Desaparecida (Jugando con fuego 2)

Niall Leonard

Fragmento

cap-1

1

Iba a tener que comprar una fregona nueva. Por mucha lejía que utilizara con aquella, dejaba un ligero rastro rosa en el suelo cada vez que la pasaba y sospechaba que, en sus tiempos, había limpiado mucha sangre y dientes arrancados. La había encontrado en un armario enmohecido cuando estábamos recién instalados y había ido posponiendo comprar otra porque, después de invertir miles de libras en el alquiler y en el equipamiento, no me sentía capaz de apoquinar dinero para una fregona nueva cuando a la vieja no le pasaba nada, aparte de las manchas de sangre…

Hacía unos meses, había salido a correr y había pasado por delante del viejo gimnasio donde Delroy me había enseñado a boxear, situado en la primera planta de un estrecho almacén de ladrillo rojo, encima de una tienda de muebles usados atestada de sofás de plástico y feos sillones retirados de casas de personas mayores que habían tenido que trasladarse a residencias geriátricas.

Había un cartel de una agencia inmobiliaria clavado entre las ventanas de la fachada. Por los pelos, conseguí leer SE VENDE sin pararme a descifrarlo. Alguien debería comprar ese sitio, pensé. Reabrirlo, contratar a Delroy para que enseñara boxeo. Llenarlo de máquinas de ejercicios. Había muchos obsesos del deporte por ese barrio, a juzgar por la cantidad de corredores de los parques, y no había ningún gimnasio decente en kilómetros a la redonda. Por supuesto, tendría que ser una persona con energía e imaginación, y con una porrada de dinero…

Corrí durante veinte minutos más antes de caer en la cuenta de que esa persona podía ser yo. El dinero que había heredado después de que muriera mi padre estaba muerto de risa en una cuenta de un banco español. ¿Por qué no, maldita sea?

Decidí proponer la idea a Delroy.

Años antes, cuando me había enseñado a boxear, Delroy era un hombre con la fuerza y el tamaño de un oso, increíblemente rápido pese a su corpulencia. En esa época, el gimnasio estaba atestado de chavales violentos y medio salvajes que se habrían liado a golpes con cualquiera (yo era uno de ellos), pero a Delroy nunca le había hecho falta ponerse duro o ni alzar la voz siquiera. Ninguno de nosotros quería verlo enfadado.

Ahora casi siempre estaba repanchigado en su salón, viendo encuentros de boxeo en un televisor barato con una imagen pésima. Continuaba siendo grande como un oso, pero ya no era tan rápido: ni siquiera podía levantarse del sillón sin apoyarse en un bastón. El derrame cerebral le había dejado paralizado el lado izquierdo del cuerpo y llevaba unos dieciocho meses yendo a un centro de rehabilitación.

Yo había ido a visitarlo varias veces y siempre me marchaba disgustado y frustrado por no haber podido ayudarle. Pero el día que le expliqué mi idea de reabrir el gimnasio y de ponerlo a él como entrenador, se le iluminó la cara. Pese a que seguía teniendo la sonrisa torcida, pareció rejuvenecer diez años ante mis ojos. No podía firmar ningún contrato, dijo, pero iría a medias conmigo en el alquiler. Su mujer, Winnie, grandota y exagerada, aplaudió y se puso a alabar a Jesús y a decir que el Señor me había enviado para curar a su marido. Yo siempre había querido a Winnie, por lo que me abstuve de preguntarle quién había enviado el derrame a Delroy en un principio.

Oí a Delroy en la escalera, renqueando y resoplando. Ya había aprendido que no debía bajar a ofrecerle ayuda. Al principio, le había insinuado que no hacía falta que llegara a las seis de la mañana solo porque yo abriera a esa hora, pero él había insistido. «Tú y yo somos socios, Finn. Tengo que estar. Además, lo más probable es que no te levantes.»

Fui a vaciar el agua del cubo. Unas cuantas capas de pintura habían alegrado el gimnasio y las ventanas rotas estaba todas reparadas. Seguíamos necesitando taquillas nuevas (solo podía abrirse la mitad de las viejas y, de esas, la mitad no podía cerrarse) y en lo que respectaba a las tuberías… cuando vacié el agua gris en el anticuado fregadero de loza, el tufo del sumidero pareció indicar que algo gordo y peludo había bajado por el desagüe y había muerto allí.

