y alargada no vista anteriormente. Pero la forma inconfundible, que permitía bajo su bulto el paso de la incierta claridad, y una inmovilidad en la que era posible adivinar, no obstante, la permanente vibración, se manifestaban como testimonios indudables de que se trataba de una trucha. Su aspecto se hacía más imponente por la falta de profundidad del lugar donde se hallaba.

Me quedé contemplándola absorto durante largo rato. La oscuridad fue haciéndose mayor. Al cabo, la trucha giró de pronto, sacudió su aleta caudal y desapareció río arriba, con rapidez de relámpago.

Aquella trucha enorme se me presentó como una imagen desmesurada de todas mis nostalgias invernales. En aquella abulia del seminario, que me había atrapado entre sus mallas durante el curso, latía una nostalgia irremediable en la que el río y las truchas tenían un papel importante. Las rutinas hipnóticas que giraban entre el olor de los guisos, los chuscos de pan y los mármoles grasientos, a lo largo de estancias frías y pasillos altos y oscuros, de jornadas largas y desoladoras como purgatorios, me habían hecho patente aquel curso, segundo de mis estudios seminaristas, el valor de lo que había abandonado. Y uno de los mayores tesoros de mi recuerdo eran, precisamente, los días de pesca. Desde muy niño, yo me había ejercitado en conocer y practicar los modos diversos de pescar las truchas. Aún no sabía nadar y ya era capaz de atraparlas bajo las piedras, en una búsqueda tenaz que no inhibía la aparición de las culebras. Luego, aprendí a pescar con la caña larga y también a preparar mis anzuelos con unas moscas a las que la impericia de mis manos no impedía ser útiles para capturar los hermosos animales de cuerpo restallante.

La gran trucha era, pues, como el fantasma de aquellas truchas no pescadas, evocadas con tanta melancolía en días interminables: era invierno fuera, un sol pálido iluminaba la tierra del patio, los escuálidos arbolitos pelados, la tapia de ladrillo, y yo imaginaba con acongojada memoria el mismo día y la misma hora en mi pueblo, junto al río. Y ahora, entre mi verano también frustrado, aparecía como una señal misteriosa: sin duda nadie, nunca, había visto una trucha semejante.

Cuando quedé dormido, aquella noche, el recuerdo de su inmenso lomo oscuro, del preciso golpe de su cola, de su rápido y solemne movimiento, inclinaba mi ánimo al regocijo, y casi disculpaba las tardes de estudio insoslayable y las mañanas de minucioso interrogatorio.

Desde el momento que descubrí la trucha, nació en mí el propósito de capturarla. Además, aquella larga temporada, en la que me había visto obligado a violentar dolorosamente mis verdaderas apetencias, había conseguido crear en mí una capacidad antes desconocida para mantener mi imaginación bullendo sin por ello perder el hilo de las abstrusas cuestiones académicas. Conservaba así, frente a la incansable evaluación cotidiana de mi prima, el ritmo frenético a que me había visto forzado desde los primeros días y, sin embargo, conquistaba poco a poco, dentro de mí, un espacio para la ensoñación.

En ese contorno introduje mi idea. Con disimulo que nunca fue descubierto ni sospechado, fui escamoteándole a mi tío pedazos de sedal, anzuelos y plumas, y preparé, con aquella paciencia que había aprendido a asumir, las moscas artificiales que me parecían más apropiadas, según las que caían en el agua aquellos días.

Dejé mis aparejos bien sujetos a la orilla, en diversos lugares que podía contemplar desde la ventana. Mi prima seguía viniendo a bañarse en el río, al otro lado del recodo, y la trucha bajaba corriente abajo hasta reposar en su lugar habitual.

Por fin, una tarde, cayó en uno de los engaños. La pesca se anunció con enorme chapoteo. Yo había asegurado los anzuelos con sedales muy fuertes, bien sujetos por el otro extremo a cuerdas resistentes. La trucha se había enganchado muy cerca de su lugar de acecho.

Bajé corriendo las escaleras y, sin dudarlo, me metí en el agua, que en aquella zona no me pasaba del muslo. El cuerpo de la trucha se me escurría y temí perderla, hasta que conseguí hundir mis manos en sus agallas. Tenía una fuerza muy superior a la sospechada y consiguió hacerme caer. Yo no sé cuánto tiempo duró nuestra lucha, pero recuerdo que rodamos por el agua largo trecho. Pienso que la excitación intensísima que me dominaba fue lo único que impidió que, medio ahogado en mis revolcones, me viese obligado a soltarla. Al fin conseguí arrastrarme hasta la orilla y, con enorme esfuerzo, empujarla fuera del agua. Y ambos quedamos tumbados sobre el sendero.

