Ciudad de pesadillas

Holly Race

Fragmento

pesadilla-5

pRólogo

Agosto de 2005

La calle estaba llena de sueños y algunos eran peligrosos. Varios troles surgían de los socavones del asfalto del Southbank y se enfrentaban a manadas de gatos salvajes. Cucarachas y ratas se acercaban en hordas a los soñadores aprensivos. El chorro de un espiráculo de ballena ascendió trazando un arco desde el Támesis y llegó a la balaustrada, salpicando a Una con agua tibia del río.

Sin embargo, lo que Una temía no era un sueño ni mucho menos. El treitre la había seguido desde Trafalgar Square hasta el río y a través del agua repleta de residuos. Una pensaba que le había dado esquinazo al meterse bajo tierra, pero ahora volvía a sentirlo cerca. La conciencia del peligro reptó por sus brazos y le subió hasta la nuca. En algún lugar, la vigilaba.

Había sido una insensata al optar por una ruta subterránea, donde no tenía una idea clara de la orientación. Con eso solo había conseguido dificultar todavía más el último trecho de su periplo. Debía regresar a Tower Hill, lo cual significaba que tendría que cruzar el río una vez más y aproximarse a su portal desde el sur en lugar de hacerlo desde el norte, como había planeado. Bueno, no servía de nada obsesionarse por eso ahora. Le había entrado el pánico al ver al treitre, tan sencillo como eso, y ni un solo caballero podría haberla culpado.

Una dobló la esquina y echó un vistazo. Sobre ella, una bandada de buitres volaba en círculos sobre un par de soñadores. Los buitres de este mundo no solían esperar a encontrar carroña: se la procuraban ellos mismos.

No, no podía ayudarlos. No debía. Ya no formaba parte de la orden de caballería. Ahora su obligación era proteger a su familia. No. Desde luego que no podía intervenir. «Ni se te ocurra, Una».

«Maldita sea».

Agarró una pesada piedra del suelo, salió de su escondrijo y echó a correr con zancadas sobrehumanas hacia los soñadores. ¿Lo que había visto bajo el arco a su izquierda era un resplandor de oro o era su mente, que le jugaba una mala pasada? La cicatriz del brazo —apenas visible en Ithr pero todavía abultada y fresca en Annwn— le escoció cuando recordó cómo se la había hecho. Si era el treitre, más le valía lograr que ese estúpido lanzamiento fuese certero. Midió sus pasos conforme se acercaba a los soñadores. Los buitres se cernían con esa calma grupal que precede a un ataque. Sujetó mejor la piedra, echó el brazo hacia atrás...

Toc, toc, toc, toc.

Mierda. El treitre le pisaba los talones. La bilis le llegó a la boca, pero no se amedrentó. La piedra golpeó de lleno en el pecho a uno de los buitres y con una explosión digna de un fuego artificial explotó para convertirse de nuevo en «inspyro». Una no se quedó a contemplarlo: echó a correr como una flecha por la ribera del río para huir del estruendoso paso del treitre. Un chillido múltiple le indicó que los demás buitres también habían desviado la atención hacia ella. Sus sombras creaban torbellinos en el asfalto alrededor de Una, cada vez más oscuras y más densas conforme los animales descendían. Uno de ellos se lanzó en picado y le rozó el pelo con las garras. La joven se lo quitó de encima y apretó el paso. Dejó atrás varias bicicletas, saltó por encima de algunos soñadores y coches en movimiento... Más rápido, más rápido, cada vez más lejos del treitre dorado y de las pesadillas que lo acompañaban.

Un humano gritó detrás de ella. Miró hacia atrás. El treitre se le acercaba, pero, aunque Una no paraba de correr, no pudo evitar ver el amasijo de ropa y pelo amontonado en el suelo detrás de aquel ser infernal. Uno de los soñadores que acababa de salvar de los buitres apenas unos segundos antes, cortado por la mitad solo por hallarse en medio del camino del treitre. Un hilillo de sangre había empezado a bajar desde aquel cuerpo inerte hasta la agitada vida del Támesis.

El terror de Una se expresó con un grito gutural. Se dio la vuelta y corrió, más rápido de lo que había corrido nunca, en este mundo y en el otro, dejando atrás a los buitres, pero incapaz de sacudirse ese incesante toc, toc, toc de las zarpas del treitre al tocar el suelo.

Ya empezaba a amanecer: los dedos otoñales convertían el río en llamas y el perfil de la ciudad en una sombra. Un viento ártico que soplaba corriente arriba le dejó la cara helada. Con un crujido, parte del río se congeló. Allí se formaron varios sueños: patinadores con bufanda; osos polares y pingüinos. Una aprovechó la oportunidad: se deslizó por la placa congelada e intentó llegar al centro del río. Si el treitre la seguía, seguro que el hielo se rompería bajo su peso. Más allá de la zona de escarcha, un velero surcaba las frías aguas. Con un gran esfuerzo, Una saltó hacia la cubierta de la embarcación y se subió a bordo dándose impulso. Sueños y soñadores por igual se apelotonaban en la popa y la proa o estaban encaramados a los palos, pero Una fingió no verlos. Trepó con agilidad al mástil más alto y miró hacia atrás, hacia la costa. Allí estaba el treitre: volvió hacia ella su cara, lisa e inexpresiva salvo por dos puntos negros que eran los ojos. Mujer y monstruo se miraron mutuamente. Entonces el barco viró hacia el este y perdió de vista al treitre.

Una no pensaba permitirse reconocer que ahora tenía una muerte más de la que sentirse responsable. Ya habría tiempo para eso cuando estuviera en Ithr, cuando hubiera dejado atrás todo esto. En su lugar, se empapó de la visión privilegiada de la ciudad que se abría ante ella. Unas gaviotas tan grandes como helicópteros planearon a su alrededor y se lanzaron en picado a la caza de los delfines que jugaban en la estela del barco. A lo lejos, los rascacielos de Canary Wharf surgieron y cobraron vida igual que flores que brotan de la tierra, antes de desplomarse y reconvertirse en los antiguos muelles que algunos soñadores todavía recordaban. Nunca se cansaba de observar cómo la ciudad que tanto amaba mutaba y creaba espejismos ante sus ojos. Pero esta sería la última vez que disfrutara de aquel espectáculo de un modo distinto al de una soñadora cualquiera.

La vida normal. Se acabó la responsabilidad sobre millones de desconocidos. Las únicas personas de las que tendría que preocuparse a partir de ese momento serían su pequeña familia y ella misma. Angus, en cuya hermosa cara empezaban a formarse las primeras arrugas. Ollie y Fern, con las manos poco más grandes que zarpas de gato. Los había dejado en cunitas iguales, balbuceando como si conversaran. Algunas veces, el amor hacía que le entrasen ganas de abrirse la barriga de un tirón para empujarlos de nuevo dentro, donde estarían a salvo. No sería capaz de protegerlos para siempre, pero tenía el presentimiento de que no haría falta. Por lo menos, a Fern, no. Tendría que esperar quince años, pero entonces podría contarle todo a su hija. Quizás incluso pudiera unirse a ella. Menudas aventuras vivirían juntas.

A lo lejos, el llanto de un bebé resonó en Annwn. Una estaba segura de que era uno de sus hijos que la llamaba, al otro lado de la línea divisoria entre los sueños y la realidad. Estaba tan cerca... La Torre de Londres emergió en la orilla y Tower Bridge estaba justo detrás. Lo único que tenía que hacer era trepar por uno de los pilares del puente cuando el barco pasara por debajo, sortear la propia Torre y así llegar al p

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