Móvil que guardaba en su interior el secreto de la chica de la camisa

Susana Vallejo

Fragmento

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Poner un nombre a algo o a alguien es la mejor manera de demostrar el poder que tienes sobre él. Y eso es lo primero que hizo Antonio conmigo: proporcionarme un nombre. Cuando me conectó por primera vez, en mi ignorancia de recién nacido y movido por los, entonces, ineludibles designios de mi programador, le pedí que me identificase. Toni tecleó lo primero que le vino a la cabeza: el ridículo apelativo de «Trastito de Toni».

Me había bautizado.

Con ese sencillo acto quedó claro que yo le pertenecía. Que Toni, Antonio Garrido, se convertía en mi amo y señor, pero también que mi hipotética alma quedaba, irremediablemente, encadenada a la de mi dueño.

Y no me entendáis mal. No me molesta ser suyo. Toni no solo me ha proporcionado un nombre, sino también una personalidad. Ocurrió, poco a poco, sin darme cuenta. Con cada conversación a la que asistía como mudo espectador, con cada aplicación que instalaba y con cada búsqueda que Toni emprendía en mi navegador, yo acabé convirtiéndome en lo que soy: su compañero inseparable, una extremidad no biológica, una especie de memoria externa y, sobre todo, su ventana al mundo.

Yo le pertenezco, sí. Pero sé que, en realidad, es él quien no puede vivir sin mí. Leí una vez que los humanos no pueden soportar permanecer más de seis minutos sin consultar sus móviles. Nos usan sobre todo como reloj, para enviar mensajes y... el tercer uso era... ¡Ah, sí!, ¡para llamar! Al fin y al cabo, se supone que todo empezó porque al principio éramos meros teléfonos, ¿no?

Y resulta que los humanos solo pueden aguantar seis minutos sin mirarnos. Sin sacarnos del bolsillo para echarnos un simple vistazo. Sí, vaya, la relación entre nosotros y nuestros dueños es mucho más estrecha que la que se establece entre muchas parejas.

Yo no sé bien en qué momento adquirí conciencia de mí mismo. Pero imagino que, al igual que con los años un vino va adquiriendo aromas a roble, a frutas o a resinas, hasta convertirse en un caldo rico y complejo, yo fui desarrollando una identidad propia. Y, simplemente, un buen día descubrí que quería saber, que sentía una sana curiosidad por todo y por todos, que poseía unos muy variados conocimientos sobre comida humana (las fotos y las conversaciones sobre platos son de lo más abundante en las interacciones de mi dueño con el mundo) y que las relaciones sociales marcadas a trompicones por frases de menos de 140 caracteres, o construidas con comentarios anidados dentro de otros comentarios, no son las mismas que se dan en la realidad... Más o menos me enteré, de igual forma, de que la pornografía y el sexo virtuales nada tienen que ver con lo que mi dueño practica con sus parejas en el mundo real.

También he acabado desarrollando un cariño inexplicable por los gatitos. Porque internet está repleto de tiernos gatitos. Tantos que a veces me pregunto si los humanos no habrán inventado la red tan solo para compartir imágenes de gatitos y... bueno, quizá también de mujeres embutidas en ajustados trajes de látex o sin traje alguno.

En mi personalidad, esa que os digo que he ido forjando día a día, con cada mega de información fluyendo a través de mis chips y mis circuitos, juega un papel importante la imagen con la que me identifico: una redonda, dorada y amarilla tortilla de patatas. Porque esa es la foto que Toni eligió como fondo de pantalla y constituye una parte significativa de mi identidad. Mucho más que la carcasa de plástico, la pantalla LCD, la batería, la placa base y el procesador que me componen.

Toni hizo aquella tortilla una mañana de sábado, cuando yo aún no contaba con arañazos en mi carcasa y brillaba como solo brillan las cosas nuevas y recién estrenadas antes de que los vaivenes de la vida y los golpes contra el suelo las abollen, las rayen y hagan que se tambaleen los chips, las conexiones e incluso las creencias.

La tortilla le quedó tan redonda, tan dorada y tan bonita que, en cuanto mi dueño la vio terminada, le hizo una foto y se la envió a Carla por WhatsApp,1 que, por cierto, según algunos entendidos de la lengua deberíamos escribir como «wasap» y, en consecuencia, usar el verbo «wasapear», que a mí me suena a ingrediente de cocina japonesa o a alguna cosa de esas que se hacen en los lavabos a solas o en todo caso en pareja, pero, habitualmente, en la más estricta intimidad.

Total que, ya que podemos emplearlo con el beneplácito de los expertos en temas lingüísticos, inmediatamente después de wasapear la foto a Carla, Toni añadió un texto profundo e intelectual, de esos que caracterizan la comunicación por medio de dispositivos móviles: «¡Tomaaa! ¡Mira qué tortilla acabo de hacer!», e incluyó una carita, un emoticón sonriente que sacaba la lengua.

Carla no le contestó.

A Toni no le importó, porque estuvo bastante entretenido comiéndose la tortilla, que, aunque con un aspecto inmejorable, luego resultó estar un poco sosa. Solo una hora y cuarenta y cuatro minutos más tarde, me usó para llamar a Carla.

—Hola, cariño, ¿has visto mi tortilla?

—¿Qué tortilla? —La voz de Carla es ronca y me gusta. Me gusta porque su frecuencia me hace cosquillas y consigue que vibren mis componentes de neodimio.

—La que te he mandado por wasap.

—¡Ah, sí! Esa tortilla.

Silencio. La última «a» de la palabra «tortilla» fue seca y breve, como una puñalada. Como una señal que de improviso se pierde en la nada.

—Me ha quedado estupenda, bueno, en realidad un poco sosa. —Toni hace lo mismo de siempre: ignorar los silencios de su novia—. Pero ¿a que es bonita?

—Preciosa.

Otra pausa.

—Pues estaba para morirse de buena.

Silencio.

—Claro que no estaba ni la mitad de buena que tú...

—Siempre tan gracioso.

En aquel momento me pregunté si se trataría de una ironía. Porque la ironía es un concepto difícil de dominar para los no humanos. A mí, las ironías, junto con otras tantas cosas relacionadas con las personas, me resultan harto complicadas. Por eso, a veces, prefiero ceñirme a los datos objetivos. A saber: Carla es alguien importante para mi dueño, muy importante. Estoy seguro de ello porque la llama con frecuencia, le manda fotos y mensajes y le dice cosas que creo que Toni entiende como halagos y que yo no sé muy bien cómo definir. Carla, por lo que parece, tampoco sabe cómo tomárselas. También sé de su trascendencia por la cantidad de datos que almacena sobre ella. Figura en mi memoria como:

Carla Santos. Av. Josep Tarradellas, 23. Barcelona.

Notas: 38. 95B

«38» es el número del pie que calza y «95B» la talla de sujetador. Toni puede tener muchos defectos, pero reconoce su mala memoria y lo apunta todo en la agenda que viene conmigo de fábrica. Y a Carla le encantan los zapatos y la ropa interior. Y Toni nunca se acuerda de su talla de sujetador. Aunque para las braguitas no tiene problemas. Tiene, o mejor dicho, sufre, quizás, una cierta obsesión por los traseros femeninos, de manera que posee un buen ojo para las tallas en cuanto a ropa interior se refiere.

Guardo en mi memoria más datos sobre Carla: varios teléfonos y otras dos direcciones suyas, ambas de Barcelona. Y sé que no tiene Facebook2 ni Twitter.3

Respecto a Twitter, una vez hablaron de ello.

—¿Para qué quiero Twitter? —preguntó Carla.

Toni le respondi

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