Pero cuando miré el gimnasio, con las cintas de correr y las bicicletas elípticas colocadas en hileras, el ring nuevo y los espejos de pared, me invadió un entusiasmo electrizante. «Gimnasio Maguire’s.» Dirigía un negocio, a mis diecisiete años, aunque tuviera a Delroy como socio.

Cuando terminó de subir la escalera, se detuvo para recobrar el aliento. Sonreí al oír su vozarrón.

—¿Ya has fregado el suelo? Por Dios, Finn. Eres el jefe. No tendrías que limpiar.

Yo no quería contratar una asistenta por la misma razón que no quería comprar otra fregona: no nos hacían falta más empleados. Sam y Daisy, que llevaban la recepción, eran veinteañeros y, desde el primer día, había tenido que insistir en que dejaran de llamarme «jefe», porque lo detestaba.

—No me importa fregar el suelo, Delroy, en serio.

—Ya sé que no te importa —dijo—. Es solo que lo haces fatal. Tendrías que limitarte a boxear. Y a preparar el té.

—¿Te apetece un té?

—No se te escapa una, chaval.

—Ya sabes dónde está la cocina.

Al cabo de veinte minutos, el gimnasio estaba a reventar. Delroy se había desternillado cuando le había dicho que quería abrir a las seis todos los días, pero yo opinaba que mucha gente preferiría hacer ejercicio a primera hora, cuando aún tenía energía, antes de irse a trabajar. Maguire’s nunca sería la clase de gimnasio que saldría en una revista elegante, con modelos esculturales posando en las máquinas con una sonrisa boba y sin una gota de sudor, pero calculaba que, si nos moderábamos con los precios y nos esmerábamos con la limpieza, atraeríamos a clientes que estaban interesados en un gimnasio básico sin grandes lujos.

De momento parecía que el negocio marchaba. Yo había alquilado la casa en la que vivía con mi padre a una joven familia polaca y me había instalado encima del gimnasio, en el destartalado estudio de la última planta. Era oscuro y lúgubre, y tan húmedo como para cultivar hongos, pero, de todas formas, no hacía mucho allí aparte de dormir.

Mientras yo ejercía de gerente-conserje, Delroy se ocupaba del boxeo. Puede que estuviera físicamente impedido, pero tenía la misma rapidez mental de antes y unos ojos a los que nunca se les escapaba nada. Era capaz de detectar los malos hábitos de un púgil antes incluso de que arraigaran y de doblar la potencia de sus puñetazos con tan solo decirle cómo debía colocar los pies. Podía analizar las virtudes y defectos de un boxeador oyendo cómo entrenaba o quizá oliéndolo; cómo funcionaba su instinto era un misterio para mí, pero lo hacía, y los boxeadores que le hacían caso veían y notaban la diferencia.

Cuando yo había entrenado con Delroy, no había muchas mujeres que boxearan, pero aquello había cambiado por completo desde las últimas Olimpiadas. La primera vez que inscribí a dos mujeres en clases de boxeo, él enarcó una ceja (la que aún movía), pero, si la idea de animar a las chicas a darse puñetazos lo preocupaba, no dijo nada.

Al cabo de quince minutos, ya les estaba exigiendo más de lo que jamás me había exigido a mí: «Eso no es sudar, señoritas. ¡Quiero veros sudar de verdad!».

Había dos mujeres en el ring esa mañana, dando vueltas una alrededor de la otra, tratando de darse puñetazos, esquivando golpes y fintando mientras Delroy las observaba y les gritaba consejos. Yo estaba corriendo en una cinta, comprobando durante cuánto tiempo era capaz de mantener mi velocidad máxima, y me volví hacia la puerta antes incluso de saber por qué lo hacía. «Ella ya suele estar aquí a esta hora los domingos.» Noté los ojos de Delroy clavados en mí y me volví hacia él. Tenía el entrecejo fruncido, como si yo hubiera hecho algo mal, pero, antes de que pudiera determinar qué lo preocupaba, había vuelto a concentrarse en el entrenamiento.

—Finn, hola.

—Nicky, hola. —Debía de haber entrado cuando no miraba.

Nicky vivía a cinco kilómetros del gimnasio y tenía aspecto de haber venido corriendo desde casa, pero no se tomó ningún descanso; colgó la bolsa del gancho de siempre, se colocó bien la cinta que le retiraba el pelo rubio de la cara, se montó en la bicicleta elíptica que estaba delante de mi cinta y empezó a pedalear. Yo seguí corriendo y traté de no mirarle los glúteos durante demasiado rato. Era poco profesional. De todas formas, se los miré. No podía evitarlo.