Vista a mi lado, parecía todavía más grande. Seguía coleando con furia y abría la boca en grandes boqueadas. A lo largo de su gran cuerpo, los lunares se marcaban como piedras preciosas. Me quedé observándola con emoción maravillada.

De repente, un descubrimiento me llenó de desazón. Eran sus ojos. Los ojos de la trucha trajeron a mi pensamiento los ojos de mi prima. Me pareció también que estos, como aquellos, eran de distinto color, y que en ellos había una expresión similar. Y tuve miedo. La tarde estaba otra vez en esa hora azulada y misteriosa que parece el ámbito de un sueño. El edificio del molino se mostraba en su apariencia de gran ser agazapado. Desde los ojos de la trucha boqueante me miraban los ojos de la prima Rosa.

Le arranqué el anzuelo y la empujé hasta el agua. Quedó unos instantes quieta, y luego se fue alejando despacio, hasta desaparecer en el centro de la tablada, que la tarde ponía cada vez más oscura.

Cuando volví a casa, no era yo el único que había sufrido un accidente: mi prima se había enganchado con una zarza y tenía un desgarrón sanguinolento en el labio superior. Mi tía nos riñó a los dos. Para prevenir la posible pulmonía que me vaticinaba, me hizo tomar una copa de orujo —que, tras quemarme las entrañas, me sumió en una modorra risueña— y curó la herida de mi prima, a quien reprendía por aquella manía suya del baño cotidiano. Sobre la herida de mi prima, el agua oxigenada hervía con una espumilla suave. Ella me miraba fijamente, pero yo desvié los ojos.

Ya no volvió a bañarse en aquel pozo cercano al molino. En cuanto a la trucha gigante, tampoco la vi nunca más.

07-historias

La noche más larga

Antes de entrar en Benavente, los carteles señalaban el desvío, que también aparecía marcado en el firme con grandes letras amarillas. Condujo el coche hacia aquella carretera sin premeditación, con un gesto inconsciente que lo hizo encontrarse de pronto sorprendido y confuso, como después de un traspié inesperado; pues, aunque nada le obligaba a estar en Ponferrada hasta el lunes, se había hecho el propósito de pasar en el Bierzo el fin de semana, y hasta había comprado una guía turística en la que, a todo color y por orden alfabético, se describían los lugares de la comarca. Por lo tanto, no era lógico que, cuando había cubierto los dos tercios del viaje, se desviase hacia León.

Enseguida pensó que, de cualquier manera, podría continuar marchando a Ponferrada después de atravesar la capital. Daba sin duda un gran rodeo, pero se trataba de un viaje sin apremios ni prisas; así, tranquilizada aquella perplejidad primera ante el gesto imprevisto, siguió recorriendo con rapidez la nueva carretera.

Conforme se iba aproximando, sentía un aturdimiento extraño, producto acaso del fuerte reverbero del sol de mediodía en los oteros rojizos, donde se abrían las entradas de las bodegas, y en los largos sembrados de remolacha que, flanqueados por acequias de cemento, se alargaban por la ribera hasta la lejanía de las choperas innumerables.

Sólo aquel aturdimiento, originado sin duda por causas físicas. Ninguna emoción, ninguna turbación especial al acercarse a aquella ciudad de donde se había ido hacía ya cinco lustros, después de vivir en ella los años de su mocedad. Y, sin embargo, cuando avistó a lo lejos la silueta del caserío, con el breve atisbo blanco de la catedral, al aturdimiento se unió una zozobra inexplicable.

Aquella ciudad tenía poco que ver con él. Apenas unos años —un destino de su padre, anterior al que le llevara al lugar de la jubilación y de la muerte— en una vida llena de lugares sucesivos y distintos, de súbitos traslados y mudanzas, de cambios que alteraban el entorno urbano, la casa, el colegio, los amigos, el habla, las comidas, el clima. Sin embargo, cuando recorrió aquel puente sobre la vía que había sustituido la vieja pasarela, comprendió que el aspecto de la ciudad, aunque alterado en muchos puntos por grupos de viviendas gregarias que antes no existían, se mantenía con gesto familiar en su recuerdo.

