Bajo las luces de Gran Vía

Nia Area

Fragmento

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1

Como todos los miércoles de las últimas semanas, la reunión se había alargado muchísimo. Estábamos cambiando la imagen de la empresa para adecuarla a los tiempos actuales y era casi imposible contentar a todo el mundo. Como remate del día, se había puesto a diluviar en cuanto salí del metro y, para variar, no llevaba paraguas. «¡Qué raro!», pensé con sarcasmo mientras me encogía dentro de mi abrigo.

Diez minutos después, completamente empapada, abrí la puerta de casa; ese día agradecí aún más lo calentito que estaba siempre el piso.

—¡Hola, chicos! —Colgué el abrigo chorreante mientras una sonrisa se me iba abriendo paso en la cara. Daba igual lo duro que hubiera sido el día, siempre me sentía mejor en cuanto entraba por la puerta y escuchaba las patitas de Jabba acercándose—. Menuda está cayendo fuera, y mientras vosotros aquí calentitos, menudo morro.

Mi gordo gato se asomó por la puerta entreabierta del salón y correteó hacia mí, haciendo que su panza bamboleara de un lado a otro. Lo cogí en brazos y enterré la cara en su pelaje gris, sonriendo aún más y disfrutando de la suave sensación en las mejillas congeladas.

—¿Carlos? —llamé extrañada, pues lo normal era que mi novio viniera a saludarme mucho antes de que Jabba lograra siquiera bajar su rechoncho cuerpo del sofá.

Fue entonces cuando me di cuenta de que, salvo las que había encendido yo al entrar, todas las luces estaban apagadas; aunque no era lo único, también faltaba el habitual murmullo de la televisión, que él siempre tenía encendida cuando estaba solo en casa. Fruncí el ceño y entré en la cocina para echar un vistazo. Quizá había salido a hacer alguna compra de última hora, ya que no parecía que hubiera cena preparada; claro que normalmente me avisaba por si necesitaba algo más del súper.

Solté al gato, que hizo un ruido sordo al caer al suelo, y saqué el móvil, donde solo tenía un mensaje de Alba preguntándome por la reunión infernal. Una sensación muy desagradable, que no sabía de dónde salía, empezó a oprimirme el estómago, una especie de náusea que no llegaba a serlo.

—Menuda tontería —me reproché en voz alta—. Habrá salido a comprar y ni habrá pensado en avisarme, tampoco es tan raro.

Sacudí la cabeza y me metí en la habitación deseando ponerme mi pijama más calentito, pues aún estaba congelada después de comerme el chaparrón. Intentaba ignorar esa sensación de angustia tan extraña que tenía, pero en cuanto encendí la luz y eché un vistazo rápido al dormitorio fue imposible no dejarme llevar por ella: las puertas de los armarios estaban abiertas y su interior estaba medio vacío. Para ser exacta, era la mitad de Carlos la que estaba vacía.

A paso lento, incapaz de procesar lo que estaba viendo, me acerqué sin apartar los ojos de las perchas, que colgaban inmóviles en su lado de la barra. Pasé las manos temblorosas por las baldas vacías en las que ni siquiera se había llegado a posar el polvo.

—Ti… Tiene que ser una broma —dije con voz pastosa y ronca, extraña, casi como si perteneciera a otra persona.

Retorciéndome los dedos y sintiendo que me costaba respirar, entré en el baño. A simple vista ya se notaba que faltaban cosas, todas suyas, claro; aun así, abrí el armarito que hacía las veces de espejo y empecé a jadear, sintiendo que algo me oprimía el pecho. Ahí también habían desaparecido todas sus cosas.

Con las manos hormigueando y esa sensación de ahogo haciéndose más fuerte, saqué el móvil del bolsillo trasero del pantalón. Entre lo mucho que me temblaban los dedos y que apenas los sentía, me costó tres intentos llamarlo. Conteniendo la respiración, me acerqué el teléfono a la oreja, solo para encontrarme con la locución que me indicaba que el número al que llamaba estaba apagado.

Los ojos me picaban por las lágrimas que llevaba un rato conteniendo y la cabeza me había empezado a doler como si unas pinzas enormes quisieran aplastarla. Cada vez sentía menos los dedos y al aire le costaba más entrar en los pulmones. No dejaba de darle vueltas a lo que estaba viendo, intentando encontrar una respuesta; una que no fuera la obvia, porque eso no podía ser, no podía haberse marchado. No quería ponerme a gimotear como una boba para que luego todo eso fuera por alguna tontería, que tuviera una explicación del todo normal: quizá le había pasado algo a sus padres y había tenido que irse a verlos, o le había surgido algún viaje de última hora del trabajo… «Claro», me contesté a mí misma mentalmente. «Que para eso necesita llevarse todas sus cosas, ¿no? Y no puede ni avisarte de que se marcha».

—No lo sé… —susurré, respondiéndome en voz alta. Sabía que era un razonamiento estúpido, pero cualquier otra opción era imposible—. Carlos no se iría así, él no me dejaría y menos de una forma tan… tan…

Me callé, sin querer calificarlo, y me recosté en la cama, aún intentando controlar la respiración; sentía que la sensación de pánico era cada vez más fuerte y todo había empezado a dar vueltas a mi alrededor. Fue ahí cuando la vi, una nota rápida con una letra descuidada que conocía muy bien, escrita en un trozo de hoja arrancada de algún sitio.

Lo siento, Luna. Esto no funciona, lo he intentado, pero no puedo más. No dejaré nada que te recuerde a mí. No intentes localizarme, necesito espacio.

No sé cuántas veces leí ese papel. Diez, veinte, treinta… Lo giraba, lo manoseaba, lo dejaba y lo volvía a coger, esperando estúpidamente que las palabras cambiaran, que pusiera otra cosa, que todo fuera una broma de mal gusto. Y, tras leerlo por enésima vez, por fin, rompí a llorar.

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2

No sabía cuánto rato llevaba hecha un ovillo en la cama, llorando con todas mis fuerzas, sintiendo cómo la almohada se empapaba de mis lágrimas, cuando el timbre del teléfono fijo me hizo parar. Tardé un poco en reaccionar, y para cuando conseguí incorporarme, había dejado de sonar. Aun así me levanté; a lo mejor era Carlos, que se había arrepentido y llamaba para arreglar las cosas. El gato, que había venido a tumbarse a mi lado tras los primeros sollozos, se bajó de la cama, indignado por mi movimiento brusco.

Con gestos torpes, saqué el móvil e intenté ver las notificaciones. Tenía los ojos como dos pelotas por la llantina y me costaba enfocar. Había muchos mensajes, todos de mi mejor amiga.

Alba

Hola, cariño, ¿cómo ha ido la reunión? 19:03

Con lo que tardas en contestar debe estar poniéndose jodida… ¿Al final venís a tomar algo? 20:31

Cari, me estoy empezando a preocupar, ¿todo OK? ¿Os espero en casa? 21:15

Carlos tiene el teléfono apagado y tú no lo coges. ¡Por Dios, dime que estás bien! 22:12

Aparte de los mensajes tenía varias llamadas perdidas. Como siempre, el teléfono estaba en silencio y no me había enterado de nada. En ese momento eran casi las once y podría apostar el cuello a que

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