Había visto mucho a Nicky en los últimos meses, aunque, por otra parte, era mi abogada y me hacía falta. Ella había administrado el dinero que había heredado de mi padre y había conseguido la escritura de la mansión de España que no había visto aún. Cuando había acudido a ella para que me aconsejara con el gimnasio, me había ayudado a alquilarlo y a fundar una sociedad. Se había ocupado de todas las negociaciones, había ordenado la transferencia de los fondos desde España e incluso me había buscado un contable para llevar los números. En la mayoría de nuestras reuniones, ella me daba impresos y me decía qué ponía y dónde debía firmar, y yo los firmaba. Leer nunca había sido mi fuerte, pero eso no me daba vergüenza cuando estaba con Nicky; ella conseguía que me sintiera como si la dislexia grave fuera casi graciosa.

El día de la inauguración, se había presentado con una botella de champán, que yo ayudé a Delroy a beberse aunque no me gustara el champán. Hasta se inscribió como nuestra primera socia, aunque mi gimnasio no tuviera clase suficiente para una chica tan elegante como ella. Pero eran negocios, nada más… o eso era lo que yo no dejaba de repetirme.

Nicky bajó de la bicicleta elíptica, regresó al sitio donde tenía la bolsa y sacó una toalla. Mientras se enjugaba la cara, admiré cómo se le marcaban los músculos de la espalda y cómo le brillaba la piel, incluso bajo las frías lámparas de neón. Se volvió y me sorprendió mirándola antes de que pudiera disimular. Noté que me ardía la cara y esperé que no se hubiera dado cuenta. Me concentré en mantener la velocidad, pero ella se acercó.

—Finn, ¿ha venido ya Judy?

—¿Judy? —Me había quedado en blanco.

—Teníamos que entrenar juntas. Es un poco temprano, pero…

¡Judy! Ahora la recordaba: una mujer bajita y fibrosa, con el pelo muy rizado recogido en un moño y una derecha impresionante.

—No la he visto, lo siento. —Alargué la mano para apagar la máquina y salté al suelo cuando la cinta fue más lenta—. Puedo entrenarte yo, si quieres —sugerí.

Ella sonrió.

—Dios mío, Finn, tienes el brazo el doble de largo que yo. Me harás papilla.

Miré a las dos mujeres del ring, que ya habían terminado de entrenar y estaban bajando al suelo entre las cuerdas.

—¿Tracey? ¿Podéis Marcia o tú boxear un rato con Nicky?

Tracey consultó su reloj.

—Lo siento, Finn. Tengo un compromiso.

—Ya boxeo yo.

Me di la vuelta y vi a Bruno detrás de nosotros. Solo llevaba un par de semanas viniendo al gimnasio, aunque estaba en buena forma. Flaco, desgarbado y moreno, parecía árabe, aunque «Bruno» no sonara muy árabe que digamos. Pero nuestros socios podían llamarse como les apeteciera siempre que pagaran las cuotas. A mí me parecía un poco corto de entendederas y me pregunté si sabía dónde se estaba metiendo, si bien solo pesaba uno o dos kilos más que Nicky y tenía una estatura parecida.

—Vale…, pero tomáoslo con calma, ¿sí?

Vi que Delroy nos observaba desde el otro lado del ring. No parecía muy convencido. En ese momento recordé que Bruno le había parecido antipático desde el primer momento, por algún motivo que yo no lograba entender. Sin embargo, pensé que, si supervisaba el entrenamiento, no debería haber ningún problema.

—Iré a ponerme los guantes —dijo Nicky.

—Te ayudo —me ofrecí. Le había enseñado muchas veces cómo debía vendarse las manos antes de ponerse los guantes y era perfectamente capaz de hacerlo sola, pero, aun así, permitió que la ayudara. Parecía un poco distraída cuando le até las vendas y le puse los guantes de gel.

—Eh. Concéntrate —dije.

—Lo siento. —Ella se rió y sopló para apartarse el flequillo de la frente—. Cosas del trabajo.

—Esto lo solucionará.

—Ojalá.

Miré a Delroy, que estaba revisando los guantes de Bruno. Él había empezado a utilizar unos guantes muy acolchados, más pesados que los de Nicky, pero ella era demasiado menuda para llevar unos similares.