Recorrió Papalaguinda, atravesó Guzmán. Y cuando entraba en La Condesa, la imagen del templete de la música, rememorado de pronto con la misma presencia luminosa, se le coaguló en los ojos, confirmando una figura que, por el conjuro de la breve visión, asomaba de un hueco de la memoria con una rotundidad capaz de imponerse sobre recuerdos mucho más recientes y considerables.

Los castaños permanecían extendiendo sus ramajes densos, verdes, con aquel tono oscuro hecho de la misma sustancia que la sombra que se derramaba bajo ellos. Al nivel del río, la antigua orilla silvestre, llena de chopos, zarzas y muros de cantos, había sido por fin domesticada. Pero el paseo seguía manteniendo el aire plácido, lento y rutilante de los tiempos pasados.

Con el templete de la música le vino también la imagen precisa de una muchacha arrubiada, de ojos claros, cuyo conocimiento, en esa frontera entre los últimos flecos de la niñez y los primeros nudos de la juventud, le había marcado con todas las señales de los enamoramientos desmedidos.

La muchacha era hija de una viuda que trabajaba como enfermera en la clínica de un cuñado suyo. La referencia frecuente a su tío, propietario del sanatorio más grande de la capital, la envolvía en una imprecisa culminación. Pero era risueña y bondadosa, y él comenzó a enviarle misivas —la mitad de la hoja de un cuaderno doblada hasta formar un pequeño rectángulo— a la academia donde ella, a última hora de cada tarde, se veía obligada a mejorar los conocimientos matemáticos que le impartían regularmente las teresianas. Era mensajero un vecino granujiento y amable, compañero de clase, hijo de un músico militar.

De tal modo establecieron una relación llena de grandes nostalgias, de frustrados discursos, de paseos furtivos y de charlas sobre los avatares colegiales, mitificados como sucesos de una épica mucho más rica que la que los libros de texto relataban. El momento culminante de su amor se cumplía alguna tarde, en el cine, cuando se tomaban de las manos y juntaban sus mejillas.

Al recordarla, su aturdimiento se convirtió en una sutil resonancia alrededor de su cabeza: como si llevase puesta una escafandra de buzo o un casco de astronauta. A través de aquella envoltura invisible, que le sugería un indescifrable desasosiego, era sin embargo capaz de captar con toda precisión los sonidos, las luces y los colores de la misma ciudad de sus años mozos. Y, de igual modo que había decidido cambiar su rumbo y acercarse a ella, siguió la dirección del centro, buscó un hotel y pidió una habitación, con una determinación sin dudas ni proyectos que se sentía obligado a asumir.

Luego, recordó claramente a varios compañeros. Sobre todo, a Marcelino Tascón, Lino, con aquel cuerpo flaco y el pelo ensortijado.

El almacén familiar estaba en una bocacalle de la avenida que remataba en la estatua del héroe de Tarifa. Entró en aquel oscuro laberinto lleno de cajas, papeles y rollos de cuerda, y preguntó por el viejo amigo. Lo mandaron a la oficina, un cubículo de cristales opacos, varado en la enorme sala como un submarino en algún bajío incongruente. Allí, sin apenas variaciones, reencontró la imagen añeja. E iba a decir que acaso el otro no le recordase, para justificar la familiaridad sonriente de su irrupción, cuando el viejo compañero se levantó, abrió los brazos con gesto de asombro, extendió hacia él el índice de la mano derecha, como si esgrimiese un colt y, parodiando un gesto inmortal, acuñado como estereotipo de un aborrecido profesor, exclamó:

—Aproxímese, lepórido.

No fue posible concertar una cita para la sobremesa, pero quedaron a cenar, y el viejo amigo le aseguró la asistencia de algunos compañeros de aquellos tiempos.

—Los que quedamos aquí. Cuatro gatos.

Comió en El Besugo, y dedicó la tarde a vagar por las calles, haciendo un lento repaso de sus recuerdos. Pero no comparaba la ciudad que veía de nuevo con la que había conocido y vivido, sino su propio deambular de ahora con aquel viejo vagar. En sus paseos juveniles había solamente la mera ejecución de una rutina ajena a la mueca íntima de los lugares; en este de ahora, la contemplación de las fachadas, de las murallas, de los rincones ancestrales, estaba embadurnada de una melancolía que se fue ciñendo como otra venda a su aturdimiento.

