El rostro y el alma

Francisco González Crussí

Fragmento

El rostro y el alma

1

BELLEZA Y FEALDAD FACIAL

El rostro con que venimos al mundo es una de tantas prendas que nos tocan en el despiadado juego de azar que es el destino. No en vano la palabra persona designaba en la antigüedad grecorromana la máscara que los actores de teatro usaban durante sus representaciones. En ese sentido puede decirse que la faz es la persona, es decir, la máscara con que nos ha tocado en suerte salir a la gran escena del mundo. Pero ¡cuántas serias consecuencias derivan de un simple golpe de suerte! Estudios sociológicos demuestran que quien tiene un rostro agraciado tiende a ser considerado poseedor de encomiables características de personalidad. “Lo que es bello es bueno” es el apotegma que todos parecen acatar. Y el aserto correlativo, “Lo que es feo es malo”, está igualmente enraizado en las mentes, como demuestran los pintores, que tradicionalmente representaron los vicios morales en forma de seres con caras repulsivas.

Antiquísima, y casi podríamos decir intuitiva, es la tendencia a asociar los defectos morales con la fealdad o la deformidad física. Desde tiempos bíblicos se asocia la maldad con la fealdad. Leemos en Proverbios (6: 12-13): “Un hombre bueno para nada, un inicuo, va con la boca torcida, haciendo guiños con los ojos, arrastrando los pies, y haciendo señas con los dedos”. El Eclesiástico parece autorizar este tipo de generalizaciones cuando dice (13: 25): “El corazón del hombre altera su semblante, sea para bien, sea para mal”. Algunos estudiosos ven en la Biblia una actitud prejuiciosa contra la deformidad física, la cual se ha justificado por el deseo de lograr “una pureza ritual o por la creencia de que la deformidad es consecuencia de la ira divina”.1

En la Ilíada, Homero describe a sus héroes como guerreros magnánimos, valientes y generosos, todos ellos físicamente agraciados, dechados de galanura y gallardía. Pero en las huestes de aguerridos griegos que atacan Troya viene un tal Tersites, hombre desordenado, de malas palabras, siempre dispuesto a injuriar a cualquiera y hasta vilipendiar a los mismos reyes con tal de provocar risotadas entre la tropa. E inmediatamente se nos describe como “muy mal favorecido entre todos los hombres que vinieron a Ilión; patizambo, cojo de un pie, cargado de espaldas, de hombros encorvados encima del pecho, y arriba de ellos su cráneo mal hecho, sobre el que crece rala pelambre” (Canto II, 201-237).

Algunas anécdotas de la vida de un hombre marcadamente feo ilustran la actitud colectiva ante la fealdad física. Paul Pélisson-Fontanier (1624-1693) fue un notable erudito, historiador y jurisconsulto francés, además de secretario del infortunado intendente general de finanzas Nicolas Fouquet, quien cayó en desgracia durante el reinado de Luis XIV. Pélisson tuvo la desdicha de ser afectado por la viruela en forma tan severa que su rostro y su cuerpo quedaron horriblemente deformados. De él decía su amiga, la exitosa novelista Madeleine de Scudéry (1607-1701): “Pélisson abusa del derecho que tienen los hombres de ser feos”. Otra famosa literata de su tiempo, Madame de Sévigné (1646-1705), defendió a Pélisson con esta ocurrencia: “Es sumamente feo; pero si se le desdobla, se encontrará que tiene una bella alma”.2 En cierta ocasión, una dama distinguida encontró a Pélisson en la calle, sin conocerlo, y tras una conversación breve lo invitó a ir con ella a una residencia vecina. Se trataba del estudio de un pintor, a quien la dama, una vez hechas las presentaciones, dijo: “Exactamente así, caballero. Rasgo por rasgo, así es como debe ser”. Acto seguido, la dama cortésmente se despidió y dejó la estancia. Había mandado hacer un cuadro que representaba la tentación de Jesucristo por el diablo, y quería que el pintor confiriese los rasgos de Pélisson al Enemigo Malo.3 La tendencia a equiparar fealdad con maldad no pudo ser mejor expuesta que en esta curiosa anécdota.