—Recuerda lo que te dije. No pares de moverte. Él va a darte más fuerte de lo que estás acostumbrada, así que intenta impedírselo.

—Gracias —dijo.

—Y Nicky… no te pases con él, ¿vale?

Durante el primer minuto más o menos, Nicky me hizo caso. Giraron uno en torno al otro, tanteándose, dándose algún que otro puñetazo, pero, después, Nicky dio a Bruno un derechazo en la barbilla que lo obligó a retroceder. Yo sabía que Nicky era fuerte, pero me sorprendió el ímpetu con el que había golpeado a Bruno, casi como si hubiera perdido el control. Él cerró la guardia y se separó de ella, lo cual la obligaba a acercarse si quería alcanzarlo.

Nicky no vaciló en hacerlo. Le pegó en los brazos alzados con ambos puños y volvió a alejarse, sin dejar de moverse en ningún momento, de un lado a otro, cambiando de dirección. Me recordó un tigre que había visto una vez en un desvencijado zoológico de los alrededores de Brighton. Detrás del cristal, la fiera iba continuamente de un lado a otro, sin dejar de mirar a los visitantes que la observaban boquiabiertos. Aunque solo era un niño, había comprendido que aquel tigre estaba enloqueciendo poco a poco. No era un recuerdo agradable.

Se me ocurrió que, en realidad, sabía muy poco de Nicky. Siempre me había parecido una persona calmada, sensata, imperturbable, pero en aquel momento comprendí que, en su profesión, debía de lidiar con tensiones y conflictos todos los días y necesitaba una vía de escape para tanta frustración y agresividad contenidas. Empezaba a creer que era aquella.

Bruno reaccionó con más serenidad y paciencia de lo que esperaba, pero se notaba que ya empezaba a estar harto de que Nicky lo vapuleara, aunque llevara guantes acolchados. De golpe también fui consciente de lo poco que sabía de Bruno. No había ido al gimnasio ni seis veces y siempre hacía ejercicio discretamente durante casi una hora antes de volver a escabullirse. De vez en cuando, se quedaba cerca de Delroy y de mí cuando charlábamos y, si nos dirigíamos a él, solo se reía y seguía con lo que estaba haciendo como si no hablara nuestro idioma. No obstante, cuando hablaba, tenía un acento de Londres muy marcado, con solo un leve deje árabe, de modo que yo suponía que era mera timidez. Sin embargo, Delroy siempre decía que a un hombre solo se le conoce de verdad cuando lo ponen contra las cuerdas.

Bruno tenía los ojos brillantes bajo el casco y las mejillas relucientes de sudor. Contraatacó unas cuantas veces, pero Nicky era demasiado rápida para él y esquivó los golpes, haciéndose a un lado o echándose hacia atrás justo lo suficiente para que él no la alcanzara y golpearle luego en las costillas por debajo del brazo levantado. Alrededor de mí, oí que la media docena de clientes que hacían ejercicio en las máquinas bajaban el ritmo al notar la agresividad que flotaba en el ambiente y paraban para ver qué sucedía en el ring.

Delroy también parecía percibir la hostilidad y la adrenalina, y normalmente le encantaba, pero, en esa ocasión, había empezado a ponerle nervioso.

—¡Aflojad! ¡Separaos! —gritó y, de algún modo, Nicky le oyó y retrocedió.

Bruno bajó la guardia. Dejó de moverse, bajó los puños hasta casi tenerlos a la altura de la cintura y ladeó la cabeza, como si Nicky fuera un problema que debía resolver. Incapaz de resistirse, ella volvió al ataque con un derechazo, y esa vez fue Bruno quien esquivó el golpe. Alzó la mano izquierda tan deprisa que apenas la vi, alcanzó a Nicky en la oreja y ella retrocedió tambaleándose.

—¡Basta! —gritó Delroy, pero nadie le escuchaba. Soltó la muleta para coger la campana y empezó a tocarla mientras yo me agarraba a las cuerdas para subir al ring, aunque ya era demasiado tarde.