Melancolía de qué. Había conocido otras ciudades, otros compañeros con los que también había pactado secretos conjuros burlones frente a la prepotencia profesoral, otras muchachas a las que había acompañado y abrazado al hilo de las farolas, en las tardes brevísimas de los inviernos, o bajo los dulces brillos de la primavera. Y, sin embargo, en esta ciudad se conservaba, con el mismo aroma callejero de entonces, una intensidad en los recuerdos de los rostros, de los gestos y de los sentimientos que no le había asaltado de tal modo en ningún otro sitio.

Fueron cinco a cenar. Además de Lino y de él mismo, De la Llama, el que jugaba tan bien al fútbol, Jesús Folgado —alias Suso y Choli— y aquel muchacho grandón y estólido, ya un hombre avejentado e igualmente silencioso, que entonces conocían por La Pelfa.

Bebieron mucho. Ellos esperaban sin duda que fuese él el principal narrador, y la bebida y la conciencia de estar de paso en un lugar elegido de aquel modo gratuito y aleatorio, lo animaron a la confidencia. Les habló con burla de su fracaso matrimonial, de aquel trabajo suyo que menospreciaba, de los lugares lejanos que conocía y que no tenían secreto ni misterio alguno, porque resultaba que el mundo venía a ser una habitación un poco más grande, con más adornos y más mesas y más gente, pero donde se repetían los mismos gestos de siempre, las mismas miserias, donde nada era en sustancia distinto.

Comprendió entonces que ellos estaban algo desconcertados, y llevó la conversación a los temas comunes. Se admiró —se admiraba— de encontrar el barrio húmedo así de pimpante y vivo. Cuando ellos eran muchachos, compartían sus recorridos con una clientela muy madura, casi senil, y parecía, en aquellos periplos vinosos por entre las viejas tascas y los grupos de hombres con boina, que el barrio agonizaba, que estaba llegando a su fin y que ellos eran los únicos jóvenes que lo recorrían, por última vez. Así, tomar chatos en aquellos viajes vespertinos que los llevaban de Los Pelayos a La Gitana y de ésta al Burro y a Benito, tenía casi las características de un rito que se cumpliese con especial unción, al saberlo en trance de acabamiento.

Sin embargo, el barrio había sobrevivido, y hasta tenía una vitalidad que él no hubiera podido sospechar.

Ellos no daban demasiada importancia a aquello que tanto le admiraba. El barrio había sobrevivido, pero a costa de una gran transformación, de una evidente diferencia con el pasado, que estaba en el tipo de clientes y en la manera de beber y de hablar. Este bullicio no tenía semejanza con aquella animación sin tumulto.

—Además —exclamó Lino, con una carcajada— ya enterramos a Emilín.

Había muerto Emilín, el enano del cupón, y se jubiló don Claudio, que combinaba la venta de sus corbatas, colocadas cuidadosamente en el antebrazo derecho, con la de otros objetos entonces nefandos; también murió aquel Pelines, el presidente de la peña Los Tímidos. De los personajes que le daban al barrio su vieja dimensión pintoresca, a la vez menestral y bohemia, no quedaba ninguno.

En su aturdimiento, tuvo entonces otra revelación que, por un instante, le resultó aflictiva. Recordó a aquel viejo borrachín, aquel hombre escuálido, de cabellos grises y lacios, que a veces se acercaba a beber un vaso con ellos.

—¿Y qué fue de aquel que soplaba tanto, aquel tan flaco, que era un alcohólico tremendo? —preguntó.

Le miraban atentamente, intentando recordar al personaje. Él sacudió el brazo de Choli.

—Sí, hombre. Había sido zapatero.

Todos dijeron el nombre al tiempo.

—Gundo. El Samba.

Al oír el nombre, un filo misterioso rasgó su aturdimiento y la mente pareció quedarle libre de aquellas vendas invisibles.

—Murió.

Tuvo una muerte digna de otros borrachos míticos de la ciudad. Quedó al parecer dormido en un solar de la plaza del Grano, una madrugada. Un camión que traía arena para las obras de un edificio que iban a construir allí volcó su carga sobre el inadvertido durmiente. Muchos meses después, cuando los obreros agotaron el montón de arena, encontraron el cuerpo.

—Entre la arena que tenía por fuera y el alcohol que tenía por dentro, estaba perfectamente conservado. Eso sí, pesaba menos de quince kilos.