La fealdad física, bien lo sabemos, no implica afeamiento de la personalidad moral. Pero, por otro lado, ¿quién podrá negar el profundo acuerdo entre el cuerpo y el alma? Como las cuerdas de un instrumento musical, que cuando una es pulsada las otras se ponen a vibrar, así también las impresiones del cuerpo repercuten en la psique y, correlativamente, los estremecimientos de ésta se reflejan en aquél, o como se dice en la jerigonza del especialista, las congojas de la mente con frecuencia “se somatizan”. Por eso ser feo conlleva, si no necesariamente descomposición o estropeo ético, al menos cierta reconfiguración o reamoldamiento de la personalidad.

Así lo reconoció el genio de Francis Bacon (1561-1626), quien acusó a los feos de estar generalmente “desprovistos de afecto” como reacción al maltrato de que fueron objeto a manos de la Naturaleza. Pero añade que los mismos rasgos que constantemente los exponen a burlas y desprecios son también el acicate que los induce a liberarse de la befa y el escarnio; por eso las personas deformes son audaces, dice, “primero en defensa propia, por estar expuestas a las burlas, y luego, en el curso del tiempo, por hábito”.4 El ilustre inglés incluía la deformidad corporal en sus comentarios, pero a nosotros actualmente nos basta, para hablar de fealdad, que haya algún rasgo visible que rompa la armonía, como un lunar demasiado grande o alguna marca altamente conspicua, aun si está presente en un cuerpo bien conformado. Según Bacon, los marcadamente feos, los deformes, se vuelven hábiles en observar las debilidades de los otros, para poder, llegado el tiempo, desquitarse. Sus superiores, por su parte, no sienten celos ni envidias hacia los feos, pensando que pueden desperdiciarlos a sus anchas; de manera que estos últimos ven a sus competidores confiados y como dormidos, creyendo que jamás serán superados, hasta que —de pronto— descubren a sus despreciados, feos contrincantes en el poder, “por lo cual en esta materia, la deformidad aunada a la inteligencia es una ventaja para avanzar”.5 Bacon concluye que el principal motor en la conducta de los deformes es el deseo de liberarse del escarnio, fin que logran bien sea por la virtud, bien por la malicia; por eso no es de extrañar que muchos feos hayan sido modelos de excelsa conducta.

Mucho de lo que dijo el sabio inglés fue reformulado siglos más tarde por Freud, quien afirmó: “Todos nosotros pensamos tener motivo para reprender a la Naturaleza y nuestro destino por desventajas congénitas o infantiles; todos exigimos reparación por antiguas heridas a nuestro narcisismo, a nuestro amor propio”.6 Según esto, los feos o deformes pueden asumir el papel de villanos como respuesta a la percepción de haber sido injustamente dañados: su agresividad es una reacción a la destrucción de su imagen y su cuerpo, herida que sufrieron sin tener culpa alguna.

Así pues, la fealdad es un sendero que puede conducir al revanchismo. Pero yo creo que el sendero se escinde en ramas múltiples que llevan a otros destinos, uno de los cuales es el de la humilde sumisión, el que toman quienes piensan que su deformidad es en alguna forma merecida, justa punición debida a alguna falta inconsciente. Quien avanza por este sendero llega, si persiste, al país de la melancolía, donde el desagrado moral para con el Yo, y la constante depreciación del cuerpo, destruyen las defensas que normalmente sostienen nuestro amor propio y dejan caer al sujeto vulnerable en el vacío de la impotencia, la parálisis y, en suma, el completo derrumbamiento psíquico.