Delroy siguió tocando la campana, pero Bruno no hizo caso. Pese a que Nicky se había doblado por la mitad y le fallaban las piernas, Bruno no quería dejar que se desplomara: la golpeó una y otra vez, con fuertes ganchos en el pecho que casi la levantaron del suelo. Luego retrocedió y se dispuso a asestarle un directo con la derecha, pero yo lo agarré por el codo, lo aparté de ella y, con el antebrazo contra su pecho, lo empujé hasta su esquina. Pensaba que intentaría pegarme, y estaba preparado, aunque se relajó de inmediato y bajó los puños. No había perdido los estribos ni el control: sabía exactamente lo que hacía. Bajó los brazos y empezó a dar saltitos como si aquello solo hubiera sido una diversión inofensiva y ya estuviera listo para otro asalto.

—¡Por Dios, Bruno! —espeté.

Su rostro no dejó traslucir ninguna emoción.

—Esa zorra se ha descontrolado —replicó, y se encogió de hombros.

—Aquí has terminado. Cámbiate y vete. —Él me miró de hito en hito y yo no aparté los ojos—. Vete, Bruno.

Lanzó una mirada a Nicky, que estaba desplomada en la lona, tosiendo, y suspiró. Pasó entre las cuerdas, saltó al suelo y se dirigió tranquilamente al vestuario mientras se desataba los guantes con los dientes, sin mirar atrás ni una sola vez.

—¿Seguro que estás bien?

Nicky se hallaba sentada en el banco del vestuario de mujeres, doblada por la cintura, moviendo la mandíbula de izquierda a derecha, conmigo acuclillado a su lado.

—Estoy bien. Es solo que los puñetazos en las tetas duelen una barbaridad.

—Sí, lo sé —dije.

—No lo creo. —De algún modo, consiguió reírse. Se enderezó y arqueó la espalda. Se tocó los pechos e hizo una mueca de dolor.

—Lo siento mucho. No debería haber permitido que pasara. Hemos echado a Bruno.

—No ha sido culpa tuya, ni tampoco suya. He sido yo la que ha perdido el control. Sé que solo teníamos que entrenar, pero es que… estaba deseando enzarzarme con alguien, y él se encontraba ahí.

—¿Por qué?

Nicky me miró, negó con la cabeza y se volvió para coger la toalla.

—Será mejor que me vaya…

—¿Va todo bien? Entre Harry y tú, quiero decir.

Nada más decirlo, quise que el agrietado suelo de linóleo se abriera y me engullera. Nicky me había hablado de su marido unas cuantas veces y, por lo que había deducido, parecía que siempre estuvieran discutiendo. Sin embargo, no era asunto mío si ella tenía problemas en su matrimonio. De todas formas, ¿qué podía hacer yo?

Pero, cuando Nicky me miró, no se rió ni insinuó educadamente que me fuera al cuerno; casi pareció halagada por que me interesara. Tuve la impresión de que estaba a punto de contarme algo, aunque se lo pensó mejor y volvió a llevarse la mano a la mandíbula.

—Necesito una ducha —dijo.

Se levantó y también lo hice yo. Le puse un dedo delante de la cara.

—Anda, quita, Finn. No tengo una conmoción cerebral.

—¿Qué día es hoy?

—Es domingo, y mañana es lunes y vienes a mi despacho a las tres a firmar el contrato.

—¿Qué contrato?

—El contrato de propiedad. ¿Se te ha olvidado?

Cuando Nicky me había ayudado a alquilar el gimnasio, me había mencionado que el edificio estaba en venta. Eso me preocupó (pensé que el nuevo propietario a lo mejor nos echaba) hasta que se me ocurrió que, si compraba el edificio, eso no sucedería.

—No —respondí—. Bueno, sí, un poco. Había olvidado qué día de la semana era.

—Entonces ¿cómo pensabas comprobar si tengo una conmoción? —Ya parecía la misma de antes. Cuando empezó a quitarse la camiseta, de pronto caí en la cuenta de dónde estaba y me di a la fuga.

—No gastes toda el agua caliente, ¿vale? —le grité al salir.

—Que sepas, Finn, que tenemos muchísima suerte de que no nos haya demandado. Eso es lo que arruina los gimnasios.

—¿Cómo va a demandarnos? Es nuestra abogada. Sería un conflicto de intereses o algo así.

—¡Hablo en serio, chaval! La próxima vez que pase, a lo mejor no es una amiga tuya que va tan tranquila y se lo toma a risa. Alguna chica puede acabar en el hospital.

—Delroy, no habrá próxima vez.