Mientras le relataban la muerte singular, remate digno de una vida perdularia, recordó con nitidez la historia extraña de aquel hombre.

—Era un tipo curioso —dijo.

—Era un cachondo —decían—. Lástima que fuese tan borracho.

Aquel hombre significaba de pronto para él una clave misteriosa, que le era imprescindible desentrañar con una urgencia y una súbita pasión que solo podía atribuirse al exceso de bebida. Una clave que se escondía en los entresijos de aquella existencia desastrada.

Al parecer, cuando la República, abandonando a su mujer y a sus tres hijos sin advertencia alguna, se había marchado a América, donde viviera casi veinte años y donde se casó y tuvo también varios hijos. Según decían, al cabo las cosas le fueron mal. Abandonó también aquella familia, volvió al solar primigenio, e intentó una reconciliación que no tuvo éxito: su mujer, que había pasado muchas penalidades para sacar a los hijos adelante, manifestó hacia él un odio sin rendijas, y los hijos participaron con firmeza de la actitud materna. Sin recursos, y llevado de una abulia poderosa, el hombre dio en mendigar y beber. Aquella osadía de los sucesivos abandonos familiares le había convertido en una figura que era recibida en las tascas con una mezcla cordial de desprecio y regocijo. En un afán permanente de purificación de su infinita borrachera, el hombre relataba sucesos extraordinarios, achacando a incomprensibles añagazas del destino su miserable suerte.

Una tarde de verano estaban Lino, Choli y él merendando una ensalada con escabeche en el patio de Benito. Había una placidez dorada entre los edificios pardos, a la que servían de contrapunto el chirrido de los vencejos y los gritos de los niños, que jugaban en la plaza mayor y en el caño Vadillo. A través del hueco de la puerta, al final de las largas mesas cuya superficie introducía en la penumbra unas lagunas de luz mate, lo vieron entrar en la taberna. Choli levantó la frasca y le llamó:

—Gundo, tómate un chato con nosotros.

Siempre que encontraba a Choli, Gundo manifestaba un servilismo rastrero y tierno. Había trabajado en la tienda de su padre y luego, cuando se instaló como zapatero, había seguido trabajando para ellos. Hablaba de los zapatos que le había hecho a su madre con una crispación sentimental que se filtraba como una sutil indecencia.

—Yo besaría esos pies de doña Cristeta. Esos piecines blancos. Muchos pares hicieron estas manos para ellos. Ahora deberían pisarme, machacarme las tripas, los sesos. Ahora que soy peor que las mondas para los gochos.

Se ponía a llorar. Sus manos extendidas temblaban con frenesí y el rostro llegaba a ponérsele de un tono púrpura, como de pendón. Algunos parroquianos, o el respectivo tasquero, comenzaban entonces a interpelarlo, forzándole una serie de declaraciones inconexas y disparatadas que acababan encendiendo el regocijo general.

Se acercó con aquel arrastrar de pies y, tras una serie de reverencias, se sentó en el extremo del banco. Aquel día estaba muy tranquilo. Choli empezó a provocarle.

—Refréscate, Gundo. Aunque tú no extrañarás estos calores, acostumbrado al trópico.

Sí, estaba verdaderamente tranquilo. Debía de ser que todavía no había comenzado a soplar. Tomó un sorbo del vaso, cogiendo el vino con la lengua y los dientes, como si lo mordiese, y habló lento.

—Yo nunca estuve allí. Yo no sé nada de eso.

Choli les guiñó el ojo.

—Vaya, Gundo. No nos vengas ahora con que no te pasaste veinte años en América, con aquellas mulatas y el maracumbé.

El borracho afirmó gravemente con la cabeza.

—Ni veinte años ni veinte minutos.

En su urgencia por descubrir ese secreto que intuía bajo los recuerdos, recuperaba con precisión, entre la cháchara confusa del comedor lleno de humo, la estampa de aquel atardecer cálido y dorado.

El borracho había depositado el vaso sobre la mesa, y comenzó a hablar monótonamente, con los ojos fijos en sus propias manos cruzadas.