A la cualidad opuesta, es decir, la belleza, tampoco le han faltado detractores. Santos y moralistas de antaño tronaron, a cual más indignado, contra los peligros de la hermosura física. Entre los muchos ataques lanzados por esos santos varones contra la guapura, uno de los más curiosos es, a mi modo de ver, el que podría denominarse “reduccionismo anatómico”. Consiste en representarse la beldad física reducida a su conformación anatómica más elemental. “Si los hombres pudieran ver lo que hay detrás de esa faz atractiva, de esos labios carnosos y esos grandes ojos brillantes, retrocederían llenos de espanto”, decían los místicos austeros. Porque ¿qué son esos amables rasgos sino sangre, venas, arterias, legañas, bilis, líquidos viscosos, humores pegajosos y carne cruda? Pues así es como estamos hechos los seres humanos. Y antes de ser todo esto la sustancia viva, cuya belleza tanto se alaba, no era sino una especie de fango colorado y mucilaginoso que se masca en la boca, se digiere en el estómago y se cocina en el hígado. ¿Quién, si le fuera dado ver que la mujer hermosa que adora es un ensamblaje de humores glutinosos, tejidos sanguinolentos y huesos que prefiguran la muerte, insistiría en seguir adorándola y queriéndola besar y abrazar? Más bien vería las más esplendorosas bellezas como bolsas de inmundicias. Más bien diría, como san Crisóstomo, que la belleza es una tumba encalada por fuera y llena de pudrición por dentro; o como otros rígidos místicos y sobrios ascetas, un estercolero cubierto de nieve, o “una manzana de Gomorra”, cuya tersa piel esconde sólo fetidez y basura.

Además, decían los moralistas tradicionales, hay que tener en cuenta las nefastas pasiones que la beldad puede originar: cuántos crímenes, cuántos deseos inmoderados, lúbricos o impúdicos han nacido de la contemplación de la belleza corporal. Y en esta coyuntura, místicos, moralistas y predicadores nunca terminaban de citar ejemplos de los desastres inducidos por el deseo sexual a lo largo de la historia: Cayo Silio (c. 13-48), cónsul y senador romano, perdió la vida por guapo: la emperatriz Valeria Mesalina se encaprichó con él, lo arrastró a una relación adúltera y, tras ser descubiertos, ambos fueron ejecutados por el emperador. Muy semejante fue la suerte de Crispo, hijo del primer emperador romano convertido al cristianismo: su propio padre lo sorprendió en relación ilícita con Fausta, la emperatriz, y ambos fueron ajusticiados. Célebre desde la Antigüedad es el caso de Lucrecia, la trágica heroína de Roma, quien en el año 509 a.C. prefirió inmolarse antes que vivir después de sufrir el ultraje a su honor —aunque no sin antes haber hecho jurar a su padre y a su esposo que vengarían la ofensa—. Recuérdese también el infausto destino de Tamar, hija del rey David, según cuenta la Sagrada Escritura (2 Samuel 13: 2-29): su propio medio hermano, Amnón, enloquecido por la beldad de esta mujer, la violó y desató una ola de odio que culminó en el asesinato del violador a manos de Absalón, hermano de la ultrajada. Una verdadera legión de mujeres a través de las edades han terminado en la ruina, cuando no en la muerte, a causa de su hermosura.

Sería ocioso tratar de enumerar las incontables desventuras e infortunios relacionados, directa o indirectamente, con la belleza física. Entre ellos, encuentro interesante la historia legendaria de santa Wilgefortis, conocida también por otros nombres poco eufónicos, como Uncumber, en inglés; Kümmernis, en alemán (de Kummer, pena o congoja); en español, Librada; en italiano, Liberata, y otros. Fue mártir de la fe católica y su culto prosperó especialmente en el siglo XIII. Su imagen puede verse en varios sitios. El visitante de la capilla de Enrique VII de Inglaterra, en la abadía de Westminster —e igualmente en la catedral de San Esteban, en Beauvais, Francia, y en la iglesia de Loreto, en Praga, entre otros lugares—, queda intrigado al ver una escultura que a la distancia parece ser un Cristo crucificado, pero que, vista de cerca, se revela como una mujer crucificada que lleva una corona sobre la cabeza y que, además, para sorpresa del espectador, ostenta barba y bigote. Es ella: la santa barbada (figura 1).

Figura 1. Dibujo de una estatua de madera de origen alemán, probablemente del siglo XVI, que representa a santa Wilgefortis, la santa barbada. De L’Illustration, 1866

Dice la leyenda que Librada vivió en el segundo siglo de nuestra era y fue hija de un rey de Lusitania, hoy Portugal. Su gran belleza atraía toda suerte de pretendientes, y su padre ya se disponía a casarla con un pagano, rey de Sicilia, cuando ella, impulsada por su amor a la religión católica, desafió la voluntad paterna. Casarse la habría obligado a renunciar a su fe, y su fervor era tan grande que decidió hacer votos de castidad. Sin embargo, sabedora de que su atractivo le traería incesantes problemas, pidió a Dios que le quitara su belleza y le diera un rostro repulsivo. Dios oyó sus ruegos, y, de la noche a la mañana, una espesa barba creció milagrosamente sobre su faz. El repentino hirsutismo bastó para que el pretendiente en turno desistiera de su propósito; pero el padre de la santa, colérico, ordenó que la crucificaran.

