Nocturama I

Sebastián Pedrozo

Fragmento

Estudio de los demonios

La energía negativa crece en los rincones de aquel sitio. Y es allí, no en otra parte, que se multiplica, ocupa espacios que no debería. Espacios libres, que pertenecen a la nada y así deberían seguir. Entonces, la oscuridad reclama su lugar, se posiciona frente a la realidad. Las sombras se ensanchan.

Otras energías han sido vencidas. El balance se rompe. Hay quienes buscan en la noche, desesperados, el nuevo equilibrio; que el mundo siga su orden habitual, y lucharán por eso, siempre. Son silenciosos, dan la vida porque saben que, de ser vencidos, nada tendrá sentido.

Están los que no se imaginan el mundo que se teje en la noche. A veces, es mejor no saber. Mejor la ignorancia que el horror.

Están los que deciden registrarlo, guardarlo en el recuerdo, para que perdure, para que no se pierda jamás. Pero la energía puede desbordarse como un recipiente demasiado pequeño; puede convertirse en algo malo, que arrasa todo y se multiplica. Como un viento que llega de pronto, en silencio, pero mortal.

Este documento es mi registro de la tormenta de furia desatada.

M. Romero

Cinta VHS #145

La cámara enfoca a una anciana sentada en una silla. Se ve una habitación pequeña, con las paredes y el suelo absolutamente blancos, algo descuidados, un poco sucios. Dos ventanas, a los lados de la persona, cerradas con sus postigos. No hay luz solar, solo una bombita que cuelga del techo con un largo cable negro.

Zoom al rostro de la anciana. Ella mira a la cámara casi sin pestañear. De pronto, sus ojos comienzan a parpadear rápidamente. Los cierra. Cuando los abre, unas lágrimas se derraman sobre sus mejillas. Lágrimas gruesas.

La cámara pasa a un plano medio. Ahora, detrás de la mujer, hay una persona. Un hombre de baja estatura, vestido con un traje negro muy elegante. El rostro parece salido de otra época, una muy lejana.

El hombre apoya una de sus manos en el hombro de la mujer. Ella llora con fuerza, con todo el cuerpo. Se sacude en su lugar. Pero no se levanta. No puede. Parece en shock, como si algo la hubiese atado a su asiento. El hombre retira del bolsillo de su saco un objeto brillante. Es una navaja de afeitar. La mujer sigue sin moverse. Pero observa de reojo el filo plateado. Él, por primera vez, mira hacia abajo, en dirección al cuello de la anciana. Apoya la navaja en él. La anciana endereza la espalda, como esperando el momento del corte fatal. El hombre, con la mano libre, toca el mentón de la mujer, lo levanta y mira en dirección a la cámara.

Fin de la grabación.

1

Jamás había podido conciliar el sueño por las noches. Bueno, desde que tengo memoria, claro. De pronto, algunos esporádicos pestañeos en la madrugada. Pero nada de largos tirones de sueño u horas desmayado sobre suaves sábanas de seda. Ni pensarlo. En el momento que el día llegaba a su fin, yo recostaba mi cabeza en la almohada y empezaban los problemas. Los problemas en mi cabeza. A veces, un segundo antes de cerrar los ojos, un pensamiento oscuro, terrible, aparecía como una explosión y lo arrasaba todo. Cada cosa buena la devoraba por completo, la arrancaba de raíz. A veces, una imagen no me dejaba pensar más que en criaturas horrendas, seres malvados. Atrocidades imposibles.

Mi vida, es decir, la mayoría de mis rutinas a lo largo de mi infancia, se desarrolló mientras todos dormían. Allí estudiaba, me alimentaba, hacía ejercicio (sí, me gustó siempre hacer ejercicio), leía libros, miraba películas (sobre todo miraba películas) y trataba de entender el mundo y lo que me sucedía.

No fue nada fácil, por supuesto. Mis padres se preocuparon, mis maestras, mis pocos amigos. Eso sí, a menudo, caía dormido a plena luz del día sobre la mesa, en el almuerzo, en la escuela, en los cumpleaños, en el ómnibus. A veces, podía esconderme en una pieza oscura, en alguna casa ajena, y cerrar los ojos unos minutos. Eso me ayudaba a seguir funcionando, pero mi condición no se podía ocultar fácilmente.

Salvo Iván, mi histórico compañero de colegio, al cual veía cada tanto y con quien tenía una relación extrañamente (por mi problema con el sueño, obvio) cercana, los demás me veían como a un bicho raro, y no los culpo por eso. Hay que decir que los médicos siguieron mi caso, trataron de ayudar. Hicieron lo que pudieron. Estaban limitados porque ni siquiera yo sospechaba qué me estaba pasando, cómo funcionaban esas imágenes espantosas que me invadían como hormigas enloquecidas, salidas de un hormiguero recién pisado.

Ni el ejercicio ni la alimentación sana, la terapia, los medicamentos, nada ni nadie lograron resolver mi problema.

—Lucas, ¿qué vamos a hacer contigo? —decía mi padre mirando por la ventana.

—No podés vivir así —se lamentaba mi madre.

—Yo también quiero quedarme levantada toda la noche —se quejaba mi hermana menor, Julia, que no tenía idea de lo que significaba mi condición.

Con el paso del tiempo, mis familiares se acostumbraron a mis rutinas nocturnas, dejaron de preocuparse y la casa, después de la medianoche, fue mi reino, mi lugar, yo era el dueño.

Todo esto fue enturbiando mi juicio, no es difícil adivinarlo. Uno piensa distinto por la noche, ve distinto, actúa distinto. Mis pensamientos retorcidos. Siempre supe que, tarde o temprano, todo se iba a saber. ¿Cuánto tiempo iba a tardar la gente en descubrir mi oscura naturaleza? No solo era raro que padeciera del más severo caso de insomnio, sino que había otra cosa detrás, algo terrible. Tenía un imán para lo oscuro, una atracción inevitable: el precio de ser alguien como yo es alto. Uno ve y escucha cosas todo el tiempo.

Yo ya no era un niño, vivía en una casa de dos plantas, en un barrio bastante agitado, lleno de comercios, algunos hospitales, incluso. Era fácil pasar desapercibido en un lugar así, rodeado de desconocidos, como si uno pudiese esconderse en las sombras de los demás, en sus rutinas, en sus propias preocupaciones. En definitiva, podía andar por ahí sin llamar la atención. No era algo escandaloso ver a un joven rondar paradas de ómnibus, quioscos de revistas y esquinas peligrosas a

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