—Nunca estuve en América. Salí de madrugada para ir a cazar. Cogí el hullero. Hacía un día de bochorno. Picaba el sol. Maté dos perdices y dos conejos, pero me alejé mucho, mucho. Cuando quería volver, cayó una nube colosal. Rayos y centellas y un diluvio. Busqué cobijo en el único sitio que vi. Una casa que tenía un techo enorme de paja. Había tres mujeres en la cocina, haciendo encaje. Me invitaron a sentarme en el escaño y siguieron a lo suyo. Había una gran lumbre en el fogón. Con todo lo caluroso del día, allí no sobraba. Me quedé quieto, escuchando todos los ruidos: el de los truenos, el de la lluvia, el de los palillos de las mujeres, el de sus rezos, el de la leña chisporroteando. De repente sonó el pito del tren. Me puse de pie y solté un reniego, porque lo había perdido. La mayor, que era muy vieja, me dijo que no tuviera cuidado, que podía quedarme allí a pasar la noche, que durmiese en el escaño. Al rato me dieron unas sopas y se fueron a acostar. Como estaba cansado me dormí enseguida. Un sueño profundo. Cuando desperté, me dolía todo el cuerpo. Había mucho silencio. Una luz grisácea se escurría débilmente desde arriba, por entre las pajas del tejado medio derruido, a través de un boquete, justo encima de mí. El fogón estaba apagado, pero toda la cocina estaba llena de una bruma que al principio pensé que era humo y que luego resultaron telas de araña, como vendas o trapos, engordadas por el polvo. Lo primero que toqué fue mi escopeta. Estaba oxidada como un pedazo de chatarra y tenía los cañones comidos del orín. Las perdices y los conejos habían desaparecido y, cuando me moví para buscarlos a lo largo del cinto, sentí un ruido como de astillas que tintineaban y un montón de huesecillos se desparramó por el suelo terroso y lleno de paja podrida. Luego agarré aquella manta que me cubría, pero eran mis barbas. Me llegaban casi a las rodillas, y cuando me puse de pie y me palpé la espalda, sentí que el pelo me colgaba más abajo del culo. Claro que tuve miedo. Me moría de miedo. La ropa se me rompía por todas partes al moverme, y al desabrocharme la cazadora para meter las barbas dentro saltaron todos los botones. Salí de aquellas ruinas y me fui a la estación. El tren llegaba en ese mismo momento y me subí a él sin titubear. Había muy poca gente, pero todos me miraban estupefactos. Busqué al revisor, le pedí billete, le alargué el dinero, y él lo miró con extrañeza y luego me contempló a mí de arriba abajo, como con respeto. Me devolvió el dinero y no me dio billete, pero me llevó a un extremo del vagón, me indicó un sitio para que me sentase y se alejó, con un ademán que parecía fugitivo. Todos me rehuían: hasta la mujer que rifaba los caramelos pasó al lado mío deprisa, sin ofrecerme ningún boleto, y yo noté que apartaba los ojos. Cuando llegamos, me fui directo a la peluquería de Senén. La gente se volvía a observarme por la calle. Gelín estaba trabajando y, en lugar de Paco, había un señor desconocido. También el chico era distinto. Senén leía un periódico. Yo le llamé por su nombre y él me miró con susto. Me senté en el sillón y me saqué el pelo y las barbas de la cazadora. A través de los cristales, los rapaces que me habían ido siguiendo por la calle me contemplaban absortos. Senén salió y los ahuyentó sacudiendo el blanco mandil, como si oxease unas gallinas. Luego se puso a la tarea sin rechistar. El pobre tenía todo el pelo blanco y esa sonrisa falsa de los dientes postizos. De aquélla ya se le notaba una canal en los pómulos que me dio muy mala espina. Primero me cortó las melenas. De vez en cuando, el chico pasaba el escobón y arrastraba hasta el fondo aquellas greñas de metro y medio, para sacarlas al patio. Cuando terminó con el pelo, Senén se metió con la barba. Empezó cortándomela por debajo del cuello, a grandes tijeretazos. Con lo aficionado que era a charlar, estaba mudo y serio, como en un funeral. Yo no decía nada: me sentía despistado por todos los sucesos, y aquel Senén de pelo blanco y cara de viejo aumentaba mi desconcierto. Por fin recortó la barba con cuidado y, por último, me enjabonó y se puso a afeitarme con la navaja. Cerré los ojos y sentí en mi rostro aquellas manos suyas. Cuando terminó, me colocó el paño caliente encima de la cara. Luego me pulverizó por la cabeza agua con colonia y me peinó. Yo había encontrado en el espejo frontero mi rostro con sorpresa: estaba pálido y parecía muy flaco, y mucho más viejo. Mientras Senén pasaba el espejo pequeño frente a mi nuca, para que viese el corte reflejado, nuestras miradas se cruzaron y sus ojos me reconocieron. Se dio con el espejo en el pecho y gritó mi nombre.