Esta crueldad tan poco paternal es explicada en una variante de la leyenda: el padre es un perverso que la persigue con fines incestuosos. Ella le informa que piensa dedicar su vida a Dios, que intenta hacer de Jesucristo su único y verdadero esposo, y ruega a su divino poder que la haga tan fea como sea posible. Cuando su deseo se realiza, el malvado progenitor decide hacerla morir en la misma forma que su divino esposo. En otra variante, la princesa está a punto de ser violada por soldados durante un conflicto armado, cuando Dios la protege dándole una tupida barba: los presuntos violadores, viendo su nuevo aspecto, pierden ipso facto su brutal vigor.

Desde entonces se la representa como una mujer barbuda, sobre la cruz (aunque las efigies comúnmente prescinden de clavos) y con la testa coronada, como hija de rey. Su nombre inglés, Uncumber, posiblemente deriva del alemán ohne Kummer, “sin aflicción”. Algunos piensan que el apelativo Wilgefortis viene del latín Virgo fortis, la “virgen fuerte”, pues fue capaz de detener el furor masculino con ayuda divina. El nombre español, Librada, alude a su condición serena, libre de cuidados. Su historia es bien conocida en la hagiografía: su fiesta se celebra el 20 de julio. Actúa como protectora de las mujeres que tienen maridos abusivos, o en algún otro modo problemáticos, y como solucionadora de asuntos amorosos conflictivos.

Pero lo que mayormente acongoja a los moralistas no son los sufrimientos del cuerpo, sino los daños del alma. La lindura, nos dicen, se aviene mal con la templanza. Hay quien dice cínicamente que la castidad y la moderación en la mujer son “las virtudes de las feas”. La verdad es que las repetidas solicitaciones, los acosos obstinados, los constantes halagos y seductores presentes se dirigen comúnmente a las bellas. De modo que si por suerte una mujer atractiva se libra de caer en la disipación, sólo por excepción se libra de la vanidad y del orgullo. Rodeadas de zalameros, el blanco perpetuo de bombardeos de carantoñas, mimos, adulaciones y lisonjas, ¿qué tiene de raro que se les llene la cabeza de humo? Y cuando todo esto les faltase, ahí estarían los espejos, cuyos diarios panegíricos a la belleza suelen ser más persuasivos que las más fervorosas prédicas y exhortaciones a la humildad.

También sucede, a veces, que la belleza se alía con la falta de escrúpulos, o hasta con el rencor y el odio. Los efectos de esta coalición, huelga decirlo, suelen ser devastadores. La “mujer fatal” es el caso emblemático. Los abusos de los hombres contra una mujer bella en su vida temprana, y las despiadadas, inexorables presiones sociales, la transforman en un ser sin conciencia, obsesionada con la idea del desquite; la que antes era muchacha pícara encarna entonces un enorme poder, temible, formidable y soberbio. Zola la pintó magistralmente en su conocida novela Nana:

Ella permanecía de pie en medio de las riquezas amontonadas en su mansión, con todo un pueblo de hombres abatidos a sus pies. Como aquellos monstruos antiguos cuyo temido dominio se encontraba cubierto de huesos, así ella posaba sus pies sobre cráneos; y catástrofes la rodeaban [de hombres muertos, arruinados, presos]. Su obra de ruina y de muerte estaba hecha; la mosca había volado de la inmundicia de los barrios pobres, llevando el fermento de las pudriciones sociales, había envenenado a esos hombres con sólo posarse sobre ellos. Estaba bien; era justo; había vengado a su mundo, los chicos del arroyo, los abandonados. Y mientras que, en una gloria, su sexo subía y resplandecía sobre sus víctimas yacientes, parecido a un sol en ascenso que alumbra un campo de matanza, ella seguía en su inconsciencia de bestia soberbia, ignorante de su trabajo, siempre niña buena.