Delroy negó con su gran cabeza cana y suspiró. Estábamos sentados a la mesa de su minúscula cocina, bebiendo ron en vasitos, muy diluido, por insistencia de Winnie. A la mujer de Delroy no le gustaba que se bebiera alcohol y a Delroy ya le costaba lo suyo andar cuando estaba sobrio. Y a mí me parecía bien rebajarlo con agua; de todas formas, no me gustaba cómo sabía y solo me lo bebía a sorbitos por hacer compañía a Delroy.

Cenaba con ellos casi todas las noches y su casa me encantaba, y ellos parecían contentos de tenerme allí. La cocina era cálida, con mucha luz, y ni siquiera las estampillas con el severo rostro de Jesús que Winnie tenía en todas las paredes impedían que fuera alegre. Desde luego era mucho más acogedora que el estudio con olor a moho situado encima del gimnasio, aunque, por otra parte, hasta una marquesina de autobús bajo la lluvia habría sido más acogedora que aquel cuchitril.

—¿Qué, magnates de los negocios, demasiado ocupados hablando de trabajo para remover el pollo? —protestó Winnie al irrumpir en la cocina.

El olor de lo que estaba guisando impregnaba la casa y a mí se me hacía la boca agua. La primera vez que probé su pollo jamaicano con batata repetí tres veces y casi me muero de una indigestión. Desde entonces me aseguraba de tomarme mi tiempo.

—Eso no me lo trago —refunfuñó Delroy—. Sé cómo te pones cuando alguien enreda mientras cocinas.

—Espero que tengas mucha hambre, Finn. Hay un montón de comida.

Winnie chasqueó la lengua cuando las gafas se le empañaron. Se las quitó y se las limpió con el delantal de flores.

—¿Cómo no va a tener hambre el chaval? Trabaja todo el día, todos los días de la semana. Se levanta a las cinco y no para, entre pintar, arreglar ventanas, limpiar. El chaval vale por un ejército.

—No cuenta como trabajo si se disfruta —aduje.

—Eso es porque trabajas para ti —dijo Delroy—. Nadie te da órdenes, esa es la diferencia.

—De todas formas, un chico de tu edad no tendría que pasarse todo el santo día trabajando —objetó Winnie—. Tienes que salir más, hacer amigos de tu edad. No andar siempre con viejos gruñones como Delroy.

—¡Soy más joven que tú, mujer!

—A ver si te busco una buena chica en mi parroquia para que la lleves al cine.

—Finn no quiere saber nada de esos meapilas —refunfuñó Delroy—. Si lleva a una chica al cine, querrá que sea de las que se sientan en la última fila. Él busca el cielo en esta vida, no en la otra.

—Me das asco, Delroy Llewellyn.

—Estoy bien, Winnie, gracias —dije.

—¿Ya tienes novia? —Winnie sonrió de oreja a oreja.

—Qué más quisiera yo —respondí.

—¡Míralo! —exclamó Winnie, entre risas—. Se ha puesto tan rojo como una puesta de sol del Caribe. ¿Cómo es?

—Está casada —gruñó Delroy.

Lo miré de hito en hito. Si era una broma, era bastante hiriente.

—¡Cállate! —le regañó Winnie—. Finn no saldría nunca con una casada.

—Es abogada y está casada con un ricachón que trabaja en la City. Es diez años mayor que Finn y pasa más tiempo con él que con su marido. —Delroy se sirvió más ron y esa vez le dio un sorbo sin rebajarlo con agua.

¿Por eso me había mirado con el entrecejo fruncido por la mañana mientras esperaba a que llegara Nicky? ¿Porque pensaba que estaba colado por ella?

—Bueno, ¿qué culpa tiene Finn si a ella le gusta? —protestó Winnie—. ¿Qué mujer no se fijaría en un mocetón tan guapo como él?

Noté que me ardían las mejillas. Delroy me había calado. Claro que Nicky me atraía. No podía ser de otra forma. Era guapa, lista, divertida, y un día que no la veía en el gimnasio me parecía… perdido. Era consciente de ello, aunque nunca lo hubiera reconocido ni fuera a hacerlo jamás. Estaba seguro de que, para Nicky, éramos simplemente abogada y cliente. Nos llevábamos bien, sí, pero… Delroy parecía estar insinuando que Nicky sentía por mí lo mismo que yo sentía por ella y eso era absurdo, tenía que serlo.

—Tú alucinas, Delroy —dije—. Pensaba que el puñetazo en la cabeza se lo habían dado a ella

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