El habla monótona cesó un momento. Había oscurecido. Salieron de su fascinación y Choli le rellenó el vaso, pero no dijo nada.

—Nada de América —añadió el Samba, y apuró el vaso de un golpe—. Cosas de la vida.

Se alejó, intentando mantener cierta apostura, impresionado tal vez él mismo por el efecto que había conseguido entre sus oyentes, que lo miraron irse sin comentarios.

Sin embargo, la clave misteriosa no aparecía por ningún rincón de su recuerdo. Además, el vino comenzaba a producirle acidez. Estaba deseando quedarse solo, para reflexionar tranquilamente sobre aquella inquietud.

No fue posible. Después de la cena, aún recorrieron varios sitios ruidosos, aunque era evidente que los viejos compañeros no tenían costumbre de trasnochar. Acabó convenciéndoles de la oportunidad de terminar la velada. Iban todos en el coche de Choli. Le pidió que lo dejase en La Condesa, porque quería dar un paseo; tras una prolija despedida, vio alejarse las luces del automóvil y quedó solo bajo la noche primaveral.

Como siguiendo el mismo cauce del río, venía de los montes un aroma intensísimo a matorrales olorosos, a hierbas, a prados y vegas. El cielo estaba limpio de nubes y en la gran nitidez serena chisporroteaban las estrellas. Recorrió el paseo con lentitud, escuchando el resonar de sus propios pasos. Al fin se sentó en un banco de madera, cerca del templete, y echó la cabeza atrás, escondiendo la mirada en la oscuridad del follaje.

Estar allí sentado, en una ciudad que hacía sólo unas horas se encontraba tan lejos en el tiempo y en los sentimientos, y haber recobrado de repente tantas cosas antes olvidadas, lo sumía en un curioso pasmo. Y la sospecha de que la historia del borracho tenía para él un significado especial seguía bullendo dentro de su mente, aunque aquella urgente desazón de la cena se había apaciguado.

Se quedó dormido. Cuando despertó, el bullicio había sustituido al silencio. Se sacudió, sobresaltado. La Condesa estaba bastante animada, con muchas madres y criadas sentadas en los bancos y los niños corriendo y gritando en sus juegos. Venía de lo lejos el ruido de las sirenas y la música de los caballitos, instalados al final de Papalaguinda. Al principio del paseo, un grupo de curiosos iba reuniéndose en torno a aquella especie de faquir flaco y mísero, que ordenaba minuciosamente sobre la manta las bombillas y los clavos que luego se comería.

Miró la hora en el reloj que le regalaron cuando la reválida, se levantó y echó a andar hacia el templete. Y cuando la vio acercarse, con ese vestido amarillo que tenía unas flores en el borde, se sintió lleno de gozo. Porque era sábado, y verano, y tenía cinco duros en el bolsillo y toda la tarde, junto a ella, por delante.

08-historias

Los de allá arriba

Dos semanas después, Su Ilustrísima percibía aún el olor. Se pasmaba unos instantes en aquella intermitente abstracción suya, husmeaba y decía, por ejemplo:

—Aún se aprecia. Quince días ya y aún se aprecia.

Lo que para la generalidad del cabildo era signo aparente de despiste, resultaba para sus allegados clara muestra de una sensibilidad peculiar: aquel detenerse en mitad de un gesto, de una oración, acaso en el sencillo acto de llevarse la cuchara a la boca, para hacer explícita una preocupación inesperada por algún suceso lejano, o la memoria de una anécdota confusa. La declinación de la luz, en la hora lenta de la sobremesa, le sugería de modo inopinado determinada lección de un antiguo profesor, o el brillo de alguno de los grandes ríos atlánticos contemplado desde este o aquel puente, en un lugar desconocido por la mayoría de los oyentes.

De igual manera, las lluvias del invierno le traerían luego, con la inmediata noticia de las riadas florentinas, en que la prensa hacía énfasis extraordinario, el recuerdo del incendio. Y suspendiendo su discurso, volvería acaso el rostro a la ventana, hacia la catedral que relumbraba al sol, para comentar cómo el año, por el agua y por el fuego, parecía haber sido enemigo de los tesoros de la cristiandad.