Por otra parte, la belleza nunca ha carecido de defensores. Aun Tertuliano (c. 150-c. 230), a quien el feminismo condena como misógino acérrimo (no sin justificación, pues llamó a la mujer, entre otras lindezas, “la puerta por donde el diablo entró al mundo”),7 afirma en su obra sobre la moda femenina (De cultu feminarum, cap. 1) que la belleza de la mujer, obra de la mano de Dios, no necesita de afeites, joyas ni acicalamientos, pues por sí sola impone su poder sobre el hombre.

Pero ¿de qué habla Tertuliano? ¿De qué se habla cuando se nombra la belleza? He aquí algo que no es posible definir en términos de filosofía: los filósofos rehúyen la estética, como algo que cae fuera de su jurisdicción. Nietzsche decía que corren espantados siempre que encuentran algo que pertenece al campo de los afectos, no de la razón. Sócrates llamó a la belleza una breve tiranía; Platón eludió el problema diciendo simplemente que es el privilegio de la naturaleza. La belleza escapa a la formulación filosófica; se escabulle a través de las redes de conceptos que los pensadores le tienden, como si sus mallas nunca fueran lo suficientemente apretadas para detenerla. Imposible definirla satisfactoriamente. Alguien preguntó a Aristóteles por qué siempre ha sido usual seguir y halagar a los bellos, a lo que el estagirita respondió: “Ésa es una pregunta que sólo corresponde hacer a los ciegos”. Es como decir que la belleza no es entidad pensable, sino puramente sensible; que es una especie de emanación trascendente, una brillantez o refulgencia, o, como dicen los franceses, un éclat, término que connota tanto intensidad luminosa y esplendente como vivacidad y frescura; es algo que nos cautiva, una singular fuerza que atrae nuestras miradas a pesar nuestro; es, en suma, pariente cercana de lo que llamamos “carisma” pues se antoja un don particular conferido por la gracia divina.

Moses Mendelssohn, filósofo alemán de la Ilustración, plantea el problema de la belleza corporal en sus Philosophische Schriften (1761), obra de estilo epistolar. Un joven confundido confiesa en una carta a su mentor que está perplejo por no entender cómo la percepción placentera de la belleza parece incompatible con el uso de la razón. Imagínese, dice, a un joven frente a una mujer cautivadora, bellísima, de lindos ojos que parecen refulgir, pequeña boca de labios encarnados, sonrisa vivaz que contagia su alegría, bien torneados miembros de delicada y tersa piel, y mil otros atractivos a cual más encantador. Pero el hechizo de su persona parece depender de la incomprensión de su razón de ser. Supóngase, por un instante, que el joven admirador se previene contra esos ojos dejando de concentrarse en su resplandor, y analizando cómo es que la luz, y los líquidos del ojo, se combinan para producir un brillo singular; analizando también cómo determinados movimientos de los músculos de la cara, aliados con la expresión de los ojos, dan por resultado la sonrisa de la bella, y continuando en esta forma con los muchos otros rasgos que componen la fascinación de la linda dama. En el mismo momento en que la razón se ocupe de indagar la causa de su embrujo, desaparecerá el hechizo. “En lugar del dulce embelesamiento, quedará sólo un conjunto de verdades.”8 De ahí concluye el joven que la belleza puede definirse como la percepción indistinta de una perfección, pues cuando se percibe clara y distintamente, desaparece; y pide a su maestro que lo ayude a salir de su turbación.

El mentor, como es de suponerse, no está de acuerdo con dejar que la razón sea desalojada tan infamantemente por la belleza. Como buen filósofo de la Ilustración alemana, no puede aceptar que un bien tenga que ser visto “indistintamente” para poder gozarse. (La belleza, después de todo, fue considerada como una manifestación exterior del Bien por los neoplatónicos y sus muchos continuadores.) Su respuesta al joven se extiende por varios capítulos, es decir, varias epístolas, con el fin de hacerle ver que el uso de la razón habilita al hombre para apreciar la verdadera belleza, la más alta y deleitosa, aquella que incluye atributos espirituales por encima de los que dependen exclusivamente de los sentidos. Pero la verdad es que buena parte de los lectores no quedan convencidos por tan excelsos y levantados propósitos, y probablemente terminan coincidiendo con el joven desorientado en creer que la belleza no se explica, se siente.

Los científicos, por su parte, ven de otra manera la belleza física del ser humano. Fuertemente influenciados por la teoría de la evolución, proponen que la mayor o menor atracción sexual de un ser humano se debe a que sus rasgos faciales y corporales expresan una mejor adaptación biológica en el contexto de la evolución natural.9 En otras palabras, ciertas formas del cuerpo y de la cara indican que el poseedor de esos atributos es más apto para resistir a las influencias nocivas de la Naturaleza (por ejemplo, para resistir a enfermedades infecciosas o parasitarias) y capaz de transmitir esa resistencia a la progenie. Según esta manera de ver las cosas, la base de la atracción erótica reside en una dotación de genes saludables. Pero ¿cuáles son los rasgos exteriores que anuncian tan feliz conformación? Aparentemente, uno de ellos es la simetría. Siempre según los científicos, es atractivo quien tiene una cara simétrica; deja de serlo aquel cuya cara está hecha de dos mitades desemejantes. Estudios tempranos en los que la imagen de un rostro era seccionada en dos mitades verticalmente, y una de ellas reemplazada por la imagen especular de la otra, producían una cara “quimera” repulsiva y extraña. Eso parecía contradecir la tesis de que la simetría facial es atractiva. Pero estudios más recientes, empleando una metodología gráfica computarizada, mucho menos burda que la de los estudios anteriores, generalmente refuerzan la idea de que la atracción tiene mucho que ver con la simetría.

Tampoco les faltan argumentos a quienes proponen que ser atractivo implica superioridad biológica evolutiva: hay estudios que demuestran una correlación directa entre simetría corporal masculina y número y rapidez de espermatozoides en el eyaculado.10 En la mujer, la simetría de los senos se ha correlacionado positivamente con la fecundidad.11 En cuanto a la cara, se sabe que el número de infecciones respiratorias aumenta con la asimetría facial. Aunque no deja de haber controversia en este tema, justo es decir que muchos argumentos sugieren que la simetría, o al menos algo que se aproxima a la perfecta simetría, es un elemento de atracción sexual porque refleja a la vez buena “calidad” biológica y ventaja evolutiva.

Un segundo elemento de atracción es la fisonomía “promedio”. Es decir, los rasgos faciales no deben ser demasiado acusados, inusitados o atípicos. Se ha podido ver que la estructura facial, para ser atractiva, ha de presentar formas conocidas, usuales o habituales. La explicación también se ha buscado en las ideas darwinianas de la teoría de la evolución: supuestamente, quien tiene una morfología “promedio” posee gran diversidad de genes propios de la población, y quien posee tan variado inventario genético está mejor preparado para afrontar las contingencias de la vida biológica.

El tercer factor de atracción de la faz, de acuerdo con varios estudios, es el “dimorfismo sexual”. Quiere esto decir que las mujeres tienden a preferir caras con rasgos de definida masculinidad, como prominencia de la mandíbula, pómulos y protuberancias supraciliares, delgadez de las mejillas y presencia de pelo facial. En los rostros femeninos la atracción se relaciona con rasgos de pronunciada feminidad: mandíbula pequeña, pómulos elevados, labios llenos, tez tersa carente de pelo y zona central de la faz más pequeña que la del hombre.12

Por supuesto, no son éstos los únicos factores que integran la atracción de un rostro; muchos otros han sido objeto de estudio por parte de científicos de diversos campos. El estado de salud de un individuo puede ser obvio en su aspecto facial, y si éste es percibido como defectuoso, la atracción de su semblante, por supuesto, sufrirá menoscabo. Asimismo, las atribuciones de personalidad que el prejuicio conecta con algunos rostros determinan qué tan atrayentes se les juzgue. La imagen que una persona tiene de su propia fisonomía también influye en su elección de compañero. Pero, además, la atracción puede cambiar con el tiempo, con la experiencia individual y con el contexto social. Huelga decir que este último impone variaciones considerables. Entre los pueblos del Lejano Oriente, como China y Mongolia, una nariz protuberante es un rasgo repulsivo; entre los aborígenes de algunas islas de Oceanía, al contrario, la atracción erótica descansa sobre todo en una nariz prominente y aquilina. Entre ellos, la caricia íntima de gran carga erótica consiste en el ligero frotamiento de la nariz por su cara lateral: los Maorís de la Nueva Zelanda no conocían el beso antes de la llegada de los blancos: las primeras veces que presenciaron esa expresión amorosa, les producía asco.13