Aquella forma de expresarse suponía una súbita espontaneidad surcando, como un breve torrente, el general distanciamiento de su actitud. Esto era desconcertante para quienes no le conocían lo suficiente y que, ignorantes de la timidez fundamental de su carácter, aseguraban que su despiste no era inocente sino intencionado, y que se servía de él a modo de timón capaz de cambiar el rumbo de las conversaciones indeseadas.

De modo que Su Ilustrísima dejó la taza en el platillo y, en lugar de responder directamente a la breve y oscura información del deán, repuso que todavía notaba el olor del incendio.

—Sólo la bondad divina pudo impedir la catástrofe —añadió.

Guardó luego silencio unos instantes y preguntó por fin:

—¿Huellas extrañas? ¿Huellas de qué?

El deán esperaba a que la manzanilla se enfriase, pero se había quedado con la taza en la mano derecha. Bajó la voz todavía más:

—Huellas muy extrañas, Josechu. Tienes que verlas.

Su Ilustrísima encontró en los ojos del deán un brillo temeroso. Sacudió la grata pereza que intentaba mantenerlo sentado a la mesa del comedor, entre la penumbra que propiciaban las persianas abatidas, apuró el café de un trago, y tomó la decisión de subir a ver aquellas huellas misteriosas.

—Pues vamos ahora, si quieres.

Y se quedó contemplando al deán, que iba tomando su manzanilla a sorbitos, con intermitentes resoplidos.

A aquella hora no había nadie en la calle, y el sol veraniego lo invadía todo con violento reverbero. Entraron por la puerta del sur, recibiendo con alivio el frescor que, como un cuerpo vivo y sólido, se mantenía encerrado entre las grandes naves. Subieron las escaleras angostas, hasta llegar a lo alto, y la pequeña puerta les devolvió al sol encrespado de la tarde primeriza.

Su Ilustrísima no había contemplado aún los resultados del desastre y se quedó inmóvil, desconcertado ante la abigarrada mezcolanza de pizarras y vigas carbonizadas. El olor acre del humo era allí muy fuerte. Bajo los escombros asomaba la piedra de las bóvedas, en sus vertiginosas perspectivas ojivales. Quedaban, entre el extremo inferior de las pendientes y el largo antepecho que cerraba con su crestería los techos de la catedral, montones todavía húmedos de ceniza, carbón y gallinaza de los grajos.

El deán señaló con la mano hacia la mole del hastial delantero, sumido en una dudosa sombra bajo el sol vertical; los vanos del gran rosetón engastaban, como suaves aguamarinas, pedazos de cielo.

—Allí están.

Se acercaron sorteando los escombros. Aquella parte había sido la menos afectada por el incendio, y mantenía todavía enhiesto un gran pedazo de tejado, sostenido apenas por las vigas medio derruidas. En aquel rincón se espesaba, bajo el sol violento, una oscuridad que la mirada tardaba en desentrañar.

Su Ilustrísima contempló en silencio los bordes de la bóveda. Había también muchos excrementos de grajo.

—¿Dónde están esas huellas? —preguntó por fin, no sin impaciencia.

—Hay que acercarse un poco más. Aquí se ven muy bien.

El deán se inclinó con cierta repugnancia en el punto en que la crestería del pretil se acercaba al basamento de la torrecilla izquierda del hastial. Apuntó con el dedo y habló con un susurro. Su figura ensotanada contrastaba fuertemente con el amarillo de la piedra, bajo la luz cenital.

—Aquí están bien claras.

Su Ilustrísima pudo entonces percibir la gruesa capa de polvo. Un polvo espeso, gris, depositado lentamente a lo largo de un tiempo que sólo podía medirse en lustros, en décadas, en siglos. Sobre el polvo se cruzaban numerosas huellas, formando un largo dibujo indescifrable.

—No veo nada —dijo el obispo.

—Aquí, aquí.

En aquel lugar se marcaba, ciertamente, la huella visible de un pie. Tras la identificación de la primera, Su Ilustrísima fue capaz de reconocer, entre las incisiones que al principio le parecieron abstrusas, gran número de huellas similares. Huellas de pies desnudos, muy pequeños, extrañamente estrechos y alargados. El deán habló con susurro aún más bajo y sus palabras silbaron:

—Fíjate en los dedos. Son seis. Seis en todas. Siempre seis.

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