En fin, el hechizo, la seducción propia de un rostro es problema de milenaria antigüedad. Conceptos científicos, como la teoría de la evolución, pueden dar cuenta de algunos aspectos superficiales del enigma. Pero es de anticiparse que su verdadero fondo seguirá siendo una incógnita para generaciones venideras. Goethe pensaba que el orden “mecanicista” (hoy diríamos físico-químico) que supuestamente explica la organización del mundo no hace sino esclarecer las capas más superficiales de la realidad, el ámbito de los fenómenos observables, e insistía en que en la vida hay verdades misteriosas y profundas que escapan de todos los cálculos de los espíritus racionalistas; con el tiempo, el sabio alemán desarrolló su concepto de lo “demónico” para todo lo que elude la comprensión por el uso exclusivo de la razón.14

A nadie extraña que todos quisieran ser bellos. También las ventajas sociales de esa condición han sido objeto de estudio científico, por extraño que esto pueda parecer. Sociólogos, psicólogos y antropólogos en los Estados Unidos han estudiado el asunto con el consueto rigor científico. Sus investigaciones han puesto en claro que la belleza combate el desempleo: cuando alguien busca trabajo, ser bien parecido aumenta las posibilidades de ser contratado tras una entrevista con el empleador.15 Pero, suponiendo al guapo holgazán, refractario al trabajo y más proclive al crimen que a la vida honesta, sus rasgos faciales y corporales no le serán de menor ayuda, pues si alguna vez rompe la ley, la comunidad lo verá con ojos benignos e indulgentes: los estudios han demostrado que tener un rostro agradable disminuye la seriedad del crimen cometido en la percepción de los demás.16 ¿Está el agraciado personaje ya convicto y confeso? Aquí también el platónico “privilegio de la naturaleza” vendrá en su ayuda: las investigaciones han puesto en claro que el monto de la fianza impuesta en caso de haber violado la ley tiende a ser más bajo para una persona atractiva que para quienes no lo son.17 Otros estudios demostraron, como si eso fuera necesario, que ser guapo hace que otros lo juzguen como mejor cónyuge y más exitoso en la vida.18 Todas estas ventajas del rostro agradable, más obvias en la vida de la mujer que en la del hombre, han sido científicamente documentadas.

Lo anterior explica por qué el común de la gente piensa que los hombres y las mujeres atractivos están en mejores condiciones que los menos favorecidos para ocupar puestos importantes, realizar matrimonios sólidos y destacar en el ámbito social. Y lo que es el colmo: hay quien está convencido de que la habilidad para desempeñar ciertas tareas manuales, para aprender determinados oficios y hasta para adquirir nuevos conocimientos depende de la belleza física. El famoso fisiognomista Johann Kaspar Lavater (1741-1801) nos deja atónitos cuando, en su Arte de conocer a los hombres, nos dice que para ser buen fisiognomista se necesita ser no sólo moralmente irreprochable, sino también físicamente bello:

Sin las ventajas del rostro, nadie será buen fisiognomista. Los pintores más bellos fueron también los más grandes pintores. [...] Los fisiognomistas más favorecidos exteriormente serán también los más hábiles. Así como el hombre virtuoso es quien está mejor capacitado para juzgar la virtud, y el justo para lo que es justo y ecuánime, de igual modo los que tienen los rostros más bellos son los más capaces para determinar la belleza y nobleza de las fisonomías y descubrir al mismo tiempo lo que tienen de innoble o defectuoso. Si la belleza fuera menos rara entre los hombres, tal vez la fisognomonía estuviera mejor acreditada.19

En otra parte de su extensa obra, Lavater nos dice que hay ciertas cosas en la forma externa del ser humano que no es posible disimular, y precisamente de estas cosas debe servirse el fisiognomista para sacar sus conclusiones. Por ejemplo, por muy astuto que alguien sea para disfrazar o esconder defectos, jamás logrará cambiar la estructura ósea de su cabeza: todo el arte del maquillaje será incapaz de darle una frente abombada si la tiene plana; nada podrá hacer para darse fuertes ce

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